miércoles, 19 de marzo de 2014

La teoría del yin-yang

Dicen que la teoría del yin y el yang es la representación más sencilla y completa del equilibrio: nada es completamente bueno, siempre esconde algo malo y nada es completamente malo, siempre esconde algo bueno, como una vez por suerte pude comprobar y disfrutar. Ya ha pasado mucho tiempo, pero cada vez que lo recuerdo siento como si estuviera pasando ahora mismo; de hecho a veces incluso echo de menos sentir en mi nuca el aliento caliente de aquel rubio de ojos azules que sigue volviendome loca. Si pudiera volver a ese momento lo haría con los ojos cerrados.
Era una fría y para mí en un principio triste tarde en de invierno malagueño y en ese momento no podía ir peor: había discutido con mi prima, había discutido con mi tía, hacía unos días había cortado con mi rollo... Pero por suerte ahí estaba él, en aquella sala de chat, como si estuviera esperándome para ser la tabla de salvación a la que aferrarme aquella tarde y la excepción a mi norma número 1: no me gustan los chicos rubios, ni los chicos con los ojos azules, y menos los chicos rubios con los ojos azules. Tras un rato hablando de cosas sin importancia y de tonterías varias mi rubio dió el primero de los pasos que andaríamos esa tarde:
-Mira, yo esta tarde no tengo plan y tú parece que te vendrá bien salir un poco de tu casa y hablar con alguien... ¿te apetecería quedar un rato?
-Bueno, no tengo nada que perder y si no me gusta lo que hay, con largarme a mi casa, arreglado. Vale, si quieres quedamos un rato, que la verdad es que seguramente me vendrá bien. ¿Te parece bien si quedamos en el vialia en...no sé...una hora?
-Venga, perfecto. ¡Ahí te espero! Mira, te doy mi número y cuando llegues me avisas.
-Vale, te doy yo también el mío, así el primero que llegue que avise. Un beso y hasta dentro de un rato.
-Hasta ahora, guapa...
Una hora después allí estaba yo esperando al chico con el que había quedado y del que no sabía absolutamente nada, pero en ese momento me daba exactamente igual, y allí estaba Jesús: rubio, de piel blanca, unos ojos azul claro en los que me habría encantado ser lágrima para poder nadar en ellos y llevaba un jersey rojo que le destacaba los ojos aún más. Nos dimos los dos besos de rigor y empezamos a hablar de todo un poco mientras me inundaba una sensación de paz que hacía mucho que no experimentaba, era como si le conociera de toda la vida. Varias veces estuve tentada de besarle pero entonces era muy vergonzosa y tampoco quería que pensara que me lío con todos los chicos que conozco, aunque a él no podía compararle con los demás, por mucho que quisiera, era totalmente diferente a todos los chicos que había conocido hasta entonces.
Me habría pasado con él lo poco que quedaba de tarde con Jesús, la noche y el resto del tiempo del mundo si hubiera podido, a su lado era como si el tiempo se hubiera parado y todo fuera perfecto, no quería que ese momento terminara, pero como siempre suele pasar en estas situaciones, cuando más a gusto estaba con él tuve que ir, sin ninguna gana hacia la parada del autobús que me recogería, mecería hasta llegar a la parada de enfrente de casa de mi tía y me escupiera de nuevo a la realidad, pero aún me quedaba tiempo, hasta que yo no montara en el autobús y lo viera arrancar conmigo dentro, mi cita no se iba a mover un milímetro de allí; cuando por fin me decidí a besarle, cuando mis labios estaban a punto de rozar los suyos llegó el maldito cacharro y como si fuera la cenicienta salí corriendo para montarme en aquel transporte que me dejaría en casa justo a tiempo para no quebrantar el toque de queda impuesto por mi tía y el se quedó allí con cara de perrito abandonado esperando a que su dueña le cogiera amorosamente y lo llevara de vuelta a casa. Esa cara y esa mirada triste me partieron el corazón así que como en unos días tendría que irme de su casa sí o sí iba a darle el gustazo de tener motivos para echarme: justo antes de que el conductor arrancara un grito salió de mi garganta pidiendole que abriera la puerta, que me había equivocado de línea y salí corriendo al encuentro de mi ángel, que ya había unos pocos pasos en dirección contraria a mi casa.
-¡Jesús! ¡No te vayas, por favor!
-¿Pero tú no te habías subido al...?
No le dejé acabar la frase, no podía reprimir más mis impulsos y me lancé a besar esos dulces y carnosos labios que había estado toda la tarde deseando saborear.
-¿Pero qué haces, morena? ¿Tú crees que me puedes dar un beso así porque sí y quedarte tan tranquila? Ahora me toca a mí besarte a tí... -me dijo y se lanzó como una fiera a mis labios, que estaban deseando seguir saboreando los suyos y que nuestras lenguas iniciaran una lucha feroz por rozar a la otra y imprimir más pasión al momento. Tanto beso liberó nuestras manos que empezaron a recorrer la espalda del otro, logrando las suyas que cada roce de sus dedos hiciera que deseara cada vez más sentir sus manos recorriendo mi cuerpo desnudo y poder comerme a besos su anatomía despojada de cualquier prenda de ropa. Los dedos de su mano derecha se enredaban entre mi pelo mientras la izquierda rozaba mi culo con firmeza, lo cual hacía que mi sexo se despertara y yo empezara a desear más de ese chico. Quería que ese chico me diera todo el placer del mundo y darle todo el que fuera capaz de darle, deseaba estar entre sus brazos y no podìa dejar de besarle, era como si me fuera a faltar el aire si lo hiciera. Mis manos cobraron vida propia y mientras una bajó lentamente por su espalda hasta llegar a su culo y sujetarlo con fuerza la otra inconscientemente se dirigió a su miembro, que sólo con el roce de mi mano pareció entrar en un ardiente sueño.
-Ven conmigo, conozco un sitio en el que podremos estar solos.
-Si me lo pidieras ahora mismo me tiraría del puente más alto que encontrara.
Me cogió de la mano y fuimos paseando al parque más famoso de Málaga, dejando de besarnos sólo para mirarnos a los ojos, soltar una carcajada y decir que nos habíamos vuelto locos. Cuando llegamos a un rincón escondido en el que no podría vernos nadie al pasar me tumbó en el frio cesped y empezó a besar mi cuello mientras una de sus manos se metía furtiva por debajo de mi cazadora y mi jersey y las mías rozaban la suave piel de su espalda notando como el vello se le erizaba del frío. Con una destreza que no había descubierto hasta entonces en ningún chico rozó mis caderas y mi sexo volvió a enloquecer deseando sentirle dentro. Mis manos se pelearon con su pantalón mientras mis labios seguían saboreando los suyos; tras unos instantes de pelea conseguí deshacerme de las prendas que escondían su sexo palpitante deseoso de liberarse a la vez que sus manos hacían lo propio con mi ropa. Él rápidamente introdujo sus dedos en mi interior ardiente y empezó a moverlos a un ritmo acompasado que poco a poco iba acelerando dándome cada vez más placer; yo quería devolverle todo el placer que me estaba dando, quería que él también disfrutara, así que agarré su miembro con intención de que mi lengua le demostrara el inmenso placer que estaba sintiendo, pero mi ángel no quería que yo hiciera eso: él quería que llegara al orgasmo, él quería llegar, pero no como yo lo intentaba. De un tirón se deshizo de mi ropa y dejó mis piernas desnudas y mi sexo preparado para recibirle, cosa que no tardó mucho en hacer: con rapidez se quitó el pantalón, se tumbó sobre mí y me penetró lentamente, como queriendo torturarme de placer, mmmmmm, dulce tortura, y poco a poco empezó a acelerar sus movimientos hasta llegar al punto en que casi no podía respirar, tanto placer no me lo permitía y mi cerebro estaba demasiado ocupado dejándose llevar para darle a mis pulmones la orden de llenarse. Mi orgasmo y el suyo llegaron a la vez, lo cual nos dejó agotados a ambos, tirados en el cesped, con la luna llena como testigo de aquella preciosa noche que jamás olvidaré y sé que Jesús tampoco. Sólo espero poder revivir aquella tarde al menos una vez en la vida. ¿Será posible? El tiempo lo dirá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario