miércoles, 4 de junio de 2014

el cigarrillo

La lluvia llevaba rato empapando su rubio cabello y su cara reflejaba que había llorado, mucho, dejando marcas de la evidente tristeza en sus ojos que aun siendo verdes, se habían tornado rojos por el llanto que hacía que sus mejillas ardieran por culpa de aquella mujer que no había vacilado en dejarla sola, en una cuidad que no conocía y sin posibilidad de llamar a nadie para pedirle auxilio; su familia se hizo a la idea mucho tiempo atrás de que su existencia nunca se había producido. ¿El motivo? No ser la hija perfecta, la hermana de la que poder presumir, la sobrina ideal, la nieta adorable digna de ver en cualquier serie de marcos para fotos que observar en cualquier bazar, esa fotografía que se podría aprovechar por quien no fuera asiduo a los retratos en casa pero quisieran dar un pequeño toque de humanidad a una habitación.

Sola y desesperada, a punto de lanzarse al frío abrazo de la dama de la guadaña se encontraba cuando su inesperado salvador se cruzó en su camino: cuando se decidió a dejarse caer sobre el primer coche cuyo conductor mínimamente despistado le ayudara a poner fin a su triste existencia, aquella mano la sujetó y con fuerza lanzó el desahuciado cuerpo hacia atrás. El dueño de ese brazo redentor era un hombre alto, de pelo corto, entre rubio oscuro y castaño muy claro y ojos de  un color que ni siquiera él habría sido capaz de definir, pues en los pocos segundos que ella le miró, entre rencorosa por haberle impedido lograr su egoísta deseo y agradecida porque en el fondo ella no quería que su vida acabase ni tan pronto, ni de esa forma, cambió 3 veces, mezclándose los tonos entre un gris azulado, un marrón claro y un verde oscuro. Ella sólo deseaba dejar de sufrir, dejar de causar dolor a las personas a las que amaba pero que tenían tanto interés en su suerte como una tortuga en saber si la dieta de una rana consiste en comer hormigas o gusanos.

Él no era capaz de ver cómo una persona decidía acabar de una forma tan cobarde con su vida, no tenía tan pocas agallas como para contemplar sin inmutarse cómo alguien quería terminar con una existencia a cuya dueña aún le faltaban muchas cosas por vivir, muchos paisajes por disfrutar, multitud de aventuras por rememorar con el paso del tiempo... Aunque sabía perfectamente lo que ella sentía en ese momento, y es que su vida tampoco había sido ningún camino de rosas. También estuvo a punto de llevar a cabo lo que con el paso del tiempo consideró que además de una completa cobardía fue la peor decisión que había tomado en la vida, también guardó rencor a la persona que se percató a tiempo de que algo fallaba, así que sabía muy bien que su deber era hacer que aquella joven viviera al menos un día más. Pensó que si al día siguiente ella seguría queriendo poner fin a su sufrimiento, tendría todo el derecho del mundo a hacerlo, pero sentía que necesitaba darle al menos ese día para que tuviera la opción de que cambiase o no de opinión, pero que hiciera lo que hiciera, al menos su decisión fuera lo suficientemente meditada.

Ella quiso gritarle, pegarle, exigirle saber por qué quería él que su sufrimiento continuase, pero cuando abrió la boca para hacerle la gran pregunta, pensó que ni a ella le merecía la pena hacer la pregunta ni él iba a darle la respuesta, le gustara cuál fuera o no. No la quería, si la supera muy probablemente haría que sus intenciones, que en su mente estaban claras como el agua, se esfumaran como lo habían hecho anteriormente sus ganas de vivir. Así que cuando sus piernas consiguieron sujetarla, recogió del empapado suelo la pequeña bolsa de tela que albergaba su teléfono cuya batería estaba a punto de morir, su monedero vacío y su mechero amarillo fluorescente casi sin gas, miró entre curiosa y temerosa al hombre que acababa de salvar su vida. Sin mediar palabra, él le ofreció un cigarrillo que ella casi le arrancó de las manos, lo encendió apurando el gas que quedaba dentro de su moribundo encendedor y echó a andar de nuevo bajo la lluvia. Estaba exactamente igual que hacía unos minutos: sin un lugar al que ir, sin alguien con quien hablar, sin hombro amigo en el que apoyarse, pero con un motivo por el que seguir viviendo al menos 5 minutos más: disfrutar del cigarrillo que le había dado el hombre de mirada misteriosa que no la había dejado morir.

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