miércoles, 4 de marzo de 2015

el bolso

Es una agradable tarde de mayo, pero yo no tengo ganas de salir. Hoy hace 3 meses que vi por última vez a Josema y mi cerebro no hace más que recordármelo, haciendo que tenga un día de perros. Sólo tengo ganas de meterme en la cama, dormir y despertarme mañana, pero por suerte ahí está mi incombustible amiga Marta, dispuesta a sacarme de mi amargura y no dejarme pensar, al menos por hoy. No pensar en qué día es hoy, no pensar en nada... No pensar en él.

Esta mañana, en cuanto se enteró de que estaba en Madrid, hizo arder mi teléfono; a la decimonovena llamada perdida respondí porque aunque no tenía ganas de hablar con nadie, al fin y al cabo ella no tiene la culpa de nada; así me convenció para salir a tomar un refresco, pero sin contarme su pequeño plan: además de que ella es mi fotógrafa preferida y lo sabe, su mejor forma de distraerme es prepararme una buena sesión de fotos en el parque del oeste. Al fin y al cabo, hace un día precioso y hay que aprovecharlo. Y en el césped, estamos haciendo el ganso y pasando un buen rato. Lástima que va a tardar poco en agriarse...
- A ver, Nat... ponme esa sonrisita sexy que tú solo consigues que haga que todo a tu alrededor se ilumine.
- Mar, tú si que sabes hacer que una mujer se sienta bien -sólo con esa frase consigue que una enorme sonrisa se dibuje en mi rostro y que me olvide de todo lo malo que hay en el mundo.
- Oh, sí, nena, dámelo todo... Humm, qué buena estás cariño... Sí, sí, levántate el pelo... -ella me va dando indicaciones mientras yo pongo en marcha mi mejor sucesión de posturas absurdas. -¿Sabes qué es lo que más me gusta de estas sesiones? Que hasta haciendo el payaso sales preciosa.
- Hala, exagerada, no será para tanto...
- ¿Que no? ¡Mira esta! Lo que yo te digo, Natalia, hasta en la postura del mono borracho estás genial
Lo cierto es que mi amiga tiene razón: aunque estoy apoyada sobre una sola pierna y aguantando torpemente el equilibrio me gusta cómo me veo en la foto, con los reflejos rojo fuego de mi pelo flotando alrededor de mi cabeza gracias al suave viento que sopla y que hace de improvisado ventilador.
- Ahora una sentada en el césped. Nat... cuando te pillo mirando a la nada me encanta la expresividad de tus ojos.
- Al final te voy a cobrar por hacerte de modelo, ¿eh?
La miro y ambas nos echamos a reír a carcajadas. Cualquiera que nos vea va a pensar que nos hemos escapado de algún hospital psiquiátrico. Nos hacemos varios selfies muertas de risa y a la décima autofoto Marta se pone seria, me mira, me mira muy seria y me chilla.
- ¡¡POR DIOS, NO SE TE OCURRA MOVERTE!! Así sales preciosa, seguro.
Me hace varias fotos conmigo medio tumbada en el césped, con el pelo meciéndose suavemente en el aire, mirando a la cámara, riendo, poniéndome seria, mirándola a ella, con la mirada perdida... Justo cuando más a gusto me siento y empiezo a deshinibirme escucho cerca de mí una voz que me resulta  desagradablemente familiar.. La suya.
- Yo quiero una copia de esa última foto... la bella Natalia debe parecer una diosa.
- ¿Qué coño haces aquí, Josema?
- Llevo una semana aquí, y cuando he visto en el estado de facebook de tu amiga que estaríais aquí me pasé a ver si te veía.
- Pues ya me has visto. Ahora, si te das la vuelta y te vas por donde has venido, quizá no me amargues del todo la tarde.
- Bella Natalia...
- Ni bella Natalia ni hostias, que te vayas.
- Natalia... -susurra mi amiga.
- Marta, por favor, no te metas. Y tú: lárgate.
- Natalia, llevo tres meses sin verte, quiero hablar contigo... te echo de menos.
- Sí, y el color rojo de mi pelo es natural. Que te largues.
- Natalia, yo... -yo me levanto del suelo y cuando voy a dar el primer paso en dirección opuesta a él me agarra del codo. -Por favor te lo pido. Escúchame, Sé que no me he portado bien contigo, yo...
- ¡¡¿¿QUE TE LARGUES??!! ¿¡Es que no hablo claro?! Suéltame y lárgate. ¿Quieres hablar conmigo? Pues yo contigo no. Tú mismo lo has dicho: has tenido tres meses; haberlos aprovechado. Hasta luego.
- Nat, no seas borde.
- Marta, no me toques la moral... Que se largue con su mujer y me deje tranquila.
- Firmé el divorcio hace quince días.
- ¿Y? ¿Qué esperas, que te dé un aplauso? -las lágrimas pelean por empezar a salir de mis ojos y la garganta me escuece del esfuerzo que estoy haciendo por no echarme a llorar ahí mismo. -Te lo voy a decir despacito, a ver si así lo entiendes: de... jame... en paz -mis ojos ahora reflejan toda la furia acumulada contra él y tengo que contenerme mucho para no darle un bofetón. Mi cuerpo destila ira por cada poro y lo único que quiero es perderle de vista. Él clava su mirada en mí y después de un tiempo que a mí me parece una eternidad, cuando está a punto de conseguir que claudique aprovecho que me suelta el brazo para salir casi a la carrera de allí. Josema grita varias veces mi nombre, pero yo no lo hago caso. Me voy directa a casa, pero cuando quiero darme cuenta sólo tengo las llaves de mi casa: mi bolso con el móvil dentro se ha quedado en el coche de Marta, pero estoy tan furiosa que lo último que me apetece es darme la vuelta arriesgándome a volver a encontrarme con él; ya me lo traerá luego ella o iré a su casa mañana a pedirle mis cosas.

Son casi las diez de la noche cuando el timbre de mi casa suena. Aún enfurecida, abro la puerta pensando que es Marta la que está detrás de aquel trozo de madera es Josema, así que a una velocidad que hasta a mí me asombra se la cierro en la cara, antes de darle tiempo siquiera a decir hola, lo que hace que él empiece a aporrear el timbre, gritando que le abra. Después de un par de minutos parece que se ha cansado, pero cambia de táctica y empieza a llamar a la puerta.
-Natalia, por favor, sólo quiero darte el bolso. Abre la puerta y en cuanto te lo dé, me iré.
- Déjalo colgando del picaporte y cuando te vayas abriré y lo cogeré.
- ¿Por qué tienes que ser tan rencorosa y tan cabezona, bella Natalia?
- No... me llames... bella... Natalia. Soy así, y lo soy porque me da la gana. ¿Vas a dejar el bolso  y vas a irte hoy o pasado mañana por la tarde?
- ¿Quieres tu puto bolso? Pues abre la maldita puerta o te quedas sin él.
Abro la puerta, le arranco el bolso de las manos, dejo la puerta entreabierta sin ganas y con un gesto le seco le indico que puede sentarse en el sofá. Mientras dejo el bolso colgado en la percha, le miro y con mis ojos destilando furia, le miro fijamente:
- ¿Qué quieres? Rapidito, que no tengo toda la noche y déjate del rollo Christian Grey... el papel te va demasiado grande. En cambio el de manipulador amnésico te va como anillo al dedo -gruño, tratando de ser lo más arisca posible-.
- No entres en una guerra que tienes perdida antes de declarar, Natalia.
- Entro donde me da la gana. ¿Tiene algún problema el señorito Josema, o ahora tengo que pedirle permiso para seguir con mi vida? ¿En qué guerra voy a meterme según tú? Me has demostrado sobradamente que sólo te acuerdas de mí cuando ello te reporta un beneficio. Mira, mejor lárgate... No sé en que demonios estaba pensando cuando te he dejado entrar.
- En que estás enamorada de mí.
- ¿Yo? ¿De tí? Venga, por favor, no me hagas reír. Y ahora, si me haces el favor de irte...
- No voy a irme. No antes de que reconozcas que tengo razón y de lograr mi objetivo. Y por supuesto que no soy un multimillonario sádico, pero sí peleo por lo que es mío.
- ¿Por lo que es tuyo? ¿Pero qué me estás contando?
Llego hasta la puerta, la abro y con un gesto le invito a irse, pero él está clavado, en medio del salón de mi casa, clavado como una estatua, me mira y niega con la cabeza. No aparta su mirada de la mía y tras unos instantes asumo que no va a irse ahora. Claudico, me siento en el sofá, y sin apartarle la mirada en ningún momento, tratando de retarle, le murmuro que hable. Se queda callado unos instantes, hasta que mirando al suelo, vuelve a negar con la cabeza y acerca su mano a mi pierna, pero yo no puedo soportar que me toque y doy un respingo en el sofá, algo que no esperaba y que hace que una ráfaga de miedo se aloje en su cara. La verdad es que no sé por qué he hecho eso: llevo tres largos meses echando de menos el tacto de sus manos sobre mi cuerpo; aunque no voy a reconocerlo, estoy deseando que vuelva a intentarlo, pero no lo hace; se levanta del sofá, se acerca a mí hasta que nuestros labios quedan separados por unos escasos centímetros, pudiendo sentir su aliento y escuchar su acelerada respiración.
- No quería hacerte daño, bella Natalia, no quería hacerte sufrir... Sólo quería que dejaras de volverme loco, ser capaz de tenerte cerca y no sufrir aguantando el impulso de comerte a besos, pero no puedo. Incluso ahora sólo quiero saborearte, rodearte por la cintura y hacerte llegar al mayor de los orgasmos que haya conseguido provocar a una mujer ahora mismo. Pero tú no quieres tenerme cerca y lo entiendo. He sido un puto imbécil y por intentar no hacerte daño he conseguido que me odies. Tranquila, no volveré a acercarme a ti.
- No -es lo único que soy capaz de decir. Quiero gritarle que no le odio, que a mí me pasa lo mismo con él, que lo único que necesitaría para ser feliz es tenerle a él a mi lado, que el ansia por que me bese y que recorra mi cuerpo despacio, como sólo él ha sabido hacerlo hasta ahora, pero las palabras no pueden salir de mi garganta, apresadas por ese nudo que atenaza mis ganas de llorar. No... Josema... yo.. solo...
No me deja seguir hablando: se pone de pie, me agarra de las manos abalanzándome sobre él y al ver que mis piernas no me sujetan como deberían rodea mi cintura con mis brazos y sus labios se lanzan a los míos, que se aferran a él con una pasión desesperada a la que él responde. Con la mezcla justa de fuerza y dulzura me lleva hasta mi cama y me tumba despacio, sin soltarme ni dejar de besarme. Cuando estoy completamente tumbada en la cama se incorpora hasta ponerse de pie, me mira y con una enorme sonrisa, sin decir nada, me mira de arriba a abajo y empieza a quitarse la ropa mientras yo, hipnotizada por esa mirada me deshago de mi camiseta. Con delicadeza me quita el pantalón y él se quita después su ropa, se tumba conmigo en la cama y empieza a recorrer mi cuerpo entre besos y mordiscos, empezando por mi barbilla y deslizándose hacia mi pecho mientras me desabrocha el sujetador, rozando suavemente mi piel al quitármelo. Cuando llega a mis pechos, recorre uno con la lengua mientras son los dedos juega con el otro, torturándome, haciendo que sólo sea capaz de pensar en volver a tenerle dentro, pero eso puede esperar, ahora sólo quiero disfrutar de él y de este momento así que le agarro del pelo y le obligo a subir hasta mis labios de nuevo, para que sean sus manos las que juguetean con mis pezones, que con cada roce están más duros a la vez que mis piernas le rodean por la cintura, atrayéndole hacia mí, permitiéndome notar su creciente erección clavarse contra mi sexo; mis caderas, que de pronto cobran vida propia, moviéndose suavemente, pidiéndole que se unan de la forma que mejor saben hacer. Rápidamente sus dedos se deslizan por mi abdomen hacia mi sexo, rozando suavemente mi mayor punto de placer, estimulándolo hasta que mis piernas empiezan a temblar y sólo quiero que entre en mí, que me haga alcanzar ese nivel de placer al que sólo él ha sido capaz de hacerme llegar, pero se separa de mí y como muestra de mostrarle mi enfado hundo mis dedos en su corto pelo y le doy un tirón.
- Ah -gruñe con un leve gesto de dolor-, creo que hay alguien que le tiene cariño al estilo amatorio de Christian Grey...
- Cállate y haz lo que los dos estamos deseando antes de que me arrepienta.
Dicho y hecho, dispuesto a complacerme empieza a deslizar su lengua desde su ombligo hasta mi sexo, haciendo que cada segundo que pasa desee más volver a unirme a él, volver a disfrutar de su cuerpo. Con una enorme destreza me mueve en la cama, despacio, con una mezcla de ansia e ímpetu que hace que me quede tumbada en la cama, y él se sube encima de mí. Sus manos vuelven a rozar mis pezones hasta que noto que entra con fuerza en mí, empujando a un grito a salir de mi garganta y empieza el baile que mejor sabe bailar. Comienza a embestirme con fuerza y mis manos recorren toda su espalda de arriba a abajo, una y otra vez, acelerando el ritmo de sus roces, acompasándolos al del movimiento de sus caderas, a la vez que sus labios y los míos vuelven a pugnar en nuestra batalla preferida: la de poner más énfasis en cada beso hasta que los gemidos empiezan a brotar de nuestras gargantas, en una especie de combate que ninguno de los dos queremos perder en esa guerra que estamos librando con varias batallas a la vez, con mis caderas haciendo un ligero vaivén, haciéndole entrar y salir de mí y satisfaciendo nuestros más bajos instintos.
- Vamos, Natalia, acepta que esta vez vas a perder la guerra, que por una vez no eres tú la que provoca el orgasmo, que eres la que lo disfruta. Ríndete y disfruta.
- Aaaaahhhh... -quiero gritarle que aún le quedan muchas batallas que perder conmigo, pero sólo consigo gemir y sentir que nuestra respiración de acelera cada vez más, hasta que le hago caso y me dejo llevar, sintiendo cada roce como nunca antes lo había hecho. Todos los músculos se mi cuerpo se tensan unos segundos para dejar paso a un devastador orgasmo que me recorre de pies a la cabeza a la misma vez que Josema llega al suyo.

Pasamos un rato abrazados, sin soltarnos y yo no quiero que ese momento termine nunca. Si pudiera hacer que el tiempo se parase una vez en mi vida, sin duda éste es el momento que elegiría... El orgasmo que he tenido ha sido tan intenso que incluso me he mareado un poco y Josema se ha asustado y no me deja levantarme de la cama hasta pasado un buen rato y cuando me lo permite me ayuda a ponerme en pie, temeroso de que las piernas no me respondan.
- ¿Aún quieres que me vaya? -me pregunta con una mirada gélida y la voz temblorosa.
- ¿Quieres irte?
- Ahora mismo sólo quiero agarrarte y no soltarte, bella Natalia. Bueno, eso, y en cuanto te repongas un poco repetir la jugada.
- ¿Tienes algo que hacer?
- Apagar tu móvil y el mío; le prometí a tu amiga Marta que la llamaría en cuanto te devolviera el bolso.
- Hum, entonces sí, será mejor apagarlos...

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