sábado, 31 de enero de 2015

Eva

Eva era una chica atractiva para cualquiera que tuviera en sus plenas facultades el sentido de la vista: no era la altura lo que la hacía destacar, pero lo compensaba con una figura esbelta, unas piernas bien torneadas, un pelo rubio a media melena que la ayudaba a explotar su imagen de buena chica y unos ojos verdes que hacen que quien los mire sea presa de uno de los más bellos embrujos que nadie haya podido padecer; precisamente eso fue lo primero que me llamó la atención de ella y lo que sin que ella lo pretendiera me hizo caer rendida a sus pies...

Nos conocimos gracias a un amigo en común, cuya intención era presentarme a un amigo que acababa de dejar su relación con su novia; aunque el chico era guapísimo y tenía unos ojos marrón claro de escándalo, los que me hipnotizaron en aquel preciso instante fueron los de la dueña de aquellas curvas que intuía tanto me iban a costar recorrer. No era plan descubrir descubrir ante toso el mundo ni a la primera de cambio uno de mis más ocultos secretos, así que por una parte debía tener una infinita carga de paciencia y por otra al medir mis pasos podría llevar a cabo con más tranquilidad mi estrategia, de (al menos intento) conquistarla. Pero no todo sale a la perfección según nuestro plan de batalla trazado al empezar la guerra, así que esa tarde, por más que lo intenté, no fui capaz de pasar más de diez segundos sin clavar mi mirada en aquellas profundidades. Traté de centrarme en mi amigo, que no se merecía que después de tantos meses sin poder vernos le dejara colgado por estar más pendiente de un flechazo que de quien había propiciado tan agradable encuentro.

Finalmente conseguí mi objetivo y el de mi amigo, aunque me costó un mundo que consiguiera lo que él esperaba de mí: el pobre intentaba subirle el ánimo a su amigo y éste a su vez no tenía más ambición al acabar el día que la de no meterse solo en la cama (algo que por supuesto, no consiguió) y yo logré haciendo un enorme esfuerzo no babear encima de la bella Eva y que esa noche su número de teléfono quedase grabado en la agenda del mío. La mejor forma en la que podía terminar para mí la noche lo hizo en momento en el que menos lo esperaba y más desanimada estaba. Justo cuando me encontraba a punto de meterme en la cama me llegó un mensaje de mi preciosa rubia: "Buenas noches guapísima. Me ha encantado conocerte y espero que volvamos a vernos, me has caído genial. Un beso reina". Guapa, simpática, graciosa y además educada, para mí en ese momento esa chica lo tenía todo, era como la personalización de todo aquello que llevaba tanto tiempo buscando y que sólo había podido encontrar, y ni mucho menos a ese nivel, en otra chica. Luego los hombres se preguntan dónde nos escondemos las mujeres. En fin, Serafín...

Fueron pasando los días y fui quedando con mi querido amigo, con el tercero en discordia y por supuesto con la protagonista de todos mis pensamientos. Quería dejar de pensar en ella, centrar mi atención en el otro chico, el cual he de reconocer que también me encantaba, pero no me llenaba ni la mitad que ella... Quería ser capaz de centrarme en aquel chico que cada vez que hablaba hacía que las carcajadas salieran de mi boca sin pausa apenas para tomar aire, pero no lo era; mi cerebro se rebeló en mi contra haciendo que esos ojos verdes pasaran por mi mente en los instantes más inoportunos, declarándome una guerra que cuanto más tiempo pasaba, más claro veía que tenía perdida.

Casi un mes después de conocer a Eva logré por fin dejar de pensar continuamente en ella, dejar de desear lanzarme a besarla cada vez que la tenía cerca, dejar de excitarme en la ducha, imaginando al recorrer mi cuerpo el agua tibia que eran sus manos las que se deslizaban por mi piel... O eso creía yo. Una tarde al salir de trabajar me llegó un mensaje de la persona que menos esperaba: o la vista me estaba jugando una mala pasada o la pantalla me mostraba que Eva, después de varios días sin dar señales de vida se había acordado de mí, y por lo que parecía, el mensaje era tan corto que parecía un telegrama. Casi sin ser capaz de pulsar el código de desbloqueo por los nervios que hacían que mis dedos temblaran como una hoja, afortunadamente fui capaz de leer aquella petición que parecía rozar la súplica; ese "estoy mal, necesito hablar con alguien, ¿te importa invitarme a una cerveza?" hizo que me dieran ganas de recorrer el camino a casa, a donde ella me pidiera ir saltando a la pata coja... Evidentemente, mi respuesta no se hizo esperar, escribiendo y enviando a una velocidad inaudita un "dime hora, sitio y me tienes allí media hora antes". Me citó en un parque al que iba siempre que necesitaba desconectar y cuando llegué. al verla sentada en un banco con la cabeza entre las piernas, llorando como un bebé, mi alegría por volver a verla dejó paso a una enorme tristeza mezclada con la rabia provocadas por ver que la alegre chica de profundos ojos verdes estaba cualquier cosa menos alegre. No pude evitar acercarme a la carrera a ella, deseando tan sólo lograr que dejara de llorar. No, ella no merecía pasarlo mal, ella no.

- ¡Eh, mi niña! ¿Qué te pasa? ¿Qué demonio ha osado salir del infierno para hacer que la chica más guapa del mundo derrame esas lágrimas? Que se prepare, porque voy a darle rapidito el billete de vuelta con un aviso de que no vuelva a aparecer.
- Nada, preciosa, es simplemente que estoy cansada, estoy agobiada... Estoy harta de que nadie quiera ver cómo soy, que nadie quiera estar cerca de mí sin que salga huyendo... ¿Tan mala persona, tan poco atractiva soy para que nadie quiera siquiera lanzarme un piropo? ¿Por qué no le gusto a nadie?
- Eso no es cierto, bella Eva. Sé perfectamente que hay alguien que se muere por tí, que se muere por comerte a besos y que no puede pasar más de tres segundos seguidos sin pensar en tí.
- ¿Ah, sí? Pues, ¿dónde está? ¡¿Yo no le veo por ninguna parte?! Gracias por intentar animarme, reina, de verdad, pero las dos sabemos que no es verdad, nadie siente todo eso por mí.
- ¿No? ¿Segura? -No pude contenerme más, me lancé a saborear por fin sus labios, temerosa que su respuesta fuese el mayor bofetón que me propinasen en mi vida pero dispuesta a disfrutarlo al máximo. Me moría de ganas de hacerlo, pero logré contenerme lo justo para que sólo hubiera un roce. -Dime otra vez que no le gustas a nadie... Dímelo, Eva... ¡DÍMELO!
- Yo... Tú... Pero... ¿Tú eres...? ¿eres... lesbiana?
- Soy bisexual. A ver, me gustan más los chicos, pero cuando se cruzan en mi camino unos ojos así... Es superior a mí, y si además la dueña es tan guapa y tan simpática... Caigo rendida a sus encantos.
- Verás, reina... Yo...
- No te gustan las chicas: perdón, se que no debería haber hecho eso, pero no pasa nada, puedes estar tranquila; no volveré a hacerlo. Yo... no quería hacer esto, no quería hacerte sentir incómoda ni nada, pero... -no me dejó acabar: fue ella la que se lanzó a besarme, con una dulzura con la que no lo habían hecho nunca, dejándome impresionada.
- Es verdad que no me gustan las chicas, pero... ¡arrepiéntete sólo de lo que no haces! Y yo no quiero arrepentirme de pudiendo hacerlo ser tan tonta como para no probar algo... prohibido. No quiero pensar ahora, sólo quiero experimentar  y dejarme llevar. ¿Estás dispuesta a ayudarme?
- Eva, ¿estás segura de querer...? -de nuevo, no me dejó terminar de hablar, de hacerle la pregunta; se lanzó a mis labios de nuevo, con más intensidad y empezando a morderme con dulzura, haciendo que mi excitación no sólo hiciese acto de presencia sino que además fuera en aumento. Intenté apartarme un poco de ella, pero las ganas de seguir besándola eran más fuertes que cualquier cosa que hubiera requerido de mi fuerza de voluntad en ese momento.
- Vámonos. Donde quieras, pero vámonos. Quiero ir más allá, quiero dejarme llevar contigo y que me hagas sentir lo que no me ha hecho sentir nadie.

Sin pensarlo un segundo completo la cogí de la mano y sin soltarla en ningún momento del trayecto llegamos a la puerta de mi casa; como pude me peleé con el bolso para sacar las llaves con la mano que me quedaba libre, pero fue imposible encontrarlas así que tuve que soltarla un instante, queriendo ya empezar a recorrer ese cuerpo escultural. Mientras el ascensor nos elevaba hasta el piso en el que estaba mi piso mis manos empezaron a volverse locas, recorriendo las caderas de Eva, bajando hasta su precioso trasero para volver a subir por su espalda al tiempo en que se iba acomodando sobre una de aquellas mudas paredes al tiempo que nuestros labios se enzarzaban en la dulce pelea de ver cual de las dos estaba más ansiosa por dar un paso más en aquella excitante locura que sólo me permitía optar por una solución agradable posible: o llegaba hasta el final o me arrepentía el resto de mi vida de desperdiciar esa oportunidad. De hecho estaba a punto de echarme atrás cuando la puerta de aquel habitáculo se abrió, dejando frente a quien saliera la puerta de mi santuario, Solté de nuevo a Eva el tiempo justo de abrir la puerta, contra la que la empotré nada más cerrarla. Ya me sentía totalmente cómoda, estaba en mi territorio y eso me daba una ventaja que no iba a desaprovechar... Dejé de besar aquellos dulces labios para empezar a comerme a besos y pequeños mordiscos aquel cuello que me estaba llamando a gritos, pudiendo disfrutar profundamente del delicioso olor de su perfume: recorrí aquella zona suave y lentamente, en un intento desesperado de que el tiempo pasara más despacio y aquel momento no acabase nunca; con cada roce de mis labios mi cuerpo deseaba más y de su garganta empezaban a brotar pequeños gemidos, que aumentaron de intensidad sensiblemente cuando empecé a bajar al filo de su camiseta, que duró apenas unos segundos más escondiendo su delicioso cuerpo. Eva se despojó de ella y yo me dediqué a recorrer el precioso escote que que hacía aquel sujetador negro de encaje, que enseguida hicimos caer al suelo. Yo ya no era capaz de parar, no quería, pero mi bella chica se merecía disfrutar, yo deseaba hacer que tocara el mismísimo cielo con las manos y en ese momento tuve en cuenta de que apoyada en la puerta no iba a estar cómoda, y para que lo estuviera lo primordial era que se pusiera en un sitio agradable así que con un simple "ven" la conduje apenas unos pasos, aferrada yo a su cintura y ella a mi cuello, sin poder dejar de mirarla hasta tumbarla suavemente en mi cama. En cuanto se puso cómoda me lanzó la más pícara de las miradas que había visto salir de esos ojos y con una enorme sonrisa me propinó un certero golpe: mirándome fijamente hizo con un dedo un gesto para que me acercase a ella y cuando me tuvo a la distancia adecuada me susurró al oído
- ¿Ésto es lo mejor que sabes hacer?
Una frase tan sencilla que me hizo enloquecer. con una mezcla de deseo y ansia volví a empezar a besarla un instante antes de centrarme en aquellos pechos que me impedían recuperar la cordura. Mi lengua comenzó a juguetear con aquellos pezones que rápidamente se pusieron duros como rocas, hinchados y erectos al mismo tiempo que los gemidos de Eva iban aumentando en frecuencia e intensidad; en el momento en que sus caderas iniciaron el movimiento más antiguo de la historia me separé de ella lo justo para responderle.
- ¿Lo mejor que sé hacer? Cariño, aún no he empezado...
- ¿Y a qué esperas?
- A que me des permiso. ¿Estás segura de que quieres que siga?
- ¿Tú qué crees? Te dije que quiero experimentar y no pienso hacerlo a medias: quiero saber qué se siente al estar con una chica, quiero darte pla...
- No, no, no, mi niña -la interrumpí-. Esto, hoy, conmigo, no va a funcionar así. Hoy vas a disfrutar tú... Te lo mereces, y eso vas a tener.
Con rapidez le quité el pantalón, pesando por la piel que iba quedando al descubierto, haciendo que con cada roce su excitación se disparase un poco más, hasta llegar al mejor momento, el momento en que toda ella quedaba a mi merced; en cuanto estuvo completamente desnuda empecé a lamer sus piernas, desde los tobillos, lentamente, con la única intención de preparar el terreno para la mejor parte. Al llegar a sus muslos los mordiscos, dulces pero decididos comenzaron a llevar a cabo su función, conmigo deseando darle cada segundo más placer y con ella implorando que siguiera, hasta que dejé de torturarla esperando al llegar a la parte más escondida de su delicioso cuerpo. Mi lengua empezó a deslizarse por sus ingles, preparando a su sexo, haciendo que todo su cuerpo ardiera y sus gemidos poco a poco quedaran a un paso de tornarse gritos cuando mis labios llegaron a ese sexo, ardiente, húmedo y preparado para la función. En el mismo instante en que mi lengua rozó por primera vez su clítoris el primer grito hizo acto de presencia y sus manos retorcieron un segundo las sábanas que yacían bajo su espalda.
- Ahora, cariño, vas a ver qué es lo mejor que sé hacer... -sin darle tiempo a asimilar lo que acababa de escuchar mi lengua empezó a jugar con aquel pequeño botoncito que cada vez estaba más caliente.-Y no me va a hacer falta para que toques el cielo meterte un solo dedo.
Seguí alternando besos y lametones, con mi lengua deslizándose por todo su sexo mientras mis manos se dedicaban a recorrer su abdomen, bajando por sus muslos lentamente, rozando aquella suave piel sin ninguna prisa, tomándome mi tiempo y asegurándome de que nunca fuera capaz de olvidar aquella tarde. Cada roce en aquella zona era más intenso y cada gemido de Eva tenía un volumen más alto, hasta que decidí que ya era hora de ponerme seria: mi lengua dejó de centrarse en su mayor punto de placer, con el único objetivo de anhelar ese contacto y amplificarlo. Cuando introduje la punta de la lengua en aquel agujero húmedo y ardiente Eva empezó a gritar cada vez más fuerte y sus piernas empezaron a temblar, dándome aquella señal que estaba deseando: estaba completamente lista y se había rendido totalmente. Volví a empezar a lamer aquel punto en el que su placer se multiplicaba mientras mis manos se aferraban con fuerza a sus caderas.
- ¡Vaya dominio de la lengua, pequeñaaAAAAAAAAAAAA!!!!!
- Cariño -dejé aquella zona descansar un poco más de todo aquel placer unos instantes, gateé hasta llegar a la altura de aquellos inmensos ojos verdes y clavando en ellos mi mirada susurré- lo que no te da un hombre te lo da una mujer; nadie mejor que una mujer sabrá jamás que le gusta a otra. - Volví a bajar para seguir provocando aquel bendito placer, haciendo que Eva no pudiese dejar de gritar, retorcerse en la cama y pedir que aquello no acabara nunca... Por supuesto, sus deseos eran órdenes para mí, así que no dejé de jugar con aquel pequeño botón, de hacerla temblar hasta el momento deseado, el momento en el que llegó a un delicioso orgasmo: gritó tanto que acabó haciéndose daño en la garganta, pero aquello era lo último que le importaba en aquel momento.
- Pequeña, nunca nadie había conseguido darme tanto placer... ¡Eres única! Y... ¿Podremos repetir?
- Cuando, como y donde quieras, mi niña.

En el mismo instante en que se sentó en la cama, aún desnuda y algo mareada por tanto placer, sonó su móvil.
- Es tu amigo del alma, que si me apetece salir y que tu ligue está intentando localizarte pero no da contigo.
- Me quedé sin batería llegando al parque... Dile que en una hora quedamos donde quieran y que ahora me llamas para que pase a recogerte -gritaba al otro lado de la casa mientras cogía uno de mis conjuntos preferidos: corsé, minifalda y botas altas de cuero negro, para prestárselo a Eva. -Toma, preciosa, ¡ponte esto, debe quedarte genial!
- No te importa que me lo ponga?
- De hecho estoy deseando que lo hagas... Vamos a salir esta noche y vas a lucir espectacular. La mejor forma de acabar bien un día es sintiéndote imponente.
- No, mi niña, la mejor manera de acabar bien un día es teniendo todo el placer que acabas de darme.. -me besó aferrándose a mi cintura y me susurró al oído -Te tomo la palabra -miró el corsé y dijo con su mejor sonrisa que le encantaba tanto la idea como el conjunto.
- ¿Me dejas ponértelo, bella Eva? -no esperé a su respuesta; cogí el corsé y se lo ajusté dándole un beso en la espalda justo antes de apretar  para ceñirle cada centímetro, ajustándolo para que todo aquel que la mirara pudiera alegrarse la vista con esos encantos de los que yo solita acababa de disfrutar en su totalidad. Cuando terminé de ponerle aquella preciosa prenda, y aprovechando que ella estaba terminando de cambiarse yo me puse mi otro conjunto preferido: pantalón de cuero rojo, botines a juego y mi camiseta blanca con cremallera hasta el final del escote; ya sólo me faltaba coger mi casco y encontrar uno que poder prestarle a mi niña: esa noche íbamos a presumir como nunca, empezando por la forma en que íbamos a llegar al punto de encuentro con los chicos.

Cuando llegamos al local en el que habíamos quedado, los chicos ya estaban esperándonos en la puerta, y al vernos aparecer de esa forma de quedaron ojipláticos.
- ¿Y esa moto? ¿Al final te diste el capricho? -preguntó mi amigo aún boquiabierto-. ¿Y esa sonrisa, Eva? -siguió con su interrogatorio particular-. Ambas nos miramos, nos echamos a reír como hacía tiempo que ninguna de las dos lo hacía, y con la mejor de sus sonrisas y un precioso brillo en la mirada Eva respondió:
- Si tú supieras...

No hay comentarios:

Publicar un comentario