domingo, 6 de diciembre de 2020

la magia se llamaba Víctor (capítulo 4)

 En el mismo instante en el que pusieron un pie en el aeropuerto de Montpellier, cada uno estaba sumido en un pensamiento, pero todos estaban conectados: había que descubrir qué había estado pasando en Selnav, y había que hacerlo YA. A Valérie casi no le dio tiempo a encender el móvil antes de que empezase a vibrar como un loco; un mensaje destacaba sobre todos los demás: cuando leyó "desfalco confirmado, ese tío está en problemas", se le heló la sangre: por una parte, reconocía avergonzada, deseaba que lo que les habían dicho fuera verdad, pero por otra, el sólo pensar en todo lo que le venía encima a su amiga le rompía el corazón. No le dio tiempo a decir nada, Amandine, sólo con ver su cara, supo que tenía que empezar a preocuparse.
- ¿Qué pasa?
- Cielo, tranquila... Tendremos que...
- Valérie, que ¿qué pasa?
- Amandine...
- ¡HABLA! -gritó Amandine, empezando a sentir la ansiedad anudarse en su estómago-.
- Está bien... Compruébalo tú misma -puso la pantalla del móvil en su campo de visión y vio como aquella cara también se ensombrecía-.
- Vale... Hora de sacar la basura. Llama al bufete y que vean por dónde podemos pillarle antes. Y quiero que empieces a tramitarme el divorcio en cuanto salgamos de aquí.
- De hecho -sonrió Valérie- si me acompañas al despacho, puedes firmar la demanda hoy mismo.
- ¿Y a qué estamos esperando? -el brillo volvió a la cara de Amandine. En ese momento sonó su móvil-. Dime... sí, acabamos de bajar del avión, ¿cuándo llegas?... Perfecto. ¿Te parece bien si nos vemos en el despacho de Valérie? Apunta...

El trayecto hasta el bufete de abogados en el que trabajaba Valérie, fue de un dilencio sepulcral, hasta que apenas una manzana antes de llegar, tiró del freno de mano en medio de la carretera y gritó:
- ¡Dilo ya, Amandine, por dios!
- ¿Que diga qué?
- ¿Te estás quedando conmigo? Has decubierto no sólo que esa cosa a la que aún tienes que llamar "marido" se ha llevado de tu empresa todavía no sabemos cuánto dinero, además, y perdona que meta el dedo en la llaga, has abierto los ojos sabiendo tú mismita de qué pie cojea ese cabrón, por no hablar de que, y no se te ocurra negármelo, te has quedado prendadita del canario. Esto te lo digo como tu abogada: cuidado con lo que haces y dónde pones la cabeza; como amiga... ¡tíratelo a la mínima oportunidad!
- ¡Valérie Baudoin! -chilló aguantando la risa-. ¿Por qué clase de depravada me has tomado? Casi no le conozco y...
- Y él te hacía los mismos ojitos que le hacías tú, y que por cierto, hace meses que no te veo hacerle a...
- Querida Valérie, dos puntos -dijo Amandine teatralmente, fingiendo escribir una nota-, si se te ocurre pronnciar el nombre del trabajador que roba a mi empresa, te despediré. Con amor, Mandy -la miró con una sonrisa inocente-.
- ¡Bueno, bueno! hay que ver lo mal que nos ha sentado la vuelta a la rutina...

Como era habitual en ella cuando tenía algo importante en la cabeza, entró con la mano levantada a modo de saludo, pero -eso sí que era extraño-, se paró en seco en mitad del bufete y exclamó:
- ¡Señoras y señores! Buenos días. Muchos de ustedes ya la conocen, pero para quien todavía no hayan tenido el placer, les presento a la señora Amandine Martin, que solicita nuestros servicios para que cursemos su demanda de divorcio y realicemos una auditoría de su empresa; Didier, llama a Selnav y prepara la auditoría YA. Simon, a mi despacho, AHORA.

La compañera al que reclamaba era, dentro de que ni siquiera en su propio bufete confiaba en nadie, sin duda era con el que menos reticencias tenía. Aquella muchacha rubia, menuda, de ojos azul oscuro y piel ligeramente morena, había sacado a su jefa de más de un apuro y si había un buen momento para devolverle el favor, sin duda era ese. Le explicó el panorama que se les planteaba tanto en referencia al futuro de Amandine a nivel personal como lo que habían averiguado de Selnav. También ayudaba a que pudiera apoyarse en la chica el hecho de que hacía un par de años, habían coincidido en una fiesta en Cap D'Agde y aunque en un primer momento ambas fingieron no reconocerse, acabaron teniendo un buen par de orgasmos juntas; Amandine no podía evitar mirarle con la sensación de que la conocía de algo aunque no lograra ubicarle hasta que un flash iluminó su mente.
- Un momento, ¿tú eres...?
- Sí, señora Martin, la sirvienta de Calígula en la fiesta romana de disfraces hace un par de años... Pero ahora, si no le importa, refiero centrarme en el trabajo. ¿Qué necesita, jefa?
- ¿Ves? ¡Por esto me encanta esta chica! -Valérie le dio dos palmaditas en el hombro-. Verás, Simon, como sabes, tanto en el tema del desfalco como en el divorcio, el señor Martin puede intentar tirarlo todo para atrás aprovechándose del posible conflicto de intereses que puedan plantearme; ya sé que el derecho mercantil es tu fuerte, así que, si te parece bien, me gustaría que aunque yo esté metida hasta el cuello, porque no puedo dejar en la estacada a la señora Martin, si hay algún problema, la cara visible seas tú, ¿estás de acuerdo?
- ¿Cómo no estarlo, jefa? Esta puede ser la ocasión perfecta parta que compruebe que puede confiar en mí, le prometo que no se arrepentirá. Si en cuanto al tema del divorcio puedo ayudarles también, sólo tiene que pedírmelo.
- Pues, ahora que lo dices, en realidad, sí. ¿Sigue tu hermano Michel teniendo la oficina de investigación privada?
- Sí, jefa, ahora mismo le llamo.
- Rauda, veloz y sin quejas, ¿seguro que no eres Google? Porque tienes lo que más busco en una mujer...

En menos de 5 minutos, entre Vanessa (Simon en el trabajo), Amandine y Valérie sopesaron con el hermano de la primera las posibilidades, no sólo de conseguir pruebas de la infidelidad de Loïc con aquella secretaria, con un poco de suerte, podría hasta servir de apoyo a Víctor y la gente de WhiteOverBlack. De hecho, como si le hubieran invocado, tal como Valérie pronunció su nombre, el teléfono sonó.
- ¿Diga?
- Si estás con Amandine, no digas que soy yo; necesito tu ayuda para darle una sorpresa, ¿le gustan más las flores o los bombones?
- ¿Cuándo tendrías la segunda cita para teñirme el pelo? Es que a esa hora me pilla muy mal...
- ¿Y... algunos en concreto?
- Pues estoy pensando en un tono praline, un avellana...
- Vale, entiendo que la tienes cerca y que bombones de avellana y praline... ¿voy bien?
- Ajá...
- ¿Sabes algún sitio concreto en el que pueda comprarlos?
- Ajá...
- Valérie, ¡así no me ayudas!
- Lo sé, pero me pillas con una clienta en el despacho, en cuanto pueda, te devuelvo la llamada, ¿vale?
- No tardes, por favor, embarco en 10 minutos.
- De acuerdo, entonces quedamos en eso... ¡Un beso, guapi! -colgó aguantando las ganas de soltar una carcajada-. Mandy, ¿podrías esperarme un segundito? La naturaleza me está llamando y mi suelo pélvico no da para más...
- Anda, ¡ve! Pero no te quejes la próxima vez que te diga que tienes la vejiga del tamaño de una mosca -rió-.

Casi sin darle tiempo a cerrar la puerta, tecleó a la velocidad de la luz "le encantan de chocolate con leche y con relleno de trocitos de avellana, apunta esta dirección y di que la señorita Baudoin te ha hecho un encargo para la señora Martin..."

Cuando quisieron darse cuenta, ya habían redactado la demanda de divorcio que Valérie presentaría en el juzgado a primera hora del día siguiente, acordado con Michel cuál sería la ruta a seguir, en la que harían seguimiento tanto a Loïc como a su secretaria, aunque a ella sólo fuera por precaución, habían comenzado todo el proceso de la auditoría de Selnav y hablado con la gente de la empresa de Víctor, que les dio el visto bueno para enlazar todas las informaciones. Al salir del bufete, le costó, pero Valérie convenció a Amandine para salir a cenar y tomar unas copas. A las 3 de la madrugada, con una cantidad considerable de vodka en el cuerpo, decidieron que ya habían tenido suficiente fiesta, por no hablar de que a las dos, los pies las estaban matando, así que lo mejor era irse a casa; entonces Amandine empezó a rumiar una idea en su mente: siempre que había estado con Valérie había sido también con Loïc, y nunca había quedado decepcionada con sus encuentros, pero si era sincera, en los últimos de ellos, había sentido mayor conexión y placer con ella que con él. Tenía muy claro que no era lesbiana ni lo sería nunca, lo cual no le había impedido, y no iba a empezar a hacerlo entonces, hacer lo que le apeteciera con quien quisiera; si ambas estaban dispuestas, podrían pasarlo muy bien esa noche. En esos pensamientos estaba sumida cuando su amiga la devolvió a la realidad.
- Un euro por tus pensamientos.
- ¿En serio quieres saberlo? ¿Y si tiene que ver contigo?
- Siempre quiero saberlo, y más si tiene que ver conmigo, ¡claro! Oh, oh... miedo me da cuando me miras con esa cara.
- Val... cariño... tú me quieres mucho, ¿verdad? -ronroneó-. ¿No tienes ganas de jugar un ratito?
- La verdad es que necesito un... espera -frunció el ceño-. ¿Qué está pasando por esa cabecita? No... tú no estarás pensando...
- Estaba pensando que... tú... yo... - empezó a juguetear con su pelo-. Que yo quiero... disfrutarte... sola.
- ¿EN SERIO? No juegues con eso, Mandy, sabes que más allá de los juegos no sería capaz de tocarte, en "mi vida normal" -hizo el gesto de las comillas con los dedos- eres mi hermana, pero que en la cama no tendría miramientos contigo...
- ¿Y quién te está pidiendo que los tengas? -una sonrisa lobuna asomó por el rostro de aquella pelirroja-. De verdad, no quiero que pienses que te lo estoy diciendo por despecho, últimamente eras tú la que me hacía llegar al orgasmo y...

No la dejó terminar de hablar, antes de que pudieran darse cuenta, Valérie estaba besando a Amandine con una mezcla de deseos: el sexual, el que siempre había tenido de poder hacer aquello como siempre había imaginado y el de que aquella pelirroja no se echara atrás. La besó con dulzura al principio, con pasión después; en cuanto las lenguas se rozaron, fue como si una cuerda que las amarraba se soltara y empezaron a subir la intensidad de aquellos besos, mientras las manos se deslizaban por el cuerpo de la otra, amparadas en la intimidad que les regalaba aquél callejón oscuro en el que acababan de esconderse. Antes de que aquello pudiera írsele de las manos, la morena dio un tirón de la mano a su amiga y sin decir nada, se metieron en un taxi que las llevó a su casa. Sabían que Loïc podría estar haciendo sus propios movimientos y probablemente, el detective lo hubiera contratado él, buscando cómo tratar de ponerla a ella entre la espada y la pared; para no decir nada que no debieran,casi no hablaron en todo el viaje: Amandine, que se las sabía todas, fingió estar más borracha de lo que realmente estaba, confiando en que Valérie sería su escudera fiel, le decía en un tono lo suficientemente audible para que se la escuchara en susurros "he bebido para olvidar, pero mañana lo que recordaré será la resaca...". Como ya les había pasado más de una vez, el taxista intentó tomarse más confianzas de la cuenta y al ver que hacía un desvío "sospechoso" en su ruta, Amandine empezó a bufar "voy a vomitar, voy a vomitar". Al decirlo la tercera vez, ¡magia! el conductor retomó el rumbo que no tenía que haber abandonado; con tal de no acabar con el "regalito" dentro, no quiso ni cobrarles la carrera, todo fuera porque aquellas dos, se bajaran cuanto antes. Al subir al ático de Valérie, mientras conectaba el inhibidor de frecuencia -no era la primera vez que se había encontrado un micro-, le susurraba al oído a su amiga:
- No me extrañaría que haya alguien vigilando así que primero vamos a fingir que cada una se va a una habitación, y si en 10 minutos no te has dormido, te espero en mi cama.
- ¿Quieres que me duerma? -Amandine no supo cómo tomarse aquello-. Si no quieres...
- ¡Calla! susurró Valérie-. Con un gesto, le indicó dónde debía mirar. Efectivamente, debajo de un taburete de la cocina, había un micro colocado-. Amandine, cielo, tómate esta pastilla, mañana tendrás menos resaca; voy a darte un vasito de agua -sonrió, puso el micro debajo del grifo, que empapó el aparato, abrió la puerta de la terraza y desde ahí, lo lanzó a la calle. Dos minutos después, apagó el inhibidor y quitándose los tacones, gimió- ¡Dios, estaba deseando quitarme estos malditos zapatos! Ahora, ya podemos hablar tranquilas. "No me fío todavía", le escribió Amandine en snapchat, a lo que Valérie respondió "ya he comprobado todo, sólo había ese micro y se ha dado un buen bañito".
- Además -dijo, acercándose a su oreja-, querida Mandy, ¿no has escuchado un coche dar un acelerón? Juraría que quien puso el micro se sabe descubierto y ha huido... Así que, ahora, cariño... Viene cuando no te dejo dormir.

Después de cerrar las cortinas y las persianas, mientras la invitada se quitaba los tacones y soltaba un gritito de alivio, la anfitriona se acercaba por detrás y empezó a besarle la nuca mientras enredaba sus dedos en aquella melena color rojo fuego que llevaba tanto tiempo volviéndola loca, tratando de controlarse, de no asustarla, de no dejarse llevar hasta el peligroso punto de no retorno, pero la dueña de aquel pelo se dio la vuelta, arrodillándose en el sofá, lanzándose de nuevo a aquella boca que quería saborear; las lenguas entraron en una nueva batalla y las manos volaron, rozaron aquellos cuerpos cuya ropa empezaba a volar por aquella habitación, sin nada que las detuviese esa vez. Mientras se seguían besando, devorando, como pudieron, llegaron hasta aquella cama que las esperaba, con aquellas sábanas negras de satén preparadas para recibirlas. Se tumbaron y Amandine quiso empezar a acariciar el pecho de Valérie, pero ésta la sujetó de las manos y le pidió que la dejara hacer. Con una tranquilidad que habría desquiciado a cualquiera, soltó aquellas manos para centrarse en aquellos pezones que tantas veces había saboreado antes, pero siempre en incómoda compañía; sin perder el tiempo, mientras su boca acogía uno de aquellos pechos, una de sus manos acariciaba el otro y la otra se deslizaba como una culebra por aquel abdomen suave y firme, hasta llegar a ese monte de Venus que estaba deseando calentar. Con los dedos, empezó a hacer cosquillas en aquella zona, la rozaba con mimo, la acariciaba, la preparaba, esperando el momento justo en el que escuchó un "sigue" que casi se quedó en el aire. Se encajó entre aquellos muslos ardientes y con suavidad, primero empezó a soplar sobre aquella zona perfectamente depilada, luego, despacio, empezó a juguetear con la lengua, rozando ese pequeño bulto que en ese momento, por fin, iba a ser para ella sola. 

Con un dedo, un solo dedo, despacio, entró en la que ella siempre llamaba "mi gruta maravillosa", pero su partenaire la retó con una sola frase, que sonó a un completo desafío: "serás capaz de hacerme gritar sólo con la lengua?". No sabía aquella mujer que acababa de desatar a la fiera... Los deseos de aquella mujer eran órdenes para ella, todo lo que quisiera aquella noche lo tendría, y si eso quería, eso iba a darle. Sacó el dedo de su volcán particular y empezó a lamer, morder y succionar el clítoris de su objeto de deseo; rápidamente, Amandine empezó a temblar, pero lejos de lo que temía Valérie, sólo era capaz de decir "sigue" entre gemidos. Cada vez más excitada, le costaba más mantener el control, y sorprendiéndola de nuevo, la pelirroja le tiró en un descuido de la pierna, lo justo para que se tumbara; no estaba dispuesta a ser la única que sintiera placer en aquella habitación, y si hacía algo, lo hacía bien, o no lo hacía, además, ella se lo merecía, se merecía tener tanto placer como diera. Ahí empezó la particular guerra de aquellas dos mujeres, cuyas bombas llegaban en forma de lametazos, las balas eran placenteros mordiscos y ganaba la primera que llegase al orgasmo, aunque quedaron en empate, porque las dos explotaron en el mismo instante.
- Joder, joder, joder... Ya puedo morirme -sonrió Valérie-.
- Cuando quieras, repetimos antes de que estires la pata... - murmuró tratando de volver a respirar normalmente-. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?
- Porque siendo capaz de enamorar como lo haces con esa mirada, no sé cómo ese imbécil te ha dejado escapar. Nunca sabrá lo que ha perdido...
- Ese es su problema, Val, el mío ha terminado ya y era tenerle a él encima.
- O debajo, o detrás, o delante...

Ambas acabaron riendo a carcajadas, con agujetas de tanto reír y con una sonrisa en la cara, Amandine porque tenía claro que al día siguiente empezaba su nueva vida y Valérie porque sabía que al día siguiente, tendría a su lado al que tenía que ser su nuevo amor.

martes, 1 de diciembre de 2020

Mientras duermes...

 Mientras duermes, yo no puedo más que mirarte, por más que quiera dormir, te miro, observo tu respiración que noto en mi mano, con el rítmico subir y bajar de tu pecho, a la vez que tu olor me ayuda a relajarme, invitándome a cerrar los ojos arrullada por el sonido de tu respiración tranquila. 

Pero no, yo no puedo dormir, estoy demasiado ocupada, no puedo más que mirarte, olerte, acariciarte y pedir que el instante dure un poquito más, solo un poquito más, el tiempo justo para seguir disfrutando un segundo más, sólo un segundo, ¡no pido más que eso! Porque soy de la firme opinión de que cuanto más egoísta eres con estos instantes, antes se volatilizan, así que me conformo con un solo segundo más, uno aunque sea, en el que con tus ojos cerrados puedo volar, no demasiado lejos, no demasiado alto. Porque si no es agarrada a tu mano, no me sirve volar alto, ni mucho, que volar sin ti, no es volar.

Y así, mientras duermes, me acabo durmiendo yo, sin separar mi mano de tu costado un milímetro, acompasando mi respiración a la tuya, cayendo yo en ese dulce descanso que en unos segundos verá el duermevela en el que empiezo a entrar, con mis ojos cerrándose, contemplando esa sonrisa pícara que me hace preguntarme qué será lo que estás soñando, qué será lo que está pasando por esa cabecita.

Mientras duermes...

La magia se llamaba Víctor (capítulo 3)

- ¿Un... un desfalco? No... no puede... no puede haber hecho eso...
- Amandine...
- ¿Están seguros de que ha sido Loïc?
- Casi por completo; para aseguarnos habría que hacer una auditoría. Conozco una asesoría bastante  buena, he trabajado alguna vez con ellos y...
- Llámales. YA. Que este hijo de puta no se entere.
- No va a saber nada hasta el momento necesario, suelen hacerlo de forma que se entere el menor número de gente posible, así, si hay algo mal hecho, no les da tiempo a tapar el rastro. Si me disculpas un segundo, voy a llamarles ahora mismo.
¿Cómo podía ser aquello? ¿Por qué Loïc había hecho eso? ¿Cómo había llegado a ese punto? Definitivamente, sacaba dos cosas en claro: 
1.-No le conocía absolutamente de nada.
2.-Realmente, era un ser sin el menor escrúpulo.

Pero si algo tenía claro era que no iba a permitir que lo que a ella le había costado tanto esfuerzo sacar adelante, por lo que tan duro había luchado su familia durante tantos años, ese desgraciado lo derramara por el sumidero: si su abuelo estuviera allí, estaba segura de que habría puesto el grito en el cielo; si hasta ese momento quedaba algo de bondad en los sentimientos que le unían a él, se habían esfumado. En ese instante no sólo terminaba todo: acababa de abrir la puerta de la jaula a la Amandine que a Loïc nunca le gustó ver, pero esta vez, además, le iba a dar miedo, mucho miedo.

Le había costado, pero por fin había abierto los ojos, por fin iba a comenzar a ponerlo todo en su sitio, por fin comenzaba su liberación, pero en contra de lo que pensaba hacía unos minutos, lo primero en la lista era limpiar la empresa de su sucia presencia; estaba demasiado sumida en la rabia, en sus propios pensamientos, para darse cuenta de que a Víctor le sonaba el teléfono, sólo reparó en él cuando le escuchó hablar en un perfecto francés:
- ¿Diga?... Sí, estoy en Las Palmas... en principio, una semana más... ¿muy urgente?... entonces parece gordo... de acuerdo... que llamen y si hace falta, llamo a Marco... de acuerdo, gracias, Irina-. Colgó y vio a Amandine boquiabierta.-¿Qué te pasa? Parece que hayas visto un fantasma...
- No sabía que hablaras francés, y menos, tan fluido... ¿tienes familia allí?
- Familia no, trabajo en Montpellier desde hace 10 años. 
Empezaron a hablar un poco de la que para ambos era su zona de control hasta que Valérie llegó hasta ellos como una exhalación.
- Vale, acabo de hablar con Irina, dice que si hay alguien que pueda sacar toda la mierda que tengamos que sacar son los de BlackOverWhite, por lo visto tienen... ¿Qué pasa, qué he dicho?- no entendía nada, sólo veía que de repente, el color de la cara de Víctor se fue de paseo-. Víctor, ¿estás bien?
- Eh... sí, creo que sí. Una cosa... ¿Irina te ha dicho que tengas que hablar con alguien en concreto de BlackOverWhite?
- Sí, con un tal... Víctor Sánchez.
Víctor tragó saliva y las miró a ambas antes de tenderle la mano a Valérie y decir: 
- No vas a tener que llamarle... Soy Víctor Sánchez.
- ¿¡TÚ!?- gritaron ambas al unísono-. Joder... ¡Viva las casualidades! -exclamó Valérie. Están empezando a enviarme documentación de la empresa y si podemos empezar a revisar hoy, lo siento, pero me siento más tranquila que si lo hago mañana... ¿cuándo podríamos empezar?
- Por mi... ya. Necesito que me contéis todo la información que podáis darme ahora mismo.

Apenas 5 minutos después, lo tuvo clarísimo: iba a necesitar a Marco; cuanto antes empezara a rascar información, más pruebas podrian salvar. No había tiempo que perder así que enseguida le llamó, con los datos necesarios para empezar a rastrear el mundo virtual como sólo él sabía hacerlo.  Marco, además del hacker de la empresa era el mejor amigo de Víctor desde que tenían 4 años, si en alguien confiaba Víctor ciegamente, sin duda era en él. Mientras aquél comenzaba a hacer lo que todos en BlackOverWhite llamaban "la magia Marciana", Valérie y Víctor miraban con lupa la documentación que iba llegándole a esta de Selnav, la empresa de publicidad de Amandine, cientos de archivos para revisar; de repente, Víctor gritó: 
- ¡BINGO! Amandine, aquí hay algo raro... ¿Habéis hecho alguna campaña de publicidad con una empresa de República Dominicana?
- ¿República Dominicana? Está en la otra punta del mundo, ¿cómo vamos a trabajar con alguien tan lejos?
- ¿Segura? -Víctor quería tenerlo todo bien atado, si por algo había destacado en su empresa, era por su insistencia en no dejar nada en el aire-.
- ¡Completamente! - Amandine hundió la cara entre sus manos-. Entonces, es verdad que Loïc ha estado... No puede ser... no puede ser... ¡No puede ser!

Le costó mucho contenerse pero Amandine tenía una especie de "código de orgullo" en el que la primera norma era "que nadie te vea llorar" así que como pudo tragó saliva y con una sonrisa amarga pidió que la dejaran sola unos instantes, aunque no pudo acabar la petición sin que las lágrimas inundaran su rostro. Trató de contenerse, trató de volver a cerrar esa compuerta, pero fue imposible: por más que intentaba parar, más lloraba, no podía ni siquiera pedir un poco de agua. No, no podía respirar, no podía hablar, no podía pensar, lo único que su cuerpo le permitía hacer era llorar, hasta que Víctor por fin pudo romper el bucle: al cogerla de la mano, el cuerpo de Amandine se puso en alerta y Amandine pudo por fin tomar una bocanada de aire y pedirles a aquellos dos que la dejaran sola un instante, algo a lo que ambos, obviamente, se negaron. ¿Cómo iban a dejarla sola con aquél nivel de ansiedad? Era una locura, además de que en el fondo, ni ella quería quedarse sola, ni ellos que se fueran. Tras unos instantes en los que las ideas parecieron volver a su debido lugar, con una sonrisa le agradeció al chico el detalle y mientras se enjugó las lágrimas le pidió a su amiga que sacara sus cosas de aquella habitación de hotel y preguntó a Víctor si conocía algún lugar decente para poder pasar los días que le quedaban allí, pues si algo tenía claro es que se merecía esas vacaciones y nada ni nadie iba a conseguir que volviera a Montpellier antes de tiempo. Su amiga accedió a sacar las cosas de la habitación que habría compartido con ese engendro pero se negó en rotundo a que se fuera sola a otro hotel así que decidieron que ambas se irían a otro sitio pero a Loïc Valérie le diría que Amandine estaba camino de Francia, si es que no había pisado ya suelo galo. Como un caballero andante, Víctor se ofreció a llevarlas en su coche y ayudarlas con todo el equipaje, a lo que ellas accedieron entre agradecidas y aliviadas. En cuanto ambas le dieron el OK, él envió un whatsapp con una orden: "meted el troyano en Selnav YA. Empezamos el trabajo".
Durante el trayecto, Valérie y Víctor charlaban sobre la empresa de publicidad de Amandine y ésta le explicaba alguno de los mayores clientes que habían logrado, asombrando con muchos de ellos a éste, que cada vez se sorprendía más, aunque seguía sin dar con lo que le contaban con el vínculo a Santo Domingo. ¿Qué tendría que ver aquello con esas cuentas? ¿Era el marido de esa mujer e lque estaba llevando a cabo el desfalco? Pero era el marido de la dueña, podía disponer del dinero de la empresa, que era también suya, a no ser...
- Amandine, ¿en qué régimen estás casada? 
- En separación de bienes, ¿por qué? 
- Tu marido figura como propietario de Selnav?
- No, está sólo a mi nombre, aunque me ha pedido muchas veces que la pusiera al 50% con él, nunca tuve intención de hacerlo: la empresa la levantó mi padre con el sudor de su frente y no permitiré nunca que ese patán se apropie de su esfuerzo.
- ¿Acabas de llamarle "patán"? Oh, sí, Dios existe y acaba de iluminar a mi amiga... ¡Gracias, señor!- Valérie no pudo evitar aquél chascarrillo, muerta de risa.
- No pensarás que eres la única que sabe insultarle... - Amandine se hizo la ofendida-. Algún día la alumna debía superar a la maestra, ¿no?
- Touchée – rió su amiga-.

A Víctor le gustaba más ver a aquella mujer riendo así que durante el trayecto al hotel fue haciendo lo posible porque no pudiera hacer nada que no fuera reír, aunque al acercarse, su rostro se fue oscureciendo. Por el camino, ellas habían acordado que Amandine esperaría en la habitación de su amiga, en la que se escondería hasta que no hubiera moros en la costa, que Valérie iría a recoger las cosas de las dos y que Víctor era su "escolta sorpresa" por si la cosa se ponía fea, pero en el último momento, Amandine se empecinó en que quería recoger sus cosas ella misma.
- Mandy, cielo, yo puedo cogerlo todo, ¡de verdad! Y si lo que te preocupa es que le diga a esa ameba 4 cositas, no te preocupes, que aquí San Víctor me ayudará a mantener la templanza.
- Val, es... yo... quiero dar la cara y... y...
- Y ¿qué, Amandine? ¿Y flagelarte viendo a ese tío? ¿Sólo pensarás en si esa zorra está de nuevo en la habitación o la registrarás buscándola? Por favor, sólo tienes que esperar tomando una tila, que no te irá nada mal, mientras nosotros "hacemos el trabajo sucio", ¡no seas terca!
- Amandine, creo que Valérie tiene razón, lo mejor es no darle más oportunidades a ese hombre para hacerte daño. Si prefieres quedarte en el coche, puedo aparcar aquí cerca y...
-Está bien -suspiró-, os haré caso y os esperaré en su habitación -señaló a Valérie-, pero por favor, por favor, ¡por favor! No entres en su juego, no quiero más problemas, sólo quiero que todo termine...
- Trato hecho.
Finalmente, llevaron a cabo el plan inicial y casi sin tener tiempo de cerrar la puerta de aquella habitación, temblando como una hoja, el teléfono sonó y sólo escuchó "entramos". Durante unos segundos sólo escuchó a Valérie murmurar "no voy a insultarle, no voy a insultarle" y el sonido de unos nudillos golpeando una puerta. Tardó varios segundos en escuchar aquella voz, que intentando llevarse a quien estaba llevando a cabo su particular misión de película de espías, con una falsa cara de pena dijo:
- Val. Por favor, ¡tienes que ayudarme! Amandine no...
- Monsieur Martin, he venido a recoger los objetos personales de mi cliente -incluso ella estaba asombrada por la frialdad en el tono de su voz-, le ruego me permita llevar a cabo mi labor y marcharme. Mi cliente me ha pedido que recoja sus enseres y a ello vengo, cuanto antes empiece, antes termine y cuanto antes termine, antes me iré.
- Venga, Val, tú puedes convencerla, sabes cómo manejarla... -la agarró del brazo intentando atraerla hacia él-. Vamos, haz tu magia y esta noche podremos pasarlo genial los 4, ¡Sandra está deseando apuntarse a nuestros juegos! Mandy la pone cachondísima y...
- Monsieur Martin, sólo se lo diré una vez: suélteme el brazo, permítame recoger los enseres de mi cliente y no vuelva a dirigirse a mí.
- No sabes lo dura que me la pones cuando te metes en el papel de abogada de hielo, nena...
- Se lo advertí, monsieur... Víctor, por favor -dijo en español, sin darle tiempo a aquél imbécil para reaccionar-, ¿puedes pasar y ayudarme a cumplir mi cometido?
- Por supuesto, ahora mismo, señorita Baudoin -dijo aquél, que también utilizó su particular as acompañado de Airam, uno de los guardias de seguridad del hotel y hermano de Víctor-, si hay algún problema, Airam quizá nos pueda ayudar a solucionarlos -dijo, clavándole una mirada fría como el hielo a aquél tipo: ¿cómo una mujer como, Amandine había acabado con alguien como él?-. Disculpe, señor, ¿puede la señorita comenzar a recoger o hay algún inconveniente?
- Coge lo que quieras de esa perra... En cuanto vuelva a casa, me las vais a pagar las dos...
- Monsieur Martin, le ruego que modere su lenguaje así como le recomiendo que no diga cosas que pueden ser tomadas por un juez como una amenaza, tenga en cuenta que tengo 2 testigos -tuvo que reprimir una sonrisa maliciosa; guiñandole con disimulo un ojo a Víctor, dijo- bueno, el tiempo es oro y el mío además muy caro... Víctor, ¿Puedes coger esas maletas rosas, por favor? Yo voy cogiendo las cosas del cuarto de baño...

Hasta que no escuchó una puerta cerrarse y a Valérie bufar "maldito gilipollas", Amandine no se atrevió a salir de aquella ducha en la que se había escondido, acurrucada, con una sensación que no sabría definir si era de miedo, angustia o liberación, aunque hasta que no escuchó "Mandy, ya", realmente no fue capaz de salir. No era lo más probable, pero no descartaba que Loïc hubiera entrado pegado a su amiga; cuando escuchó el susurro de una voz masculina, sin darse cuenta, de su garganta salió un primer "se ha acabado" que nadie escuchó, al que le siguieron varios, a un volumen cada vez más alto, hasta que en plena crisis de ansiedad, ni siquiera se dio cuenta de que su amiga y aquella voz masculina habían entrado a la carrera en aquél baño. No supo de quién eran esos brazos, solo que eran fuertes y ese olor la calmaba como hacía mucho tiempo que no lo lograba nadie, y que sí, esa mano sí la conocía, era Valérie acariciándole el pelo mientras le susurraba "ya está... ya está, Amandine... ya está...". Ahí, al abrigo de la única persona con la que se permitía bajar la guardia y de aquellos brazos desconocidos pero envolventes, por fin, se permitió dejar que todo el estrés, la angustia, la pena y el asco que sentía dejaran de devorarla por dentro, saliendo en forma de lágrimas, unas lágrimas que sentía que no sólo le limpiaban los ojos. Esas lágrimas eran las que mataban a la antigua Amandine y daban paso a una nueva mujer, mucho más fuerte, más empoderada... y que estaba decidida a hacer estallar una bomba que, curiosamente, aunque aún lo lo sabía, a ella sólo la reforzaría.


lunes, 6 de julio de 2020

El monstruito Muerdeculos (cuento infantil)

Había una vez una mamá que estaba muy triste porque enía una hija que nunca se portaba bien y nunca hacía caso a nadie: en el parque pegaba a los niños más pequeños, en el colegio se reía de los profesores cuando la regañaban, si en casa su mamá, su papá o sus abuelos la regañaban, les hacía la burla, decía mentiras a todos... Tan triste estaba, que un día iba paseando por el parque y al ver un diente de león, se agachó para soplarlo, cerró los ojos pidiendo un deseo y sopló tan fuerte que casi arrancó la flor en lugar de hacerla volar.

Una tarde, varios días después, como todos los días, le había dicho varias veces a su hija que recogiera los juguetes, pero por más que lo hacía, como siempre, las respuestas de la niña eran siempre las mismas: fingía no escuchar a su madre, se reía haciéndole la burla o, como esa vez, le chillaba.


- Helena, por favor, ¡recoge los juguetes! Podemos hacernos daño pisando alguno o romperlo, ¿es lo que quieres?
- ¡Si tanto te molestan, recógelos tú, pesada!
- Hija, sabes que no me gusta que...
- No me gusta que me hables así, blabablaaaa -repetía la niña haciendo burla-.
- ¡No me hagas la burla, o...! Mira, ¿sabes que te digo? Que si vuelves a comportarte así de mal, voy a llamar a un amigo mío y no te va a gustar nada...
- Tú no tienes amigos, ¡eres tonta! -siguió Helena hablando mal a su madre-.

Finalmente, tanto se enfadó la mamá de Helena, que cuando se acordó de aquél deseo que había pedido mientras soplaba aquél diente de león, le advirtió a su hija de que si seguía portándose de esa forma, iba a llamar a un amigo suyo para que la castigara y le explicó que era un monstruito. Por más que la mamá se esforzaba en que la niña hiciera caso, no había forma de que la niña colaborase, incluso cuando escuchó el nombre de aquél monstruito, se echó a reír dando golpes en el suelo, tanta gracia le hacía el nombre.

Pero si hay algo malo acerca de las mamás es que como a todos, se les acaba la paciencia, y cuando le pasó a la mamá de Helena, intentando asustarla aunque fuera un poco, cogió aire y con todas sus fuerzas, sacando todo su enfado mezclado con la tristeza que la llenaba, gritó:

- ¡Muerdeculos, Muerdeculos! ¡Ven aquí, oh, Muerdeculos!
- Y además esperarás que te haga caso, ¿no? Venga mamá, sabes que los mons... ¡Ay! ¡Ay! ¡Ayayayayayayay! Mamá, que algo me está mordiendo el culo!
- Helena, hija, ¿qué...?

Por primera vez en mucho tiempo, Helena estaba diciendo la verdad: ahí, sin apretarle demasiado, lo suficiente para no caerse por mucho que se moviera aquella niña, tenía un monstruito, una pequeña bolita ¡mordiéndole el culo!, tal como su mamá le había dicho. 

La mamá de Helena, no sabía si reír, llorar o salir corriendo, pero tras pensarlo un poco, hizo lo que pensó que era lo más lógico: preguntarle a ese monstruito si de verdad era Muerdeculos y él, que era muy educado, levantó un pulgar pequeñito hacia arriba, pues era la última forma de decir que sí sin dejar de cumplir lo que le habían pedido. Es que, claro, si abría la boca para poder hablar... ¡No podía hacer su trabajo! Y era algo que se tomaba muy en serio.

- ¡Suéltame! ¡Suéltame, bicho!- Helena no dejaba de dar vueltas y chillar, mirando de reojo a Muerdeculos-. ¡Suéltame o me sentaré encima de ti y te chafaré! ¡Que me suelteeeees!
- Helena, hija, ¿cómo se piden las cosas? - le recordó su mamá-.
- Por favor... ¡suéltame! - dijo Helena con desgana. Sorprendiendo a las 2, el monstruito apretó un poquito menos-. Oye monstruito, si recojo los juguetes... ¿Me sueltas de una vez?
- Grrrr -gruñó aquél bichito-.
- Dice con el pulgar que sí – sonrió su mamá-.

Y rápida como un rayo, Helena recogió todos sus juguetes. Cuando el último de ellos tocó el baúl en el que aquella niña debía tenerlos guardados cuando no jugaba con ellos, el monstruito Muerdeculos cumplió su palabra, la soltó y aquella pequeña bolita de pelo gris como el enfado de las mamás se sentó en el sofá. Pero parecía que aún le quedaba bastante trabajo por hacer con la niña, que justo en ese momento gruñó a su mamá:

- Venga, que tengo hambre, ¿a qué esperas para hacerme la cena?
- ¿Cómo te he dicho mil veces que se piden las cosas, Helena?
- ¡YAYYYYYYY!¡AY! ¡AY! ¡AY! ¡AYAYAYAYAYAYAY! Por favor, mamá, se pide por favor! -sí, otra vez el monstruito Muerdeculos, aprovechando que aquella niña se levantaba del sofá, de un salto, había vuelto a agarrarla cuando se había portado mal y la había soltado de nuevo en cuanto se portó bien.
- Así me gusta más, suena fenomenal -dijo su mamá guiñándole un ojo a Muerdeculos.

Y así pasaron toda la tarde y toda la noche, hasta que Helena se acostó. A la mañana siguiente, le pidió todo a su mamá por favor y dándole las gracias, al principio porque no quería que Muerdeculos volviera a agarrarse al suyo, pero cuando vio que su mamá sonreía tanto y se ponía tan contenta cuando lo hacía, le gustó tanto que decidió que empezaría a hacer las cosas bien con todas las personas. ¡No sabía si Muerdeculos sólo le haría caso a su mamá, la vigilaría siempre y se pegaría a ella cada vez que hiciera algo mal!

Por primera vez desde hacía mucho tiempo, Helena y su mamá iban cogidas de la mano, hablando, de camino al colegio, y cuanto mejor se comportaba Helena, más contenta se ponía su mamá, que no podía parar de pensar "¡gracias, Muerdeculos!" Pero cuando llegaron al colegio, vieron como Lucas, un amigo de Helena, le pegaba a un niño más pequeño que ellos, haciéndole llorar; la mamá de Lucas lloraba de pena porque ya no sabía qué hacer para que se portara bien, cuando Helena le dijo, con decisión:
- Tranquila, mamá de Lucas, ¡verás cómo va a empezar a portarse bien! -se acercó a su amigo y tras tocarle en la espalda, le pidió- Lucas, por favor, ¡pídele perdón a ese niño!
- ¡No me da la gana! -chilló el niño-.
- Lucas... -Helena bufaba como un toro a punto de embestir-. Pídele perdón ahora mismo a ese niño wi no te quieres arrepentir...
- ¿ah, sí? ¿Y quién me va a obligar?
- ¡Yo! -gritó Helena, cruzando los dedos, con mucho miedo porque no sabía si lo estaba dispuesta a hacer iba a salirle bien y tenía miedo de que por defender al niño pequeño, Lucas le pegara también a ella-.
- ¿Tú? ¡Ja! Tú... ¿Y cuántos como tú?
- Yo y... y...y... ¡y mi amigo Muerdeculos!
- ¿Muerdeculos? ¿Ese quién es, tu perro?

Helena estaba tan furiosa, no sólo por la forma en la que le estaba hablando Lucas, sino porque ahora entendía que todo lo que había hecho hasta la tarde anterior estaba mal, que gritó con todas sus fuerzas:

- ¡Muerdeculos, Muerdeculos! ¡Ven aquí, oh, Muerdeculos!
- ¿Pero qué di...? ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ayayayayayayayayay! -cuando se miró, un monstruito pequeño que parecía una bola de pelo, gris brillante, le estaba mordiendo el culo a Lucas. No le hacía daño, pero el niño tenía tanto miedo que no podía parar de gritar, llorar y correr-. ¡Perdona, perdona niño, no te pegaré nunca más!

En cuanto Lucas dijo eso, ¡magia! El monstruito Muerdeculos le soltó, sea acercó a Helena y le dio la mano, mientras él, la niña y las dos mamás sonreían. Todos los niños del colegio, todas las mamás y todos los papás que lo vieron estaban tan sorprendidos por lo que habían visto que se lo contaron a todos sus amigos, hasta que todo el mundo conoció la historia del monstruito Muerdeculos, un monstruito pequeñito de color gris, que de una forma bastante curiosa, ayudaba a las mamás y los papás para que los niños se portaran bien y fueran buenos. Rápidamente, todos escucharon y mucha gente explicó que habían visto cómo el monstruito ¡le mordía el culo a un niño que se portaba mal! Y como en cuanto se portó bien le soltó. Muchos niños que se portaban mal, pensaban que era una broma, pero el monstruito Muerdeculos se tomaba muy en serio su trabajo, así que cada vez que un papá o una mamá le llamaba, ¡ahí iba él corriendo a ayudar! Hasta que consiguió que todos los niños y todas las niñas se portasen bien, no respondieran mal y cuidaran de los pequeños.

Y ahora, si no nos dormimos prontito, vendrá corriendo a vernos el monstruito Muerdeculos y nos morderá el culo a todos, así que vamos, ¡venga todos a dormir!

Buenas noches niños, buenas noches niñas, buenas noches, Muerdeculos...




viernes, 1 de mayo de 2020

Leaves

Nunca habría pensado que pudiera llegar a verme en una situación como la que tenía entre manos, pero ahí estaba yo, con aquellos dos, sin saber qué iba a terminar pasando pero con la idea clara de que no me movía de allí hasta que llegase el final, que ya me encargaría yo de que fuera feliz...

Aquella noche sólo quería un poco de paz, tranquilidad y desconexión sin tener que soportar escuchar penurias de nadie, sólo quería estar yo, sola, conmigo, y así habría sido si no hubieran llegado aquellos 2 y se hubieran puesto ahí enfrente: en un instante, mi círculo de meditación se vio invadido por una pareja que aun hablando poco más que en susurros, si es que a lo que estaban haciendo se le podía llamar hablar, más de una persona podría haber llegado a sentirse incómoda teniendo a esa distancia semejante escena, que no por haber sólo adultos era menos evidente. ¿No tendrían otro sitio para meterse mano? Parecía más que evidente que los 16 años no los iban a cumplir ninguno... ¿Qué necesidad había de que estuvieran montando semejante espectáculo? Pero lo que para muchos no era precisamente caómodo, a mí, hasta cierto punto, hasta me divertía: ¡viva la gente sin complejos! Y si además, según los movimientos que ella pudiera hacer, se adivinaba parte de su pecho descubierto, ¿qué más pedir? Mi mente rápidamente empezó a maquinar, "lo que hacía yo ahora mismo con estos dos en el Leaves..."

La verdad es que si dijera que me molestaba verles, mentiría, no sólo porque todo aquello me parecía bastante divertido, rayando en lo cómico inclso: lo que más me gustaba era esa sensación de estar espiando a aquellas dos personas que llamaban tanto mi atención: él era corpulentro, rubio con algunos matices anaranjados, que las canas querían dominar y tenía unos ojos azules que me recordaron al iceberg de la película "Titanic", ese azulado grisáceo que se te queda grabado en la retina, con una camisa granate que le quedaba realmente bien, y ella... Ella era mi personificación de cómo debería haber sido la muñeca más famosa del mundo: alta, rubia dejando ver sensualmente el moreno natural de su pelo, blusa blanca semitransparente, pantalón ancho negro y... esos ojos... aquellas preciosidades verde gato no deberían llamarse ojos, aquellas dos maravillas esmeraldas merecían un altar en que se admirasen. Joder, hasta el mismísimo Lucifer sería un dócil angelito con una sola mirada. Y cuando de vez en cuando, me miraba... Me sentía descubierta en mi pequeña labor de espionaje, pero era incapaz de apartar los ojos de los suyos. De ella. De él. De como les daba igual dónde estuvieran y quién pudiera verles.

Y... de la misma forma que pareció llegar la alegría para mi vista, llegó la sensación de que aquello parecía poco más que un anuncio de una película porno de las malas; como si quería ver la historia interminable veía la película, cogí la pequeña mochila que me hacía las veces de bolso y justo cuando estaba a punto de pasar por delante de ellos y ella, roja como un tomate, no sé si porque eran conscientemente incómodos de que había estado disfrutando de su jueguecito o porque pudieran haberme molestado... La cosa es que ella me dijo que no me fuera por ellos, les conté que de todas formas estaba a punto de irme, y sin saber muy bien cómo, acabaron proponiéndome tomar una copa en un local cercano al que iban bastante. No tenía nada mejor que hacer así que acepté y mientras charlamos, no me di cuenta de que íbamos a entrar, ¡oh, sorpresa!, precisamente en el Leaves. ¿Pero qué...? Mi teoría de que las casualidades no existen tenía una oportunidad de reafirmación inigualable...

Antes de que el color pudiera volver a sus caras al ver que saludaba al dueño, flirteaba sin pudor con él y confirmábamos que al día siguiente tendríamos un ratito para jugar a "las nubes del gris", se llevaron otra sorpresa: ahí estaba Rocío, mi Rocío, subida a la barra, medio tumbada sobre ella, con los brazos cruzados, mi copa entre ellos y su pecho, mirándome con una sonrisa lobuna esperando a que llegara a dónde estaba para ronronear:
- No kiss, no drink, baby!!
- ¿Ah, no? -la provoqué-. ¿Y... qué has hecho hoy para saborear mi lengua?
- Tengo el teléfono de Gabi.
- ¡Dioossss! ¡Sólo por eso mereces que te haga correrte dos veces esta noche, te quiero! Lo sabes, ¿verdad?
- Pueesss... si no me das mi beso... no sé si creerte...
La besé como sabía que le gustaba, mordiendo su labio inferior, acariciándole el mentón con suavidad. Nunca sabré qué tiene esta mujer... sólo sé que es irresistible.
- Para, que me pongo mala y hasta dentro de una hora, no tengo descanso y... -se dio cuenta de la forma en que nos miraban aquellos "intrusos"-. Perdonad... ¿Qué deseáis tomar?
- 2 gin-tonic de Beefeater, por favor...

En cuanto tuvieron las copas en la mano vi que mi rincón favorito estaba libre y con un gesto les invité a que nos sentásemos allí. En ese momento el local estaba vacío, pero no tardaría mucho rato en haber un ambiente más animado, así que la solución más inteligente era aprovechar la calma mientras durase, y si podía hacerlo con mi doble compañía particular, mejor que mejor. Así, me enteré de que él se llamaba David, era medio alemán, medio gallego, acento que por mucho que pretendiese ocultar, acababa saliendo en los momentos en los que menos quería, y ella se llamaba Anna, canaria de padres asturianos; estaba claro que de esa mezcla sólo podía salir una bomba de relojería. No me equivoqué: apenas 15 minutos después, el local estaba abarrotado. Y aunque casi todo el peso de la conversación, cuando menos lo esperaba, David hizo estallar la bomba de relojería:
- Pues estoy yo pensando... ¿Qué te parece si nos divertimos un ratito?
- Te escucho...
- ¿Qué te parece si Anna y yo jugamos un rato y te enseñamos lo que es un buen polvazo?
- ¡Mira! Yo tengo una idea mejor: vosotros os quitáis la ropa, que meterse mano es muy incómodo, y cuando me canse de juegos de niños de 6 años te enseño lo que es un buen orgasmo.
- ¿Y quién te ha dicho que yo vaya a follar contigo?
- ¿Y a ti que con quien quiera follar sea contigo?
- Davicito, cariñito... se comenta en Twitter que el zascazo ¡se ha escuchado desde Australia!
- ¡Zascazo el que te quiero meter yo! Mira, morena, vamos a llegar a un punto intermedio: nosotros empezamos, y si te apetece unirte... eres bienvenida. ¿Bien, Anna?

Ella asintió y fuimos derechos a la sala que nos interesaba. Inspirado por "el cuarto rojo" de "Cincuenta sombras de Grey", cada zona tenía un color: la de voyeurismo eran las salas azules, las de BDSM eran las rojas, las gais eran naranjas, las orgías se hacían en las moradas... Estábamos a punto de abrir la puerta de una de las habitaciones de la sala azul cuando Rocío llegó corriendo con una tarjeta en la mano, me susurró al oído "no te canses demasiado" y dijo en voz alta
- Para los clientes diamante de lo bueno, lo mejor... me ha dicho Jorge que te abra la habitación gris, que en las otras a veces, la gente no reconoce los carteles... Aquí no os molesta nadie, sólo se puede abrir desde dentro. ¡Divertíos!-. Me guñó un ojo y se fue por donde había venido.
Entramos en aquella habitación, que sólo usaba el dueño (y que yo conocía bastante bien) y mientras yo me sentaba en aquél cómodo sillon, ansiosa porque la película continuara y aumentara el ritmo, ellos empezaron a desnudarse, como si yo no estuviera allí, a una velocidad bastante agradable para la vista; como si yo estuviera en mi propia diversión, me senté cómoda en el sillón, subiendo los pies, como si estuviera en mi cine particular.

En cuanto Anna me miró, supo que todo estaba listo para pasar a la acción: se agarró al cuello de David, le surrurró algo al oído a lo que él negó, volvió a sonreírle a él... Y empezó por fin la parte interesante. De un certero empujón le lanzó sobre aquella cama de 2x2 y sin tiempo que pderder se arrodilló entre sus piernas, le agarró la polla y empezó a lamerla, muy, muy despacio, como, quien quiere comprobar si le gusta un caramelo que no ha probado nunca, abarcando cada vez un poco más de terreno, sin dejar de mover, con la misma tranquilidad, la mano de abajo a arriba, haciendo que empezara a bufar; sin darle tiempo a reaccionar, se la metió entera en la boca, devorándola, desde la base hasta casi sacársela de la boca, acelerando y frenando sin un ritmo concreto, clavándole con mayor o menor suavidad las uñas en los muslos según los movimientos que hiciera, impidiendo que se moviera. Cuando él estaba a punto de correrse, ella frenó en seco, me miró y aún sujetando aquél miembro me tentó, ofreciéndomelo claramente, pero no, todavía no iba a tocarle un pelo, primero tenía que ver hasta dónde llegaban solos y hacerme a la idea de hasta dónde estarían dispuestos a llegar. Siguió, con una sonrisa lobuna, y volvió a llenarse la boca con la misma habilidad con la que lo saboreaba segundos antes, y aceleró, se puso de rodillas , con los codos pegados a los muslos de David, impidiendo que cerrara las piernas, y de nuevo se metía y sacaba de la boca con una habilidad pasmosa aquella polla, hasta que él no pudo aguantar más, empezaron a temblarle las piernas y ella quiso apartarse, pero le sujetó la cabeza, teniendo que tragarse lo que él no había permitido que terminase fuera. Tal como ella se levantó, él la sujetó, intentando atraerla hacia sí y aunque ella no estaba por la labor, la besó, tiró un poco de ella e invirtieron los papeles: entonces era ella la que estaba en la cama, y él quien iba a darle placer a ella, y vaya si devolvió el gesto: con rudeza, le abrió las piernas, se metió entre ellas y fue derecho a atacar a su clítoris, sin tocar nada más, sin tener la más mínima consideración con ella, incluso pensé que por su cara diría que le estaba haciendo daño, sospecha que confirmó ella misma cuando gritó "¡te tengo dicho que no me muerdas así, que me haces daño!" Si había un momento en el que debiera dejar de mirar y entrar en batalla, sin duda era ese...

Con el mismo desprecio con el que él llevaba un rato tratándola a ella, le agarré del brazo, bufé "quita, coño... ¡Mira y aprende!"; antes de que Anna pudiera decir nada le puse un dedo en la boca, me acerqué y le dije "si te hago daño o estás incómoda, dímelo y paro... pero déjame intentar que te corras", quité el dedo, le di un ligero beso en los labios y con suavidad, empecé a tantear sus ingles, sólo sus ingles, con la yema de un dedo, arriba, abajo, arriba... pasaba por encima de su depilado pubis y repetía la operación; tenía que relajarse un poco o todo aquello acabaría siendo un absoluto desastre... En cuanto noté que su cuerpo empezaba a relajarse, lamí con cuidado uno de sus pezones a la vez que con delicadeza masajeaba el otro con la mano, rozando con el dedo el otro pezón, que empezaba a ponerse duro. En aquél momento miré a David que empezaba a frotarse su incipiente erección; vaya, ¡al final no iba a ser yo quien terminase mirándolo todo! Volviendo a mi objetivo principal, seguí lamiendo el pezón de Anna, esta vez con un poco más de ímpetu, succionando ligeramente, y ella gritó "otra vez". Sus deseos eran órdenes para mi, así que repetí, cambiando de pecho, mientras mi mano libre empezaba a acariciar de nuevo sus ingles, acercándose ya a donde quería llegar, de forma que cuando mi dedo rozó su clítoris gritó "joder, más", ya no pude controlarme más: seguí lamiendo y acariciando aquellos pezones, pellizcándolos con suavidad, tirando de ellos con delicadeza a la vez que mi dedo seguía frotando aquél pequeño bultito y ella empezaba a revolverse bajo las sábanas. No sabía si era todo a lo que estaba dispuesta y si quieres saber algo, tienes que preguntar: le lamí el labio inferior, a punto de besarla, pero ella me agarró y me dio un beso que hizo que me volviera loca del todo: primero su lengua provocó a la mía y al notarla receptiva, la dejé hacer, recorriendo mi boca, buscando mi lengua y saboreándolo todo; cuando pude resistir su hechizo el tiempo suficiente, la miré y le pregunté:
- ¿Puedo bajar?
- Lo estoy deseando...

Sus deseos seguían siendo órdenes, y ya no sólo eran sus deseos, también eran los míos, y sin quererla hacer esperar, bajé por su cuerpo, sin despegar la lengua de su piel, por sus labios, su cuello, su pecho, su abdomen, su ombligo... hasta que llegué al punto en que hacía rato deseaba estar. Antes de comenzar el ataque, soplé con suavidad aquél bulto hinchado y ella gritó "sigue, sigue...". Era todo lo que necesitaba oír, todo estaba bien y ella quería disfrutar, ¿cómo iba yo a negarle aquello? Sin perder un segundo, empecé a lamer aquél delicioso clítoris, cuya dueña al notar el roce dio un sonoro grito. David seguía tocándose, y viendo que estaba preparado para un nuevo asalto, en plan dominatriz le bufé "tú, quitame el pantalón"; él rápidamente obedeció y cuando me quitó el pantalón y el tanga de raso que llevaba, acariciando mis nalgas, preguntó "¿puedo?". Podía, ¡claro que podía! Con un gesto entendió que tenía permiso y sin pensarlo 2 veces, metió 2 dedos en mi interior. ¿Así pretendía que Anna disfrutara? Suerte tenía de que me iba el sexo duro...

Era evidente que él sólo era capaz de pensar en él y ella merecía que alguien lo hiciera en ella y yo estaba encantada de ser la encargada de llevar a cabo esa misión: estaba centrada en su placer, en que llegara al orgasmo, lamiendo su clítoris, mordisqueandolo con dulzura, dejando que las sensaciones la invadieran, lo cual parecía estar logrando bastante bien, a juzgar por los gemidos con los que no dejaba de regalarme los oídos. Joder, podría haberme pasado horas escuchando aquella música celestial... Empezó a gritar cuando sin dejar de lamer aquella fuente de deseo, con suavidad, metí 2 dedos en su ardiente y húmeda vagina, que pedían caricias a gritos, que metiera y sacara los dedos, lubricando más aún si cabe todo ese delicioso volcán, mientras a su vez, tras ponerse un condón, David me penetró sin contemplaciones, entraba y salía de mi con rudeza, aunque dándome un infinito placer... ¡Vaya, al final iba a saber lo que se hacía! Aunque ya podría esmerarse un poquito en querer saber qué quería su partenaire y ser un poquito menos egoísta... Cada embestida de David era una oleada de placer que yo sentía, cada instante de placer que yo sentía era un instante de placer que le devolvía a él y un nuevo lametazo que le daba a ella, un ligero mordisco, un poco más de velocidad en el movimiento de los dedos...

Así estuvimos muy poco tiempo más, el suficiente para que entre gritos y temblores Anna tuviera un orgasmo tan increíble que acabó haciendo un squirting brutal, agarrándose a las sábanas y retorciéndolas, clavando las uñas sobre el colchón; tan excitante fue que David tardó apenas unos segundos en aferrarse a mi cintura, poniéndose totalmente rígido y gruñendo, hundiendo sus manos en mi piel, llegando a hacerme algo de daño, lo que hizo que llegara yo también, alejándome de Anna lo suficiente como para no morderle en pleno orgasmo mío, aferrándome yo también como pude al colchón, tras un grito en el que todo lo acumulado desde que les puse los ojos encima salió como una gran liberación. Y pensar que cuando salí de casa mi plan era acabar viendo una película tirada en el sofá...

Conforme recuperamos el resuello, mientras ellos se vestían, sin que se dieran cuenta, le envié un whatsapp a Rocío: “si se quedan a tomar algo, a la siguiente les invito yo... ¿Tienes ya un ratito de descanso?”. Su respuesta me hizo sonreír. Cuando acabaron de volver a vestirse, David dijo, aún con la respiración acelerada:
- Ha sido increíble... ¿Tomamos una copa los 3 y repetimos en un rato?
- Ay, David, David, David... mira que lo siento, pero tengo a Rocío esperando. Quizá otro día, al fin y al cabo... ¿Quién sabe cuándo podemos encontrarnos aquí?
- Ha sido... ¡nunca me había corrido así!
- Me alegra saber que te has quedado satisfecha.
- Satisfecha es quedarme ¡cortísima! Espero que nos encontremos otra vez... -me guiñó un ojo-.

Tal como les había explicado la camarera, la puerta se abría desde dentro sin problema, y como les había avisado, ahí estaba mi gata ronroneando.
- Bueno, chicos -les dediqué una sonrisa maliciosa-, ¡pasadlo bien! Si me disculpáis... ¿Cuánto rato tienes libre, Rocío?
- Me quedan... -miró el móvil- 25 minutos.
- Tenemos tiempo de sobra. Pasa y cierra...

lunes, 27 de abril de 2020

La magia se llamaba Víctor (capítulo 2)

Sin duda, sin la impagable ayuda de aquél taxista, Amandine estaría deambulando sin rumbo fijo por las calles del centro de Las Palmas, y si algo odiaba, era tener la mínima sensación de ser patética, así que trató de dejar atrás aquél pensamiento. Por suerte, ni estaba cerca de Loïc, ni estaba en aquél maldito hotel, ni tenía que escuchar a Valérie explicando nada de lo relativo al tema, ni estaba allí aquél chico que había pagado el pato de aquella situación. ¿Cómo la había llamado? Macaya... Maganga... Mananga... Machanga... ¡Eso, machanga! ¿Qué diablos significaría eso? Hizo lo que le había dicho, lo buscó en google y cuando tradujo lo que reflejaba la pantalla gritó hasta hacerse daño en la garganta "¿¡TONTA DEL CULO!? ¿¿De qué coño me conoce ese gilipollas para llamarme a mí tonta del culo??". Pero en cuanto pasaron unos minutos empezó a reflexionar y se dio cuenta de que si de algo podía acusar a su amiga, era de haber querido protegerla, así que antes de perder un segundo más, sacó su móvil del bolso y marcó un número que conocía de memoria. No había llegado a dar el segundo tono cuando escuchó:

- Amandine, yo...
- Perdona, Val, perdona, tú...
- Yo tengo que pedirte perdón, lo sabía y...
- Escucha -Amandine ni dejó seguir hablando a su amiga-, tengo una proposición que hacerle a la Valérie abogada: ¿Quieres hundir a mi futuro exmarido?
- Eso no se pregunta, sabes que ¡¡SÍ QUIERO! 
- Pues, querida, quedamos en... a la mierda, ¿dónde estás?
- En la habitación del hotel... ¿Por?
- Espérame en la puerta en... Disculpe, ¿Cuánto puede tardar en llegar de nuevo a la puerta del hotel? -el taxista hizo un gesto con la mano derecha- 3 minutos.
- Hecho.

Y tal como aquél hombre le dijo, dándole incluso tiempo de hacerle una recomendación sobre una cafetería tranquila no muy lejos de allí en la que sabía perfectamente que Loïc no aparecería (“los guiris no suelen estar por aquí” le explicó el hombre , sin ánimo de ofender y con intención de colaborar con la causa), en menos de 3 minutos volvían a estar en la puerta del hotel, en la que Valérie esperaba con el maletín de su ordenador portátil en la mano y una sonrisa apabullante en la otra.
- Voy a fingir que el taxi está vacío, el puerco está en recepción esperando que vuelvas llorando, no muevas un pelo.

Cerró la puerta, apoyó la espalda en el respaldo de aquél vehículo, ayudando a su amiga para tratar de hacerse lo menos visible posible, con una amable sonrisa miró al conductor y preguntó “¿Quieres pisarle ya los huevos o esperamos a volver a casa?”

Desde el mismo momento en que abrieron la puerta de aquella pequeña cafetería, Amandine quería empezar a preparar todo lo relativo al divorcio, cómo echar a su futuro ex marido de la empresa sin que le supusiera consecuencias legales y cómo iba a tener que explicar a sus padres que Loïc, su venerado yerno, era en realidad un verdadero despojo, pero Valérie, que ya estaba metida en el papel de letrada de sangre fría intentó que se tranquilizase, al menos lo suficiente como para que fuese capaz de pensar con una mínima claridad, cosa que le costó mucho menos de lo que esperaba, porque en el mismo instante en el que abrió su ordenador, algo en la mente de Amandine hizo un “clic” y en un segundo entró en modo profesional; cuando lo hacía, llegaba a dar miedo...
- Amandine, ¿estás segura de que quieres hacer esto? Si yo fuera tú lo tendría clarísimo, pero tú...
- ¿Me lo pregunta mi amiga Valérie, mi abogada personal o la asesora legal de la empresa?
- ¿Quién necesitas que te lo pregunte?
- ¿En qué piel te pones ahora?
- Teniendo en cuenta que tienes la mirada de trabajadora implacable... la tercera.
- Entonces, ¿podemos centrarnos en el ámbito profesional, Por favor? Cuando acabemos, puedes sacar a mi adorable amiga. Ahora, si no te importa... Trabajo -su mirada era fría como el hielo-.
- Está bien... ¿Tienes claro por dónde empezamos?
- ¿Puedo atenerme a a cláusula que prohíbe las relaciones entre empleados?
- No, te recuerdo que... Espera, ¿cuándo empezó a estipularse en los contratos de la empresa? Dame un segundo -con rapidez buscó un documento en la pantalla, lo escrutó y gritó-... ¡Ajá! A él me temo que no, pero a ella tienes todo el derecho a despedirla, ha incumplido esa cláusula, y el incumplimiento de contrato, ¿qué supone...?
- Despido fulminante.
- ¡Exacto! A ella ya tenemos cómo enseñarla a no meterse entre las piernas de quien no debe. Ahora, vamos a ver cómo podemos quitar a la garrapata del perro...

Dos horas después, seguían aquellas dando vueltas a dónde podían encontrar algún resquicio, algo a lo que poder agarrarse: una no paraba de marcar, hacer preguntas, dar órdenes, colgar y volver a empezar y otra no paraba de teclear en su ordenador portátil y apuntar cosas en una libreta con un bolígrafo que de vez en cuando se enredaba en el pelo o cogía rápidamente un papel en el que escribía cosas a tal velocidad que de lejos, nadie aseguraría que no fuesen garabatos, a los que la segunda contestaba con algún gesto de cabeza, respondía con otro movimiento de bolígrafo o prácticamente con monosílabos, tal era la conexión que había entre ellas, que eso era más que suficiente para que se entendieran.

- Vale, pues ahora mismo nuestra única esperanza es revisar departamento por departamento y encontrar alguna cagada, por pequeña que sea, que podamos hacer que se coma Loïc. En cuanto al tema del divorcio... de pronto, escuchó algo que hizo que le hirviera la sangre-.
- Conque esas tiene, ¿no?... No, no, Emmanuel... No... ¿Cómo?... No será capaz... Lo siento, Emmanuel, pero me parece realmente surrealista que quieras ser el abogado de ambos en un mismo divorcio... ¡Porque es imposible! ¿Cómo vas a defender a la vez mis intereses y los suyos?... Entonces me temo que vais a perder... No puedo decirtelo... ¡¡Pues porque no lo sé, contaba contigo, joder!!... No, la asesoría legal la seguirá llevando Valérie, os recuerdo que la empresa es mía... De acuerdo, espero el escrito... Por favor, sólo os pido que salga de mi casa cuanto antes... Gracias, Emmanuel, adiós.
-¿Qué pasa?
- Loïc le ha dicho a Emmanuel que le he montado una escenita de celos, que está harto de “esas locuras mias”, que pretende darme un escarmiento pidiéndome el divorcio... Y que le había dicho que fuera el abogado de los dos en el proceso porque no puede vivir sin mí y antes de llegar a estar delante del juez estaremos tan bien como siempre.
- ¿Es una broma? Dime que te estás quedando conmigo... No puede ser, Amandine, ese tío no puede llegar a ser tan retorcido... ¿Dónde escondía este cabrón esa astucia?
- La verdad, no creo que ahora el menos listo de los dos sea precisamente él... -no pudo aguantar más y se derrumbó-. ¿Por qué, Val? ¿Por qué tiene que hacerme esto? Me metí en el mundo swinger por él, le pedí mil veces que me dejara antes de tener una amante... ¿y de qué me ha servido todo?¿Qué es lo que le ha faltado? ¿En qué he fallado?
- No, cariño, ¡no eres tú quien ha fallado! No eres tú quien se ha tirado a otro... Aunque, con el moreno de la recepción del hotel, hasta yo habría sido infiel! Qué monumento... A pocos hombres me dan ganas de tener entre las piernas, y ese, ¡definitivamente es uno de ellos! Pero no te pongas celosa, tú sigues siendo la primera en mi lista -y en mis sueños, pensó- y sabes tan bien como yo que algún día acabarás siendo parte de mis conquistas... 
- Estás loca, ¿lo sabías?
- Claro, por tí y desde que te conozco. Y ahora, a lo importante: supongo que esta noche no dormirás en la misma cama que esa ameba nauseabunda, así que... ¿qué vas a hacer?
- No lo sé... Sólo tengo claro que no quiero volver a compartir un colchón con él.
- Sabes que no me importa compartir mi habitación contigo; así podemos ir adelantando trabajo de cara a la demanda de divorcio.
- Ahora mismo querría decirle a ese... que me vuelvo a Cap d'Adge aunque me quede aquí hasta que acaben las vacaciones e intentar que de verdad lo sean.
- ¿Y qué te lo impide? Yo puedo ir a por tus cosas... Sabiendo lo que le ha dicho a Emmanuel, ¿cómo pretende siquiera mirarte a la cara?
- ¿Harías eso por mí?
- Por ti me casaría con el dragón ¡y me comería a la princesa! Aunque siempre preferiré comerme a mi princesa pelirroja preferida -levantó una ceja con aquél gesto que siempre hacía reír a su amiga-. Vamos, Amandine, las dos sabemos que tarde o temprano, vas a caer en mis redes -su voz era el equilibrio perfecto entre seriedad y seducción.
- ¡Muy segura de tí misma te veo! Bueno, nunca se sabe qué nos depara el mañana, pero mientras se decide a llegar, ¡invítame a un buen café! 
- ¿Americano con hielo?
- Nena, cómo me conoces...

Cuando quisieron darse cuenta, habían pasado 4 horas en las que no habían parado de reír y recordar anécdotas vividas juntas. En todas estaba Loïc, pero a ambas les daba exactamente igual, y ahí estaban, sentadas en aquella cafetería, en la que de repente, el gesto de Amandine cambió por completo; sentía que iba a explotar de un segundo a otro y su inseparable amiga debió de darse cuenta en el mismo instante en que dejó de escuchar sus carcajadas.
- Amandine... ¿quieres dejar de darle vueltas al tema? Él sabe perfectamente la diferencia entre lo que está bien y lo que no, ¡punto! No me hagas tener que repetírtelo si no quieres cabrearme más de lo que ya estoy o me harás sacar a la abogada despiadada que mantengo oculta...
- Está bien... Es sólo que no lo entiendo, yo... yo...
- ¡Tú vas a seguir adelante como has hecho hasta ahora! Y ahora, nos vamos a ir a cenar, que son casi las 10 de la noche!
- ¿En serio? -miró el móvil, comprobó que su amiga tenía razón-. Venga, vamos a ver dónde podemos cenar algo,¡con razón tengo un hambre de perros!

Pasaron más de media hora dando vueltas; no encontraban ningún sitio que les gustase: unos estaban demasiado abarrotados y los dos últimos, más que restaurantes, parecían pasajes del túnel del terror, el último con sus telarañas incluidas. Estaban buscando la dirección de la hamburguesería más cercana cuando vieron un restaurante pequeño pero con un ambiente agradable, un italiano que desde fuera, parecía perfecto: no había demasiada gente, la decoración era preciosa y no había demasiada gente, así que podrían hablar con tranquilidad; como había mesas de sobra, las dejaron elegir y se sentaron en una mesa casi al lado de la puerta apoyada en una preciosa cristalera que daba a un pequeño jardín con varios rosales, iluminado por unos focos desde el suelo que daban un precioso juego de luces y sombras. Tardaron poco tiempo en saber qué querían, siempre pedían risotto de setas y solomillo a la pimienta con un buen vino tinto, perfecto para acompañar la conversación monotemática que estaban teniendo desde hacía un buen raro: el morenazo del hotel. Amandine se sentía fatal por haber volcado toda su frustración con aquél chico, aunque no sabía si la había llamado “machanga” por tratarle así o era imbécil de nacimiento, de todas formas, ¿qué importaba? No volvería a verle nunca... Después de cenar, pasaron un rato en aquél restaurante tomando una copa, estaban comodísimas allí y como no sabían si buscando un local de fiesta les pasaría lo mismo, aprovecharon antes de irse para charlar un rato más con tranquilidad; antes de salir quisieron ir al baño para asegurarse de que no necesitaban ningún retoque pero justo antes de llegar, Amandine se quedó paralizada: de todos los sitios que había en Las Palmas... ¿precisamente tenía que estar él allí?
- ¡Tú! -gritaron señalándose ambos-. 
-¿Qué haces aquí? 
- ¿No es evidente? Hace un rato cenar, ahora ir al baño... Es una pregunta bastante... ¿cómo me llamaste esta mañana, machanga?
- De acuerdo, esta mañana me pasé, pero tú tampoco fuiste demasiado agradable...
- Lo sé, lo mínimo que puedo hacer es disculparme, no tenías culpa de nada. Por cierto, me llamo Amandine.
- Víctor, encantado. Sólo espero que hayas podido solucionar eso que tanto te alteró esta mañana.
- Bueno...
- Acababa de ver a su marido poniéndole los cuernos, lo que no sé es como al cruzarse contigo no te degolló -rio Valérie intentando rebajar la tensión-.
- ¡Valérie! -bufó Amandine-. ¿No puedes tener la boca cerrada? Qué vergüenza, por favor...
- Si ha hecho eso, ¡no te ha merecido nunca! Una mujer como tú yo no la dejaría escapar siendo así de imbécil.
- Muchas gracias, ¡me vas a sonrojar!
- Si así vuelvo a ver esa preciosidad de sonrisa, estoy dispuesto a correr el riesgo.
- Al final vas a conseguir que me venga arriba -no pudo ni quiso evitar sonreír-. Bueno, Víctor, encantada de conocerte, gracias por tu amabilidad y de nuevo te pido disculpas. ¡Buenas noches! Val, ¿nos vamos?
- Pero -se había quedado boquiabierta-... Mandy, íbamos...
- Valérie... ¿vamos? -esa vez sonó como una orden-. Lo dicho, encantada y perdona la molestia.

Tal como salieron del restaurante, después de esperar a Valérie lo que a Amandine le pareció una eternidad (¿pero cuánto podía tardar esa mujer en arreglarse el pintalabios?) comentaron lo sucedido, ¡el mundo es un pañuelo! Y el destino caprichoso, aunque una habría preferido haberse encontrado con su ligue matinal y la otra estar tumbada en la playa con su (ya futuro ex)marido, contemplando las estrellas, si hubiera sido capaz de sacarle del bar o la habitación del hotel. La azotaban mil preguntas pero no tenía respuesta para ninguna y en ese momento sabía que si le preguntara a su amiga, lo único que iba a sacar en claro era una preciosa discusión, asi que ni siquiera se molestó en preguntarle, más al mirarla y esta, leyendo su gesto, gruño “si no quieres que me vaya ahora mismo al hotel, no se te ocurra pronunciar ese nombre”. Valérie tenía razón, no era momento de mortificarse, era momento de disfrutar de aquellas vacaciones, relajarse y pasarlo bien, ¡y eso es lo que iban a hacer! Pasaron una noche en la que se divirtieron, rieron y ligaron como nunca, incluso salieron con una cantidad de ingentes números de teléfono a los que jamás llamarían, pero que eran una inyección de autoestima considerable. Nunca mejor dicho, ¡que les quitaran lo bailao! A las 9 de la mañana salieron de la discoteca, con los pies destrozados y habiendo dejado las penas por el camino.

Al salir, Amandine se dio de bruces con un chico al que no vio, pero que olía de maravilla y que al levantar la vista comprobó que sólo podía ser ¡Víctor!, que tras la espantada en el restaurante las invitó a desayunar. Él deseando aprovechar cada segundo que el destino le regalaba con aquella intrigante mujer y ella desinhibida como no lo estaba hacía mucho estaban hablando como si se conocieran de toda la vida y Valérie sonreía a punto de aplaudir viendo la escena. Por desgracia, el desayuno iba a sentarles de la peor de las maneras: a Valérie le sonó el teléfono y aunque estuvo a punto de no cogerlo porque dejó terminantemente prohibido que la llamaran, cuando después de hablar la tarde anterior con todos los jefes de departamento de la empresa de Valérie, la estaba llamando el encargado de la contabilidad, no podía esperar escuchar nada bueno. Amandine vio por el rabillo del ojo que a su amiga se le desencajaba la cara cuanto más avanzaba la conversación, ¿con quién estaría hablando ahora? Loïc era la única opción que ni siquiera se molestaba en valorar, sabía perfectamente que no le habría cogido el teléfono, y cuando vio que dio un puñetazo a la mesa en la que estaba apoyada empezó a preocuparse. Valérie se acercó pálida y sin saber por dónde empezar a explicar lo que acababan de transmitirle, activó de nuevo el modo profesional, puso una mano sobre el hombro de Amandine y dijo:

- Amandine, tienes un buen problema y no sé si voy a poder arreglarlo sin tener que pedir algún favor, aunque voy a hacer todo lo posible porque te traiga los menores problemas posibles.
- Valérie, ¿qué pasa?
- ¿Recuerdas que ayer llamé a todos los jefes de departamento pidiendo informes de situación?
- Sí, claro... ¿Hay algún problema grave?
- Amandine... No sé como decirte esto... Pero no va a salir impune, te lo juro. De esto no, aunque me cueste mi carrera. 
- ¡Valérie! -no puedo evitar gritar- ¿qué coño pasa?
- Acaba de llamarme Sebastien: hace 6 meses se han estado haciendo transferencias desde la cuenta de la empresa a una cuenta en Belice... Autorizados por Loïc.
- Eso es... no puede ser, no puede haber hecho eso... no puede haberme hecho eso...
- Lo siento, cielo, pero tiene toda la pinta de ser un desfalco...


martes, 31 de marzo de 2020

Qué triste...

Qué triste debe ser que alguien se acuerde de tí y por más que lo intente, no consiga llegar a encontrar un recuerdo feliz contigo, y aun haciéndolo, que no fuera contigo, que lo más cercano a eso sea que esos recuerdos se desarrollaran con tu presencia...

Y no, llevo un rato intentando recordar algo bueno, encontrar una mínima brizna que me haga pensar que en el fondo no te portaste tan mal, pero, lo siento (en realidad, no), ¿qué quieres que te diga? Por lo único que creo que mereces un agradecimiento es porque me dieras de comer durante tantos años, ¿o tenías asumido que era el precio a pagar por que mi madre te calentara la cama? Ya debía hacerlo bien para que llegases a aguantar tanto tiempo... ¿O no encontraste ninguna opción mejor así que entre lo malo o lo peor, te quedaste con lo más soportable?

Lo siento, de verdad que lo siento, pero lo siento por mí, porque por más que lo intento, no puedo decir que me ayudases con nada que no fuera en contribuir a acrecentar la fortaleza de mi carácter y la necesidad de mi independencia de un hombre; si en esta vida tengo que ser sumisa de algún hombre, sin duda el lugar debe ser la cama, porque yo decida hacerlo y hasta que cambie de opinión. O quizá sí, quizá deba agradecerte saber cómo no debo hacer las cosas, cuáles son los pasos a dar para convertirme en una perfecta tirana o qué no deberá pasarme nunca por la cabeza si no quiero traumatizar de por vida a mi hija. Gracias a tí, sé que para llevar a cabo de una forma mínimamente aceptable eso que llaman EDUCAR, tengo que hacer exactamente a lo contrario a lo que hiciste tú. Y si mi hija el día de mañana tiene algo que recriminarme, desde luego quye haré lo imposible por que una de las cosas que tenga que decirme sea "¿recuerdas aquella vez que me diste una paliza porque...? Será que no quiero cometer el peor error de mi vida porque a mi hija la engendré yo, con amor, la llevé en mis entrañas y la parí, y a mí tu me tuviste que tragar de rebote. Decías, orgulloso o dolido (en ambas ocasiones me temo que lo tuyo era una interpretación para premiar) que soy la primera que te preguntó si te podía llamar papá y yo los únicos recuerdos buenos que tengo en los que estás es alguna vez comiendo en el restaurante chino de San José, cuando el alcohol o tu verdadero carácter aún no habían salido a la luz. Y no, no te voy a comprar la moto de que la bebida te cambiaba, blablabla, porque tú mismo te vanagloriabas de haber salido "sin que nadie se enterase" de una timba, partirle de un puñetazo la cara a tu ex mujer y volver, como si nada...

Y no, no recuerdo aquél momento, pero sí recuerdo como aquella niña con la que tan bien me llevaba, a la que tanto cariño tenía y cuyo nombre me encantaba de un día para otro pasó a ser para mí prácticamente la extraña a la misma velocidad, de la misma forma que yo parecí convertirme en el enemigo. ¿Qué culpa teníamos nosotras? ¿Qué coño teníamos que ver ahí dos mocosas que no levantábamos dos palmos del suelo, lanzándonos puñales en forma de palabras? ¿Por qué nos impusieron a nosotras una guerra que no debería habernos ido ni habernos venido? Si por un casual llegas a leer estas palabras y sabes que es de ti de quien hablo, siento muchísimo haberte dicho aquél "tu papá ahora es mi papá"; te juro que no sólo no sé por qué no se me ocurrió nada mejor que soltarte eso, te juro por lo más sagrado que desde el momento en que me di cuenta de que no debía haber dicho lo que dije, supe que no debía haberlo hecho, pero a veces, cuando quieres darte cuenta de algo, ya lo has dicho. De verdad te lo digo, con el corazón en la mano, casi 30 años después, PERDÓN. Nunca quise hacerte daño, de hecho, de no haber pasado nada de toda la mierda que estaba por llegar, habrías sido mi mejor amiga. Y es que no sabes cuánto te quería yo hasta aquél entonces... Ahora sólo puedo reconocer, y lo siento, pero me es indiferente como te siente, pero cada vez que escucho tu nombre, mientras mi mente no lo asocie a alguna persona que no seas tú, le tengo entre rechazo y asco. Mucho rechazo y mucho asco. No es tu culpa... Pero no creo que tú albergues mejor recuerdo de mi persona.

Y me paro a pensar, y los primeros recuerdos dolorosos que tengo tuyos son darme una hostia porque no quería echar la siesta, una colleja porque no te dejaba que me tocaras el culo (¿en serio? ¿Dónde cojones encontrabas la diversión en tocarle el culo a una niña de 8-9-10 años? ¿Me lo puedes explicar?), una bofetada porque no entendía algo que tenía que hacer de los deberes... Aquella hostia con la que me reventaste la nariz el día que intentando ver el vídeo de comunión, y digo intentando porque por el motivo que fuera, yo me inclino más por tu ineptitud incluso a la hora de manejar un aparato tan sencillo dije "jodo, maño", la noche que me diste tal jarrazo en la cabeza que llegó a salirme sangre (qué suerte que no llegué a necesitar puntos, eh? Más por tí que te ahorraste unas cuantas explicaciones incómodas que por mí que podrñia haber encontrado la forma de aliviar mi creciente sufrimiento), la vez que cuando no quise escuchar más cómo me llamabas "gorda de mierda, que no haces más que comer y cagar" al intemtar irme, me agarraste del cuello de la camiseta y me la arrancaste, literalmente... ¿No recuerdas cuál era? Yo sí, ya te refresco la memoria: azul marino, azul oscuro medio desteñida de tanto lavarla, con un dibujo blanco y el "pepsi max" serigrafiado enn letras fucsia, que gané en el concurso de la tele local, un puñetazo en la cara una vez que estaba jugando con Tamara a "Alberto Murroni y su ayudante", otro puñetazo que volvió a reventarme la nariz por decir jugando al balón "venga ya, pijo", que para qué ibas a preguntar antes de venir a por el saco de boxeo a desfogar si sabía qué quería decir, ¿verdad? Claro, que entonces no habrias podido pegarme porque te habría explicado que por la forma en la que se lo escuchaba decir a la gente en el instituto, hice la asociación mental, obviamente errónea de que "pijo" era equivalente a "tío"... Ni que decir tiene que hasta hacía apenas un año, el único significado que conocía de "pijo" era "niño de papá" , aplicable al masculino y al femenino, ¿para qué? Entonces los golpes que me llevé no habrían tenido sentido, o el que lo habría hecho sería que el puñetazo te lo hubiera dado yo. Pero, ¿sabes? Si hubiera hecho eso, no sería mucho menos mierda que tú, y no, no creo estar por encima de nadie, pero sí te digo con orgullo, puede que incluso con una indebida soberbia que sí, soy mucho, mucho, mucho mejor que tú.

Y empiezo con un recuerdo... y llega otro, y otros dos... y mi memoria acaba imitando las putas cataratas del Niágara., "¿quieres malos recuerdos? Pues tómalos todos a la vez". Y sigo recordando, y llegan las veces que llegaron las patadas en la espalda con las botas de seguridad puestas, y las palizas, el que diera igual si tenía 9, 11 o 17 años porque me acababa meando encima. ¡Qué orgulloso debes estar! Golpear a una persona que no puede ni debe devolverte los golpes, primero porque la represalia puede ser peor y segundo porque le iba el techo en ello. Qué bonito era para ti ver eso, ¿verdad? ¿Te resultaba gratificante, verdad? Hijo de puta asqueroso... Aquellas tandas interminables de golpes, puñetazos, bofetadas y collejas... ¿Cuántas veces paraste el tiempo de decirme "a mí no me levantes la mano (¿en serio? Es que me descojono... ¡Sólo intentaba bajar tu manaza asquerosa y si no consrguir que parases de una puta vez, al menos que me dieses el tiempo justo de intentar recuperar un poco el resuello!) antes de seguirme apaleando? A tí te debo mis dolores de espalda, mis lumbalgias y mis migrañas, y sí, así te vuelvo a llamar, hijo de puta. Porque no mereces que te llame de otra forma, porque no te lo mereces y porque el tiempor que tuvimos que aguantarnos, no se portó precisamente como una bellísima persona la criatura de la humanidad, con razón dicen que de tal palo, tal astilla.

¿Sabes? Hace tiempo que me planteé por primera vez de dónde viene mi ideología, si la tuve desde pequeña, que en parte tengo claro que sí, porque ya de pequeña recuerdo mi claro ateísmo (o vino por el tener que ir a misa todos los domingos y no aparecer por casa en toda la mañana "por cojones"?) y cuando oía algo del tal Franco me daban escalofríos... Ahora estoy convencida de que en gran medida mi espíritu antifascista es mi modo de repudiarte; ¿no tenías ninguna idea mejor para despertar a unas niñas pequeñas, que sólo tenían el fin de semana para dormir a pierna suelta, que ponerte a berrear el "cara al sol"? Mira que no sabía qué quería decir, pero si pudiera volver atrás en el tiempo, no sé si antes me pondría unos tapones o te cosería la boca con alambre. Es que lo tienes todo, criatura: eres fascista, machista, retrógrado, depravado, sucio... ¿De verdad piensas que lo mejor para la autoestima de una niña es que le digas "venga, eso, come, come, que tienes que llenar el buche"? ¿Qué veías en mí, una puta gallina? Quizá de ahí venga parte de mis problemas con el peso y la comida; con ella era feliz, con ella eras feliz tú atacándome y habitualmente, mientras estaba en la mesa eran los únicos ratos en los que podía permitirme bajar un poco la guardia... Y obviamente, no puedo culparte a ti de todo en este respecto, porque por el motivo que sea, no pidas que lo dé porque ahora mismo ni yo misma sé cuaál es, pero sí tengo claro que pesa sobre tus hombros gran parte de esa responsabilidad. Nunca contribuiste a que disminuyera mi ansiedad, nunca me pusiste freno teniendo comida delante, a veces, incluso me obligabas a comer, nunca empleaste tiempo en preguntar a alguien si mis problemas de peso podían tener alguna solución... No, seguramente no era tu problema, seguramente yo misma no era tu problema, pero o se ejerce de padre para todo o se queda uno quietecito, ¿no? Ay, calla, que eso es lo que hace el resto de la humanidad, para tí ser padre era decir que mi madre venía con el lote y tenías que complarlo todo, como si aquellas niñas fuéramos latas de atún, no te jode...

¿De verdad crees que Tamara se casó con Antonio por convicción? ¿Que estaba locamente enamorada de él? ¡¡NO!! Tamara se casó con Antonio porque intentaste metérselo por los ojos, sólo tú sabrás por qué, y ella vio la oportunidad perfecta de salir de aquélla puta jaula con suelo de llamas que era vivir bajo el mismo techo que tú. Tantas veces que mi madre repitió la cantinela de que no estaba preparada para casarse, blablabla, que esa boda aún la acababa anulando, blablabla... ¡Idle con cuentos a quien no sepa de historias! Tamara vio en Antonio una bombona de oxígeno y con un poco de suerte un protagonista de película romántica americana: que se gastara todo el dinero que ganaba en ella, la consintiera en todo tiempo y forma, que pasara 23 horas al día con ella y ya que estaba, tener 4 niños corriendo por casa, y Antonio... Todos sabemos que lo que pretendía Antonio era tener una trabajadora del hogar 24/7 que le calentase la cama y le recibiera del trabajo con la comida calentita en la mesa y las zapatillas en la mano a la hora de la cena. Tamara... ¿qué te llegó a hacer esa pobre criatura para ser el otro blanco de tu ira? Como ya la tomaban por loca, ¿qué más daba darle un palo más que un palo menos, verdad? Luego te quejabas de que, según tú, todos los días le preguntasen en el colegio que si su padre le había pegado el día anterior, que aunque yo nunca, repito, NUNCA escuché, si lo hacían, alguien que querría intentar ayudarla y tú que merecías quedar como el maltratador de niños hijo de puta que eres. ¿O una persona en su sano juicio, por el mero hecho de que no le gusta lo ajustado que lleva alguien un colgante, intenta asfixiarla? NO, eso sólo eras capaz de hacerlo tú, puto demente. ¿Qué más te daba a tí si llevaba el colgante más holgado o más tipo gargantilla? Sigo esperando que me expliques qué daño te hacía la pobre cría con eso, pero hasta en eso tenías que imponer tu criterio, no fuera a ser que desarrollásemos nosotras el propio, ¿verdad? Por cierto, sigo esperando que me traigas la evidencia científica que demuestra irrefutablemente que las mujeres homosexuales lo son por el mero hecho de llevar una goma del pelo o una tobillera en el pie derecho...

Y sigo vomitando, sepultándote en tu propia mierda, y sigo sin entender que de verdad te sorprendiera que tu querids Sarita te enganchara más de una vez del cuello... ¿Qué esperabas? Era lo suficientemente inteligente para saber que después de que yo me hartase y me largara y Tamara saliera de la jaula maternofilial a la marital, la que tenía todas las papeletas para comerse todos los palos era ella. No la justifico, pero siendo sincera, aplaudo que tuviera los ovarios que yo no fui capaz de plantar hasta que estuve obligada a volver bajo tu yugo, lástima que la alumna se tomara tan en serio la misión de superar al maestro... Manda huevos que en la década de los 2000 todavía la única forma de poder salir de casa de una niña fuera quedarse embarazada, tenga 17 o 21. Qué triste, la verdad... Y con mi monstruo, ¿qué hiciste con mi monstruo? SI viste cosas que no te cuadraban, ¿a qué esperabas para hacer algo? Era tu puta casa, ¿por qué no le prohibiste entrar? Ah, claro, que yo no soy tu hija, a mí me podían dar por culo, ¿verdad? Pobre diablo, si no llega a ser por mí, porque supe lo que era y de qué pie cojeaba pude parar y apartar a tiempo a las 2 pequeñas, que como ya te habías largado, te la bufa, pero a mí no, y si a nadie le importaba un cojón esas niñas, ahí estaba su hermana para que les tocara un pelo más de lo debido. Orgullosa me siento del día que María tuvo los ovarios de sacarlo huyendo de la cocina con un cuchillo cebollero en la mano... lástima que no se lo clavara. Yo, trataré de entenderte sabiendo que la pesadilla con mi monstruo empezó mucho antes que el infierno contigo, 14 años de tortura, que se dice pronto. Y sí, llegué al punto en el que intenté quitarme de en medio porque prefería estar muerta a tener que escucharte farfullar, beber y engullir como el cerdo que eres; sólo de recordarte, me dan náuseas...

Qué quieres que te diga... Pues a la mierda, de perdidos al río, habiendo perdido la vergüenza y la elegancia a la hora de escribir, porque esto no es una novelita fina, esto es mi puta vida y estos son los estragos que has causado en ella, porque con 32 años sigo despertándome a mitad de la noche aterrada, porque sigo llorando a gritos en sueños, porque sigo soñando que me das una paliza que me dejas en una silla de ruedas, o que de una patada que me das en la espalda no tengo movilidad de cuello para abajo, o que me das una patada en la cabeza, me caes caer, golpearme con algo en la cabeza y me mandas a la caja de pino... o que tocas a mi hija, pero no, no te lo voy a consentir, mi hija es demasiado buena para que la contamines a través de su madre, porque por tu culpa tengo miedo. Por tu culpa tengo miedo de mi misma, me da miedo convertirme en tí, me da miedo que le dé un cachete en el culo que haga de desencadenante para que me vuelva tan demente como tú y le dé unos golpes. que no se merece una pequeña que a sus 4 años ha luchado más por su vida de lo que lo harás tú en tus siguientes vidas. Y ya que por fin me quito la coraza y me permito de una puta vez soltar la mochila que me has hecho cargar tanto tiempo, aquí la dejo, en un apartadito del camino, queriendo decirte sin querer recordar tu cara, que hasta eso me sigue dando asco de tí es que lo único que te deseo es lo que te mereces: que el alcoholismo al que te abrazas te devore con toda su fuerza si no lo ha hecho ya, que la ezquizofrenia de la que te mofas en tu hermano y la mía no te permita vivir un sólo día tranquilo, que pases lo que te queda de vida como el perro sarnoso que eres y que el día que yéndote el mundo tenga un poco menos de mierda, te vayas del mundo de los vivos como te mereces: con la agonía más larga y dolorosa que sea capaz de aguantar un ser humano.

Y si la cirrosis ha hecho ya su trabajo y estás encerrado en un agujero de cemento, que cada día el demonio te retuerza las tripas igual que retorciste tú mi bienestar emocional.

Sin más, me despido...

Que te den, hijo de puta. Ahí te quedas. Tú elegiste amargarme la vida y yo elijo seguir sonriéndole, porque lo que no me mata me hace más fuerte y tú nunca lo fuiste lo suficiente como para acabar conmigo.