Helena y Josué llevaban aproximadamente un mes saliendo aunque prácticamente no se veían: ella le llamaba y le llamaba ansiosa de pasar un rato juntos cenando, en el cine o tomando algo, pero él casi siempre le ponía alguna excusa o estaba demasiado ocupado trabajando con el taxi, ese taxi que hacía que a ella se la llevasen los demonios. Pero lo peor estaba por llegar para ella. Jorge, el amigo de Nora y Josué, había visto hacía unos días algo que nunca quiso ver y que le estaba comiendo por dentro el ocultar, así que cuando no pudo más, se hizo con su número de teléfono y le expuso la situación.
- ¿Diga?
- ¿Helena? Esto... Mira, soy Jorge, el amigo de Nora y Josué...
- Jorge, Jorge... ¿El de la terraza? ¿Qué tal?
- Bueno, verás... Pues no muy bien, tengo que hablar contigo... Tengo que enseñarte algo, necesito quedar para tomarnos un café si no te importa.
- Vale, de acuerdo, ¡cuando quieras! ¿Te parece bien esta tarde, a eso de las 5 en la puerta del cañaveral?
- Perfecto. Hasta luego, guapa. Este tío es gilipollas -murmuró pensando que ella ya no le escuchaba-. ¿Cómo le hace eso a la chica?
- ¿Cómo? Vaya, ya ha colgado.
Tal como acordaron, a las 5 en punto de la tarde estaban puntuales ambos, tan preocupados uno por lo que tenía que decir como otra por lo que había creído escuchar.
- Verás, Jorge, hace un rato, antes de colgar, te he escuchado decir algo de gilipollas... ¿Pasa algo?
- Pues la verdad es que sí, ha pasado. Verás... sabes que Josué libra los viernes, ¿Verdad?
- Sí, claro... ¿Qué pasa?
- A ver cómo te lo digo... El jueves por la noche salimos juntos, y acabó... Él... Mira, lo mejor es que lo veas tú misma. Yo no sé qué decirte, sólo que es un gilipollas y que si yo fuera él no te la habría jugado así.
Le acercó el teléfono, y tras darle al play vió a varias personas en una casa riendo, bebiendo... y a Josué besando a una chica que evidentemente no era Helena, poniendo sus manos el el trasero de la chica como hacía días que no lo hacía con ella, como aquella desconocida saltaba para aferrarse a la cintura de su novio con las piernas, cómo él no quitaba las manos de aquellas nalgas, haciendo fuerza para impulsarlas hacia arriba y cómo daba los pasos suficientes para abrir una puerta, traspasarla, desaparecer tras ella y cerrarla, para comenzar a escucharse sonidos bastante explícitos después. La cámara detectó el movimiento de quien sujetaba el teléfono que imnortalizaba aquellos instantes y grabó el sonido de Jorge pidiendo a Nora que le sujetase la copa. "¿Qué pasa?... Oye, ¿y Josué?" "Espero que no donde creo...". Las voces cesaron un instante para dejar paso a los gemidos y a los gritos de quien se sabe sorprendido y quien le recrimina su mala conducta, a Jorge vociferando "y vístete, ¡coño!" el enfocar de la cámara al suelo y a Jorge aguantar la rabia.
- Pero ¿qué es ésto? -preguntaba Helena hecha un mar de lágrimas.- ¿Por esto no quería quedar nunca? ¿Para esto? Joder, Jorge, yo creía que no podía quedar, creía que me quería... ¿Por qué...?
- No lo sé, Helena, yo sólo sé que estaba grabando la fiesta para enviarle el vídeo a mi chica y me encontré con eso... Yo no quería decírtelo, no quería hacerte daño, pero no te mereces que este gilipollas te engañe así.
- Esto no va a quedar así... Este cerdo va a enterarse de quien soy yo. -En ese instante sonó el teléfono: era Josué. Helena pensó en no cogerle el teléfono, pero justo antes de que colgara decidió que era hora de seguir con el peligroso juego que Josué había empezado.
- ¿Qué haces?
- Nada, tomando un café con tu amigo... ¿Jorge? Muy majo el chico.
- Con... Mierda -murmuró- Con Jorge... y ¿qué se cuenta?
- Que le apetecía conocer a la chica de su amigo y que me da el visto bueno. Y bueno, aprovechando que hablamos, ¿cuándo me vas a honrar con el honor de verte?
- Pues mira, justo esta noche te quería invitar a cenar en mi casa. Yo pongo la cena y tú el postre... ¿Te apetece?
- No sabes cuánto... ¿Cómo quedamos?
- A las 8 en la puerta del Almirante, que acabo a las 6, tengo que lavar el taxi, ducharme...
- Ya estamos como siempre...
- ¿Qué?
- Que nada, que perfecto.
Tal como acordaron ella estaba puntual a las 8 en punto en la puerta de aquel bar en el que solían quedar, aunque él tardó más de media hora en llegar. En cuanto aparcó se lanzó a besar a Helena, quien apenas unas horas antes habría aceptado de buen grado ese beso, pero que en ese momento sólo le producía rechazo. Él se sorprendió por la negativa y ella respondió con evasivas al desplante que le había hecho, de las cuales el chico se tragó el anzuelo, el sedal y media caña: estaba un poco constipada y a punto de tener un ataque de tos. Él la agarró de la mano hasta llegar a aquel taxi que parecía estar siempre por delante de ella en las prioridades de él, montaron y él condujo hasta llegar a su casa, sin que ninguno de los dos dijera prácticamente nada durante el trayecto. En cuanto llegaron él intentó besarla de nuevo y ella esta vez accedió, aunque aguantando la rabia y las ganas de arrancarle el labio inferior de un mordisco. Subieron en un pequeño ascensor, y en cuanto Josué abrió la puerta de entrada a su casa amablemente para permitir que Helena pasara primero, ella con un mínimo vistazo reconoció de inmediato el lugar: aquella era la habitación que había visto en el vídeo que Jorge le había enseñado y aquella que se veía al fondo era la puerta de la habitación en la que le había traicionado. Mientras ella intentaba eliminar aquellas imágenes de su mente él la llenaba de besos en la nuca, con una clara intención de hacer con ella lo que unos días antes había hecho con aquella desconocida. Ella hizo como que se dejó hacer mientras esperaba pacientemente a tenerle justo dónde le quería, para asegurarse de que recibía su merecido.
- ¿Quieres una copa, mi niña... o prefieres... ir directa al postre?
- ¿"Mi niña"? ¡Eso es nuevo! ¿Desde cuándo estás tú tan romántico y a quién tengo que darle las gracias?
- A una amiga, que el jueves me hizo saber que también os gusta que os diga cosas bonitas... Que las mujeres con eso os volvéis loquitas...
- Y no quieras vernos después de enterarnos de que nos has sido infiel... -Josué se quedó blanco como la leche al intuirse descubierto-. ¿Qué te pasa, he dicho algo malo? Mi niño, te has quedado pálido...
- N...Nada, nada, tranquila. ¿De qué quieres la copa? Tengo ron, vodka, whisky y ginebra.
- Hummm... un whisky solo, si no te importa.
Él sirvió las copas y se sentó al lado de Helena, en el sofá en que la invitó a sentarse y se lanzó a besarla por el principio de su escote, mientras ella aguantaba como podía las ganas de darle un bofetón. En cuanto empezó a bajar hasta el filo de su camiseta, Helena se apartó como pudo lo justo para poder proponerle seguir en algún sitio más cómodo.
- Vale, ya va siendo hora de que conozcas mi habitación...
Josué se llevó a Helena casi que a rastras a la habitación, sin darle tiempo siquiera a dejar el vaso con la bebida en la mesa, llevándola a donde ella más temía, en dirección a aquella puerta cómplice de aquel engaño. Entraron en la habitación y en cuanto cerraron la puerta ella le tiró en la cama.
- Juegas fuerte, cariño... -decía Josué entre risas mientras Helena le ataba a la cama, una vez más en aquella relación, por primera vez en aquel lugar.
- ¿Fuerte, yo? No, cariño, fuerte voy a jugar ahora... - Se levantó la camiseta y desató de su abdomen un largo y suave pañuelo rojo sangre, se subió a horcajadas encima de Josué y con una gran sonrisa, sin mediar palabra, le rodeó el cuello con él. Ya te va tocando la siguiente lección: qué pasa si engañas a una mujer que sabe llevar a cabo la asfixia erótica... Que te arrepientes lo poco que te queda de vida.
- Pero, ¿qué...? Jorge, eres un cabrón.
¿Que Jorge es un cabrón, Josué, que Jorge es un cabrón? - le preguntó mientras el pañuelo empezaba a hacer presión en el cuello a causa de la tensión que ella estaba empezando a causar. ¿¡QUE JORGE ES UN CABRÓN!? Entonces, ¿QUÉ COÑO ERES TÚ? ¿QUÉ COÑO TE HA FALTADO CONMIGO? Yo sintiéndome culpable por no poder estar contigo todo el tiempo que quiero porque tú nunca puedes estar conmigo, y ¿QUÉ COÑO ESTÁS HACIENDO TÚ? ¡¡ENGAÑARME!!
- Helena, tranquila, te lo puedo explicar, yo...
- Tú nada, Josué, ¡¡tú nada!! Eres igual que los hombres a los que tanto criticas, o peor... Y te mofabas de mis clientes... ¿Sabes qué? Al menos ellos me son leales, y nadie les obliga a ello. Y tú que eres quien más debería serme leal... ¿Qué haces tú? ¡Follarte a una zorra aquí mientras yo estoy en casa, llorando porque no puedo verte por tu puto trabajo! ¿Así me pagas que te quiera, Josué? ¿ASÍ ME LO PAGAS? Te dije que no jugaras conmigo, te pedí que no me engañases, te pedí que no jugaras con mis sentimientos. Te lo he dado todo, Josué, ¡todo! ¿Y qué coño haces tú? ¡Follarte a otra! ¿Quieres jugar? ¡Pues vamos a jugar!
Helena sólo era capaz de gritar y apretar el pañuelo alrededor del cuello de Josué. No quería llegar a hacerle daño, pero la rabia se había apoderado de ella y ya no había vuelta atrás: Josué había liberado el demonio que Helena llevaba demasiado tiempo escondiendo, intentanto contener, y el resultado iba a ser letal.
- Helena, por favor, déjame que te explique...
- ¡No hay nada que explicar!
- Helena, no puedo respirar... Por favor... Afloja un poco... Hele...
No acabó de susurrar por última vez su nombre, su corazón no pudo aguantar más la falta de oxígeno y se dio por vencido. Cuando ella quiso darse cuenta ya era demasiado tarde. No quería hacer eso, no quería matarle, sólo quería que él sufriera como había sufrido ella, que se sintiera igual de mal, pero le había arrancado la vida. Después de sufrir un ataque de histeria se obligó a tranquilizarse y a tener sangre fría.
- Está bien -pensó-, ya está hecho, no hay vuelta atrás. Tú ya no volverás a engañarme, ni a mí ni a cualquier mujer. -Estaba quitando el pañuelo del cuello de Josué cuando sonó el teléfono: era Jorge de nuevo; preocupado por lo mal que había visto antes a la chica, llamaba para interesarse por su estado de ánimo.
- Diga.
- Helena, soy Jorge, ¿has hablado con Josué?
- Sí.
-Y, ¿qué tal?
- Está muerto.
- ¡¿QUÉ?! ¿¡MUERTO!?
- Sí.
- Joder... ¿Pero qué ha pasado?
- Asfixia erótica con resultado letal.
- Está bien... Mira, vete de allí y en media hora quedamos en el cañaveral... A ver que podemos hacer, ¿de acuerdo?
- Vale. Media hora.
- Está bien, ahora nos vemos.
- Vale.
Cogió su bolso y el vaso que todavía albergaba frío aquella dosis de whisky y salió de aquel piso, deseando que todo aquello fuera un sueño, aunque en lo más profundo de su ser podía sentir cómo el demonio que escondía reía a carcajadas dentro de ella.
- ¿Ves, Helenita? Puedo tomar el control cómo y cuando quiera...
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