Era un soleado y agradable viernes y en una terraza se encontraban tomando un refresco y hablando de todo Jorge, Eva, Helena y Nora. Las dos últimas se conocían desde hacía tiempo aunque dos semanas antes, cuando se encontraron en aquel local en el que una de ellas puso los ojos en Josué no se reconocieron al instante, al llevar dos décadas sin verse: ambas habían ido de pequeñas al mismo colegio, pero los padres de la primera se marcharon a trabajar a otra cuidad haciendo que no pudieran mantener el contacto, pero en el mismo momento en que fueron conscientes de quien era la otra, se hicieron inseparables. Y ahí estaban ellas, explicándoles a los otros dos miembros de la reunión qué las unía.
- Entonces, no os veíais desde hace... ¿cuánto?
- Pues... ¿20 años, Heidi?
- ¿Aún te acuerdas de eso? Madre mía... Sí, 20 años... por favor, ¡cómo pasa el tiempo! Oye, y hablando de acordarse... ¿qué tal se portó el amigo de estos chicos?
- Bien, bien, se portó muy bien el chico, fue muy agradable... Estoy pensando en llamarle otra vez.
- Yo soy amigo suyo y según lo que quieras con él es buen chaval, muy vergonzoso y un poco raro, pero buen chaval.
- Pues la verdad es que el chico... tiene algo que me gustó... Tiene algo en la mirada que me llama la atención. Y me vas a perdonar, pero era... ¿Josué, puede ser?
- Sí. Bueno, para mí es Josué, para ella es el soldadito abuelete y para aquí tu amiga, el pequeño saltamontes.
- Vaya, ¡tenéis variedad! Mira, chiqui, lo voy a llamar y a ver si tiene ganas de quedar.
- Vale, preciosa. Nosotros nos vamos, pero luego ¡¡cuéntamelo todo, eh!!
- Sólo lo posible...
En cuanto los otros tres compañeros doblaron la esquina Helena llamó a Josué.
- ¿Diga?
- Te dije que ibas a tener noticias mías...
- ¿He... He... Helena?
- ¿En dos semanas te has vuelto tartamudo? Vaya sumiso he ido yo a encontrar... Primera lección: para tí soy Ama Helena. Nos vemos en una hora en la puerta del Almirante, y no me digas que no puedes, sé que hoy no trabajas. Una... hora. Si tardas un minuto más me voy y no vuelves a saber de mí, ¿entendido?
- Ssssí...
- Sí, Ama.
- Ssssí, Ama.
Tal como ella le dijo, exactamente una hora después allí estaba ella en la puerta de aquel bar, aunque no sabía que él tenía tantas ganas de volver a verla que llevaba diez minutos esperando. En cuanto la vio se lanzó a darle dos besos, pero ella le paró con un gesto con la mano.
- Quieto. Va siendo hora de darte la segunda lección. No me llamarás si yo no te doy mi permiso, no me tocarás si no te doy mi permiso y no harás nada si no te doy mi permiso, antes de hacer cualquier cosa tendrás que pedirme permiso; si estamos en público con que hagas la pregunta en plan militar, será suficiente, pero mientras estemos solos, soy tu Ama y como a tal deberás nombrarme, ¿comprendes?
- Sí, He... digo, señora.
- Muy bien, veo que aprendes rápido... Bueno, ¿listo para irnos?
- ¿Irnos? ¿Dónde?
- Sí, señora o no, Señora. Elige. Ya.
- Eh... sí, Señora.
- Entonces, vamos... Y sin replicar.
Caminaron en silencio unos pocos pasos hasta llegar a la altura de un coche BMW color verde oscuro metalizado. Helena abrió la puerta y sólo pronunció una palabra: sube. Josué dudó un instante si obedecer y ella le dio un ultimátum: no tenía todo el día para que el se decidiese, o subía o se iba sin él, dejándole sin opción de volver a verla; de hecho aquella era la tercera lección: debía hacer lo que ella le ordenara en cuanto lo hiciera, como si estuviera activado por un mecanismo automático. Sólo con la fuerza que desprendía su mirada, el captó la situación y sin abrir la boca subió al coche. Ella condujo durante unos minutos en los que no cruzaron palabra, hasta que entró en un aparcamiento atestado de coches; tras una pequeña maniobra aparcó en un rincón sobre el que había pintado en el suelo el número 73 y se soltó el cinturón de seguridad.
- Vamos.
- Sí, Ama.
Caminaron unos pocos pasos hasta que llegaron a un ascensor totalmente espejado, aunque Josué apenas pudo contemplar el reflejo que le ofrecía durante unos pocos segundos: antes de que pudiera darse cuenta Helena le vendó los ojos con el mismo trozo de tela que la primera noche que pasaron juntos.
- Este pañuelo...
- Qué le pasa?
- Huele... huele como... usted, Ama. Y si me permite el apunte, creo que es el mismo que utilizó cuando nos conocimos.
- ¡Vaya! Esperaba que aprendieses rápido, pero no tanto... Mi intuición no me fallaba, creo que vas a ser mi sumiso preferido: prestas atención, observas y tus sentidos están activos. - Susurró ella mientras su aliento rozaba su nuca, erizándole el vello.
Unos segundos después, la puerta del ascensor se abrió y Helena guió a Josué unos pocos pasos más. De repente notó que le soltaba, escuchó el sonido de unas llaves entrar en una cerradura para abrirla, salir mientras su correspondiente puerta se abría y de nuevo el suave roce de esa mano en su piel. Le guió durante otros pocos pasos y en cuanto escuchó la puerta cerrarse notó el roce de los dedos que hacía un instante le rozaba la mano enredarse en su pelo, aflojando el pañuelo hasta dejarlo caer.
- Bien, tercera lección: cuando acabemos, tu forma de despedirte será besarme primero la mano haciendo una reverencia y después los pies con las dos rodillas en el suelo cuando yo te lo indique, ¿estamos?
- Sí... A... A... Ama.
- Bien, seguimos. Cuarta lección: si no te sientes totalmente cómodo llamándome Ama, puedes llamarme señora, pero deberás hacerlo siempre mientras seas mi sumiso. Y no suelo permitir esto, pero mientras seas mi sumiso no serás Josué, serás simplemente una letra o un nombre de objeto, ¿De acuerdo?
- Sí, señora.
- Está bien, ¿cual va a ser tu nombre de sumiso?
- Si a usted le parece bien, Hache, señora.
- ¿Puedo saber por qué?
- Me parece la opción más adecuada y más sencilla a la vez: aparentemente es muda y se utiliza a conveniencia de quien la tiene entre las manos; no entiendo de estas cosas, así que creo que es la mejor posible.
- Vaya, cuando creo que no puedes sorprenderme más, vas tú y rebates mi teoría... De acuerdo, Hache, seguimos. Haya o no sexo, no va a pasar nada que tú no quieras, ¿De acuerdo? Esto no consiste en hacerte sufrir, ni en darte latigazos hasta que sangres, ni en obligarte a hacer nada, esto consiste en que yo dominaré la situación, o la controlaré si prefieres decirlo así, pero repito, no haré nada que no quieras. En caso de que se lleve a cabo algo que te produzca dolor, o cuando estés atado, pactaremos una palabra clave para parar; por mucho que grites "basta", "para" o algo similar, no lo haré, sólo pararé cuando digas esa palabra, la cual te recomiendo que sea corta para que no te cueste decirla. Puede ser cualquier palabra, así que escoge la que quieras, ¿entendido?
- Sí, señora. ¿Le parece bien que la palabra clave sea "blanco"?
- Me parece perfecto, Hache, y ahora, sigamos. Enséñame las muñecas y los tobillos -Helena hizo una leve mueca de preocupación-. Lo que me imaginaba, hematomas... Se me olvidó decírtelo la otra noche, sólo tienes una forma de evitar estos moratones: no debes tirar bajo ningún concepto; cuando te ate, en caso de que tire, estableceremos una escala del 1 al 10 y cuando el dolor pase de 7 dejaré de apretar y si lo considero necesario aflojaré, y nunca, y nunca quiere decir nunca debes permitir que llegue a un nivel 8. Es muy importante que no te hagas el valiente, todos tenemos un límite y no debemos infravalorar a nuestro cuerpo. En caso de que te azote llevaremos a cabo la misma técnica y si llegases a ser capaz de aguantar caer las gotas de cera de una vela esa será la norma, ¿entendido?
- Sí, señora. Pero, ¿y si me duele pero a la vez siento placer?
- De hecho, esa es la idea, Hache, combinar ambas sensaciones. Es tan sencillo como no decir un número alto. Recuerda que a partir de 7 aflojaré, y repito: nunca, bajo ningún concepto, llegaré a 8, es realmente importante que tengas eso en cuenta por tu seguridad. Y... bueno, creo que ya te he explicado todas las normas, así que ya podemos ir a lo importante. Quítate sólo los zapatos y déjalos pegados a la puerta, y los calcetines encima de los zapatos, extendidos. Cuando estés preparado, siéntate, ya conoces la silla... pero no le cojas mucho cariño, no vas a pasar mucho rato con ella, y sobretodo: ¡no! te levantes hasta que yo te lo diga. Voy a cambiarme...
Josué obedeció bajo un silencio sepulcral, observando aquella habitación, intentando obtener algún detalle: la habitación estaba pintada de un rojo más oscuro que la tenue luz que la iluminaba... y esta vez sí pudo apreciar algo nuevo: justo delante de la puerta había una puerta de la que sólo podía distinguir el plateado del picaporte, haciendo que su curiosidad se disparase. Miró hacia todas partes buscando a Helena, pero no la veía en ningún sitio, y de nuevo la maldita moqueta amortiguaba el ruido, provocando en él una mezcla de intriga y miedo. ¿Dónde estaba ella? ¿Qué iba a hacer con él? Gritó hasta quedarse afónico llamándola, pero no obtuvo respuesta. Quería levantarse de aquella maldita silla pero una parte de él quería seguir allí, por el mero hecho de que ella le habría prohibido hacerlo, pero la curiosidad, la ansiedad por verse allí solo empezaron a apoderarse de él cuando el olor de ese perfume, que empezaba a serle familiar inundó su olfato, permitiéndole saber que Helena estaba cerca de él, de nuevo, por fin. aun sin lograr ubicarla del todo en la habitación. En realidad llevaba desde que se sentó en la silla detrás de Josué, observando sus movimientos, o la ausencia de ellos durante un tiempo prudencial, pasado el cual hizo que unas gotas de perfume salieran del frasco, cumpliendo su objetivo: excitar al observado. En el mismo instante en que Josué hizo ademán de levantarse Helena por fin hizo acto de presencia, vestida con un vestido ajustado negro de cuero que permitía ver su escote, marcando sus curvas pero no dejaba ver más arriba de las rodillas y las botas de tacón de aguja con las que estuvo a punto de pisarle los testículos.
- ¿Dónde crees que vas, Hache? Yo no te he dado permiso para levantarte. - Se acercó a él, se sentó en una de sus piernas, con las piernas abiertas, le miró de reojo y dijo: -Ya entiendo... te pica la curiosidad por ver lo que hay detrás de la puerta, ¿verdad?
- Pues... la verdad... es que sí, señora, pero no tengo permiso para preguntarle qué hay detrás.
- Así me gusta, que vayas aplicando los conocimientos que vas adquiriendo... Muy bien... has sido obediente y no te has movido, así que te voy a permitir que eches un vistazo, pero con la condición de que no toques nada, hay cosas que cortan y no tengo ganas de tener que darte puntos en la mano.
- Pero, señora... yo...
- ¿Quieres o no quieres ver lo que hay? Si confías en mí no tienes nada que temer. Puede que te impresione ver algunas cosas, pero puedes estar totalmente tranquilo: te repito que no te voy a cortar un brazo, ni nada por el estilo.
Helena casi no había acabado de abrir la puerta cuando Josué ya estaba boquiabierto: lo primero que vio fueron fustas de varios tamaños cuidadosamente colgadas de la pared; su asombro iba en aumento conforme Helena le explicaba para qué era cada cosa y cómo se usaba, desde el potro de tortura hasta las agarraderas engarzadas en la fría pared de piedra, que visto de esa forma, le recordaba a los presos en los castillos en la Edad Media, varios juegos de esposas, multitud de cuerdas y un par de
grilletes para anclarlos en la pared o en el potro de tortura, pasando por una enorme cruz de madera en la que había incrustados cuatro grilletes, uno para cada muñeca y tobillo.
- ¿Qué te parece, Hache?
- ¿Eso... a la gente... le pone... cachonda?
- Si tú supieras... Bueno, bien pensado, tú mismo lo vas a comprobar: súbete en el potro.
- ¿¡Qué!?
- Al potro. Ahora. Su...be. -Obediente como siempre, aunque de nuevo un poco asustado, Josué se subió al potro, estiró manos y piernas intentando relajarse y empezó a rezar, haciendo que Helena al escucharle soltara una sonora carcajada. -Que no voy a descuartizarte, relájate... si no lo haces sí que te va a doler de verdad, y puede que incluso te rompas un hueso... y yo quiero que disfrutes, no que llores. Bien, voy a ir apretando, ve diciendo número en la escala.
- Uno... dos... cuatro... cinco...
-Venga, Hache, que no duele tanto, no seas quejica. -Con intención de que sintiera un poco de dolor real, dio un buen tirón de las correas que sujetaban sus muñecas.
- ¡¡Quince, veinte, seiscientos cuarenta y trees!!
- Hache, si mientes haré que sepas qué le pasaba realmente a Pinocho cuando mentía... Y te quedarás sin sensibilidad en estas preciosas bolitas que tienes entre las piernas durante todo un mes, lo que implicará que tu miembro no funcione ni recién levantado... ¿Quieres probar la sensación o te tomas esto en serio?
- Dos.
Helena apretó las otras tres correas hasta que Josué llegó al 8 como castigo por haber mentido y cuando él empezaba a relajarse ella de una patada certera hizo que a escasos milímetros de la cabeza del chico quedase extendido un gran tablón de madera, tan largo como era ella tumbada, lo movió hasta colocarlo a la altura de la cintura de él y se subió.
- Y ahora, va siendo hora de premiarte por haberte portado bien; no tanto como espero de ti, pero bien, si tenemos en cuenta que es tu segunda sesión y aún estás muy verde...
Con destreza, desabrochó el pantalón de él y su mano se deslizó veloz a su miembro, lo sacó de la ropa interior y se lo acercó a los labios. Con un ligero movimiento de caderas de ella el tablón quedó encajado en el potro, permitiendo la libertad de movimiento que necesitaba en ese momento, sujetando con una mano la ropa y con otra aquel miembro erecto que empezó a lamer despacio, haciendo que él, ansioso de placer, estuviera al borde de la desesperación cuando se introdujo el miembro en la boca, lamiéndolo, metiéndolo y sacándolo, inundando de placer al atado, que empezó a gemir, incapaz de aguantar ese placer. Como castigo por mostrar ese gozo sin permiso, Helena mordió con la fuerza justa para causar un ligero dolor en la base del miembro a Josué, y el soltó un alarido.
- ¡¡¡¡¡AAHH, MIERDA PUTA!!!!!
- ¿Vas a estarte calladito o prefieres llevarte otro mordisco?
- Callado, señora, callado.
- Más te vale... ¿Sabes? En el fondo te mereces un trato especial, y lo vas a tener... aunque... eso implique que vas a seguir atado. A la cama. Ya. -Le aflojó las correas y mientras él se bajaba del potro, entre excitado y aturdido ella cogía dos juegos de esposas.- Cuando llegues al filo de la cama tienes que estar desnudo.
Cuando llegó al filo de la cama, Josué estaba tumbado y doliéndose de la muñeca izquierda, la que se había llevado el peor tirón. Helena en un momento de de pequeña debilidad se acercó a él y con dulzura, le besó la zona amoratada, despacio, sin prisa.
- ¿Te duele mucho?
- No, señora. Además, me está bien empleado por mentir.
- Buen chico. Entonces... ¿seguimos?
- Por favor, señora.
Ella le colocó las esposas y le ató a la cama para que pudiera tener algo más de libertad de movimiento que con las primeras sujeciones que sufrió y permitiendo que aunque fuera mínimamente pudiera rozarle, cosa que él no haría porque sabía que lo que ella quería era precisamente que fuera frío como un bloque de hielo. Con una sonrisa maliciosa y la mirada de Helena clavada en los ojos de Josué las manos de ella hicieron que la cremallera que cerraba el vestido bajase hasta el punto en que empezaba a cerrarse, haciendo que su cuerpo totalmente desnudo quedase a la vista. Se subió en la cama despacio, con la intención de que acabase totalmente desesperado por notar el roce de ambos cuerpos. Abrió las piernas para subirse sobre él y con una destreza impresionante agarró su miembro, y estando a punto de introducirlo en su sexo ardiente, cambió de idea.
- Cambio de planes: ¿recuerdas como te expliqué que tenías que despedirte?
- Creo que sí, señora, beso en la mano, clavar rodillas en el suelo y beso en los pies.
- Muy bien... -se apartó de encima de él, se levantó de la cama, le desató y sin dejar de clavarle la mirada le ordenó: -Despídete.
Josué se levantó de un salto y acató las órdenes que le había dado Helena y casi sin darle tiempo a levantar la cabeza después de besar aquellos suaves pies ella le puso en pie tirándole suavemente del pelo.
- Bien... última lección por hoy: desde este momento vuelves a ser Josué, una persona normal y corriente con personalidad, conciencia e ideas propias... y espero que hagas gala de una total sinceridad. ¿Te atraigo? -No le dio tiempo a acabar de contestar: él se lanzó a los labios de ella, besándola como nunca lo había hecho con una mujer, con su lengua jugueteando sobre los ardientes labios de ella hasta el momento en que ella le contestó con un pequeño mordisco al que el correspondió con una fiereza que ella nunca habría esperado mientras sus manos fueron directas a atraparla a la altura de la cintura y atrayéndola hacia él, impidiéndole cualquier movimiento.
- ¿Alguna vez has sido tú la que ha experimentado el dolor?
- Nunca lo he permitido... bueno, ahora que lo pienso, ahora que lo pienso, nunca me lo han propuesto, así que no. ¿No estarás pensando...?
Sin tiempo a terminar la frase él apartó el pelo que cubría el cuello de ella y le clavó los dientes, sin piedad, haciendo que ella soltara un gemido inesperado, que provocó que la temperatura en esa habitación, que ya estaba al rojo vivo aumentase aún un poco más. Ella se dejó hacer mientras él recorría, despacio cada centímetro de su piel, vengándose de la dulce tortura a la que el había sido sometido antes, haciendo que ella sintiera la desesperación que había recorrido, y que volvería a recorrer mil veces el cuerpo de él. La soltó para poder bajar la distancia justa para que su lengua quedase a la altura de sus pechos, dedicándose a juguetear con sus pezones, que cada instante estaban más duros, hasta que mordió con precisión, haciendo que se estremeciera. Bajó lentamente por el abdomen de ella, alternando besos y pequeños mordiscos, causando el efecto deseado: las piernas empezaron a dejar de sujetar a Helena, que habría caído al suelo de no ser porque Josué la sujetó por detrás de las rodillas y con la presión justa hizo que ella saltase, agarrándose con las piernas a la cintura de él, dejándose llevar por la excitación y por la pasión contenida, dejándose los labios en su cuello, buscando esos labios que estaban a punto de volverla loca.
- Vaya con Helenita... Parece que tú también quieres algo que no tienes cuando deseas... ¿Qué se siente?
- Creo que de vez en cuando te dejaré ser un poquito dominante...
Los dedos de ella intentaron agarrar el pelo de él cuando notó un tirón de pelo que la obligó a echar la cabeza hacia atrás, quedando a merced de lo que él quisiese hacer con ella, totalmente dominada, ansiosa de volver a disfrutar de aquel delicioso sexo que le ofrecía. Él volvió a besarla mientras ella empezaba a clavarle las uñas en los hombros, pidiendo dar el siguiente paso.
- Elige: cama o de pie.
- Elige tú, eres el que decide.
La empotró contra la fría pared, haciendo que el contraste del frío de aquel muro con el calor que ambos desprendían hiciera que una inmensa excitación la invadiera cuando él decidió que era el momento de darle lo que ambos estaban deseando. Aprovechando que la pared le daba un ligero punto de apoyó la sujetó por el trasero con una sola mano mientras con la otra agarraba su ardiente sexo, deseoso de estar de nuevo dentro del de ella, ayudando a salir un grito ahogado de la garganta de ella, que no tardó mucho en empezar a gritar, presa del placer que estaba sintiendo, del contraste de frío y calor, disfrutando totalmente de aquél chico que con sólo mirarla la volvió totalmente loca. Con cada embestida que él daba, unido al impulso hacia arriba que le daba, la pared producía pequeños arañazos en aquella suave piel, tan concienzudamente cuidada, hasta dejarla a punto de empezar a sangrar cuando él dio un paso hacia atrás, volviendo a sujetarla con ambas manos y recorrer con ella aferrada a él la escasa distancia a la que estaba la cama. Se sentó en el filo, permitiendo que ella pudiera aflojar su sujeción y que sus rodillas descansasen sobre el mullido colchón que tantas veces sería su cómplice. compañero silencioso de tantos momentos de lujuria. Ella intentaba no gritar pero era precisamente lo que el quería, quería escuchar cuanto placer estaba sintiendo, así que cuando se dio cuenta de que se estaba resistiendo, que le estaba privando de ese festival de sensaciones que ella quería esconder, le dio otro mordisco en el cuello.
- ¿Quieres morderme, clavarme las uñas, llenarme la espalda de arañazos? Hazlo, no me importa, pero no me quites el enorme placer de saber que te está gustando lo que hacemos. Sólo pido eso.
- Josué... yo...
- Grita.
- No puedo.
- ¿Estás segura? Le dio un nuevo tirón de pelo, besando el espacio entre sus pechos y ella, por fin dejó de reprimirse, dejando que unos gritos atronadores salieran de lo más profundo de ella. Él la miró satistecho, y con una sonrisa maliciosa le susurró al oído: -Mucho mejor... Señora, usted también es una buena alumna. - Esas pocas palabras hicieron que el torbellino que Helena estaba conteniendo se desatase por completo: empujó a Josué hacia atrás, extendió sus manos contra su pecho y cuando él menos se lo esperaba, ella a modo de demostración de que su orgasmo llegaba, dobló los dedos, incrustando una vez más las uñas en aquel cuerpo que tanto la estaba haciendo disfrutar y empezó a arañar en dirección a sus piernas, haciendo que el orgasmo de ambos llegase a la vez, disfrutando al máximo posible de aquél momento. Después él hizo fuerza con los brazos lo suficiente para levantarse ambos sin que ella tuviese que moverse, la abrazó y lentamente ambos se tumbaron en la cama, sin dejar de besarse, con las manos de uno aferradas a la espalda del otro.
- ¿Y bien?
- ¿Y bien, qué?
- ¿Qué se siente cuando te dominan a tí y te sacan de tu zona de confort?
- Es extraño, pero me gusta. ¿Y qué se siente cuando dominas tú después de ser dominado?
- Si me das otro beso te lo digo.
- Si quieres seguir siendo mi sumiso preferido te lo digo.
- ¿Te acuestas con todos tus sumisos?
- No, soy dominante pero no hago con nadie lo que hago contigo; mi primera norma es no mezclar nunca trabajo y placer.
- Entonces, si tú aceptas ser mi novia yo acepto ser tu sumiso preferido.
- Si me das otro beso y vuelves a volverme así de loca acepto ser tu novia.
- No sabes la que te espera, Helenita...
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