viernes, 21 de noviembre de 2014

Viernes singular

Josué era un chico normal, con los mismos gustos y aficiones que cualquier otra persona: trabajaba como taxista, salía con sus amigos cada vez que podía, le gustaba disfrutar de su tiempo libre y le encantaba gozar de los encantos de una buena compañía femenina, pero lo que estaba a punto de experimentar estaba mucho más lejos de lo que nunca habría llegado a imaginar. Todo empezó en el momento en que clavó su mirada en aquella chica...

Aquel viernes singular, durante el día, todo fue como cualquier otro: se levantó temprano para trabajar, recorrió la ciudad en la que vivía de todas las formas posibles y con infinidad de puntos de salida y destino distintos y charlando con todo aquel que quería escucharle o darle un poco de conversación durante el trayecto. A media mañana la situación casi se tuerce hasta quedar en meros escombros cuando sonó el teléfono. Había quedado con sus amigos Jorge y Eva, pero a primera hora de la mañana la chica le avisó de que no podría acudir a la cita a causa de un resfriado que hacía imposible que saliera de casa durante varios días y en ese momento su amigo, se temía, también iba a cancelar la velada.
- Dime.
- Josué, mira...
- No me lo digas... ¿A que tú también estás resfriado y no vas a poder salir esta noche?
- Verás, resfriado no estoy, pero me ha salido un compromiso que no puedo cancelar... Verás, viene una amiga a la que hace mucho tiempo que no veo, sólo va a estar hasta el domingo por la tarde y me gustaría poder pasar todo el tiempo posible con ella... Bueno, aunque ahora que lo pienso, si te parece bien le digo que salga esta noche con nosotros. Creo que te he hablado de ella alguna vez, es Nora. una chica que vive en Granada pero que estuvo un tiempo viviendo por aquí y...
- Tranquilo, amigo, no hay problema. Tanto me has hablado ya de ella que ya tengo curiosidad por conocerla, así que si ella quiere venir, por mí no hay problema... ¿La hora la mantenemos?
- Sí, sí, quedamos como dijimos en un principio, a la misma hora en mi casa, ¿De acuerdo?
- Ok, ahí me tendrás como un clavo.

El resto del día lo pasó dándole vueltas una y otra vez al mismo tema: cómo sería la amiga de Jorge, si le caería bien, si sería guapa... Pero no por mucho madrugar amanece más temprano ni por más pensar en ello el tiempo iba a pasar más rápido, así que decidió que lo mejor sería centrarse en el trabajo antes de acabar volviéndose completamente loco. -Seguro que esté buena o no, al menos será simpática. Además, por el tono de Jorge al nombrarla y lo que me han contado, estos dos, al menos, estuvieron liados, y muy probablemente se pasen la noche pegados como lapas... En fin, Josué. ¡céntrate!- Pensó. Justo en el momento en que por fin consiguió aparcar ese tema de sus pensamientos escuchó cómo se cerraba la puerta trasera del taxi; debía prepararse para un nuevo trayecto.

Como ya había advertido, a la hora acordada ahí estaba Josué, con puntualidad inglesa y vestido de una forma parcialmente informal: llevaba una camisa blanca que hacía que el tono claro de su piel fuera la mar de apetecible, americana negra que marcaba sus hombros y destacaba su espalda, pantalón vaquero azul oscuro lo suficientemente ceñido para enmarcar su delicioso trasero y zapatillas deportivas con apariencia de zapato. Tomó aliento varias veces y apretó el botón del telefonillo correspondiente a la casa de su amigo.
- ¿Sí?
- Abre.
- ¿Quién es?
- Tu padre.
- Entonces no te abro, que tengo la casa sin recoger -rió a carcajadas esperando la respuesta de su amigo-. Hala, ¡hasta luego, eh!
- Venga, hombre, abre ya, ¡no seas cabrón!
- ¿Perdón? -respondió una voz femenina. Eso era algo con lo que él no contaba y que hizo que los nervios se apoderasen de él-. Esto, perdón, soy Josué, un amigo de Jorge... ¿podrías abrirme, por favor?
Jorge entre risas le pidió a Nora que abriera la puerta y ella hizo lo que le pidieron. En un par de minutos estaba en la puerta de casa, a punto de entrar; respiró hondo un par de veces y cruzó el umbral.
- ¿Jorge?
- En el salón, ¡pasa!
Cuando entró estaban sentados en el sofá Jorge, Eva y una chica morena, de ojos azul oscuro a la que no había visto nunca y que presumía de curvas, mostrando sin vergüenza que no sólo las mujeres delgadas tenían derecho a ser guapas.
- ¡Hola! Tú debes de ser el que estaba en el portal hace un minuto... Yo soy Nora, y lo siento pero no, no soy un cabrón. Un poco cabrona a veces sí, pero bueno.
- Hola... sí, soy Josué... Encantado de conocerte -miró a su amiga y con cara de enfado le gruño-. Y tú, Evita, ¿no estabas resfriadísima y con 40 de fiebre?
- Sííí... Bueno... y lo estaba, pero... digamos que a mí también me picaba la curiosidad por conocer a una antigua conquista de Jorge, que yo sabía antes que tú que ella venía, sé que estas cosas te ponen nervioso... ¡y no quería perderme el momentazo, para qué me voy a andar por las ramas!
- Bueno, conquista, conquista, lo que se dice conquista tampoco fui... Siempre hemos sido muy buenos amigos, pero de ahí a lo que me ha comentado Jorgito que se comenta hay un trecho grandísimo. Y bueno, ahora que ya estamos todos, ¿qué tal si nos tomamos una copa?

Después de un rato de charla entre todos salieron a tomar una copa por ahí todos juntos; aunque a Josué le había llamado la atención Nora, la amiga de Jorge estaba más pendiente de él, sin dejar de lado a los otros dos miembros del grupo, pero caminando agarrados de la mano, regalándose besos furtivos cada vez que creían que Eva y Josué no les veían, sin soltarse nada más que para entrar en algún local y compartiendo risas y confidencias entre los cuatro miembros del grupo, quienes cualquiera podría pensar que eran amigos conocidos de toda la vida.

Habían pasado un par de horas desde que comenzaron la fiesta cuando Josué clavó los ojos en una guapísima chica morena de ojos verdes y un cuerpo de escándalo enfundado en un corto y ajustado vestido negro acompañado de unos zapatos de tacón alto del mismo color. En el mismo momento en que él la miró ella ya llevaba rato escrutándole con la mirada. Se acercó para poder hablar con Josue y en un instante conectaron de tal forma que parecía que se conocieran de toda la vida, aunque en realidad aquella noche era la primera vez que se veían, coqueteando ella y él entregado a prestarle atención, sin importarle nada más a ninguno de ellos. Un rato después ella le susurró algo al oído y se dirigió a la puerta, donde permaneció unos segundos esperando a que él se despidiera de se ha sus amigos.
- Chicas y chico, me vais a perdonar, pero me ha surgido un compromiso, y...
-Anda, ¡tira ya y no hagas esperar a la morena! Deja el listón bien alto o como que me llamo Eva que te vas a arrepentir... ¡Venga!

Un instante después, y después de despedirse del resto del grupo Josué y Helena, que así había descubierto que se llamaba la chica se dirigieron sin pensarlo a casa de la chica. Durante el camino no pararon de reír y coquetear; cuando llegaron a la puerta de casa de Helena ya estaban entregados a la pasión, con sus labios atrapados en una espiral de besos en la que sus lenguas peleaban por ser la campeona de aquel lance mientras sus manos, veloces, les hacían aflojar su ropa mientras el ascensor llegaba al piso indicado. En cuanto la puerta se abrió ella le dio a él la espalda el tiempo justo de abrir la puerta, que traspasaron con ansia y cerraron en seguida.
-Espérame aquí un momento... Quítate los zapatos y no enciendas la luz.
- Pero ¿qué...? -Pregunto confuso Josué.
- Hazme caso y quítate los zapatos -le susurró Helena al oído.
- En realidad son zapatillas - respondió con el mismo tono de voz.
- Bueno, lo que sea... Ya.
Tal como ella le ordenó él se quitó las deportivas y a tientas buscó el interruptor de la luz, pero justo cuando iba a encontrarlo notó que ella le puso algo en los ojos.
- Te dije que no encendieras la luz, y me has desobedecido... Mala decisión. -Ella le puso una venda en los ojos, impidiendo que aunque la electricidad hiciera su magia él pudiera contemplarla y sujetó sus manos con un frío juego de esposas metálicas desnudas, con las manos hacia delante. -Confía en mí, déjate llevar, quítate prejuicios de encima y diviértete... Pero antes voy a asegurarme de que tengas las manos exactamente donde yo quiero que las tengas. Y ahora sólo camina: no te preocupes por chocar con nada, yo te guiaré, pero necesito que colabores, ¿entendido?
Él asintió con la cabeza, entre excitado y asustado.
-Muy bien, así me gusta...

Ella le guió por lo que a él le pareció un larguísimo pasillo, caminando hasta que notó que le golpeaba en la parte trasera de la rodilla izquierda.
- Siéntate. -Josué le obedeció y en cuanto su espalda rozó el respaldo de la silla forrada de terciopelo ella le susurró al oído: -Bienvenido al maravilloso mundo del sadomasoquismo.
- ¿Qué? ¿Qué cojones...? Mira, a mí estos rollos no me van, ¿Sabes? No te ofendas, pero paso.
- Shh, relájate... ¿Lo has probado alguna vez?
- NO.
- Entonces, ¿cómo estás tan seguro de que no te gusta? No todo son potros de tortura y
mujeres con zapatos de tacón de aguja pisando testículos, también hay situaciones muy placenteras... Si me dejas enseñarte alguna.
- Está bien, me dejo hacer... Pero no quiero nada de fustazos, ni de tacones clavados ni cosas así, ¿de acuerdo? -No contestó nadie.- ¿Helena? ¿Estás ahí? Dime algo, por favor...
- Estás empezando a excitarte, estoy dominándote y...¡oh, milagro, no te estoy haciendo daño! -Le quitó las esposas y empezó a besar sus muñecas con delicadeza mientras las llevaba hacia su cuerpo, haciendo que él diera un respingo en cuanto notó la suave piel de ella. -Sólo es mi pecho, tranquilo... No voy a hacerte daño, de verdad. -Dijo mientras hacía que las yemas de los dedos de su compañero de juegos rozasen sus pezones, poniéndolos duros hasta el momento en que Josué fue consciente de lo que estaban haciendo sus manos, momento en que Helena dejó de acariciarse. Colocó las manos de él sobre sus rodillas y sin hacer ruido gracias a la moqueta colocada en el suelo, que impedía que los tacones al chocar contra el suelo le permitieran utilizar su sentido de la orientación para hacerse una idea de dónde estaba cada uno. Volvió a ponerle las esposas y aunque la llamó varias veces, no tuvo respuesta. Cuando bajó la guardia notó que algo se deslizaba por su cara, haciendo que su corazón se acelerase de tal forma que notaba los latidos de su corazón en las sienes: ella le había quitado la venda de los ojos, permitiéndole ver dónde estaban: era una habitación grande, inundada por una tenue luz roja, en la que sólo había una enorme cama, una moqueta negra y... ella. Ahí estaba Helena, apoyada en la pared, sonriendo mientras jugueteaba con el pañuelo que acababa de desatarle entre las manos. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la escasa luz, lográndolo en el mismo instante en que ella lanzó un movimiento certero al clavar el fino tacón del zapato entre los muslos de Josué, haciendo que sus piernas se cerrasen por instinto. -Yo no haría eso si fuera tú y no quisiera que el zapato me atraviese la pierna... No... te muevas. -Bajó el pie al suelo mientras miraba fijamente al chico. -No te muevas a no ser que yo te dé permiso o sí que te dolerá...

Se dio la vuelta mientras él la miraba boquiabierto, intrigado por lo que estaba por venir, y sin mirarle siquiera le dijo:
- Voy a soltarte las muñecas el tiempo justo de que hagas lo que voy a ordenarte; ten muy claro que en cuanto acabes volveré a ponértelas. Quítate la camisa. Ahora. Muévete sólo para eso, no te permito que lo hagas para nada más. Ah, y por si lo estás pensando, tampoco tienes permiso para hablar. -Él le hizo caso y se quitó la prenda de vestir mientras ella se despojaba de su vestido, permitiéndole ver aún mejor su deliciosa anatomía, llena de curvas vertiginosas que muy pronto iba a disfrutar. Cuando la prenda rozó el suelo quiso levantarse a hacer lo mismo con el pantalón, pero de nuevo uno de los tacones de ella se hundió en la silla, ésta vez a escasos milímetros de su entrepierna. -¿Quién ha dicho que tengas permiso para hacer nada más? Es el último aviso que te doy: aquí los tiempos los marco yo. -Sin bajar la pierna se acercó a los labios de Josué. -Quítate el resto de la ropa y túmbate en la cama. ¿O prefieres que te ate en la silla?
- Cama... cama.
Se tumbó en la cama y en cuanto lo hizo Helena le ató de pies y manos a la cama. Josué decidió que aunque aquello no acababa de darle buena espina lo mejor sería dejarse llevar, así que se relajó y como ella le pidió desde un principio, se dejó llevar. -En cuanto me sueltes te voy a echar un polvazo, no sé si lo sabes...
- Ja, ja... ja. ¿Y quien dice que tengo que soltarte para eso? -tensó las correas que sujetaban sus manos.- Y... ¿Quién dice que el polvo me lo vas a echar tú? ¿Sabes qué es lo más divertido de esto? Que tus ojos no van a poder prevenirte, y esa función se la vamos a dar al tacto... - dijo mientras volvía a ponerle el pañuelo cubriéndole los ojos. -No vas a saber si te voy a besar en el cuello... o te voy a morder en un muslo... o te voy a hacer un chupetón en un brazo.
- Mmmm, suena muy bien...
- Ya vas empezando a entender lo divertido que puede llegar a ser esto.
Casi no le dio tiempo a acabar de pronunciar la frase, empleándose en empezar a deslizar su lengua por su miembro, cuya reacción inmediata fue una generosa erección. Helena comenzó a deslizar la lengua a lo largo de todo el sexo de Josué hasta que no pudo resistirlo más y lo introdujo en su boca, con sus labios rodeándolo y su lengua jugueteando con tranquilidad, pues la única norma de aquel encuentro era que ella en todo momento tendría la voz cantante, así que aunque él muriese de ganas de que aumentase el ritmo o diese un paso más, por mucho que lo pidiese, sólo lo haría cuando ella quisiera, y ella quería darle placer poco a poco, así que de esa forma incrementó el ritmo haciendo que la respiración de él se acelerase por el placer, que aumentaba a la misma velocidad que el ritmo del juego. Él pidió entre gemidos que le soltara, gritó que le soltara para poder dejar que sus manos recorrieran aquel cuerpo que tanto le estaba haciendo disfrutar, pero la única respuesta que recibía era un silencio sepulcral. Justo en el instante en que no podía aguantar más placer sin llegar al orgasmo sintió que ella dejaba de rozarle. Volvió a gritar llamando a su compañera de juego, llegando a pensar que se había ido, dejándolo ahí, atado de pies y manos y desnudo cuando notó unos dientes mordiendo con suavidad su oreja y el caliente aliento que le rozaba hizo que se estremeciera.
- Veo que te está gustando... ¿Ves como no tenías que tener miedo? Sólo tenías que hacerme caso y relajarte.
- ¿Relajarme? Ahora mismo no sé si antes te comería a besos,recorrería tu piel milímetro a milímetro o dejaría que mi lengua haga en tí lo que hasta hace un momento estaba haciendo la tuya.
- Si te portas bien, tendrás tiempo de hacer eso y muchísimo más... aunque no hoy. Hoy vas a hacer sólo lo que yo quiera.
Helena dejó a Josué unos segundos de nuevo sin la posibilidad de percibir nada, observándole sentada en la silla en que le había esposado, sonriendo con una sonrisa traviesa. Él ya no gritaba, ya no la buscaba: su olfato se había habituado al olor del perfume de aquella misteriosa chica, lo que hacía que supiera que seguía allí aun sin que ella dijese nada. Cuando su excitación disminuyó lo suficiente como para evitar que su orgasmo llegara con un solo roce aprovechó la ventaja que le otorgaba la altura de los tacones y la insonorización de la moqueta para subirse a la firme cama sin ser descubierta hasta que no quisiera que su presencia fuese delatada. Subió, quedándose a horcajadas sobre él y hizo que sus cuerpos tuvieran la suficiente distancia para que sus pezones pudieran rozar el pecho de su ansioso compañero, que en cuanto fue consciente de ese tacto intentó dirigir sus manos a esa suave piel, soltando un bufido al recordar que las ataduras que rodeaban sus muñecas se lo impedían cuando introdujo su sexo en el ardiente interior de ella. Josué quiso empezar a mover las caderas para darle placer a Helena en la medida de lo que aquellas inmovilizaciones le permitían, sin saber que aquello también formaba parte del juego: cuando quisiera volver a dominar completamente la situación, sólo tenía que tirar de las cuerdas, cosa que hizo en cuanto él se confió, dándole un tirón lo bastante fuerte como para que sintiera una ligera molestia, y consiguiendo que de su garganta saliera una mueca de dolor. Comenzó a mover las caderas con un vigoroso vaivén que provocaba que el placer de ambos no hiciese más que aumentar, permitiendo que de vez en cuando las caderas de ambos acompasasen sus movimientos, acelerándolos cada vez más, hasta que ambos llegaron a un delicioso y ansiado orgasmo.

En cuanto Helena alcanzó el clímax se apartó de encima de Josué, dejando que retomase el aliento, para susurrarle una vez más al oído:
- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Dónde hay que firmar para repetir?
- Buena respuesta, no la esperaba... Ya tengo tu número de teléfono, el cual he conseguido haciéndome una llamada perdida mientras te despedías de tus amigos, sin darte cuenta de que había desaparecido de tu bolsillo, así que pronto tendrás noticias mías. De momento voy a desatarte y a dejar que vuelvas a disfrutar del sentido de la vista.
- ¿Eso te incluye a ti desnuda?
- Jajaja... Además de guapo y obediente, eres gracioso... ¡Estás ganando puntos!

En cuanto acabó de vestirse, Helena desató a Josué y le observaba vestirse mientras ella seguía sentada, con la misma sonrisa de satisfacción que hacía un rato, en el momento en que estaba rendido a sus pies. Esperó a que la ropa de ambos volviera a estar en su sitio y ella le acompañó durante el trayecto hasta llegar a la puerta de la discoteca en la que había quedado con Jorge, al que llamó nada más devolverle el teléfono, hablando por el camino de mil y un cosas y explicándole ella el motivo de su atracción por el mundo que acababa de empezar a mostrarle. Cuando doblaron la esquina de la calle en la que estaba la discoteca comprobaron que el grupo estaba llegando. Ella esperó a que volvieran a estar todos juntos y se despidió de él con un largo y apasionado beso.
- Lo dicho, Josué, pronto tendrás noticias mías. Sé bueno, o sabes qué consecuencias deberás afrontar...
- Sólo mientras tú estés cerca.
- ¡Vaya con el casanova! Qué cara de satisfacción tiene...
- Ya te iré contando, Jorge, ya te iré contando...

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