blog de literatura mayoritariamente erótica, sin dejar de lado los pequeños relatos de temática abierta
miércoles, 31 de diciembre de 2014
te dije que no jugaras conmigo
- ¿Diga?
- ¿Helena? Esto... Mira, soy Jorge, el amigo de Nora y Josué...
- Jorge, Jorge... ¿El de la terraza? ¿Qué tal?
- Bueno, verás... Pues no muy bien, tengo que hablar contigo... Tengo que enseñarte algo, necesito quedar para tomarnos un café si no te importa.
- Vale, de acuerdo, ¡cuando quieras! ¿Te parece bien esta tarde, a eso de las 5 en la puerta del cañaveral?
- Perfecto. Hasta luego, guapa. Este tío es gilipollas -murmuró pensando que ella ya no le escuchaba-. ¿Cómo le hace eso a la chica?
- ¿Cómo? Vaya, ya ha colgado.
Tal como acordaron, a las 5 en punto de la tarde estaban puntuales ambos, tan preocupados uno por lo que tenía que decir como otra por lo que había creído escuchar.
- Verás, Jorge, hace un rato, antes de colgar, te he escuchado decir algo de gilipollas... ¿Pasa algo?
- Pues la verdad es que sí, ha pasado. Verás... sabes que Josué libra los viernes, ¿Verdad?
- Sí, claro... ¿Qué pasa?
- A ver cómo te lo digo... El jueves por la noche salimos juntos, y acabó... Él... Mira, lo mejor es que lo veas tú misma. Yo no sé qué decirte, sólo que es un gilipollas y que si yo fuera él no te la habría jugado así.
Le acercó el teléfono, y tras darle al play vió a varias personas en una casa riendo, bebiendo... y a Josué besando a una chica que evidentemente no era Helena, poniendo sus manos el el trasero de la chica como hacía días que no lo hacía con ella, como aquella desconocida saltaba para aferrarse a la cintura de su novio con las piernas, cómo él no quitaba las manos de aquellas nalgas, haciendo fuerza para impulsarlas hacia arriba y cómo daba los pasos suficientes para abrir una puerta, traspasarla, desaparecer tras ella y cerrarla, para comenzar a escucharse sonidos bastante explícitos después. La cámara detectó el movimiento de quien sujetaba el teléfono que imnortalizaba aquellos instantes y grabó el sonido de Jorge pidiendo a Nora que le sujetase la copa. "¿Qué pasa?... Oye, ¿y Josué?" "Espero que no donde creo...". Las voces cesaron un instante para dejar paso a los gemidos y a los gritos de quien se sabe sorprendido y quien le recrimina su mala conducta, a Jorge vociferando "y vístete, ¡coño!" el enfocar de la cámara al suelo y a Jorge aguantar la rabia.
- Pero ¿qué es ésto? -preguntaba Helena hecha un mar de lágrimas.- ¿Por esto no quería quedar nunca? ¿Para esto? Joder, Jorge, yo creía que no podía quedar, creía que me quería... ¿Por qué...?
- No lo sé, Helena, yo sólo sé que estaba grabando la fiesta para enviarle el vídeo a mi chica y me encontré con eso... Yo no quería decírtelo, no quería hacerte daño, pero no te mereces que este gilipollas te engañe así.
- Esto no va a quedar así... Este cerdo va a enterarse de quien soy yo. -En ese instante sonó el teléfono: era Josué. Helena pensó en no cogerle el teléfono, pero justo antes de que colgara decidió que era hora de seguir con el peligroso juego que Josué había empezado.
- ¿Qué haces?
- Nada, tomando un café con tu amigo... ¿Jorge? Muy majo el chico.
- Con... Mierda -murmuró- Con Jorge... y ¿qué se cuenta?
- Que le apetecía conocer a la chica de su amigo y que me da el visto bueno. Y bueno, aprovechando que hablamos, ¿cuándo me vas a honrar con el honor de verte?
- Pues mira, justo esta noche te quería invitar a cenar en mi casa. Yo pongo la cena y tú el postre... ¿Te apetece?
- No sabes cuánto... ¿Cómo quedamos?
- A las 8 en la puerta del Almirante, que acabo a las 6, tengo que lavar el taxi, ducharme...
- Ya estamos como siempre...
- ¿Qué?
- Que nada, que perfecto.
Tal como acordaron ella estaba puntual a las 8 en punto en la puerta de aquel bar en el que solían quedar, aunque él tardó más de media hora en llegar. En cuanto aparcó se lanzó a besar a Helena, quien apenas unas horas antes habría aceptado de buen grado ese beso, pero que en ese momento sólo le producía rechazo. Él se sorprendió por la negativa y ella respondió con evasivas al desplante que le había hecho, de las cuales el chico se tragó el anzuelo, el sedal y media caña: estaba un poco constipada y a punto de tener un ataque de tos. Él la agarró de la mano hasta llegar a aquel taxi que parecía estar siempre por delante de ella en las prioridades de él, montaron y él condujo hasta llegar a su casa, sin que ninguno de los dos dijera prácticamente nada durante el trayecto. En cuanto llegaron él intentó besarla de nuevo y ella esta vez accedió, aunque aguantando la rabia y las ganas de arrancarle el labio inferior de un mordisco. Subieron en un pequeño ascensor, y en cuanto Josué abrió la puerta de entrada a su casa amablemente para permitir que Helena pasara primero, ella con un mínimo vistazo reconoció de inmediato el lugar: aquella era la habitación que había visto en el vídeo que Jorge le había enseñado y aquella que se veía al fondo era la puerta de la habitación en la que le había traicionado. Mientras ella intentaba eliminar aquellas imágenes de su mente él la llenaba de besos en la nuca, con una clara intención de hacer con ella lo que unos días antes había hecho con aquella desconocida. Ella hizo como que se dejó hacer mientras esperaba pacientemente a tenerle justo dónde le quería, para asegurarse de que recibía su merecido.
- ¿Quieres una copa, mi niña... o prefieres... ir directa al postre?
- ¿"Mi niña"? ¡Eso es nuevo! ¿Desde cuándo estás tú tan romántico y a quién tengo que darle las gracias?
- A una amiga, que el jueves me hizo saber que también os gusta que os diga cosas bonitas... Que las mujeres con eso os volvéis loquitas...
- Y no quieras vernos después de enterarnos de que nos has sido infiel... -Josué se quedó blanco como la leche al intuirse descubierto-. ¿Qué te pasa, he dicho algo malo? Mi niño, te has quedado pálido...
- N...Nada, nada, tranquila. ¿De qué quieres la copa? Tengo ron, vodka, whisky y ginebra.
- Hummm... un whisky solo, si no te importa.
Él sirvió las copas y se sentó al lado de Helena, en el sofá en que la invitó a sentarse y se lanzó a besarla por el principio de su escote, mientras ella aguantaba como podía las ganas de darle un bofetón. En cuanto empezó a bajar hasta el filo de su camiseta, Helena se apartó como pudo lo justo para poder proponerle seguir en algún sitio más cómodo.
- Vale, ya va siendo hora de que conozcas mi habitación...
Josué se llevó a Helena casi que a rastras a la habitación, sin darle tiempo siquiera a dejar el vaso con la bebida en la mesa, llevándola a donde ella más temía, en dirección a aquella puerta cómplice de aquel engaño. Entraron en la habitación y en cuanto cerraron la puerta ella le tiró en la cama.
- Juegas fuerte, cariño... -decía Josué entre risas mientras Helena le ataba a la cama, una vez más en aquella relación, por primera vez en aquel lugar.
- ¿Fuerte, yo? No, cariño, fuerte voy a jugar ahora... - Se levantó la camiseta y desató de su abdomen un largo y suave pañuelo rojo sangre, se subió a horcajadas encima de Josué y con una gran sonrisa, sin mediar palabra, le rodeó el cuello con él. Ya te va tocando la siguiente lección: qué pasa si engañas a una mujer que sabe llevar a cabo la asfixia erótica... Que te arrepientes lo poco que te queda de vida.
- Pero, ¿qué...? Jorge, eres un cabrón.
¿Que Jorge es un cabrón, Josué, que Jorge es un cabrón? - le preguntó mientras el pañuelo empezaba a hacer presión en el cuello a causa de la tensión que ella estaba empezando a causar. ¿¡QUE JORGE ES UN CABRÓN!? Entonces, ¿QUÉ COÑO ERES TÚ? ¿QUÉ COÑO TE HA FALTADO CONMIGO? Yo sintiéndome culpable por no poder estar contigo todo el tiempo que quiero porque tú nunca puedes estar conmigo, y ¿QUÉ COÑO ESTÁS HACIENDO TÚ? ¡¡ENGAÑARME!!
- Helena, tranquila, te lo puedo explicar, yo...
- Tú nada, Josué, ¡¡tú nada!! Eres igual que los hombres a los que tanto criticas, o peor... Y te mofabas de mis clientes... ¿Sabes qué? Al menos ellos me son leales, y nadie les obliga a ello. Y tú que eres quien más debería serme leal... ¿Qué haces tú? ¡Follarte a una zorra aquí mientras yo estoy en casa, llorando porque no puedo verte por tu puto trabajo! ¿Así me pagas que te quiera, Josué? ¿ASÍ ME LO PAGAS? Te dije que no jugaras conmigo, te pedí que no me engañases, te pedí que no jugaras con mis sentimientos. Te lo he dado todo, Josué, ¡todo! ¿Y qué coño haces tú? ¡Follarte a otra! ¿Quieres jugar? ¡Pues vamos a jugar!
Helena sólo era capaz de gritar y apretar el pañuelo alrededor del cuello de Josué. No quería llegar a hacerle daño, pero la rabia se había apoderado de ella y ya no había vuelta atrás: Josué había liberado el demonio que Helena llevaba demasiado tiempo escondiendo, intentanto contener, y el resultado iba a ser letal.
- Helena, por favor, déjame que te explique...
- ¡No hay nada que explicar!
- Helena, no puedo respirar... Por favor... Afloja un poco... Hele...
No acabó de susurrar por última vez su nombre, su corazón no pudo aguantar más la falta de oxígeno y se dio por vencido. Cuando ella quiso darse cuenta ya era demasiado tarde. No quería hacer eso, no quería matarle, sólo quería que él sufriera como había sufrido ella, que se sintiera igual de mal, pero le había arrancado la vida. Después de sufrir un ataque de histeria se obligó a tranquilizarse y a tener sangre fría.
- Está bien -pensó-, ya está hecho, no hay vuelta atrás. Tú ya no volverás a engañarme, ni a mí ni a cualquier mujer. -Estaba quitando el pañuelo del cuello de Josué cuando sonó el teléfono: era Jorge de nuevo; preocupado por lo mal que había visto antes a la chica, llamaba para interesarse por su estado de ánimo.
- Diga.
- Helena, soy Jorge, ¿has hablado con Josué?
- Sí.
-Y, ¿qué tal?
- Está muerto.
- ¡¿QUÉ?! ¿¡MUERTO!?
- Sí.
- Joder... ¿Pero qué ha pasado?
- Asfixia erótica con resultado letal.
- Está bien... Mira, vete de allí y en media hora quedamos en el cañaveral... A ver que podemos hacer, ¿de acuerdo?
- Vale. Media hora.
- Está bien, ahora nos vemos.
- Vale.
Cogió su bolso y el vaso que todavía albergaba frío aquella dosis de whisky y salió de aquel piso, deseando que todo aquello fuera un sueño, aunque en lo más profundo de su ser podía sentir cómo el demonio que escondía reía a carcajadas dentro de ella.
- ¿Ves, Helenita? Puedo tomar el control cómo y cuando quiera...
miércoles, 3 de diciembre de 2014
clase magistral
- Entonces, no os veíais desde hace... ¿cuánto?
- Pues... ¿20 años, Heidi?
- ¿Aún te acuerdas de eso? Madre mía... Sí, 20 años... por favor, ¡cómo pasa el tiempo! Oye, y hablando de acordarse... ¿qué tal se portó el amigo de estos chicos?
- Bien, bien, se portó muy bien el chico, fue muy agradable... Estoy pensando en llamarle otra vez.
- Yo soy amigo suyo y según lo que quieras con él es buen chaval, muy vergonzoso y un poco raro, pero buen chaval.
- Pues la verdad es que el chico... tiene algo que me gustó... Tiene algo en la mirada que me llama la atención. Y me vas a perdonar, pero era... ¿Josué, puede ser?
- Sí. Bueno, para mí es Josué, para ella es el soldadito abuelete y para aquí tu amiga, el pequeño saltamontes.
- Vaya, ¡tenéis variedad! Mira, chiqui, lo voy a llamar y a ver si tiene ganas de quedar.
- Vale, preciosa. Nosotros nos vamos, pero luego ¡¡cuéntamelo todo, eh!!
- Sólo lo posible...
En cuanto los otros tres compañeros doblaron la esquina Helena llamó a Josué.
- ¿Diga?
- Te dije que ibas a tener noticias mías...
- ¿He... He... Helena?
- ¿En dos semanas te has vuelto tartamudo? Vaya sumiso he ido yo a encontrar... Primera lección: para tí soy Ama Helena. Nos vemos en una hora en la puerta del Almirante, y no me digas que no puedes, sé que hoy no trabajas. Una... hora. Si tardas un minuto más me voy y no vuelves a saber de mí, ¿entendido?
- Ssssí...
- Sí, Ama.
- Ssssí, Ama.
Tal como ella le dijo, exactamente una hora después allí estaba ella en la puerta de aquel bar, aunque no sabía que él tenía tantas ganas de volver a verla que llevaba diez minutos esperando. En cuanto la vio se lanzó a darle dos besos, pero ella le paró con un gesto con la mano.
- Quieto. Va siendo hora de darte la segunda lección. No me llamarás si yo no te doy mi permiso, no me tocarás si no te doy mi permiso y no harás nada si no te doy mi permiso, antes de hacer cualquier cosa tendrás que pedirme permiso; si estamos en público con que hagas la pregunta en plan militar, será suficiente, pero mientras estemos solos, soy tu Ama y como a tal deberás nombrarme, ¿comprendes?
- Sí, He... digo, señora.
- Muy bien, veo que aprendes rápido... Bueno, ¿listo para irnos?
- ¿Irnos? ¿Dónde?
- Sí, señora o no, Señora. Elige. Ya.
- Eh... sí, Señora.
- Entonces, vamos... Y sin replicar.
Caminaron en silencio unos pocos pasos hasta llegar a la altura de un coche BMW color verde oscuro metalizado. Helena abrió la puerta y sólo pronunció una palabra: sube. Josué dudó un instante si obedecer y ella le dio un ultimátum: no tenía todo el día para que el se decidiese, o subía o se iba sin él, dejándole sin opción de volver a verla; de hecho aquella era la tercera lección: debía hacer lo que ella le ordenara en cuanto lo hiciera, como si estuviera activado por un mecanismo automático. Sólo con la fuerza que desprendía su mirada, el captó la situación y sin abrir la boca subió al coche. Ella condujo durante unos minutos en los que no cruzaron palabra, hasta que entró en un aparcamiento atestado de coches; tras una pequeña maniobra aparcó en un rincón sobre el que había pintado en el suelo el número 73 y se soltó el cinturón de seguridad.
- Vamos.
- Sí, Ama.
Caminaron unos pocos pasos hasta que llegaron a un ascensor totalmente espejado, aunque Josué apenas pudo contemplar el reflejo que le ofrecía durante unos pocos segundos: antes de que pudiera darse cuenta Helena le vendó los ojos con el mismo trozo de tela que la primera noche que pasaron juntos.
- Este pañuelo...
- Qué le pasa?
- Huele... huele como... usted, Ama. Y si me permite el apunte, creo que es el mismo que utilizó cuando nos conocimos.
- ¡Vaya! Esperaba que aprendieses rápido, pero no tanto... Mi intuición no me fallaba, creo que vas a ser mi sumiso preferido: prestas atención, observas y tus sentidos están activos. - Susurró ella mientras su aliento rozaba su nuca, erizándole el vello.
Unos segundos después, la puerta del ascensor se abrió y Helena guió a Josué unos pocos pasos más. De repente notó que le soltaba, escuchó el sonido de unas llaves entrar en una cerradura para abrirla, salir mientras su correspondiente puerta se abría y de nuevo el suave roce de esa mano en su piel. Le guió durante otros pocos pasos y en cuanto escuchó la puerta cerrarse notó el roce de los dedos que hacía un instante le rozaba la mano enredarse en su pelo, aflojando el pañuelo hasta dejarlo caer.
- Bien, tercera lección: cuando acabemos, tu forma de despedirte será besarme primero la mano haciendo una reverencia y después los pies con las dos rodillas en el suelo cuando yo te lo indique, ¿estamos?
- Sí... A... A... Ama.
- Bien, seguimos. Cuarta lección: si no te sientes totalmente cómodo llamándome Ama, puedes llamarme señora, pero deberás hacerlo siempre mientras seas mi sumiso. Y no suelo permitir esto, pero mientras seas mi sumiso no serás Josué, serás simplemente una letra o un nombre de objeto, ¿De acuerdo?
- Sí, señora.
- Está bien, ¿cual va a ser tu nombre de sumiso?
- Si a usted le parece bien, Hache, señora.
- ¿Puedo saber por qué?
- Me parece la opción más adecuada y más sencilla a la vez: aparentemente es muda y se utiliza a conveniencia de quien la tiene entre las manos; no entiendo de estas cosas, así que creo que es la mejor posible.
- Vaya, cuando creo que no puedes sorprenderme más, vas tú y rebates mi teoría... De acuerdo, Hache, seguimos. Haya o no sexo, no va a pasar nada que tú no quieras, ¿De acuerdo? Esto no consiste en hacerte sufrir, ni en darte latigazos hasta que sangres, ni en obligarte a hacer nada, esto consiste en que yo dominaré la situación, o la controlaré si prefieres decirlo así, pero repito, no haré nada que no quieras. En caso de que se lleve a cabo algo que te produzca dolor, o cuando estés atado, pactaremos una palabra clave para parar; por mucho que grites "basta", "para" o algo similar, no lo haré, sólo pararé cuando digas esa palabra, la cual te recomiendo que sea corta para que no te cueste decirla. Puede ser cualquier palabra, así que escoge la que quieras, ¿entendido?
- Sí, señora. ¿Le parece bien que la palabra clave sea "blanco"?
- Me parece perfecto, Hache, y ahora, sigamos. Enséñame las muñecas y los tobillos -Helena hizo una leve mueca de preocupación-. Lo que me imaginaba, hematomas... Se me olvidó decírtelo la otra noche, sólo tienes una forma de evitar estos moratones: no debes tirar bajo ningún concepto; cuando te ate, en caso de que tire, estableceremos una escala del 1 al 10 y cuando el dolor pase de 7 dejaré de apretar y si lo considero necesario aflojaré, y nunca, y nunca quiere decir nunca debes permitir que llegue a un nivel 8. Es muy importante que no te hagas el valiente, todos tenemos un límite y no debemos infravalorar a nuestro cuerpo. En caso de que te azote llevaremos a cabo la misma técnica y si llegases a ser capaz de aguantar caer las gotas de cera de una vela esa será la norma, ¿entendido?
- Sí, señora. Pero, ¿y si me duele pero a la vez siento placer?
- De hecho, esa es la idea, Hache, combinar ambas sensaciones. Es tan sencillo como no decir un número alto. Recuerda que a partir de 7 aflojaré, y repito: nunca, bajo ningún concepto, llegaré a 8, es realmente importante que tengas eso en cuenta por tu seguridad. Y... bueno, creo que ya te he explicado todas las normas, así que ya podemos ir a lo importante. Quítate sólo los zapatos y déjalos pegados a la puerta, y los calcetines encima de los zapatos, extendidos. Cuando estés preparado, siéntate, ya conoces la silla... pero no le cojas mucho cariño, no vas a pasar mucho rato con ella, y sobretodo: ¡no! te levantes hasta que yo te lo diga. Voy a cambiarme...
Josué obedeció bajo un silencio sepulcral, observando aquella habitación, intentando obtener algún detalle: la habitación estaba pintada de un rojo más oscuro que la tenue luz que la iluminaba... y esta vez sí pudo apreciar algo nuevo: justo delante de la puerta había una puerta de la que sólo podía distinguir el plateado del picaporte, haciendo que su curiosidad se disparase. Miró hacia todas partes buscando a Helena, pero no la veía en ningún sitio, y de nuevo la maldita moqueta amortiguaba el ruido, provocando en él una mezcla de intriga y miedo. ¿Dónde estaba ella? ¿Qué iba a hacer con él? Gritó hasta quedarse afónico llamándola, pero no obtuvo respuesta. Quería levantarse de aquella maldita silla pero una parte de él quería seguir allí, por el mero hecho de que ella le habría prohibido hacerlo, pero la curiosidad, la ansiedad por verse allí solo empezaron a apoderarse de él cuando el olor de ese perfume, que empezaba a serle familiar inundó su olfato, permitiéndole saber que Helena estaba cerca de él, de nuevo, por fin. aun sin lograr ubicarla del todo en la habitación. En realidad llevaba desde que se sentó en la silla detrás de Josué, observando sus movimientos, o la ausencia de ellos durante un tiempo prudencial, pasado el cual hizo que unas gotas de perfume salieran del frasco, cumpliendo su objetivo: excitar al observado. En el mismo instante en que Josué hizo ademán de levantarse Helena por fin hizo acto de presencia, vestida con un vestido ajustado negro de cuero que permitía ver su escote, marcando sus curvas pero no dejaba ver más arriba de las rodillas y las botas de tacón de aguja con las que estuvo a punto de pisarle los testículos.
- ¿Dónde crees que vas, Hache? Yo no te he dado permiso para levantarte. - Se acercó a él, se sentó en una de sus piernas, con las piernas abiertas, le miró de reojo y dijo: -Ya entiendo... te pica la curiosidad por ver lo que hay detrás de la puerta, ¿verdad?
- Pues... la verdad... es que sí, señora, pero no tengo permiso para preguntarle qué hay detrás.
- Así me gusta, que vayas aplicando los conocimientos que vas adquiriendo... Muy bien... has sido obediente y no te has movido, así que te voy a permitir que eches un vistazo, pero con la condición de que no toques nada, hay cosas que cortan y no tengo ganas de tener que darte puntos en la mano.
- Pero, señora... yo...
- ¿Quieres o no quieres ver lo que hay? Si confías en mí no tienes nada que temer. Puede que te impresione ver algunas cosas, pero puedes estar totalmente tranquilo: te repito que no te voy a cortar un brazo, ni nada por el estilo.
Helena casi no había acabado de abrir la puerta cuando Josué ya estaba boquiabierto: lo primero que vio fueron fustas de varios tamaños cuidadosamente colgadas de la pared; su asombro iba en aumento conforme Helena le explicaba para qué era cada cosa y cómo se usaba, desde el potro de tortura hasta las agarraderas engarzadas en la fría pared de piedra, que visto de esa forma, le recordaba a los presos en los castillos en la Edad Media, varios juegos de esposas, multitud de cuerdas y un par de
grilletes para anclarlos en la pared o en el potro de tortura, pasando por una enorme cruz de madera en la que había incrustados cuatro grilletes, uno para cada muñeca y tobillo.
- ¿Qué te parece, Hache?
- ¿Eso... a la gente... le pone... cachonda?
- Si tú supieras... Bueno, bien pensado, tú mismo lo vas a comprobar: súbete en el potro.
- ¿¡Qué!?
- Al potro. Ahora. Su...be. -Obediente como siempre, aunque de nuevo un poco asustado, Josué se subió al potro, estiró manos y piernas intentando relajarse y empezó a rezar, haciendo que Helena al escucharle soltara una sonora carcajada. -Que no voy a descuartizarte, relájate... si no lo haces sí que te va a doler de verdad, y puede que incluso te rompas un hueso... y yo quiero que disfrutes, no que llores. Bien, voy a ir apretando, ve diciendo número en la escala.
- Uno... dos... cuatro... cinco...
-Venga, Hache, que no duele tanto, no seas quejica. -Con intención de que sintiera un poco de dolor real, dio un buen tirón de las correas que sujetaban sus muñecas.
- ¡¡Quince, veinte, seiscientos cuarenta y trees!!
- Hache, si mientes haré que sepas qué le pasaba realmente a Pinocho cuando mentía... Y te quedarás sin sensibilidad en estas preciosas bolitas que tienes entre las piernas durante todo un mes, lo que implicará que tu miembro no funcione ni recién levantado... ¿Quieres probar la sensación o te tomas esto en serio?
- Dos.
Helena apretó las otras tres correas hasta que Josué llegó al 8 como castigo por haber mentido y cuando él empezaba a relajarse ella de una patada certera hizo que a escasos milímetros de la cabeza del chico quedase extendido un gran tablón de madera, tan largo como era ella tumbada, lo movió hasta colocarlo a la altura de la cintura de él y se subió.
- Y ahora, va siendo hora de premiarte por haberte portado bien; no tanto como espero de ti, pero bien, si tenemos en cuenta que es tu segunda sesión y aún estás muy verde...
Con destreza, desabrochó el pantalón de él y su mano se deslizó veloz a su miembro, lo sacó de la ropa interior y se lo acercó a los labios. Con un ligero movimiento de caderas de ella el tablón quedó encajado en el potro, permitiendo la libertad de movimiento que necesitaba en ese momento, sujetando con una mano la ropa y con otra aquel miembro erecto que empezó a lamer despacio, haciendo que él, ansioso de placer, estuviera al borde de la desesperación cuando se introdujo el miembro en la boca, lamiéndolo, metiéndolo y sacándolo, inundando de placer al atado, que empezó a gemir, incapaz de aguantar ese placer. Como castigo por mostrar ese gozo sin permiso, Helena mordió con la fuerza justa para causar un ligero dolor en la base del miembro a Josué, y el soltó un alarido.
- ¡¡¡¡¡AAHH, MIERDA PUTA!!!!!
- ¿Vas a estarte calladito o prefieres llevarte otro mordisco?
- Callado, señora, callado.
- Más te vale... ¿Sabes? En el fondo te mereces un trato especial, y lo vas a tener... aunque... eso implique que vas a seguir atado. A la cama. Ya. -Le aflojó las correas y mientras él se bajaba del potro, entre excitado y aturdido ella cogía dos juegos de esposas.- Cuando llegues al filo de la cama tienes que estar desnudo.
Cuando llegó al filo de la cama, Josué estaba tumbado y doliéndose de la muñeca izquierda, la que se había llevado el peor tirón. Helena en un momento de de pequeña debilidad se acercó a él y con dulzura, le besó la zona amoratada, despacio, sin prisa.
- ¿Te duele mucho?
- No, señora. Además, me está bien empleado por mentir.
- Buen chico. Entonces... ¿seguimos?
- Por favor, señora.
Ella le colocó las esposas y le ató a la cama para que pudiera tener algo más de libertad de movimiento que con las primeras sujeciones que sufrió y permitiendo que aunque fuera mínimamente pudiera rozarle, cosa que él no haría porque sabía que lo que ella quería era precisamente que fuera frío como un bloque de hielo. Con una sonrisa maliciosa y la mirada de Helena clavada en los ojos de Josué las manos de ella hicieron que la cremallera que cerraba el vestido bajase hasta el punto en que empezaba a cerrarse, haciendo que su cuerpo totalmente desnudo quedase a la vista. Se subió en la cama despacio, con la intención de que acabase totalmente desesperado por notar el roce de ambos cuerpos. Abrió las piernas para subirse sobre él y con una destreza impresionante agarró su miembro, y estando a punto de introducirlo en su sexo ardiente, cambió de idea.
- Cambio de planes: ¿recuerdas como te expliqué que tenías que despedirte?
- Creo que sí, señora, beso en la mano, clavar rodillas en el suelo y beso en los pies.
- Muy bien... -se apartó de encima de él, se levantó de la cama, le desató y sin dejar de clavarle la mirada le ordenó: -Despídete.
Josué se levantó de un salto y acató las órdenes que le había dado Helena y casi sin darle tiempo a levantar la cabeza después de besar aquellos suaves pies ella le puso en pie tirándole suavemente del pelo.
- Bien... última lección por hoy: desde este momento vuelves a ser Josué, una persona normal y corriente con personalidad, conciencia e ideas propias... y espero que hagas gala de una total sinceridad. ¿Te atraigo? -No le dio tiempo a acabar de contestar: él se lanzó a los labios de ella, besándola como nunca lo había hecho con una mujer, con su lengua jugueteando sobre los ardientes labios de ella hasta el momento en que ella le contestó con un pequeño mordisco al que el correspondió con una fiereza que ella nunca habría esperado mientras sus manos fueron directas a atraparla a la altura de la cintura y atrayéndola hacia él, impidiéndole cualquier movimiento.
- ¿Alguna vez has sido tú la que ha experimentado el dolor?
- Nunca lo he permitido... bueno, ahora que lo pienso, ahora que lo pienso, nunca me lo han propuesto, así que no. ¿No estarás pensando...?
Sin tiempo a terminar la frase él apartó el pelo que cubría el cuello de ella y le clavó los dientes, sin piedad, haciendo que ella soltara un gemido inesperado, que provocó que la temperatura en esa habitación, que ya estaba al rojo vivo aumentase aún un poco más. Ella se dejó hacer mientras él recorría, despacio cada centímetro de su piel, vengándose de la dulce tortura a la que el había sido sometido antes, haciendo que ella sintiera la desesperación que había recorrido, y que volvería a recorrer mil veces el cuerpo de él. La soltó para poder bajar la distancia justa para que su lengua quedase a la altura de sus pechos, dedicándose a juguetear con sus pezones, que cada instante estaban más duros, hasta que mordió con precisión, haciendo que se estremeciera. Bajó lentamente por el abdomen de ella, alternando besos y pequeños mordiscos, causando el efecto deseado: las piernas empezaron a dejar de sujetar a Helena, que habría caído al suelo de no ser porque Josué la sujetó por detrás de las rodillas y con la presión justa hizo que ella saltase, agarrándose con las piernas a la cintura de él, dejándose llevar por la excitación y por la pasión contenida, dejándose los labios en su cuello, buscando esos labios que estaban a punto de volverla loca.
- Vaya con Helenita... Parece que tú también quieres algo que no tienes cuando deseas... ¿Qué se siente?
- Creo que de vez en cuando te dejaré ser un poquito dominante...
Los dedos de ella intentaron agarrar el pelo de él cuando notó un tirón de pelo que la obligó a echar la cabeza hacia atrás, quedando a merced de lo que él quisiese hacer con ella, totalmente dominada, ansiosa de volver a disfrutar de aquel delicioso sexo que le ofrecía. Él volvió a besarla mientras ella empezaba a clavarle las uñas en los hombros, pidiendo dar el siguiente paso.
- Elige: cama o de pie.
- Elige tú, eres el que decide.
La empotró contra la fría pared, haciendo que el contraste del frío de aquel muro con el calor que ambos desprendían hiciera que una inmensa excitación la invadiera cuando él decidió que era el momento de darle lo que ambos estaban deseando. Aprovechando que la pared le daba un ligero punto de apoyó la sujetó por el trasero con una sola mano mientras con la otra agarraba su ardiente sexo, deseoso de estar de nuevo dentro del de ella, ayudando a salir un grito ahogado de la garganta de ella, que no tardó mucho en empezar a gritar, presa del placer que estaba sintiendo, del contraste de frío y calor, disfrutando totalmente de aquél chico que con sólo mirarla la volvió totalmente loca. Con cada embestida que él daba, unido al impulso hacia arriba que le daba, la pared producía pequeños arañazos en aquella suave piel, tan concienzudamente cuidada, hasta dejarla a punto de empezar a sangrar cuando él dio un paso hacia atrás, volviendo a sujetarla con ambas manos y recorrer con ella aferrada a él la escasa distancia a la que estaba la cama. Se sentó en el filo, permitiendo que ella pudiera aflojar su sujeción y que sus rodillas descansasen sobre el mullido colchón que tantas veces sería su cómplice. compañero silencioso de tantos momentos de lujuria. Ella intentaba no gritar pero era precisamente lo que el quería, quería escuchar cuanto placer estaba sintiendo, así que cuando se dio cuenta de que se estaba resistiendo, que le estaba privando de ese festival de sensaciones que ella quería esconder, le dio otro mordisco en el cuello.
- ¿Quieres morderme, clavarme las uñas, llenarme la espalda de arañazos? Hazlo, no me importa, pero no me quites el enorme placer de saber que te está gustando lo que hacemos. Sólo pido eso.
- Josué... yo...
- Grita.
- No puedo.
- ¿Estás segura? Le dio un nuevo tirón de pelo, besando el espacio entre sus pechos y ella, por fin dejó de reprimirse, dejando que unos gritos atronadores salieran de lo más profundo de ella. Él la miró satistecho, y con una sonrisa maliciosa le susurró al oído: -Mucho mejor... Señora, usted también es una buena alumna. - Esas pocas palabras hicieron que el torbellino que Helena estaba conteniendo se desatase por completo: empujó a Josué hacia atrás, extendió sus manos contra su pecho y cuando él menos se lo esperaba, ella a modo de demostración de que su orgasmo llegaba, dobló los dedos, incrustando una vez más las uñas en aquel cuerpo que tanto la estaba haciendo disfrutar y empezó a arañar en dirección a sus piernas, haciendo que el orgasmo de ambos llegase a la vez, disfrutando al máximo posible de aquél momento. Después él hizo fuerza con los brazos lo suficiente para levantarse ambos sin que ella tuviese que moverse, la abrazó y lentamente ambos se tumbaron en la cama, sin dejar de besarse, con las manos de uno aferradas a la espalda del otro.
- ¿Y bien?
- ¿Y bien, qué?
- ¿Qué se siente cuando te dominan a tí y te sacan de tu zona de confort?
- Es extraño, pero me gusta. ¿Y qué se siente cuando dominas tú después de ser dominado?
- Si me das otro beso te lo digo.
- Si quieres seguir siendo mi sumiso preferido te lo digo.
- ¿Te acuestas con todos tus sumisos?
- No, soy dominante pero no hago con nadie lo que hago contigo; mi primera norma es no mezclar nunca trabajo y placer.
- Entonces, si tú aceptas ser mi novia yo acepto ser tu sumiso preferido.
- Si me das otro beso y vuelves a volverme así de loca acepto ser tu novia.
- No sabes la que te espera, Helenita...
viernes, 21 de noviembre de 2014
Viernes singular
Aquel viernes singular, durante el día, todo fue como cualquier otro: se levantó temprano para trabajar, recorrió la ciudad en la que vivía de todas las formas posibles y con infinidad de puntos de salida y destino distintos y charlando con todo aquel que quería escucharle o darle un poco de conversación durante el trayecto. A media mañana la situación casi se tuerce hasta quedar en meros escombros cuando sonó el teléfono. Había quedado con sus amigos Jorge y Eva, pero a primera hora de la mañana la chica le avisó de que no podría acudir a la cita a causa de un resfriado que hacía imposible que saliera de casa durante varios días y en ese momento su amigo, se temía, también iba a cancelar la velada.
- Dime.
- Josué, mira...
- No me lo digas... ¿A que tú también estás resfriado y no vas a poder salir esta noche?
- Verás, resfriado no estoy, pero me ha salido un compromiso que no puedo cancelar... Verás, viene una amiga a la que hace mucho tiempo que no veo, sólo va a estar hasta el domingo por la tarde y me gustaría poder pasar todo el tiempo posible con ella... Bueno, aunque ahora que lo pienso, si te parece bien le digo que salga esta noche con nosotros. Creo que te he hablado de ella alguna vez, es Nora. una chica que vive en Granada pero que estuvo un tiempo viviendo por aquí y...
- Tranquilo, amigo, no hay problema. Tanto me has hablado ya de ella que ya tengo curiosidad por conocerla, así que si ella quiere venir, por mí no hay problema... ¿La hora la mantenemos?
- Sí, sí, quedamos como dijimos en un principio, a la misma hora en mi casa, ¿De acuerdo?
- Ok, ahí me tendrás como un clavo.
El resto del día lo pasó dándole vueltas una y otra vez al mismo tema: cómo sería la amiga de Jorge, si le caería bien, si sería guapa... Pero no por mucho madrugar amanece más temprano ni por más pensar en ello el tiempo iba a pasar más rápido, así que decidió que lo mejor sería centrarse en el trabajo antes de acabar volviéndose completamente loco. -Seguro que esté buena o no, al menos será simpática. Además, por el tono de Jorge al nombrarla y lo que me han contado, estos dos, al menos, estuvieron liados, y muy probablemente se pasen la noche pegados como lapas... En fin, Josué. ¡céntrate!- Pensó. Justo en el momento en que por fin consiguió aparcar ese tema de sus pensamientos escuchó cómo se cerraba la puerta trasera del taxi; debía prepararse para un nuevo trayecto.
Como ya había advertido, a la hora acordada ahí estaba Josué, con puntualidad inglesa y vestido de una forma parcialmente informal: llevaba una camisa blanca que hacía que el tono claro de su piel fuera la mar de apetecible, americana negra que marcaba sus hombros y destacaba su espalda, pantalón vaquero azul oscuro lo suficientemente ceñido para enmarcar su delicioso trasero y zapatillas deportivas con apariencia de zapato. Tomó aliento varias veces y apretó el botón del telefonillo correspondiente a la casa de su amigo.
- ¿Sí?
- Abre.
- ¿Quién es?
- Tu padre.
- Entonces no te abro, que tengo la casa sin recoger -rió a carcajadas esperando la respuesta de su amigo-. Hala, ¡hasta luego, eh!
- Venga, hombre, abre ya, ¡no seas cabrón!
- ¿Perdón? -respondió una voz femenina. Eso era algo con lo que él no contaba y que hizo que los nervios se apoderasen de él-. Esto, perdón, soy Josué, un amigo de Jorge... ¿podrías abrirme, por favor?
Jorge entre risas le pidió a Nora que abriera la puerta y ella hizo lo que le pidieron. En un par de minutos estaba en la puerta de casa, a punto de entrar; respiró hondo un par de veces y cruzó el umbral.
- ¿Jorge?
- En el salón, ¡pasa!
Cuando entró estaban sentados en el sofá Jorge, Eva y una chica morena, de ojos azul oscuro a la que no había visto nunca y que presumía de curvas, mostrando sin vergüenza que no sólo las mujeres delgadas tenían derecho a ser guapas.
- ¡Hola! Tú debes de ser el que estaba en el portal hace un minuto... Yo soy Nora, y lo siento pero no, no soy un cabrón. Un poco cabrona a veces sí, pero bueno.
- Hola... sí, soy Josué... Encantado de conocerte -miró a su amiga y con cara de enfado le gruño-. Y tú, Evita, ¿no estabas resfriadísima y con 40 de fiebre?
- Sííí... Bueno... y lo estaba, pero... digamos que a mí también me picaba la curiosidad por conocer a una antigua conquista de Jorge, que yo sabía antes que tú que ella venía, sé que estas cosas te ponen nervioso... ¡y no quería perderme el momentazo, para qué me voy a andar por las ramas!
- Bueno, conquista, conquista, lo que se dice conquista tampoco fui... Siempre hemos sido muy buenos amigos, pero de ahí a lo que me ha comentado Jorgito que se comenta hay un trecho grandísimo. Y bueno, ahora que ya estamos todos, ¿qué tal si nos tomamos una copa?
Después de un rato de charla entre todos salieron a tomar una copa por ahí todos juntos; aunque a Josué le había llamado la atención Nora, la amiga de Jorge estaba más pendiente de él, sin dejar de lado a los otros dos miembros del grupo, pero caminando agarrados de la mano, regalándose besos furtivos cada vez que creían que Eva y Josué no les veían, sin soltarse nada más que para entrar en algún local y compartiendo risas y confidencias entre los cuatro miembros del grupo, quienes cualquiera podría pensar que eran amigos conocidos de toda la vida.
Habían pasado un par de horas desde que comenzaron la fiesta cuando Josué clavó los ojos en una guapísima chica morena de ojos verdes y un cuerpo de escándalo enfundado en un corto y ajustado vestido negro acompañado de unos zapatos de tacón alto del mismo color. En el mismo momento en que él la miró ella ya llevaba rato escrutándole con la mirada. Se acercó para poder hablar con Josue y en un instante conectaron de tal forma que parecía que se conocieran de toda la vida, aunque en realidad aquella noche era la primera vez que se veían, coqueteando ella y él entregado a prestarle atención, sin importarle nada más a ninguno de ellos. Un rato después ella le susurró algo al oído y se dirigió a la puerta, donde permaneció unos segundos esperando a que él se despidiera de se ha sus amigos.
- Chicas y chico, me vais a perdonar, pero me ha surgido un compromiso, y...
-Anda, ¡tira ya y no hagas esperar a la morena! Deja el listón bien alto o como que me llamo Eva que te vas a arrepentir... ¡Venga!
Un instante después, y después de despedirse del resto del grupo Josué y Helena, que así había descubierto que se llamaba la chica se dirigieron sin pensarlo a casa de la chica. Durante el camino no pararon de reír y coquetear; cuando llegaron a la puerta de casa de Helena ya estaban entregados a la pasión, con sus labios atrapados en una espiral de besos en la que sus lenguas peleaban por ser la campeona de aquel lance mientras sus manos, veloces, les hacían aflojar su ropa mientras el ascensor llegaba al piso indicado. En cuanto la puerta se abrió ella le dio a él la espalda el tiempo justo de abrir la puerta, que traspasaron con ansia y cerraron en seguida.
-Espérame aquí un momento... Quítate los zapatos y no enciendas la luz.
- Pero ¿qué...? -Pregunto confuso Josué.
- Hazme caso y quítate los zapatos -le susurró Helena al oído.
- En realidad son zapatillas - respondió con el mismo tono de voz.
- Bueno, lo que sea... Ya.
Tal como ella le ordenó él se quitó las deportivas y a tientas buscó el interruptor de la luz, pero justo cuando iba a encontrarlo notó que ella le puso algo en los ojos.
- Te dije que no encendieras la luz, y me has desobedecido... Mala decisión. -Ella le puso una venda en los ojos, impidiendo que aunque la electricidad hiciera su magia él pudiera contemplarla y sujetó sus manos con un frío juego de esposas metálicas desnudas, con las manos hacia delante. -Confía en mí, déjate llevar, quítate prejuicios de encima y diviértete... Pero antes voy a asegurarme de que tengas las manos exactamente donde yo quiero que las tengas. Y ahora sólo camina: no te preocupes por chocar con nada, yo te guiaré, pero necesito que colabores, ¿entendido?
Él asintió con la cabeza, entre excitado y asustado.
-Muy bien, así me gusta...
Ella le guió por lo que a él le pareció un larguísimo pasillo, caminando hasta que notó que le golpeaba en la parte trasera de la rodilla izquierda.
- Siéntate. -Josué le obedeció y en cuanto su espalda rozó el respaldo de la silla forrada de terciopelo ella le susurró al oído: -Bienvenido al maravilloso mundo del sadomasoquismo.
- ¿Qué? ¿Qué cojones...? Mira, a mí estos rollos no me van, ¿Sabes? No te ofendas, pero paso.
- Shh, relájate... ¿Lo has probado alguna vez?
- NO.
- Entonces, ¿cómo estás tan seguro de que no te gusta? No todo son potros de tortura y
mujeres con zapatos de tacón de aguja pisando testículos, también hay situaciones muy placenteras... Si me dejas enseñarte alguna.
- Está bien, me dejo hacer... Pero no quiero nada de fustazos, ni de tacones clavados ni cosas así, ¿de acuerdo? -No contestó nadie.- ¿Helena? ¿Estás ahí? Dime algo, por favor...
- Estás empezando a excitarte, estoy dominándote y...¡oh, milagro, no te estoy haciendo daño! -Le quitó las esposas y empezó a besar sus muñecas con delicadeza mientras las llevaba hacia su cuerpo, haciendo que él diera un respingo en cuanto notó la suave piel de ella. -Sólo es mi pecho, tranquilo... No voy a hacerte daño, de verdad. -Dijo mientras hacía que las yemas de los dedos de su compañero de juegos rozasen sus pezones, poniéndolos duros hasta el momento en que Josué fue consciente de lo que estaban haciendo sus manos, momento en que Helena dejó de acariciarse. Colocó las manos de él sobre sus rodillas y sin hacer ruido gracias a la moqueta colocada en el suelo, que impedía que los tacones al chocar contra el suelo le permitieran utilizar su sentido de la orientación para hacerse una idea de dónde estaba cada uno. Volvió a ponerle las esposas y aunque la llamó varias veces, no tuvo respuesta. Cuando bajó la guardia notó que algo se deslizaba por su cara, haciendo que su corazón se acelerase de tal forma que notaba los latidos de su corazón en las sienes: ella le había quitado la venda de los ojos, permitiéndole ver dónde estaban: era una habitación grande, inundada por una tenue luz roja, en la que sólo había una enorme cama, una moqueta negra y... ella. Ahí estaba Helena, apoyada en la pared, sonriendo mientras jugueteaba con el pañuelo que acababa de desatarle entre las manos. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la escasa luz, lográndolo en el mismo instante en que ella lanzó un movimiento certero al clavar el fino tacón del zapato entre los muslos de Josué, haciendo que sus piernas se cerrasen por instinto. -Yo no haría eso si fuera tú y no quisiera que el zapato me atraviese la pierna... No... te muevas. -Bajó el pie al suelo mientras miraba fijamente al chico. -No te muevas a no ser que yo te dé permiso o sí que te dolerá...
Se dio la vuelta mientras él la miraba boquiabierto, intrigado por lo que estaba por venir, y sin mirarle siquiera le dijo:
- Voy a soltarte las muñecas el tiempo justo de que hagas lo que voy a ordenarte; ten muy claro que en cuanto acabes volveré a ponértelas. Quítate la camisa. Ahora. Muévete sólo para eso, no te permito que lo hagas para nada más. Ah, y por si lo estás pensando, tampoco tienes permiso para hablar. -Él le hizo caso y se quitó la prenda de vestir mientras ella se despojaba de su vestido, permitiéndole ver aún mejor su deliciosa anatomía, llena de curvas vertiginosas que muy pronto iba a disfrutar. Cuando la prenda rozó el suelo quiso levantarse a hacer lo mismo con el pantalón, pero de nuevo uno de los tacones de ella se hundió en la silla, ésta vez a escasos milímetros de su entrepierna. -¿Quién ha dicho que tengas permiso para hacer nada más? Es el último aviso que te doy: aquí los tiempos los marco yo. -Sin bajar la pierna se acercó a los labios de Josué. -Quítate el resto de la ropa y túmbate en la cama. ¿O prefieres que te ate en la silla?
- Cama... cama.
Se tumbó en la cama y en cuanto lo hizo Helena le ató de pies y manos a la cama. Josué decidió que aunque aquello no acababa de darle buena espina lo mejor sería dejarse llevar, así que se relajó y como ella le pidió desde un principio, se dejó llevar. -En cuanto me sueltes te voy a echar un polvazo, no sé si lo sabes...
- Ja, ja... ja. ¿Y quien dice que tengo que soltarte para eso? -tensó las correas que sujetaban sus manos.- Y... ¿Quién dice que el polvo me lo vas a echar tú? ¿Sabes qué es lo más divertido de esto? Que tus ojos no van a poder prevenirte, y esa función se la vamos a dar al tacto... - dijo mientras volvía a ponerle el pañuelo cubriéndole los ojos. -No vas a saber si te voy a besar en el cuello... o te voy a morder en un muslo... o te voy a hacer un chupetón en un brazo.
- Mmmm, suena muy bien...
- Ya vas empezando a entender lo divertido que puede llegar a ser esto.
Casi no le dio tiempo a acabar de pronunciar la frase, empleándose en empezar a deslizar su lengua por su miembro, cuya reacción inmediata fue una generosa erección. Helena comenzó a deslizar la lengua a lo largo de todo el sexo de Josué hasta que no pudo resistirlo más y lo introdujo en su boca, con sus labios rodeándolo y su lengua jugueteando con tranquilidad, pues la única norma de aquel encuentro era que ella en todo momento tendría la voz cantante, así que aunque él muriese de ganas de que aumentase el ritmo o diese un paso más, por mucho que lo pidiese, sólo lo haría cuando ella quisiera, y ella quería darle placer poco a poco, así que de esa forma incrementó el ritmo haciendo que la respiración de él se acelerase por el placer, que aumentaba a la misma velocidad que el ritmo del juego. Él pidió entre gemidos que le soltara, gritó que le soltara para poder dejar que sus manos recorrieran aquel cuerpo que tanto le estaba haciendo disfrutar, pero la única respuesta que recibía era un silencio sepulcral. Justo en el instante en que no podía aguantar más placer sin llegar al orgasmo sintió que ella dejaba de rozarle. Volvió a gritar llamando a su compañera de juego, llegando a pensar que se había ido, dejándolo ahí, atado de pies y manos y desnudo cuando notó unos dientes mordiendo con suavidad su oreja y el caliente aliento que le rozaba hizo que se estremeciera.
- Veo que te está gustando... ¿Ves como no tenías que tener miedo? Sólo tenías que hacerme caso y relajarte.
- ¿Relajarme? Ahora mismo no sé si antes te comería a besos,recorrería tu piel milímetro a milímetro o dejaría que mi lengua haga en tí lo que hasta hace un momento estaba haciendo la tuya.
- Si te portas bien, tendrás tiempo de hacer eso y muchísimo más... aunque no hoy. Hoy vas a hacer sólo lo que yo quiera.
Helena dejó a Josué unos segundos de nuevo sin la posibilidad de percibir nada, observándole sentada en la silla en que le había esposado, sonriendo con una sonrisa traviesa. Él ya no gritaba, ya no la buscaba: su olfato se había habituado al olor del perfume de aquella misteriosa chica, lo que hacía que supiera que seguía allí aun sin que ella dijese nada. Cuando su excitación disminuyó lo suficiente como para evitar que su orgasmo llegara con un solo roce aprovechó la ventaja que le otorgaba la altura de los tacones y la insonorización de la moqueta para subirse a la firme cama sin ser descubierta hasta que no quisiera que su presencia fuese delatada. Subió, quedándose a horcajadas sobre él y hizo que sus cuerpos tuvieran la suficiente distancia para que sus pezones pudieran rozar el pecho de su ansioso compañero, que en cuanto fue consciente de ese tacto intentó dirigir sus manos a esa suave piel, soltando un bufido al recordar que las ataduras que rodeaban sus muñecas se lo impedían cuando introdujo su sexo en el ardiente interior de ella. Josué quiso empezar a mover las caderas para darle placer a Helena en la medida de lo que aquellas inmovilizaciones le permitían, sin saber que aquello también formaba parte del juego: cuando quisiera volver a dominar completamente la situación, sólo tenía que tirar de las cuerdas, cosa que hizo en cuanto él se confió, dándole un tirón lo bastante fuerte como para que sintiera una ligera molestia, y consiguiendo que de su garganta saliera una mueca de dolor. Comenzó a mover las caderas con un vigoroso vaivén que provocaba que el placer de ambos no hiciese más que aumentar, permitiendo que de vez en cuando las caderas de ambos acompasasen sus movimientos, acelerándolos cada vez más, hasta que ambos llegaron a un delicioso y ansiado orgasmo.
En cuanto Helena alcanzó el clímax se apartó de encima de Josué, dejando que retomase el aliento, para susurrarle una vez más al oído:
- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Dónde hay que firmar para repetir?
- Buena respuesta, no la esperaba... Ya tengo tu número de teléfono, el cual he conseguido haciéndome una llamada perdida mientras te despedías de tus amigos, sin darte cuenta de que había desaparecido de tu bolsillo, así que pronto tendrás noticias mías. De momento voy a desatarte y a dejar que vuelvas a disfrutar del sentido de la vista.
- ¿Eso te incluye a ti desnuda?
- Jajaja... Además de guapo y obediente, eres gracioso... ¡Estás ganando puntos!
En cuanto acabó de vestirse, Helena desató a Josué y le observaba vestirse mientras ella seguía sentada, con la misma sonrisa de satisfacción que hacía un rato, en el momento en que estaba rendido a sus pies. Esperó a que la ropa de ambos volviera a estar en su sitio y ella le acompañó durante el trayecto hasta llegar a la puerta de la discoteca en la que había quedado con Jorge, al que llamó nada más devolverle el teléfono, hablando por el camino de mil y un cosas y explicándole ella el motivo de su atracción por el mundo que acababa de empezar a mostrarle. Cuando doblaron la esquina de la calle en la que estaba la discoteca comprobaron que el grupo estaba llegando. Ella esperó a que volvieran a estar todos juntos y se despidió de él con un largo y apasionado beso.
- Lo dicho, Josué, pronto tendrás noticias mías. Sé bueno, o sabes qué consecuencias deberás afrontar...
- Sólo mientras tú estés cerca.
- ¡Vaya con el casanova! Qué cara de satisfacción tiene...
- Ya te iré contando, Jorge, ya te iré contando...
martes, 18 de noviembre de 2014
segundas partes a veces sí son buenas
Conocí a Javier el 23 de junio de 2010 después de llevar un mes sin levantar cabeza y cuando menos le esperaba. En ese momento hacía poco más de un mes, el tiempo que llevaba con la cabeza más hundida en el suelo que las avestruces en la tierra cuando se esconden, después de haberme llevado un enorme combo de chascos: había pasado por dos relaciones bastante turbulentas que me habían dejado con el autoestima por los suelos, pero me estoy adelantando, así que iré por partes.
Otra cosa que en la inmensa mayoría de ocasiones es cierto es que la distancia, cuanto mayor es, con más fuerza hace el olvido. A finales de 2008 conocí a un chico que aunque ni era especialmente actractivo, ni educado, ni demasiado sociable... Pero me trataba como toda mujer quiere que lo hagan: continuamente estaba pendiente de mí, era la primera persona con la que hablaba nada más levantarme y la última antes de acostarme, se pasaba el día enviándome imágenes de cosas bonitas y mensajes románticos, daba la cara por mí cuando alguien se metía conmigo... Pero todo a través de un ordenador. Unas semanas después por fin pudimos encontrarnos en persona aunque nada fuera como yo esperaba: pasé de cruzar España con el colchón de un trabajo y un piso asegurado a que todo eso fuera mentira, hasta el punto de acabar a punto de dormir en la calle, deprimida y muerta de frío. Con todo el dolor de mi alma volví al último sitio al que querría haber ido pero seguí con él porque al fin y al cabo el tenía las manos atadas y no podía ayudarme. Seguimos juntos varios meses, pero de nuevo todo era a través de un teléfono o un ordenador y a mí eso no me llenaba, por lo que cuando conocí al que a día de hoy considero casi el peor error que he cometido en mi vida tomé la decisión de liberarle de la losa que era aquella relación para que según creía en ese momento cada uno pudiéramos seguir adelante, mas lo que quería era poder empezar ese gran error sin que el remordimiento me arrancase el sueño.
Pasé 8 meses manteniendo aquel error hasta que una tarde, por un tema de médicos de un familiar, a él por fin se le cayó la careta: me permitió comprobar lo poco que confiaba en mí, lo inútil que me consideraba y lo inferior a él que me veía y me hizo el favor de dejarme, algo que me ha costado mucho tiempo entender. Me había manipulado como había querido para conseguir sus objetivos que eran tener quien le aliviara los dolores de genitales y utilizarme de trampolín hacia una desesperación mayor que la mía por no afrontar una sanísima soledad que ambas necesitábamos y que ninguna queríamos disfrutar. Podría pasar horas volviendo a recriminarle a ella todo lo que no hizo por mí y cómo dejó patente varias veces que para ella era más importante la calle que la sangre, pero ni yo ganaría nada ni él se lo merece. En cuanto el chico con el que lo había dejado se enteró me pidió que le diera una segunda oportunidad y yo, entre el dolor, el remordimiento y el despecho, acepté, acabando de destrozarme el corazón con esa relación y ese chico; poco tiempo después las tornas cambiaron y fue el quien vino a mi casa, y tal como nos pasó la primera vez, apenas estuvimos 3 semanas juntos, logrando que de 9 meses que estuvimos juntos pasáramos compartiendo espacio y tiempo un mes y medio, y acabando definitivamente la relación esta vez él, por mail y alegando que se había enamorado de una chica con la que anteriormente había tenido un niño.
Así que por fin, poco más de un mes después, llegó Javier a arreglar los trocitos de mi corazón resquebrajado. Gracias a él pasé dos meses y medio maravillosos, casi los más felices de mi vida, en los que aunque de nuevo él tampoco era la personificación de un mimoso oso de peluche era atento, educado, dulce y me trataba con respeto... ¿Qué más podía pedir? Por desgracia todo estaba siendo demasiado bonito para ser verdad, así que ahí acabé yo, después de saborear la felicidad de nuevo en el punto de partida, sola y con el corazón hecho pedazos como un vaso de cristal arrojado al suelo. Como pasa en tantas ocasiones, hay gente que piensa que puede utilizar a la gente a conveniencia importándole un bledo el daño que puedan ocasionar y en ese caso los damnificados fuimos nosotros: yo en el momento en que él, con la esperanza de que la segunda oportunidad que le daba a aquella mujer que no la merecía le saliera bien, dejándome a mí de nuevo sola y con el corazón roto y él cuando pudo comprobar por sí mismo que nunca había dejado de ser un juguete para ella.
Cuando me explicó la situación me pidió que no le guardase rencor, que no le esperase y que si tenía oportunidad de seguir adelante sin él lo hiciera sin miramientos y eso fue lo que traté de hacer, aunque nada estaba más lejos de lo que estaba por llegarme todavía. Poco después, presionada por mi situación amorosa y que el sitio en el que mejor debería sentirme era una especie de campo de concentración llegó el que hasta ahora ha sido el peor, con diferencia, de todos los errores de mi vida. Sólo llevábamos 5 días juntos cuando el lobo disfrazado de cordero enseñó la pata aunque estúpida de mí, fui incapaz de verlo: apenas llevábamos seis meses juntos cuando una tarde, embarazada de casi tres, por primera y afortunadamente única vez llegué a temer por mi vida, hasta el punto de rezar para morir rápidamente y sin dolor. Recuerdo perfectamente la fecha e incluso la hora: había discutido con su familia por intentar ayudarles, recibiendo como pago que dos "hombres" se tirasen como fieras a pegarme, aunque al parecer en el último momento no sé si la cordura o la falta de ganas de pasar la noche en un calabozo les frenaron. Yo ya estaba cansada de aguantar así que estaba decidida a encaminarme a hacer lo que siempre te dicen que hagas, denunciar, pero no salí a tiempo de aquella casa: en el mismo instante en que yo iba a abrir la puerta de la habitación llegó él; a su padre y su hermano les faltó tiempo para vociferar mil y un mentiras y calentarle lo suficiente para lograr lo que querían, lo que necesitaban: que me quedase callada. A partir de ese momento, todo pasó tan rápido... Intenté explicarme, con la esperanza inútil de que me escuchase, de que conociendo a todos fuera capaz de darse cuenta de que la situación no era como se la habían pintado... Pero sólo logré que me llamase zorra y empotrándome contra una puerta incrustara sus dedos y su mano alrededor de mi cuello, sin soltarme hasta que con el que creí que era mi último aliento le dije "me vas a matar... -lo que hizo que aumentara la fuerza de la presión- y vas a matar a tu hija -estaba convencido de que iba a ser niña ese ser que crecía dentro de mí-." Sólo entonces me soltó, y aunque se pasó la noche llorando y no volvió a pegarme, nunca ahorró en insultos para dirigirse a mí, hasta que llegó la mañana en que cansada y con el apoyo de nuevo de Javier, me harté y decidí salir de aquel infierno en el que se había convertido mi vida.
El 23 de diciembre hace 3 años que salí de aquella casa, y con ello del mismísimo infierno, 3 años en los que he vivido momentos mejores, peores, felices, tristes... Pero todos con Javier a mi lado, con mi ángel salvador que me arrancó del mayor de los infiernos. Pasé con su apoyo por toda la burocracia de denuncias, juicios, agobios, llantos por todo lo sufrido, sin dejarme sola ni un solo minuto y dándome fuerzas en los momentos en que más lo he necesitado, haciéndome recordar que las mujeres somos personas y merecemos que nos traten como a tal y no ha permitido que vuelvan a pisotearme ni una sola vez más y no pasa un día en que no me despierte con un beso y un "buenos días mi niña". Así que sí, en la inmensa mayoría de las ocasiones segundas partes ni fueron, ni son, ni serán buenas, pero eso hace que quede un pequeño rayito de esperanza, simplemente hay que dejar que el tiempo lleve a cabo su trabajo.
lunes, 10 de noviembre de 2014
dulce venganza
El camino a Madrid fue mucho más entretenido de lo que pensaba: Josema me contó un montón de cosas y yo le hice algunas confesiones, nos reímos y habríamos dado rienda suelta a la pasión en un momento de descanso si no hubiera sido por una llamada de mi mejor amiga, la más oportuna que había hecho desde que nos conocíamos.
- Nat, cari, qué te iba yo a decir... que tu querido no me quiso dar las llaves de tu casa, dice que sólo te las va a dar a tí, blablabla... que antes quiere aclarar las cosas contigo, blablabla... que si no se fía de dármelas a mí, blablabla... Por cierto, ¿qué le has hecho? Cuando bajó con la rubia que me dijiste esta blanco como la leche...
- Esto... Marta, amor, espera un momentito que voy conduciendo y éstas cosas no son para hablarlas así. -aparqué y mientras bajábamos el coche desactivé el altavoz- Mira, no te preocupes que éste me devuelve las llaves de mi casa como que me llamo Natalia. Y no le dije nada del otro mundo, sólo le dije que se iba a enterar de quien soy yo, y ¡vaya si lo va a saber!
- ¿Qué planeas? Cuando pones ese tono de voz me das miedo.
- Nada fácil... -justo cuando iba a explicarle mi plan Josema estaba detrás de mí, sujetándome por la cintura y empezando a recorrer mi cuello, comiéndoselo a besos- Ya te contaré. En un par de horas te espero en casa.
- ¿Cómo que en casa? ¿En Madrid?
- Sííííí. Voy a echarle una mano a un conocido.
- ¿Sólo soy un conocido? Qué desilusión...
- Josema, calla por favor, ¡que no quiero que mi amiga se entere! Eh, bueno, Martita, te dejo que voy a estirar un poco las piernas y vuelvo a subirme al coche, en cuanto llegue a casa te doy un toque.
- Vale, cari... ¡y no te comas mucho al cordobés! Jajaja...
- En cuanto llegue, créeme que lo que más voy a hacer es comérmelo...
Aunque yo no quería hacerlo, tuve que acabar contándole a Josema todo lo que había pasado, el plan que ya había trazado al milímetro y el papel que jugaba en él; aunque al principio puso el grito en el cielo, conforme iba explicándole la venganza que tenía preparada parecía que la idea le atraía más. En cuanto llegamos a mi casa lo primero que hice fue llamar a Marta para confirmar lo que ya sabía, que iba a tener toda su cooperación: yo quedaría con el imbécil con la excusa de dejarle darme la explicación que tanto sentía no haberme dado, pero ella estaría en la esquina preparada para darme la señal y saber cuando empezar la función, matando tres pájaros de un tiro: yo volvería a disfrutar con mi rubio, me vengaría de mi ex y él sentiría la misma humillación que yo. A cambio de su colaboración Josema sólo quería grabar otro momento íntimo cuya destinataria sería su ex mujer: así le demostraría que no sólo era capaz de sobrevivir sin ella sino que además el sexo que tenía había mejorado notablemente: para que pareciera que le habían tendido una trampa Marta entraría un momento antes en la habitación para colocar una falsa cámara oculta, encargada de filmar tan delicioso momento.
3 días después llegó el momento de poner en práctica todo lo que habíamos planeado: todo estaba preparado para llevar a cabo las dos venganzas, que decidimos que irían unidas. Al fin y al cabo, ¿Qué mejor forma de hacer pasar por casual un encuentro preparado minuciosamente? Que la supuesta pillada formase parte del vídeo. Pero aunque pasamos el día preparándolo todo, no salió exactamente como esperábamos: en cuanto acabamos de comer, traicionada por una mezcla de ansia y nervios, cometí un grave error: bajé la guardia y me dejé llevar. Me lancé a besar a Josema con toda la pasión que llevaba escondida desde que volví a verle y mis manos dejaron de hacerme caso, arrancándole la ropa casi con desesperación mientras sus labios empezaban a devorar los míos, peleándose con mi ropa. En un instante ya estábamos en la cama, medio desnudos, deseando volver a hacer que el otro se derritiera de placer, cuando frenó en seco y fulminándome con la mirada lanzó la bomba de relojería, lo único que esperaba que no pasara.
- No puedo, Natalia, no puedo hacer esto. Si quieres hacer que ese cabrón lo pase tan mal como te lo hizo pasar a tí me parece genial, no te voy a dejar colgada, pero quiero pensar que aunque sea en el fondo de verdad... te gusto. Si no te importa, prefiero que al menos la parte de enviar la grabación la olvidemos, sólo quiero centrarme en volver a estar contigo, saborearte otra vez... y no voy a poder pensando que lo que hagamos ses porque tenemos que hacerlo.
- Si lo tienes claro, está bien, quito la cámara y solucionado. En cuanto a gustos... Josema, verás... me gustas muchísimo, habría estado dispuesta a intentar algo contigo pero de pronto desapareciste. Han pasado 6 meses y aún sabiendo que seguía ahí no has hecho nada por volver a vernos, no... No me has llamado, ni me has buscado, ni me has...
- ¿Estás segura? ¿Quién crees que te mandaba una rosa al trabajo cada mañana? ¿Por qué crees que el mismo día que te llamaron para decirte que te habían despedido tenías trabajo en Córdoba? Mi bella Natalia, quería ser tu príncipe azul...
- Los príncipes azules no existen, pero debo reconocer que eres lo que más se le parece... Y hablando de parecer, como sigamos así se nos va a joder todo lo que hemos planificado.
- ¿Y si te dejas llevar de una santa vez y que sea lo que tiene que ser? -En cuanto acabó de decir eso sus brazos se aferraron a su cintura acercándome bruscamente a él, quedándose nuestros labios a escasos centímetros-. Por favor, aunque sólo sea esta vez. Si en cuanto el tío se vaya quieres fingir que no me conoces de nada, de acuerdo, pero si vas a hacer eso, al menos déjame despedirme de tu cuerpo.
- Espera un momento -cogí el teléfono dispuesta a hacerle caso, aunque sólo fuera por esa vez, decidida a dejar de contenerme. - Marta, cambio de planes: llámale y dile que has estado hablando conmigo y que quiero arreglarlo con él, o lo que sea, y haz lo imposible por convencerle de que venga a casa a prepararme alguna sorpresa, que aproveche y abra con la llave que aún tiene, que te he dicho que vengo a hacer unas cosas y que llegaré en un par de horas. Apago el móvil, voy a estar ocupada un rato, luego nos vemos y comentamos la jugada. -Apagué el teléfono, lo lancé al sofá y le miré con ansia. -¿Contento? Y ahora, vamos a querernos un ratito.
Nos lanzamos a deshacernos de nuestra ropa camino de mi cama, mientras nos íbamos deshaciendo en besos y caricias. Mientras mis labios se afanaban en devorar su cuello mis manos, rápidas como un rayo fueron directas a desabrochar su pantalón y en cuanto éste cayó al suelo intenté zafarme de sus brazos lo suficiente como para quedar a la altura de su miembro, deseando empezar a darle el placer que llevaba tanto tiempo negándole. Con rapidez saqué su miembro de su ropa interior y comencé a lamerlo, haciendo que cada segundo se pusiera más duro y erecto, desde la punta hasta la base y en sentido contrario, varias veces, hasta que empezó a suspirar con ansia de más, con las piernas empezando a temblarle al mismo tiempo que sus dedos se enredaban en mi pelo, dándome ligeros tirones que hacían que mis ganas de seguir aumentasen y si interior deseara sentirle de nuevo; no me dio tiempo a pensarlo siquiera porque de repente sus manos habían bajado por mi espalda, deslizándose hacia mi pecho, jugueteando con mis pezones, duros como piedras. Como forma de devolverle el placer mi boca albergó todo su miembro, lamiéndolo con la presión justa para que no le clavara los dientes pero le diera el mayor placer posible, introduciendo todo su miembro y dando pequeños mordiscos en la base, suaves pero firmes, consiguiendo que los gemidos comenzasen a salir de su garganta y aumentando mi deseo. Cuando no pudo aguantar más placer dio un paso hacia atrás, me levantó y señaló la cama, que ahí estaba, esperando para llevar a cabo su mejor función, dirigiéndonos hacia ella despacio, sin prisa, con sus manos deslizándose por mi abdomen hasta llegar a mi ardiente sexo y jugueteando con él, buscando que sus gemidos no fueran los últimos que se escucharan. Con una destreza que no había tenido nadie hasta ese momento me sujetó con un brazo por la cintura, mientras con el otro se apoyaba en el confortable colchón, tumbándome con la mayor de las dulzuras, sin separarse de mí un solo instante; en cuanto notó que mi espalda descansaba completamente abrió mis piernas con su lengua recorriendo mis muslos y volviendo a mi sexo, una y otra vez, matándome de placer hasta que por fin introdujo su sexo, haciendo que una enorme oleada de placer me invadiera de nuevo. Empezó sus embestidas entrando y saliendo despacio, pero en seguida aceleró sus movimientos, provocando que mi placer aumentase por segundos hasta que sus piernas se aflojaron por la fuerza del tirón que mis piernas, enredadas a la altura de sus rodillas dieron obligándole a dejar de estar de pie y tenerme en el filo de la cama para tumbarse dentro conmigo, sacando su sexo el tiempo justo para ponerme sobre él como si fuera a cabalgarle, permitiéndome marcar el ritmo, moviendo mis caderas adelante y atrás, saboreando un placer que hacía tiempo que no tenía y que sólo él había sido capaz de darme. Mis gemidos salieron sin descanso de mi garganta al tiempo que sus caderas y las mías se movían acompasadas, con un único fin: el de llegar al mayor de todos los placeres.
Justo en el momento en que estaba a punto de llegar al orgasmo escuché el ruido de una llave entrando en una cerradura, abriéndose y permitiéndonos escuchar a la persona que estábamos esperando.
- Ya está aqui, ¿no? Pues se va a enterar de lo que ha dejado pasar...
Josema me hizo levantarme y ponerme tan como estaba él hace un instante, boca arriba y él empezó de nuevo sus embestidas, esta vez como nunca lo había hecho hasta ahora, llegando al borde del dolor, algo extraño porque aunque sentía un ligero dolor el placer era mucho mayor, haciendo que mis gemidos pasasen a ser sonoros gritos que desembocaron en el más delicioso de todos los orgasmos que había tenido justo en el momento en que el incauto abrió la puerta.
- ¿Pero qué estás haciendo? Eres una maldita zorra. Con que me habías perdonado, ¿no?
- Josema, mi amor, ¿me disculpas un momentito? -Josema se apartó, dejando la distancia justa para que pudiese levantarme. Con una tranquilidad pasmosa cogí la camisa que había dejado tirada en el suelo, me abroché dos botones y me acerqué a él con la mejor de mis sonrisas. -Te dije que te iba a devolver la jugada, y eso estoy haciendo. Jode, ¿verdad? Pues ya sabes lo que sentí yo cuando te ví con esa tía aquí, que te recuerdo, es mi cama, no la tuya. Así que ya estamos en paz, guapo. Ya has tenido lo que te mereces, y ya estás saliendo por la puerta. ¡Ah! Y no te molestes, en cuanto te largues voy a ir a comprar una cerradura nueva, así que puedes quedarte la llave. Venga... ¡largo!
No pasaron más de tres minutos desde que abrió la puerta y la cerró saliendo de mi casa para no volver a entrar. Nada más salir nos vestimos y con Josema agarrado a mí llegué hasta el sofá donde había tirado el teléfono, lo encendí y casi sin darme tiempo a desbloquearlo empezó a sonar: era Marta llamando.
-¿Qué ha pasado? Estoy en la esquina y acabo de verle pasar hecho una fiera. ¿Os ha pillado?
- ¿Que si nos ha pillado? Sube y te cuento...
viernes, 24 de octubre de 2014
un rato con Jorge
Siempre tengo la misma reacción con los hombres que se llaman Jorge y sólo hay dos opciones posibles, o me llevo genial con ellos o no los soporto. Pero con este en particular fue algo especial, tanto que no creo que pueda olvidarlo en mi vida, por más que lo he intentado.
Llevaba un tiempo sin ir a Valladolid a ver a mi querida amiga Raquel, la cual podría decirse que es casi lo único bueno que pueda decir que hay en la pequeña ciudad en la que vivía en ese momento; como siempre nos hemos llevado genial y hacía tiempo que no nos veíamos me apetecía hacerle una visita así que hacia su casa me encaminé un viernes por la tarde, con la intención de pasar un fin de semana con ella y disfrutar de un par de noches de fiesta con un grupo de amigos que hacía poco que había conocido y que la habían acogido con los brazos abiertos, que de la misma forma desde la misma noche en que me los presentaron me acogieron a mí, al menos en parte porque gracias a ella conocí a un chico que formaba parte de la pandilla, aunque no fuera precisamente el miembro más activo de ellos. Empecé a salir con aquél chico que sin ser un Adonis me hacía sentir bien, guapa y deseada y me trataba como a una reina, algo que no es poco para una mujer, pero una de esas noches en que todos salimos juntos habían quedado en casa de uno de ellos para juntarnos todos allí para tomarnos unas copas y salir de fiesta ya animados. Cuando escuché a la chica que se encargaba de avisar al resto de que nos juntábamos en casa de Jorge la sensación que tuve fue una mezcla de desagrado y preocupación: yo hasta ese día sólo conocía a ese chico y a mi amiga y me daba miedo no encajar, así que debo reconocer con cierto pudor que cuando volvieron a llamarle rectificando el punto de encuentro, que pasaba a ser la casa de Mara, respiré aliviada. Pasamos la tarde charlando y tomando una copa; cualquiera que nos viera seguramente pensaría que nos conocíamos de toda la vida. Todo iba bien hasta que llegó el momento critico: en el momento en que llegaron a mis oídos las palabras "éste es Jorge" creí que ese iba a ser el peor instante de la velada... nada más lejos de la realidad. Jorge sí era un cúmulo de atractivos: era alto, de piel clara que resaltaban sus ojos marrones, de pelo corto moreno y un cuerpo de infarto. Desde ese segundo me encantó, pero debía contenerme: yo tenía pareja en ese momento y debía respetarle, aunque ese chico me encantase.
Salimos juntos en infinidad de ocasiones y en todas las ocasiones no podía evitar que mis ojos de desviaran hacia el lugar en el que él estuviera. No quería mirarle, no quería verle, no quería caer cada vez más presa de su encanto, pero era imposible no hacerlo. Él siempre iba tan guapo ya fuera con un pantalón y una americana estilo ejecutivo o con una camisa ajustada y unos vaqueros, haciendo que las miradas de todo el sector femenino del sitio en el que nos encontrásemos, y sobre todo las mujeres del grupo nos fijásemos en él; ni una sola vez guardó una frase ingeniosa con la que hacer que la risa saliera a borbotones de nuestras gargantas ni escatimó en piropos cuando el vestuario elegido por cualquiera de nosotras para la ocasión era de su agrado, tanto era así que en una ocasión me costo un esfuerzo titánico librarle del puño dirigido por mi celoso novio, que incluso una vez llegó a preguntarme cuál era el motivo de que le mirara con tanto entusiasmo, pero me daba igual, incluso un ataque de celos era un precio que estaba dispuesta a pagar con tal de poder disfrutar de verle. Me atraía muchísimo, había llegado a fantasear con verle desnudo, recorrer todo su cuerpo con mis manos, con mis labios, guardando en mi retina cada detalle de su piel, con sus manos haciendo un completo recorrido por la mía... Sabía que aquello estaba mal, pero al fin y al cabo no hacía daño a nadie: él no tenía pareja y yo tenía claro que quería mucho a la mía.
Un buen día me cansé de que los celos devorasen al chico y decidí que lo mejor sería además de no seguir con él, dejar de ir a Valladolid durante un tiempo, básicamente por dos motivos: no me apetecía cruzarme con él en cualquier local y quería sacarme a Jorge de la cabeza, quería... no, ¡necesitaba! olvidarme de él, de lo mucho que me atraía, de cuánto me gustaría estar al menos durante un rato con él. Además, estaba segura de que habría mil chicas más guapas, que le atrajeran a él más que yo, y lo último que me apetecía era estar viendo como se comía a alguna chica, que fuera quien fuera, evidentemente no era yo. No me merecía la pena y sólo tenía trato del grupo con él y con Raquel así que llegué a la conclusión de que no pintaba nada allí, con lo cual tomé la decisión de no aparecer por allí en una buena temporada.
Varios meses después Raquel me llamó para que fuera a hacerle una visita; llevábamos mucho tiempo de nuevo sin vernos y nos echábamos tanto de menos que el cuerpo nos pedía uno de nuestros fines de semana de risas, confidencias y fiesta, así que de nuevo, aun sin estar completamente convencida me encaminé en dirección a Valladolid dispuesta a disfrutar de su compañía, que para ser sincera siempre ha sido crítica en mis peores momentos durante el tiempo que vivimos meridianamente cerca. En cuanto llegué estaba deseando que me arreglase para salir ya, y como siempre me ha gustado ser bien mandada, a la tarea me puse: en apenas media hora estaba duchada, maquillada y con mi vestido más sexy a juego con mis mejores zapatos, que casi no me dio tiempo a ponerme del tirón del brazo que me propinó, tales eran sus prisas por salir, Le pregunté varias veces dónde íbamos pero su respuesta siempre era la misma: "ya llegamos, no preguntes más...". Cuando por fin llegamos al pequeño bar en el que entramos mi sorpresa fue mayúscula: sólo había un chico que se lanzó a comerse a Raquel y... Jorge, mi Jorge.
-Hola guapísima, tanto tiempo sin verte ha merecido la pena...
-Tú también estás mejor que la última vez que te ví, cariño...
-No te haces una mínima idea de lo que me gusta cómo suena eso saliendo de tus labios.
Empezamos a hablar y cuando quise darme cuenta sus manos estaban rodeando mi cintura y sus labios a escasos centímetros de los míos. Estaba deseando lanzarme a comérmelos, pero me contuve por miedo a recibir una respuesta negativa el tiempo justo para ser consciente de esa distancia: yo tardé más en asimilar esa distancia que él en hacer lo que yo no era capaz de hacer: sus labios empezaron a devorar los míos y nuestras manos empezaron a actuar por sí mismas, recorriendo el cuerpo del otro con ansia, peleándose con la ropa que nos impedía rozar por completo nuestra piel. Salimos del bar y nos fuimos sin pensar a su casa, que por suerte estaba casi enfrente, centrados en comernos a besos y en empezar a deshacernos de nuestra ropa. Cuando abrió la puesta su camisa blanca estaba completamente abierta y la cremallera de mi vestido llevaba un rato sin hacer su función. Con un movimiento certero empezó a hacerme andar de espaldas sin soltarme de él ni un segundo más de lo necesario, dejando de acariciarle el tiempo justo para ayudarle a desprenderse de la ropa. En lo que a mí me pareció un momento noté algo frío y duro en mis pantorrillas que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda y que mi cuerpo deseara aún con más fiereza sentir su calor cuando con otro movimiento volvió a cambiar la posición en la que estábamos sentándose en la cama, recorrió sus manos por mis muslos haciendo que ellos solos se juntasen el tiempo justo para que mi vestido se deslizase por mi cuerpo hasta llegar al suelo, deparándose después, buscando el contacto con la piel de los suyos, con mi sexo ardiente llamando a gritos al suyo mientras mis manos contribuían a una velocidad de vértigo a que sus pantalones y su ropa interior hicieran compañía a mi vestido y mis zapatos, que acababan de abandonar a mis pies. Seguimos comiéndonos un instante hasta que consiguió rápidamente que mi cuerpo quedara tendido boca arriba en su cama, esperando para recibirle. Su lengua empezó a recorrer mi cuello, deslizándose hacia mi pecho, jugueteando con mis pezones mientras mi mano se afanaba en acariciar su sexo; todavía no había empezado la mejor parte de la noche y ya estaba disfrutando a raudales... mis labios recorrían todo su cuello y el lóbulo de su oreja mientras sus labios se concentraban en mi hombro derecho y mi cuerpo decidió sin mí que todavía no se había ganado que los gemidos comenzasen a salir de mi garganta así que mis dedos de deslizaron por su espalda hasta que mis uñas se clavaron sin piedad en ella al tiempo que empezaba a penetrarme, haciendo que no pudiera resistir más, soltando un enorme grito que hizo que una gran sonrisa maliciosa inundase su cara.
-Te gusta, ¿eh? Pues prepárate, que no he hecho más que empezar...
Mis caderas empezaron a moverse sin mi permiso, pidiéndole que empezase con las embestidas que mi interior estaba deseando y que no tardaron en llegar. Con cada una de ellas mi placer aumentaba haciendo que mi cuerpo se rindiera completamente a él, arqueando la espalda para facilitarle la entrada mientras mis manos seguían sin moverse de su espalda más de lo necesario para llegar a su trasero. Cada embestida era más rápida y más fuerte a la vez que sus manos jugueteaban con mi pecho, con ganas de que mis pezones, duros e hinchados quisieran cada vez más intensidad. En un descuido que tuvo aproveché para cambiar las tornas y ser yo quien llevase a cabo el trabajo de dar placer: mis caderas subieron a la altura de su pubis y una de mis manos ayudó a su sexo a volver a introducirse en el mío al tiempo que la otra recorría su pecho; empezaron a llevar a cabo un suave movimiento de vaivén cuya intensidad aumentaba por segundos hasta que mis gemidos no fueron los únicos que empezaron a sonar en esa habitación. Cuando pensaba que ya no podía aguantar más, que estaba a punto de llegar al orgasmo él se incorporó lo suficiente para sentarse en la cama y unir el movimiento de sus caderas al de las mías, consiguiendo que el momento máximo de placer de los dos llegase en el mismo instante, pero ello no le impidió seguir: cuando intenté levantarme sus manos agarraron con firmeza mi cintura mientras me susurraba que la fiesta aún no había terminado: se deslizó por la cama la distancia justa para tener el trasero apoyado en el filo de la cama y los pies en el suelo y volvió a tomar el mando de la situación, volviendo a embestirme de nuevo, permitiéndome gritar dejándome la boca libre con la suya demostrando todo el placer que estaba recibiendo. Aquello no iba a volver a repetirse y ambos lo sabíamos así que debíamos exprimir hasta el último segundo, volviendo a llenarme de besos tras llegar a mi segundo orgasmo, cuando consideró que su espalda no podía aguantar más arañazos causados por tanto placer, arañazos que le iban a recordar ese momento durante mucho tiempo, tal vez el mismo que tardaríamos en volver a vernos.
Después de pasar un rato tumbados en la cama, abrazados, disfrutando todavía del tacto de la piel del otro nos vestimos sin prisa y fuimos al local en el que Raquel me había dicho que nos juntaríamos con el resto del grupo. Cuando llegamos se lanzó a mí y con disimulo me susurró al oído:
-Espero que hayáis aprovechado bien el tiempo.
-Uy, Raquelita, si tú supieras...
jueves, 23 de octubre de 2014
Por tí, Cristophe
Desde pequeña había tenido que soportar que todos los niños se rieran de ella a causa de las cicatrices que poblaban su cara, desconocedores de que nada más nacer su madre había intentado matarla, mas a punto de clavar un cuchillo en el pecho de la pequeña, haciendo que su vida ni siquiera comenzase a rodar se arrepintió, hundiéndolo en sus entrañas, haciendo que su existencia empezara sola, como lo estaría la mayor parte del tiempo que abarcó su vida. Pero lamentablemente, un niño nunca se para a pensar cuál ha podido ser el motivo que ha llevado a que alguien no luzca como ellos, que no sea "normal"; están demasiado ocupados siendo crueles, como lo hicieron sus padres, los padres de sus padres... y así hasta llegar a la persona que descubrió la crueldad, así que la pobre niña pasó su infancia marcada por las burlas de cuantos la rodeaban. Cuando llegó a la adolescencia su situación no hizo más que empeorar: cada día, cada hora, cada minuto debía soportar todo lo que sus compañeros despotricaban, siendo ya plenamente conscientes de todo el dolor que podían causar sin importarles lo más mínimo; lo peor venía cuando el chico que le gustaba se percataba de la atención que despertaba todo lo que recibía eran insultos, burlas e incluso en más de una ocasión brutales palizas propinadas por la novia del chico en cuestión, envalentonada por la compañía de su grupo de amigas, aumentando una enorme cantidad de ira acumulada, una ira que tarde o temprano iba a terminar estallando.
Una fría mañana de Enero llegó a la clase de Stephanie un chico nuevo con el que intuyó que por fin podría tener una buena relación; desde que le vio entrar por la puerta supo que iban a ser al menos grandes amigos: Christophe era un chico alto, de piel blanca como la leche, ojos azul claro como el más limpio de los mares, pelo rubio oscuro corto,con ropa limpia pero vieja, algo desgarbado al andar y... sordomudo. Su hermano mayor se acababa de hacer cargo de él tras la trágica muerte de sus padres en un accidente de coche; después de saber que en Vannes, el pueblo en el que vivía el muchacho sufría las contantes burlas, humillaciones, la incomprensión y la mofa de todos, decidió llevárselo con él a Toulouse con la esperanza de que su hermano pudiera hacer amigos en un sitio nuevo. Cuando el profesor presentó al nuevo alumno decidió que para que se integrase y se adaptase rápidamente lo mejor sería que su posición en la clase se situase en primera fila en la clase, pero el chico se fue sin pestañear a la última fila y se sentó al lado de la única persona de la clase que no tenía compañero de pupitre; siguiendo su instinto, el cual le decía que ella no se reiría de él, que le ayudaría en todo lo posible a adaptarse a su manera y que no permitiría que dejasen de tenerla a ella como diana para empezar a serlo él; ella haría lo imposible para que el nuevo blanco fácil no fuera la primera persona que conocía dispuesta a ser su amigo que había conocido en su vida. Desde el mismo momento en que Christophe señaló el pupitre que había junto al que usaba Stephanie, a modo de petición de permiso para poder utilizarlo la buena sintonía entre ellos quedó patente. Enseguida congeniaron logrando lo imposible: a los pocos días de llegar ya eran inseparables e includo se comunicaban en lenguaje de signos, pudiendo hablar durante horas sin que nadie se enterase ni se entrometiese, pudiendo compartir tranquilamente risas y confidencias. Cuando llevaba una semana escasa en Toulouse el muchacho le contó emocionado a su hermano Fabien que tenía una amiga, éste al principio desconfió, pero en cuanto pudo comprobar por sí mismo que se llevaban tan bien y se enteró de que la amiga de su hermano había llegado al punto de intentar arañarle la cara a una chica de la clase por meterse con él, que no permitiría que nadie se refiriese a él en términos inadecuados respiró aliviado; el día que hizo un mes que había llegado a Toulouse, Christophe hizo que Stephanie viviera el día más feliz de su vida: delante de toda la clase le regaló un enorme y precioso ramo de rosas rojas y dejando que la voz saliera de su garganta por primera vez en mucho tiempo le preguntó si le haría el gran honor de ser su novia, a lo que ella respondió con un enorme sí y dando el primer y más bonito de todos los besos de su vida.
Pero la alegría completa le duró poco a la pareja porque lo que para ellos fue uno de los días más felices de su vida se alternaba con el mayor de los infiernos:dos de sus compañeros, que desde que se conocieron no pasaron de palabras tan poco amables como quien las pronunciaba se turnaron en continuos desprecios y humillaciones a ambos, hasta llegar al punto de esconderles a los dos la ropa mientras se duchaban después de una clase de educación física, aunque a ellos toda aquella operación de intento de acoso y derribo les daba exactamente igual: estaban juntos y se apoyaban en el otro haciendo que la tortura fuera más soportable. Fabien quiso defender a su hermano varias veces, pero sabía que él podía solo con todo aquello un millón de veces y seguiría así mientras Sthepanie le diera las fuerzas que le llevaba tan poco tiempo otorgando con tan buen resultado, haciendo que tanto ella como el preocupado hermano se sintieran cada día más orgullosos del valiente Christophe, quien incluso había logrado que en Vannes empezasen a respetarle; poder pasear tranquilamente por sus calles hacía tan sólo unas semanas era un suplicio para él, pero la situación en ese momento era completamente distinta: la pareja feliz podía disfrutar de su amor como cualquier par de enamorados. Los que antes insultaban al chico ahora se acercaban a saludarle y preguntarle cómo le iban las cosas, llegando a alegrarse con sinceridad de lo bien que la vida empezaba a tratarle y pidiéndole disculpas por todo lo que habían hecho con él.
Desgraciadamente, la felicidad siempre dura poco; el mismo día que Christophe cumplía 18 años le esperaba el más desagradable de todos los cúmulos de sorpresas: dos compañeros de clase, empeñados en hacerles sufrir se prepararon a conciencia para que el día fuera lo más doloroso posible, haciéndole las peores cosas imaginables. El día para él empezó cayéndole un cubo lleno de tripas de pescado colocado estratégicamente en la puerta, listo para caer cuando el cumpleañero abriera la puerta; continuó con el pantalón roto, una parte de éste pegada a la silla y un muslo encarnado por la enorme cantidad de pegamento que habían depositado en su asiento, que traspasó la tela de la prenda y que terminó poniendo fin a la vida del muchacho, atropellado brutalmente delante de la puerta de su casa por una compañera de clase al volante y su novio, mitad del tándem encargado de hacerles la vida imposible en el asiento del copiloto, riendo a carcajadas, sin un mínimo de piedad, ni remordimiento, sin bajarse del coche para fingir ayudar al moribundo inocente de su crueldad. Stephanie llegó apenas un minuto después del suceso y aunque no le dio tiempo a descubrir por sí misma quién había ejercido de verdugo Christophe pudo utilizar sus últimos segundos para decirle a su novia que seguiría amándola hasta el fin del mundo, pedirle que le dijera a Fabien que no sufriera por su muerte y quiénes habían sido sus cobardes asesinos.
-Nadine... Olivier... coche... ella... conducía.
-¿Han sido Nadine y Olivier?
-Sí... -el chico asintió levemente, con las pocas fuerzas que le quedaban. -Reían... ella conducía...
-Me las van a pagar... Christophe, aguanta, la ambulancia está a punto de llegar. Mi amor, ya se oye la sirena, aguanta... Por favor, ¡no me dejes!
Cuando llegó la ambulancia, los médicos sólo pudieron certificar la muerte del joven y el desconsuelo que inundaba a su novia, abatida ante la mayor pérdida que había sufrido hasta ahora. Lo que nadie fue capaz de intuir era que el huracán que estaba a punto de desatarse y que haría que los cimientos en los que estaba sustentada la mentalidad de todos cuanto les rodeaban quedaran reducidos a escombros.
Nadine y Olivier eran el típico tópico de Barbie y Ken: la pareja más popular y más guapa del instituto; la envidia de la mayoría de las personas que pasaban tiempo con ellos: ella era alta, de ojos azul claro que mostraban la más falsa de las dulzuras, pelo rubio claro y tenía una figura escultural y él moreno, con un cuerpo que empezaba a curtirse en un gimnasio, de pelo corto moreno y ojos verdes, era el complemento perfecto para cualquier chica. Además, ambos jugaban con una enorme ventaja respecto al resto de fauna del instituto y ellos lo sabían: los padres de ambos eran ricos y les sacaban de cualquier embrollo en el que se involucraran de la única forma que conocían: con abundantes cantidades de dinero. Siempre habían sido los encargados de resolver cualquier situación incómoda, pero la situación que se les avecinaba no podría evitarla ni resolverla ni siquiera todo el oro del mundo.
Al día siguiente de la cruel muerte de Christophe se celebró un precioso funeral con Stephanie y Fabien en primera fila, rotos de dolor y con los ojos irritados e inflamados de tanto llorar y ya no les quedaban lágrimas que derramar, se habían quedado secos. Allí estaban para despedirse de él todos sus amigos de Vannes, contando cómo habían tenido la suerte de descubrir el don de su amistad a tiempo para empezar a disfrutalo, cómo era el enorme honor de haber sido amigo del muchacho y todos los compañeros de clase de Toulouse se lamentaban por no haberle dado esa enorme oportunidad. Bueno, siendo sinceros sólo faltaban dos compañeros: Nadine y Olivier, demasiado ocupados en casa de ella, riéndose de la tragedia causada y practicando sexo como si en lugar de asesinar a una persona hubieran tirado del rabo a un gato. Eso hizo que por fin todos se dieran cuenta de lo poco que valían como personas, ganándose desde ese día su desprecio y lo que era aún peor: despertaron a la diosa Ira escondida, agazapada durante tanto tiempo en el interior de Stephanie, la cual estaba convencida de que todos quienes por fin se habían dado cuenta de que habían infravalorado a su amor merecían una segunda oportunidad, pero no quienes se lo habían arrancado.
Cuando el día posterior al entierro Nadine y Olivier recibieron a Stephanie con risas y comentarios ofensivos acerca de Christophe la joven explotó como una bomba de relojería recubierta de metralla: salió corriendo de clase hacia su casa; al llegar se dirigió sin pensar al cajón de la cocina en el que permanecían escondidos los cuchillos más grandes. Presa de un brote psicótico, se dirigió directa al más grande de ellos, el que estuvo a punto de hacer que su vida no comenzase y que puso un cobarde punto y final a la de su madre, lo cogió, se lo guardó en la mochila de la que había sacado todos los libros, el estuche y la carpeta, cerró la cremallera y se encaminó a casa de Nadine con la certeza de que ambos al acabar las clases irían juntos ahí: la pareja de había encargado de pregonar que sus padres se iban a pasar juntos el fin de semana a Niza y que pasarían todo ese tiempo juntos en aquella casa, así que sin darse tiempo a asimilar lo que estaba haciendo y lo que estaba por venir, cuando llegó se escondió tras unos arbustos que había en el jardín asegurándose de que ella podría verles a ellos pero que ella no podía ser descubierta y esperó pacientemente a que llegaran, con una única idea en su mente: iba a hacerle justicia a su amor, iba a vengar a Christophe. Esperó a que llegasen y en el mismo momento en que vio aproximarse el coche de Nadine abrió la cremallera de la mochila completamente para poder sacar el cuchillo con la agilidad necesaria para que nadie la descubriera, esperó 5 minutos para permitir que se confiaran y llamó al timbre. En el momento en que Olivier abrió la puerta no le dio tiempo a reaccionar, hundiendo la fría hoja metálica hasta que el mango chocó con el abdomen del joven y girando la muñeca, buscando causar el máximo daño posible, asegurándose de que cumplía su cometido. En cuanto dejó de escuchar su respiración sacó el cuchillo del cadáver dejando que se desplomase como una manzana cayendo, perdiendo el amparo del árbol; se dirigió sin vacilar a la ducha para que Nadine corriera la misma suerte que su novio. Entró con sigilo y cerró la puerta con el cerrojo echado arrojando por tierra la única ruta de escape posible. Esperó a que se diera la vuelta para que sintiera lo mismo que había sentido Olivier: sabía que eran sus últimos segundos con vida y que la imagen que se llevaría al infierno sería la cara de su justiciera particular, su cara de terror la delataba.
-Vaya, vaya, vaya, Nadine... parece que se te acabaron las ganas de reír...
Sin darle tiempo a contestar clavó de nuevo el cuchillo, esta vez en el pecho. De nuevo esperó a comprobar que había logrado su propósito antes de sacar el metal del cuerpo sin vida de la que durante tantos años había sido su torturadora.
En cuanto salió de la casa llamó a Fabien contándole lo que acababa de hacer, temiendo que su reacción fuera de rechazo hacia ella, pero lo único que le dijo fue que fuera a su casa, que la esperaría allí y que podrían hablar tranquilos. En apenas media hora se encontraron y Stephanie le contó con todo lujo de detalles que había sucedido: aun sin estar de acuerdo en su forma de actuar entendía el fondo. Al fin y al cabo ella había matado a quienes le habían arrancado la vida a su hermano; ella le había sacado del pozo, le había hecho feliz y le había hecho justicia así que sentía que le debía una, que debía ayudarla: le ayudó a conseguir un pasaporte falso, un billete de avión a Holanda y un trabajo gracias a un favor que le debía un amigo y la ayudó a escapar antes de que alguien se diera cuenta de lo sucedido.
Hoy, Fabien está cumpliendo condena tras haberse declarado culpable del asesinato de Nadine y Olivier y nadie ha vuelto a ver a Stephanie ni ha vuelto a saber nada de ella, pero Fabien recibe todas las semanas dinero para sobrevivir dentro de la cárcel y cartas con matasellos de Rotterdam de una misteriosa mujer llamada Carolane...