Verá, señoría, no seré yo quien se proclame como la justiciera de nada ni diga que debe ser alabada por nada. Yo sólo digo que si de algo me arrepiento, es de no haberlo hecho antes. Pero aunque sólo sea por piedad, me gustaría que escuchase como todo llegó, o me llevó, a este punto. Si me lo permite, quizá pueda entender por qué hice lo que hice; no sé cual puede ser la mejor forma de empezar, así que si no lo considera una impertinencia, se lo contaré de la única forma que ahora mismo soy capaz de expresar. "Había una vez una niña pequeña que no sabía que los peores monstruos no se esconden dentro de los armarios, esos te arropan cuando te duermes..."
¿Cuándo empezó todo? No me acuerdo. ¿cuándo decidí que todo acabaría? No lo sé. ¿Por qué lo hice así? Porque era la única forma de quedarme satisfecha con el resultado. No, no lo veo una cuestión de sadismo, venganza, digamos que creo que lo vi como mi propia justicia poética. Y sí, podría haberle metido una bala entre las cejas, clavarle un cuchillo en el corazón, seccionarle el pene con un hilo de nylon, de hecho, todas esas ideas estuvieron en la lista de "posibles", pero la que más me gustó desde el principio fue la descarga de adrenalina que me daba el encajar la combinación de alfileres clavados bajo las uñas con aquellos cortes, ni tan pequeños para quedar en un rasguño, ni tan grandes como para que perdiera demasiada sangre. ¿Por qué? La balanza del placer estaba demasiado inclinada hacia su lado, por una vez, no estaría nada mal que el hijo de puta soltara su último aliento sintiendo lo que me había tatuado a fuego a mí: no sólo dolor físico, también el que de verdad te quema, el emocional. De todas formas, seguiría teniendo pesadillas; que al menos una equilibrase el partido.
Por más que lo busco, no encuentro un sólo recuerdo limpio en aquella habitación de paredes blancas y litera desmontable de color claro, unas veces armada como tal, otras dividida en dos camas individuales, en los que él estuviera en medio. Tampoco es que guarde demasiados, a decir verdad, el único alegre que consigo que vuelva a mi memoria es con mi hermana mayor, una vez que estando aquella litera como tal, había varias sandías , no tuvimos mejor idea que subirnos y lanzarlas al suelo gritando "¡bomba!" (¿o fue sueño y ni siquiera a ese instante de felicidad puedo agarrarme?). Si no hubiera sido por ella, la cordura me habría abandonado hace mucho, mucho tiempo. Pero con él no, con él cada recuerdo en esa habitación me lleva a los mismos recuerdos: esos ¿juegos? que aunque en mi más tierna infancia no llegaba a entender del todo, a veces sí que me hacían sentir incómoda. Bendito instinto de supervivencia...
Todavía siento ganas de vomitar, señoría, cada vez que recuerdo aquellas manazas asquerosas sujetándome mientras jugaba con él, ¡qué curioso! siempre en la cama, con la puerta cerrada, sin dejarme moverme, tumbada sobre él o de lado, siempre sujeta, no fuera a salir corriendo, sin entender hasta mucho después, qué era aquello tan duro que me clavaba en la pelvis. Disculpe, señoría, ¿podría prestarme una papelera? Doy por hecho que no me va a dejar ir al servicio y mi estómago no está por la labor de dejar indemne este precioso suelo de parquet. Se lo ruego de verdad, señoría, estoy hablando en serio...
¿El primer recuerdo que tengo de aquél hijo de puta? No sé decirle con certeza una fecha exacta, pero tendría 3 o 4 años, y allí estaba él, el maldito monstruo, con sus manazas abriéndome las piernas mientras me subía encima de él, apretándome las nalgas tanto que no sabía si sentía más dolor en esa parte del cuerpo o en la que tantas veces he fantaseado rebanarme con un cuchillo jamonero, besándome en la boca. No sé, señoría, de verdad que no sé en qué coño estaría pensando, yo sólo sé que en ese momento había algo que inconscientemente, no me cuadraba, si no, ¿a santo de qué iba yo a apretar los dientes cada vez que me besaba en los labios? No sé por qué lo hacía, no sabía si aquello estaba bien o estaba mal, sólo sabía que el sabor que dejaba aquella lengua en el interior de mis mejillas, aquél regusto a tabaco, no era algo que debiera notar. Y aquella dureza al intentar aflojarme la mandíbula, mientras me dolían los ojos de tanto apretarlos, aquellas nauseas que da empezaban a sacudirme el estómago, aún hay noches que me despiertan en plena noche. ¿Sabe? A veces, al despertarme, me duele tanto la mandíbula y con tal sensación de cansancio, que aunque mi subconsciente lo esconda lo más hondo posible, sé que ha vuelto a visitarme en sueños y que me ha destrozado mi preciado estado de rem otra vez.
La pregunta que yo haría no sería si le dije algo a alguien, señor fiscal, la pregunta que yo haría, con todos mis respetos, y sin pretender enseñarle a hacer su trabajo, sería quién me habría escuchado. ¿Cree que no lo intenté? ¿Cree que no traté de que lo vieran, que alguien, quien fuera, pensase aunque fuera un segundo que ahí pasaba algo raro? Una sola vez, una, su hermano me preguntó si había intentado "algo", pero ¿qué iba a decir yo? ¿de verdad me habría creído si le hubiera contado lo que empezaba a carcomerme las entrañas? Vamos, seamos honestos, todos aquí, ¡todos! sabemos que si no nos fiamos del comportamiento de un adulto con un niño, se hace lo imposible por no dejar la presa al alcance del depredador. Y no, no me sirve el cuento de que el lobo siempre es el malo si sólo se escucha a Caperucita, porque a veces Caperucita es manca y tiene la lengua cortada.
Pasé muchas, muchas horas en aquella habitación, a veces aún vuelvo en sueños a aquella mañana en la que, mirando su barba, mientras él dormía y yo aún no tenía el impulso de salir corriendo de allí, me parecía ver unos gusanos grises rodeando aquél vello, pensando que cuanto más tardase en abrir los ojos, más rato podría respirar a pulmón lleno y quizá, sólo quizá, podría yo dormir un poco más. ¿O fue otro sueño? No lo sé, sólo sé que fuera real o soñado, recuerdo que le dije lo que había visto y aunque me miró con cara de psiquiatra sacando a un pirómano de un incendio, dijo que iba a afeitarse. Pocas eran las veces que podía permitirme el lujo de estar con mi hermana en esa habitación, y sola, sencillamente, no lo recuerdo, y si digo lo contrario, miento.
¿La ocasión en que más miedo pasé? Una mañana que me levanté temprano para ir al baño, aún casi no entraba luz por las rendijas de la persiana, cuando noté que me empujaba dentro de un baño que a mí, por aquél entonces, me parecía enorme y cuyo color verde aguamarina de las baldosas odio con todas mis fuerzas, cogió una toalla que extendió en el suelo, me agarró después de la mano, me tumbó sobre ella y él se puso encima de mí, otra vez, intentando profanar mi boca con la lengua, otra vez cerrando los dientes, apretándolos con todas mis fuerzas, empujándole como podía para quitármelo de encima. Aún recuerdo la conversación, como si la estuviera teniendo ahora mismo, cómo le decía "no, no quiero", que el me preguntaba por qué y de m alma brotó un "porque yo tengo 7 años y tú tienes 25" que todavía hace que se me revuelvan las tripas. No, no hace falta que hagan cuentas, ya les digo yo que han pasado casi 30 años y esa mañana sigue sin abandonar mi memoria, sólo rezo porque si Dios existe, me regale el lujo de que ese sea el primer recuerdo que el Alzheimer devore. Sí, creo que ese fue un punto de inflexión, que si hay un momento en el que en mi cerebro infantil, inocente e ingenuo hizo clic, fue en el segundo en el que conseguí abrir la puerta de ese baño. No puedo explicar qué sentía en ese momento, sólo sé que recuerdo que me preguntaba qué había hecho mal, cuánto me regañarían si le decía a alguien lo que había pasado; desde entonces, por más que me regañaron por aquello y me interrogaron buscando el motivo por el que lo hacía, en cuanto entraba en el baño, apuntalaba la puerta con mi espalda, cerraba con cerrojo la puerta y no me separaba de ella hasta que comprobaba dos veces que no se abría. De hecho, hay noches que no puedo evitar hacerlo cuando me levanto en casa, estando sola en casa, sabiendo que nadie va a empujarme dentro y que el color beige de los azulejos no tiene nada que ver con ese verde asqueroso.
Sí, fueron pasando los años y el contacto fue bastante más esporádico, pero cada vez que sabía que iba a pasar tiempo en casa, sabía que me esperaba una tensión continua y que el tiempo que pasara allí, yo no podría dormir tranquila. Cada vez que podía, decía que era su bebé y aprovechaba la mínima ocasión para estrujarme los glúteos o rozarme el pecho. ¿A quién iba a decirle nada? Nadie le veía nunca, nadie se daba cuenta nunca de nada, de cara a la galería era perfecto, ¿quién iba a creer nada de lo que yo dijera?
Estoy convencida de que el suicidio de mi madre fue por su culpa, por la de los dos, la de ese monstruo asqueroso por todo lo que había hecho y lo que había intentado y de ella por no darse, o no querer darse cuenta, de cómo era realmente ese en quien tanto confiaba, hasta que mi hermana hizo lo que si hubiera hecho yo antes, muy probablemente no habría tenido que hacer ella, así que supongo que parte de la losa que carga, es responsabilidad mía, en parte por creer, estúpida de mí, que aquél asqueroso tenía suficiente conmigo. Una mañana llegó a tomar un café con mi madre y en cuanto le vio, mi hermana fue derecha a la cocina y cerró la puerta, algo que nunca hacía y que a mi me hizo ponerme en alerta. Un par de minutos después, entró él y cerró la puerta también, saliendo 3 segundos después, curiosamente, igual que había entrado, con las manos vacías; la que sí tenía algo era mi hermana: con el cuchillo más grande que había en la cocina, brazo en alto, se quedó a escasos centímetros de él y le gritó "si vuelves a acercarte a mí, te lo clavo en las tripas". ¿Cómo el tuvo la sangre fría de levantarse, abrir los brazos y decirle "venga, mocosa, ya tardas"? Es de las pocas cosas que no conseguí que dijera mientras la sangre goteaba de su muslo derecho poco antes de que dejase de respirar. Parece que quería morir con algo de orgullo el cabrón, porque la dignidad la dejó en una piscina la tarde que le dijo a una chica de 14 años, respondiendo al "deja en paz a mi hermana, que tiene novio" un "no tengo prisa, puedo esperarla".
Todos, todos los que estábamos allí le escuchamos: mi madre, las chicas, las amigas de ellas... No sé en qué coño estaba pensando cuando dijo eso, pero si no empezó a cavar su tumba en ese momento, debería haber sido un poco más inteligente, hacer un hoyo, meterse dentro y no volver a salir de allí jamás. Pero la gota que colmó el vaso no fue esa, llegó la tarde que la hermana de mi mejor amiga llegó llorando a su casa diciendo que ese monstruo la había encerrado en un baño en el polideportivo en el que hacían los entrenamientos de baloncesto, la había besado en la boca y había intentado meterle la lengua en la boca. No soy capaz de olvidar la imagen de aquella cría, con apenas 7 años, arañándose los labios, llorando mientras gritaba que quería arrancarse la boca, que la tenía sucia. Entre la escena del cuchillo y la de la chiquilla pasaron apenas 2 horas; me encontré a mi madre con las venas cortadas en la bañera 2 días después.
¿Qué más tenía que permitirle a ese hijo de la grandísima puta? ¿A cuántas más niñas tenía que permitir, por no hacer nada, que les jodiese la vida, señoría? tardé 4 días en levantarme de la cama después del entierro de mi madre, no sabía qué me pasaba, no podía expresar cómo me sentía, sólo sabía que sentía una culpa que no me dejaba respirar. El día que se cumplían 3 meses de la muerte de mi madre, me enteré que estaba embarazada, al fin algo bueno me pasaba en la vida, pero hasta esa felicidad pudo amargarme: desde que el médico me dijo que el bebé que venía en camino era una niña, no volví a dormir tranquila, todas las noches soñaba que violaba a mi hija y que después mi pequeña se suicidaba. Por suerte, no vivíamos cerca así que no tenía nada que temer hasta que estando embarazada de 8 meses, mis mejores amigas y mi hermana me hicieron por sorpresa una especie de baby shower, la típica fiesta que se hace de "prebienvenida al bebé"... y allí estaba él, con aquella sonrisa que tanto asco me producía. Intenté permanecer el mayor tiempo posible lo más separada posible de él, pero en un momento en el que tuve que ir a la cocina a por un vaso de agua, intentando relajarme un poco al caminar, en el mismo instante en el que estaba sacando el vaso del armario, noté una mano que me rozaba la barriga, queriendo bajar hacia abajo: con todas mis fuerzas, le clavé las uñas en la mano y cuando la apartó, le bufé "si se te ocurre volver a tocarme, te arranco los huevos. Y ahora, si sabes lo que te conviene, lárgate de aquí".
Se fue y no volví a verle hasta que una tarde, mi hija llegó del instituto con la camiseta desgarrada, arañándose los brazos y llorando desconsolada; cuando me dijo que un hombre había intentado violarla y que cuando al agarrarla del brazo, al intentar zafarse, le dijo que era igual de guapa y de peleona que su madre, se me revolvió el estómago. SI había algo por lo que no estaba dispuesta, era a que ese monstruo le tocase un pelo a mi pequeña, no, a ella no... Si hubo un momento concreto en el que decidí hacer lo que hice, debió de ser aquél. Aquella noche apenas pude dormir y lo poco que pude, tenía su imagen fijada frente a mi, en el sueño se reía de mi diciendome con sorna que si esa vez también iba a seguir calladita como las niñas buenas. A la mañana siguiente, sólo era capaz de pensar en matarle de la forma más dolorosa posible, todo el tiempo que tenía libre iba inevitablemente a fantasear en cómo le haría sufrir, hasta que un día, simplemente, pasó. Mi hija y mi sobrina estaban chateando por facebook cuando a mi sobrina le llegó un mensaje de un desconocido; sólo con ver la foto las nauseas aparecieron: otra vez él. Pero no, esa vez no iba a salirse con la suya, esa vez sería la última, y por supuesto, la jugada no le saldría bien.
Mi sobrina tiene mucha confianza conmigo y como alguna vez me había "tocado" poner en su sitio a algún hombre que no entendía que no es no y que las niñas, niñas son, entré en su cuenta, con el permiso de mi hermana y de la propia niña, pero a ellas sólo les dije que iba a hacerme un perfil falso para ver hasta dónde llegaba y cuando tuviéramos suficiente material, ir a poner denuncia a la policía, pero yo sabía que la policía no me iba a dar la justicia que yo necesitaba y que muchos jueces le dejarían irse de rositas, así que decidí que yo ejercería de juez, jurado y verdugo, tal y como merecía. Me cité con él en un parque al que acudió como el lobo vestido de corderito que era. El resto, fue fácil: sólo tenía que ofrecerle beber agua de un botellín con anestésico que tenía preparado y en cuanto hiciera efecto, le llevaría a la casita de campo que acababa de comprar y que aún nadie sabía que tenía. Le tuve allí durante 2 días a base de agua y al tercero empecé a darle trocitos de pan, ¡no podía permitir que se me muriera de hambre! no, tenía que sufrir como me había hecho sufrir a mí, tenía que sentir la angustia que te provoca no saber qué van a hacerte el siguiente segundo. El sexto día empecé a hacerle pequeños cortes en las yemas de los dedos de las manos y los pies, que casi no sangraban, pero le dolían bastante, pobrecito de él.
Disculpe, señoría, intentaré dejar el sarcasmo guardado mientras termino de explicarle: durante los siguientes 3 días le llené de arañazos y pequeños cortes el cuerpo y el noveno decidí subir un poco el listón y empecé con los alfileres debajo de las uñas: nunca me he considerado una sádica y de hecho, si me lo contaran de otra persona, seguramente pensaría que es una completa enferma, pero la verdad es que no se imagina cuánto disfruté viendo como ese monstruo derrotado, sentado en una silla del tamaño de un niño de guardería, con las manos atadas al respaldo y los pies a las patas de la silla, lloriqueaba pidiendo perdón, diciendo el cerdo que él no tenía la culpa de tener la mala suerte de que cada vez que se enamoraba, al preguntarle a la chica la edad, nunca tuviera cumplidos los 18 años. Ahí ya no pude más, señoría, de verdad que hasta ese instante había pensado en soltarle y dejar que el miedo no le dejase dormir como hace años que no me deja a mi, pero cuando escuché esas palabras, sencillamente, no mantuve el raciocinio: sin pensarlo, cogí un rollo de hilo de nylon que tenía mi hija para cuando se iba a pescar con sus primos, me puse los guantes de jardinería para no hacerme daño, corté un trozo lo suficientemente largo para poder manejarlo, se lo enrosqué en el pene y empecé a tirar del hilo de lado a lado, cortando milímetro a milímetro aquél tejido muscular que alguien debería haber cortado con una cizalla hace años, hasta que el monstruo se desangró y dejó de dar miedo y yo, por fin, me sentí liberada.
Así que, señoría, reconozco que secuestré, torturé y maté a ese deshecho social y reconozco dos cosas: que acepto gustosamente mi condena, porque quien la hace, la paga, y que si volviera atrás en el tiempo, sólo cambiaría una cosa: le daría un punzón a esa niña de 3 años y le ayudaría a clavárselo en las tripas la primera vez que la sobara.
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