Aquella fría mañana, en aquella sala de vistas, reinaba un silencio sepulcral. Las 9 personas en cuyas manos en unas horas estaría el destino de una vida, aguardaban expectantes ya no sólo un cómo, no un cuándo; esperaban que un por qué resolviera sus dudas. Por aquella sala habían desfilado expertos, testigos, cuerpos de seguridad... Pero les faltaba la que claramente, era la pieza más importante: por qué estaban todos allí.
Juez, fiscal, abogados... todos estaban presentes en la sala y todos habían explicado todo lo necesario de aquél asunto, todos menos la persona que tenía las claves para solucionar el enigma que se planteaba: ¿qué lleva a una persona a terminar con dos vidas?
-Comienza la sesión de hoy- se escuchó una voz retumbar en aquella habitación al traspasar la puerta la persona a la que todos esperaban.
- Bien, señora, si puedo llamarla así...
- ¡Formulo protesta! -voceó el abogado defensor-, aún no ha comenzado la declaración de mi cliente y el Ministerio Fiscal ya trata de sugestionar a los miembros del jurado.
- Se acepta -bufó el juez-. Señora Fiscal, ruego se ahorre los juicios de valor.
- De acuerdo, señoría. Prosigo. Bien, señora Martínez: ¿puede comunicar a la sala cómo se declara?
- ¿De los cargos que me imputan? De haber sacado dos pedazos de basura del mundo: culpable; de alevosía, inocente.
- Claro, señora Martínez, cometió el doble asesinato porque no tenía nada mejor que hacer...
- ¡Formulo protesta, Señoría! ¡Está especulando!
- Se acepta -dijo de nuevo el juez- Señora Fiscal, es la segunda vez que le llamo al orden, si llega un tercer aviso, la expulso de la sala.
- Tomo nota, Señoría, trataré de no herir más los sentimientos de la acusada, no se ofenda y me queme viva a mí también...
- ¡SEÑORA FISCAL! -vociferó el juez- El presidente de esta sala soy yo, así que este juicio se lleva a cabo bajo los términos que yo formule. Si no está de acuerdo con mi forma de proceder, le invito a renunciar a la causa y que cualquiera de sus compañeros retome este interrogatorio. ¿Algo más que objetar?
- No, Señoría, nada que objetar... Dicho esto, querría proseguir con el interrogatorio a la acusada.
- Proceda, pero no vuelvo a pedirle que mida sus palabras.
Para aquella mujer el motivo del juicio, las pruebas, los testimonios... Todo para ella era cuanto menos, irrelevante; para ella sólo había tres palabras importantes: ganar otro juicio. Le daba exactamente igual cuántas líneas rojas cruzase, cuántas veces se excediera en los interrogatorios, su modus operandi era que le dieran la razón, fuera como fuera, fuese lo que fuese lo que se juzgase. A ella no le importaba qué había llevado a quien estuviera sentado en el banquillo de los acusados, muchas veces, ni siquiera se molestaba en leer los sumarios de la instrucción: se aferraba a la forma de llevarse el gato al agua, daba igual la forma y la (falta de) ética que tuviese.
Aquella mañana, sabiendo que si en aquél momento cedía su turno de preguntas al abogado defensor, los ánimos se calmarían y ella podría dar las estocadas que quisiera, puesto que todos estarían cansados y lo único que querrían sería salir de aquella sala, pidió con la mejor de sus sonrisas que el primer turno de preguntas fuera el del que ella llamaba "el llorón de la cerillera".
- Señoría, Señora Fiscal, miembros miembros del jurado... Buenos días a todos. Con la venia, Señoría... Buenos días, señora Martinez.
- Buenos días, señor Letrado.
- Anda, ¡pero si hasta sabe dar los buenos días! -rió entre dientes la fiscal.
- ¡SEÑORA FISCAL! -el juez se levantó de su asiento y señalando la puerta de entrada, gritó- le ordeno que salga de la sala en este momento, será llamada cuando termine el alegato de la defensa. Su actitud es intolerable, y sé que otros colegas se lo permiten, pero yo no soy tan indulgente.
- ¡SEÑORÍA! -gritó también la fiscal- ¿¡Cómo se atreve a...!?
- ¡¿HE DICHO QUE FUERA?! ¡AHORA! -bramó el juez. La fiscal salió de la sala con gesto airado, teniendo que contenerse las ganas de levantar un dedo antes de salir.- Por favor, Letrado, prosiga -dijo el juez tras beber un par de tragos de agua-.
- Bien... Disculpe, Señoría... Señora Martínez, ¿se encuentra bien?
- No se preocupe por mí, Letrado, he tenido días peores -susurró la acusada-.
- De acuerdo, comencemos: señora Martínez: ¿Podría explicarle a Su Señoría y los miembros del jurado la relación que le unía a la señora Martínez y el señor Rodríguez?
- Según la genética, eran mi hermana y mi cuñado.... Yo discrepo.
- ¿Ha dicho "según la genética"? - preguntó el abogado defensor, con gesto contrariado-.
- ¿Llamaría usted hermana a una persona que se levanta por la mañana para pensar cómo amargarle el día, mañana tras mañana, letrado? -la acusada enarcó una ceja-.
- Probablemente no... -el abogado bajó la cabeza, no pudo evitar empatizar con su clienta-. Está bien, señora Martínez, ¿podría explicarnos la razón de su animadversión hacia los mencionados?
- ¿Odio? ¿Yo? ¿De verdad cree que era yo quien les odiaba, Letrado? ¡Era mi vida la que era un infierno por su culpa! Da igual -su rostro se oscureció-, nadie se ha puesto nunca en mi lugar, no va a empezar a hacerlo hoy...
- Volvamos al caso que nos ocupa, señora Martínez ¿Podría explicarle a la sala cuál pudo ser el preámbulo, lo que pudo motivar que se dieran los hechos que se enjuician en esta causa?
- Sólo le encuentro un motivo, aunque por desgracia, no le encuentre un por qué.
- ¿Cuál fue el motivo, señora Martínez?
- Me fugué de casa...
De familia desestructurada formada por progenitores divorciados, padre desaparecido, padrastro alcohólico y madre con hábitos no mucho más saludables relacionados con el cannabis, Claudia Martínez era la segunda de una familia de 8 hermanos, todos de misma madre, algunos de mismo padre, otros de otro, y otros que bien podrían haber venido al mundo por obra y gracia del espíritu santo. Por más que lo intentaba, por mucho ahínco que le pusiera, era incapaz de encontrar algún recuerdo feliz más allá del de un peluche con forma de ciervo que le regaló un primo en su quinto cumpleaños; tan sólo era un adolescente de 16 años, pero en más de una ocasión, aquél chico había sido su pequeña salvación, más de una vez había sido una válvula de escape, su primo, el hermano, la madre y la abuela de él... Alguna vez, el recuerdo de su tío le arranca una sonrisa, que en seguida queda devorada por los recuerdos de tantas veces que sintió que, en cierto modo, le "arrancaba" a su madre: no eran pocas las ocasiones en las que una y otro decían irse a comprar y en aquella cárcel de planta baja quedaba una Claudia de 3, 4 años, encerrada con llave, quedándose dormida debajo de una cama después de pasar quién sabría cuánto rato llorando, llamando a su madre a gritos, preguntando al aire por qué no la quería, por qué la dejaba abandonada, por qué no la llevaba con ella a comprar, juraba que no pediría que le comprara nada, sólo quería estar con su mamá. Obviamente, nadie le respondía.
Poco antes de cumplir los 8 años, empezó a ver con frecuencia por casa a un hombre al que sólo veía entrar y salir de la habitación. Por más que trata de recordar cómo empezó aquello, solamente recuerda a una mujer en la puerta de su casa, preguntando por un hombre, diciendo que sabía que estaba allí, pero Claudia en el pasillo en el que estaba, no veía a nadie, no veía siquiera a la mujer, sólo la escuchaba decir que al menos diera la cara y saliera y a su madre gritar; no sabía qué pasaba, a quién se refería aquella extraña, si el nombre de aquél hombre era el que ya gritaban ambas. Cuando el volumen de la conversación llegó a un punto en el que cualquier niño correría debajo de la cama, ella quiso aferrarse a la cintura de su madre en busca de consuelo... que llegó en forma de bofetón. Quiso la casualidad que ese hombre que ya no se fue de su casa, se quedaba a comer, a cenar y a dormir con ellas, aunque ella no entendía demasiado bien qué demonios hacía él allí, fuera el padre de su mejor amiga, que un día, de un día para otro, empezó a distanciarse de ella como lo hacen muchos niños, porque les ponen en clases separadas; la fila para entrar en las clases la hacían en paralelo así que cuando un día, Claudia le dijo a la que había sido su amiga "tu papá ahora es mi papá", sin siquiera darse cuenta de lo que había dicho, con la inocencia que daba el querer reconciliarse con su amiga, sin saber que en realidad acababa de dinamitar la poca relación que les quedaba. La que hasta ese instante era su amiga sólo le dijo "vigila la hucha". Le habría hecho un gran favor si además le hubiera dicho "cuidado con tu cara".
Desde ese día hasta un mes de hacer la comunión, durante unos dos años, tuvo una especie de tregua: tenía recuerdos de alguna vez que iban a comer a un restaurante chino, que celebraba casi como si les hubiese tocado la lotería, una tarde en un campo... ¿o eso último lo había soñado? Muchos años después. aquél hombre, sólo él sabe si en algún escaso momento de lucidez o si simplemente sólo queriendo hacer daño, le recriminaba "tú fuiste la primera que me preguntó si podía llamarme papá, y después de criarte, mira cómo lo agradeces, puta...". Pero hasta esa tarde-noche, intentando ver una cinta de vídeo VHS en un reproductor que haría más por la humanidad en una planta de tratado de residuos, ella podía decir que era feliz. Sí, su padre cuando se enfadaba, gritaba mucho y cuando lo hacía le daba mucho miedo, pero cuando cobraba le daba propina, aunque después se la pidiera porque "no tenía suelto para comprar tabaco". Qué razón tenía aquella niña cuando dijo "vigila la hucha"... Pero aquella tarde-noche, en el salón-comedor que les acogía, llegó aquella primera bofetada que hizo el primer "clac" en el corazón de Claudia.
Pasaron los años, Claudia fue creciendo, pero siguió estando tan apegada como siempre a sus hermanos, especialmente a Maialen; no era capaz de ver que le hicieran nada a ninguno de ellos, de hecho, de bien pequeña en el colegio se ganó el sobrenombre de "rottweiler" porque desde muy pequeña, quien se atrevía a meterse con su hermana Gala, apenas 2 años mayor que ella, se llevaba un buen mordisco y una patada en la espinilla, pero a ella... a Claudia nadie la defendía, pero tampoco le importaba, ella no miraba más allá de Maialen y Gala, que eran las únicas que habían llegado al mundo por aquél entonces. A Claudia la hacían llorar en el colegio, a Claudia le pegaban, a Claudia en el colegio la llamaban gorda, cuatro ojos... pero ¿qué más le daba, si con ello conseguía que Gala no fuera el blanco de los abusones? Ella era capaz de aguantarlo, ella tenía la suficiente fuerza mental, Gala era más débil, si Gala lloraba, les insuflaba más aire a aquellos pequeños demonios, y eso no iba a permitirlo. Al fin y al cabo, no podían contar con nadie: los profesores en el colegio, a quien fuera pidiendo ayuda, le despachaban con un "vete donde no esté quien se mete contigo/te pega" y la madre de Claudia... No iba a las tutorías a las que le convocaban las profesoras... ¿Iba a ir a pedir explicaciones por unos mal tratos que entonces se tomaban como "cosas de niños" a las que tampoco había que prestar tanta atención?
Llegó la adolescencia... y con ella el auténtico terror. Intentó ponerlo fácil, intentó no dar problemas, se portaba todo lo bien que podía, no respondía mal, no desobedecía, ni siquiera salía por las tardes de casa a no ser que tuviera que hacer algún trabajo de clase y fuera estrictamente necesario, y aun así, las bofetadas llovían, acompañadas de "llena el buche, llena el buche, ¡come, come, cébate bien!" a los que nadie puso freno, que nadie censuró. Y con la adolescencia llegaron varios cambios de casa: en apenas 2 años pasó de tener un círculo social definido y una estabilidad aceptable a cambiar 4 veces de casa, de instituto y de amistades, lo cual acabó pasándole factura, aunque siempre pensaría que tuvo la inmensa suerte de que en su camino se cruzara África, aquella pequeña rebelde sin causa que jamás volvería a separarse de ella. Entonces, llegaron los primeros pensamientos suicidas, que no la empatía materna, que al enterarse le dio tal puñetazo en el ojo que tuvo que pasar 3 semanas maquillándose para ir a clase, ella, que si algo era, se podía denominar "antimaquillaje".
Una mañana, tras pasar por el suceso más traumático que puede sufrir una mujer, tomó una firme decisión: aquél no era su lugar, aquella no era la vida que quería, ella quería hacer cosas grandes y en aquellas cuatro paredes se afanaban en decirle que lo más alto a lo que aspiraría en la vida era a "limpiar culos", así que lo mejor que podía hacer era hacerse con una maleta, poco, sin que nadie se diera cuenta, su ropa fue desapareciendo de su armario, consiguió una maleta medio desvencijada en la que guardó lo poco que tenía y con el dinero que había conseguido esconder de un trabajo por horas que su madre y su padrastro no sabían que tenía o le habrían quitado fue a la estación de autobuses y compró un billete para el primer autobús que salía. Estuvo a punto de echarse atrás, volver a casa y rezar para que de la paliza que le diera aquél alcohólico, cuando se enterase de su plan frustrado y de aquél dinero que no había podido gastarse en ginebra, pero África la miró a los ojos y le dijo lo que jamás le habían dicho y que no sabía que necesitara tanto, nunca tanto, nunca como en ese momento: "Claudia, tienes la llave a la libertad, haz el favor de cogerla y largarte lo más lejos que puedas de esta mierda".
Y se fue, con lágrimas en los ojos, con la sensación de que abandonaba a la única persona que la querría en su vida, a la única persona con la que realmente podría contar siempre, y para todo, el autobús al que subió emprendió camino. De nuevo, África tenía las palabras que Claudia necesitaba, en el momento en el que más ejercían de tabla de salvación; un SMS iluminó el móvil de Claudia, que decía "no me llores más, que te veo por el cristal y me vas a hacer llorar a mí. ¿Lejos? Puede. ¿Separadas? Nunca. Te quiero Fénix, vuela alto". No sabía dónde iba aquél vehículo, sólo pidió el billete y saber de qué andén salía, el resto lo dejaba en manos del destino, que la llevó a Santiago de Compostela. Le costó arrancar, pero en seguida tuvo suerte y encontró un trabajo decente y una habitación en un piso compartido en el que tuvo la suerte de llevarse con los compañeros de piso como si fueran amigos de toda la vida. Claudia trabajaba todo lo que podía para mandar dinero a casa, se sentía culpable por haberse ido, pero pensaba que Maialen tenía coraje de sobra como para no dejarse amedrentar.
África iba cada vez que podía a verla y cuando llegaba, lo primero que hacía siempre era preguntar por su hermana, su Maialen, que la llevaba preocupando unas semanas: ya no era la Maialen de siempre, era una Maialen pendenciera, metida un fin de semana sí y otro también en discotecas con gente que a su hermana le hacían cualquier cosa menos gracia. África intentaba esquivar el tema como podía, hasta que llegó el día en que Claudia, viendo la incomodidad de su amiga, decidió dejar de preguntar. Las llamadas de Maialen bebida (eso pensaba su hermana, ahora apostaría a que además, bastante drogada) empezaron los fines de semana, llorando, pidiendo a su hermana que la sacase de allí, y, ¿qué podía hacer ella? ¿Permitir que a su hermana le destrozasen la vida como a ella? Empezó a consultar a abogados, trabajadores sociales, cualquiera que pudiera ayudarle, pero todos le daban la misma respuesta: "es menor de edad, no puedes hacer nada, si te la traes, te arriesgas a que tus padres te denuncien por coacciones a menores y retención ilegal en caso de que venga, por mucho que ella exprese que no quiere volver con tus padres". Claudia intentó explicarle a Maialen que muy a su pesar estaba atada de pies y manos, pero lo único que recibía eran llamadas, cada vez más frecuentes, a horas más intempestivas, en las que Maialen sólo decía a carcajadas "¡qué paranoia!" Daba igual si Claudia tenía que levantarse a las 5 de la madrugada, si estaba trabajando y tenía prohibido utilizar el teléfono o si estaba en un momento íntimo, Maialen era omnipresente, todo giraba en torno a ella.
Un par de años después, las cosas se pusieron difíciles a Claudia y no le quedó más remedio que volver a entrar en el infierno, aunque tenía la esperanza de que Maialen sería su tabla de salvación, su forma de aguantar allí hasta que pudiera volver a salir de allí, y esa vez no se iría una, se irían las dos. Pero la Maialen que ella conocía se había esfumado, la que se encontró era una Maialen rencorosa, pendenciera y que no dudaba en hacer los comentarios que más pudieran herir a Claudia. Poco después, África le explicó su reticencia a hablarle de su hermana cada vez que la visitaba: en el mismo momento en que encontraron la nota de Claudia que decía "me voy, mi vida empieza hoy", su hermana rompió aquel pedazo de papel y gritó a su madre y su padrastro "esta hija de puta está muerta, ¿me habéis oído? ¡Muerta! Si vuelvo a oír el nombre de esta zorra..." agarró a su madre del cuello hasta que empezó a ponerse azul y bufó "la próxima al que sea, no lo suelto mientras respire".
Por suerte, como si el karma quisiera compensarla de alguna forma por las formas en que le destrozaba la vida, poco a poco, día a día, Claudia conoció a un chico maravilloso con el que tuvo, tras mucho tiempo intentándolo, una niña preciosa pero que le haría seguir batallando; la pequeña tenía una enfermedad rara, de la que apenas había datos. Claudia y Jaime, el padre de Naiala, lucharon con uñas y dientes por tratar de conseguir lo mejor para ella, buscaron la forma de darle calidad de vida a la pequeña... Hicieron todo lo que pudieron; por fortuna, la pequeña fue evolucionando bien, aunque necesitara terapias semanales. El día que nació la pequeña Naiala, la felicitación que Claudia recibió de Maialen fue "ojalá esto os sirva para bajaros los humos, que os gusta mucho ir de víctimas y estáis muy subiditos... Recuerda que unos males los pagamos queriendo y otros nos los hace pagar el Señor". Ese día, Claudia decidió que aquél día terminaba su relación con Maialen. Esa no era su hermana, su hermana tenía un corazón de oro y aquella mujer... aquella mujer era todo odio, y la quería lo más lejos posible.
Los años pasaron, Naiala fue creciendo y en otro revés del destino, Claudia y Jaime se divorciaron y una vez más, ahí estaba África al rescate, preparada para no dejar a su amiga volver a hundirse, no después de ver cómo la primera vez que intentó suicidarse con 17 años, supo que si lo permitía, no se lo perdonaría en la vida; tenía claro que su misión recíproca en la vida era ser la tabla de salvación de la otra, y eso llevaban haciendo otros tantos. Aun con todo, Claudia y África eran una piña, como ellas decían, iban juntas a la guerra, espalda con espalda y cuchillos en la boca. África sabía de Maialen por amigos comunes y la información que le llegaba, referente a lo que comentaba de Claudia cada vez rozaba más lo deleznable, hasta que una mañana, tomando un café, de lejos se escuchó gritar a África:
- ¿Que Claudia qué?... ¿Pero tú estás loco? ¿En qué cabeza cabe eso?... ¿Jaime? ¡Si Jaime no se hablaba con ellos desde que empezaron a salir!... ¿Pero ¿qué dices? Tú no sabes lo que Claudia luchó por quedarse embarazada, ¿cómo va a hacer eso? Darío, ¿tú te estás escuchando?... ¡Que no, hostia, que te digo que es imposible, que te recuerdo que he pasado más tiempo en su casa que en la mía, lo habría visto!... ¿Quién ha...? No podían ser otros... diles que las drogas les sientan muy mal a los dos.
- ¿Qué le dijo la señorita Sánchez en ese momento, señora Martínez? -inquirió la fiscal. No sabía en qué había consistido el argumento de la defensa, pero después de 3 horas, habían tenido tiempo de sobra de "camelarse" como llamaba ella a convencer al jurado, y eso no pensaba permitirlo, costase lo que costase-.
- Que Maialen y Narciso llevaban tiempo diciendo que embarazada de mi hija Naiala, Jaime les dijo que estaba muy preocupado por mí porque estaba obsesionada con oler gasolina -Claudia tenía los nudillos blancos de la fuerza con que apretaba los puños para que las lágrimas no salieran de su cara-.
- Con la variedad de colonias que hay... -se mofó la fiscal.
- ¡Formulo protesta! -gritó levantándose de la silla-. Señoría, ¿cuántos ataques más tiene que aguantar mi cliente?
- Señora Fiscal -gruñó el juez- está acabando usted con mi paciencia... Se acepta.
- Está bien, retiro lo dicho. Prosigo: señora Martínez: ¿qué pensó en el momento en que la señorita Sánchez le explicó ese... digamos... chascarrillo desafortunado?
- Que creía que habían cruzado todos los límites posibles, pero no, al parecer, aún les quedaba uno.
- ¿Qué hizo la señorita Sánchez en ese momento?
- ¿Qué importa eso?
- Mucho, señora Martínez, no olvidemos que la señorita Sánchez es médico forense...
- Y los fines de semana hace años ponía copas... ¿Dónde está el problema?
- El problema está, señora Martínez, en que si se le ha olvidado, le recuerdo que está usted acusada de doble asesinato... ¿Le enseño las pruebas gráficas para refrescarle la memoria?
- ¡Formu...! -no pudo terminar de hablar.
- Tranquilo, Letrado, tengo esas imágenes grabadas a fuego en la retina, más daño no puede hacerme verlas.
- Pobrecita ella, le hace daño recordar... ¡Si al final incluso va a tener conciencia! -se mofó de nuevo la fiscal-.
- ¡FORMULO PROTRESTA! -vociferó de nuevo el abogado defensor-.¿está vejando a mi cliente, Señoría!
- ¡SEÑORA FISCAL! ¡BASTA YA O LA EXPULSO AHORA MISMO DE LA SALA Y HAGO LO POSIBLE PORQUE PASE UNA BUENA TEMPORADA SIN PISAR ESTE EDIFICIO! -bramó el juez-.
- ¡HIJA DE PUTA! -se escuchó gritar en el público-.
- Está bien, está bien... -la fiscal levantó las palmas de las manos en señal de rendición-. Sí que nos hemos levantado sensibles esta mañana... Espero que sean igual de sensibles a la hora de condenar a esta asesina. Y ahora, dígame, señora Martínez, no contribuya a que Su Señoría me envíe a la cola del SEPE, cuéntenos ya cómo la ayudó la señorita Sánchez a preparar el asesinato.
- ¿En qué maldito idioma quiere que le diga que África no tiene nada que ver?
- ¿Cómo consiguió las garrafas de gasolina?
- Las compré en una gasolinera. Miré en el súper, pero no tenían en la zona de congelados... -se oyeron risas en el público-.
- Vaya, resulta que tiene hasta sentido del humor, señora Martínez... ¿Para qué compró la gasolina?
- Iba de camino a una casita de campo que Áfri... la señorita Sánchez tiene en la sierra, tenía un grupo electrógeno que funciona con gasolina y a ella se le había olvidado comprarla.
- Qué olvido más oportuno... Está bien, ahórrese la protesta, Letrado, retiro la apreciación hecha.
- Señora Fiscal... Me está empezando usted a agotar la paciencia... -murmuró entre dientes el juez-.
- Bien -prosiguió la fiscal-, compró la gasolina... ¿Dónde iba en el momento en que cometió los asesinatos?
- A la casa de campo de la señorita Sánchez. Habíamos quedado para comer aprovechando que mi ex marido se quedaba ese fin de semana con mi hija.
- Y ¿cómo acabó asesinando a su hermana y su cuñado?
- Me los encontré en la carretera, no me di cuenta de que era su coche hasta que no lo vi frenar de golpe en mitad de la carretera.
- ¿Por qué no frenó, señora Martínez?
- No lo sé, quise hacerlo pero mi cuerpo no obedeció.
- Ya, su cuerpo no obedeció... ¿Qué hizo después, señora Martínez?
- Bajé corriendo del coche y fui a ver si se habían hecho algo, quería pedirles perdón, no había querido tener el accidente, pero... pero... ella...
- ¿A quién se refiere, señora Martínez?
- Maialen... ella... ella me dijo... - Claudia era incapaz de hablar-.
-¿Qué dijo, señora Martínez?
- Me dijo "hija de puta, puedo morir feliz, no puedes hundirte más. ¿Un traguito de gasolina o con una aspiradita te vale?" y se echó a reír.
- ¿Cuál fue su reacción, señora Martínez?
- Le di un puñetazo, fui a mi coche, cogí las garrafas, quité las llaves del contacto, cerré el coche con la llave, esparcí la gasolina, encendí un mechero de gasolina que me regaló en mi cumpleaños la señorita Sánchez y lo tiré sobre el coche.
- Así que reconoce que los asesinó...
- ¿Cuándo he dicho lo contrario?
- Una última pregunta: si pudiera volver atrás en el tiempo, cambiaría algo?
- Si Maialen hubiera vuelto a reírse del sufrimiento de mi hija... lo dudo mucho.
- ¿Se arrepiente de lo que ha hecho, señora Martínez?
- No soy nadie para terminar con la vida de nadie, así que asumo plenamente las consecuencias de mis actos.
- No hay más preguntas, Señoría.
Tras 6 horas de preguntas, respuestas y gritos, el juez dijo:
- Puede el jurado retirarse a deliberar...