lunes, 30 de mayo de 2022

la magia se llamana Víctor (capítulo 6)

Diez minutos después, Amandine y Valérie seguían muertas de risa, pero el ataque se les cortó de golpe cuando Víctor entró como un elefante en una cacharrería, ni cuenta se dio de que todavía llevaba el ramo de rosas y los bombones cuando había salido del despacho de aquella pelirroja inaguantable cuando un mensaje le devolvió el mundo real, y eso, aquello que estaba esperando, tenía que decirlo. Ni corto ni perezoso, entró de golpe la puerta y al darse cuenta de que ni siquiera había llamado cuando escuchó el picaporte estampándose con la pared, dijo "lo tenemos".

- ¿Qué? -preguntaron Amandine y Valérie a la vez-.
- Que lo tenemos, estamos rastreando ya las transferencias. Lo siento, Amandine, el desfalco es un hecho.
- No puede ser, Víctor, no puede ser, no puede ser tan hijo de puta, no...
- Mandy, te has quedado blanca, ¿Estás bien? -a Valérie esa cara no le estaba gustando nada)-.
- No, Val, no lo estoy, me estoy mareando, creo que me... -no pudo acabar la frase, Amandine se desmayó-.

Valérie abrió la puerta del despacho corriendo y empezó a gritar pidiendo una ambulancia mientras Víctor le levantaba las piernas intentando que la sangre de Amandine volviera a circular después de colocarle su chaqueta debajo de la cabeza; la llamaba, dándole pequeños golpes en la cara a los que la pelirroja no respondía. Al escuchar los gritos de Valérie, la oficina se convirtió en un caos en el que más de uno corría de un lado para otro como pollo sin cabeza mientras Loïc la miraba con una sonrisa triunfal: no sabía que podía haber hecho o dicho ese imbécil, pero era lo suficientemente importante como para provocar a la persona a la que en realidad nunca quiso semejante colapso.

Cuando Amandine volvió en si, estaba en una habitación blanca, con un tubo enganchado a su muñeca y la cabeza le daba vueltas. No sabía dónde estaba, iba a entrar en pánico cuando al mirar a su izquierda se encontró con dos caras sonrientes mirándola. 

- ¿Dónde estoy? ¿qué es...?
- ¡No te arranques la vía, Amandine! Estás en el hospital, te has desmayado en la oficina.
- ¿Estás bien, cielo? Nos has dado un buen susto- la cara de Víctor y Valérie era un poema-. Al menos vuelves a tener algo de color en la cara, en la oficina te quedaste blanca como el papel.
- Yo... yo... No sé qué ha pasado... ¡Loïc! Víctor, por favor -empezó a llorar-, dime que podemos arreglarlo,  por favor, Selnav es toda mi vida, el trabajo de toda la vida de mi padre, no puedo dejar que lo eche todo a perder, por favor, por favor...
- Tranquila, cielo, ya me he puesto con ello, en el bufete ya hemos presentado los oficios para pedir la congelación de las cuentas, estoy a la espera de que nos llame el juez, que... -el teléfono de Valérie comenzó a sonar; con un gesto, les pidió que esperasen un instante-. Baudoin.... Sí, su señoría... Completamente, su señoría, tenemos la documentación preliminar de la auditoría y es evidente... No, su señoría, la señora Martin no era conocedora... Ahora mismo estoy con ella en el hospital; en cuanto salgamos, yo misma puedo ir directa al juzgado... Sí, su señoría, Black over White... De acuerdo, su señoría, muchas gracias por su comprensión... Cuente con ello, su señoría, muchísimas gracias.
- ¿Sabemos algo? - ahora el que estaba blanco como un vaso de leche era Víctor-.
- Cuentas congeladas desde este mismo momento. Tranquila Mandy, ese cabrón ya no puede mover un céntimo, respira tranquila, cielo.

En realidad, respiraron tranquilos los 3, aunque en la boca de Víctor había un regusto muy amargo, ojalá no hubiera tenido razón, ojalá hubiera podido decirles a aquellas dos que nada pasaba de una paranoia y que aquél hijo de puta no estaba a punto de arruinar a su mujer, pero la realidad era la que era y lo único que podían hacer era tratar de solucionarlo, cuanto antes y de la mejor forma posible. En ese momento sonó de nuevo el teléfono, esta vez el de Víctor, que no se movió un milímetro; mientras con una mano sujetaba la mano indemne de Amandine, con la otra sujetaba el teléfono.

- Dime, Marcos... Sí, el juez acaba de llamar a la abogada de la empresa, están congeladas... No descartéis el hackeo, este cabrón tiene pinta de sabérselas todas... Oka, tenme al corriente.
- Vale -bufó Amandine mirando a ambos-, ahora ninguno de los dos está al teléfono... ¿queréis decirme qué coño habéis averiguadoen concreto? Porque un juez no autoriza un bloqueo de cuentas por una cara bonita...
- Amandine, necesitas descansar, te has desmayado, acabas de recuperar la consciencia y...
- ¡HABLA! -gritó-. Quiero saber qué me viene encima, Val, es la empresa en la que mi padre ha dedicado años y años, tú lo sabes, necesito saber hasta dónde está hecho el daño, saber cómo podemos remediarlo, necesito... Necesito dejar de marearme -la cabeza le daba vueltas-. Val, por favor, necesito saber qué ha hecho Loïc.
- Está bien, Mandy, Loïc había desviado más del 75% de los fondos de la empresa a 2 empresas fantasma de República Dominicana, por eso te pregunté si teníais negocios allí; por suerte, no están por la labor de dar la imagen de paraíso fiscal y van a colaborar para que recuperemos el dinero y de las cuentas ya no puede mover un céntimo así que tranquila, esto vamos a solucionarlo.
- ¿Cómo ha podido, Val, cómo ha podido hacerme esto? Se lo he dado todo y ¿así me lo paga? ¿Cómo no he podido darme cuenta antes? Soy una maldita estúpida, soy...

Amandine intentó sentarse en la cama, quería coger aire, pero lo único que consiguió fue volver a desmayarse. Ella no lo sabía, pero mientras ella volvía a lo que empezarían a llamar "el país de los sedados", en aquella habitación había dos cabecitas pensantes bien activas, uniéndose para hacer, una por unas razones y otro por otras, frente común contra un mismo enemigo: Loïc. Valérie no era tonta y se había dado cuenta de que Víctor tenía interés en Amandine, y no sólo profesional, así que aprovechó para a la misma vez que le sacaba información a él, irle dosificando la de ella, con pies de plomo, pues aunque si aquellos dos llegaban a tener algo, acabaría sabiendo del ambiente en el que se movían, ni era ella quien debía contarle según que detalles, ni sabía cómo podría llegar a reaccionar. Pero Víctor tampoco era tonto y algo había escuchado y su curiosidad era mucha; cuando vio que aquella morena se había confiado lo suficiente, soltó de golpe: 

- Oye, Valérie, una cosita... ¿cuánto tiempo lleva Amandine metida en el mundo swinger?
- ¿Cuánto qué? -la pregunta la pilló desprevenida- 

lunes, 7 de febrero de 2022

La pesadilla de Melania (capítulo 1)

 Si de algo había podido presumir siempre Melania era de que nada le daba miedo nunca: ella era fuerte, valiente y la vida le había dado los suficientes golpes como para que nada ni nadie la asustaran... ¿O aún quedaba hueco para un poco más de miedo? Estaba acostumbrada a caminar por calles oscuras al salir de su trabajo a altas horas de la madrugada, sola, con música atronándole los oídos, o con algún amigo que se empecinaba en acompañarla, las menos veces.

- Cualquier día te vas a llevar un susto gordo, y entonces, ¿qué? ¿a llorar? -solían repetirle cada vez que insistía en rechazar, de la forma que ella llamaba "cortésmente", aquella compañía-.
- Si me llevo el susto, pues si no infarto ya se me pasará. Además, no voy sola, voy con mi Bronco querido y llevo la aplicación de aviso a la policía. Qué me puede pasar -ironizó aquella noche, apenas una hora antes), que me encuentre un muerto tirado en una esquina? Uh, qué miedo, me va a comer...

Como cada noche, de martes a sábado, pasó por aquel callejón que aunque no reconociera, le daba escalofríos cuando pasaba por ese tramo de 30 metros en el que la luz brillaba por su ausencia, con la música sonando a través de los auriculares en sus oídos y en 3 metros a la redonda, tal era el volumen al que los tenía. Cualquier día le reventaría un tímpano, pero mientras, decía, que viva la fiesta. Justo cuando puso un pie en el tramo oscuro, dejó de mirar adelante para centrar la atención en la pantalla de su móvil: Rubén, su novio, acababa de enviarle un whatsapp.


¿Dónde estás? Necesitas que vaya a buscarte?

Rubén, te tengo dicho que puedo apañarme
sola, perfectamente, joder.
Melania, sabes que no me gusta que vayas sola por
esa zona, que cualquier día te vas a llevar un susto
 y esperemos que no tengamos que llorarte.
Pero mira que te gusta un melodrama, ja ja ja.
¡Que no me va a pasar nada, hombre!
Ve abriéndome una cervecita fresquita, que en 4 minutos
estoy en casa y estoy deseando tirarme en el sofá.
Oído cocina, ¿quiere algo más la señorita?
Un hombre que la abanique, una cena de 3 estrellas michelín...
Te voy a mandar a la mierda con tanto cariño
 que vas a tener ganas de hacer el viaje...

Mientras estaba escribiendo "estoy demasiado cansada" notó que algo le tocaba en el pie izquierdo; pensando que era una rata, no hizo caso, pero al adelantar el derecho, tropezó con algo que la hizo mirar hacia el suelo. No, aquello no podía ser verdad, estaba durmiendo en su cama, o delirando, lo que veía no podía ser real. Con manos temblorosas, llamó a Rubén, que antes de acabar el primer timbrazo bufó:
- Melania, los sá...
- Rubén, ven.
- ¿Qué pasa?
- Una muerta.
- ¿Qué? 
- Muerta... en el suelo... Ven...
- Venga, Melania, déjate la broma...
- ¡Que vengas a por mi, hostia! Que hay un muerto en el callejón del Kaiser!
- ¿De verdad? Sal a la farola y no te muevas de ahí, llama a la policía.
- No puedo moverme, las piernas no me responden.
En apenas 5 minutos, si algo sobraba en ese callejón eran luces. Había 2 coches patrulla, 1 furgoneta de criminalística y un enorme foco que iluminaba más que si hubieran sujetado y bajado el sol a mediodía; Melania no paraba de temblar aunque estaban a 28 grados y era pleno mes de julio, intentaba hablar con un policía pero a causa del shock sólo era capaz de decir "la muerta me ha tocado los pies, me quiero duchar". Tras unos minutos en los que le acercaron un botellín de agua y gritó 4 veces "qué puto asco, que me ha tocado", consiguió hablar con el agente y explicarle que no había visto nada, que se había dado cuenta de que estaba allí porque el brazo del cadáver se movió, pero que no vio a nadie y que iba hablando con Rubén por whatsapp, así que poco podía ayudar aunque quisiera. Después de tomarle los datos, le dejaron irse a casa, donde se duchó 3 veces antes de lavarse los pies 5 veces con lejía. Solía quedarse dormida en cuanto se sentaba en el sofá... Esa madrugada vio el amanecer con los ojos doliéndole de tan abiertos que los tenía. 
Al día siguiente. todos los telediarios abrieron con una misma imagen: un callejón oscuro iluminando con un foco un bulto tapado, lo que parecían varios muñecos enfundados en monos blancos con mascarillas y guantes, un biombo en el que ponía "POLICÍA NACIONAL, CRIMINALÍSTICA" y una chica temblando al lado de un chico y un policía. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que pasarle eso a ella? Como si no hubiera tenido suficiente con haber pasado lo que había pasado, además tenía que verla todo el país, temblando como una hoja. Pero lo peor no era eso, lo peor fue que como era de esperar, el teléfono no dejó de sonarle en 3 días; daba igual que apagase el móvil, el fijo hacía lo propio. Cuando tras 4 horas al teléfono tranquilizó a sus amigos y su familia que estaba bien y explicó a 16 periodistas que no sabía nada, y que aunque supiera algo, tampoco se lo contaría a ellos, creyó que podría descansar, pero pensaba que el mensaje no había llegado bien, eso, o que a la gente le mueve el morbo mucho más de lo que ella podía imaginar. Le dolía la boca de repetir "estoy bien, sí, me llevé el susto de mi vida" y "no sé nada, no quiero entrar en directo en el programa, no tengo nada que explicar porque no vi nada", pero se hizo a la idea de que en cuanto pasara otra cosa, la dejarían en paz, solo tenía que tener un poco de paciencia. 
Pasaron varios días y como era de esperar, se olvidó el tema y Melania pudo volver a la normalidad, aunque dejó de llevar a Bronco, como llamaba a su spray de pimienta en el bolso y empezó a llevarlo en la mano cuando una semana después, le llegó un whatsapp con número oculto que decía "así me gusta, que estés calladita". No hizo demasiado caso a aquél primer mensaje, pero empezó a asustarse cuando al día siguiente, a la misma hora, le llegó otro mensaje que decía "¿vas a seguir pasando por ahí? Mala idea...". No le dio importancia a aquellos mensajes, pensó que sería algún amigo intentando asustarla; como sólo fueron esos dos mensajes, decidió que con tener el spray en la mano, sería suficiente, aunque empezó a dejarse acompañar a casa y los mensajes no volvieron a llegar. "vaya forma tiene de asustarme esta gente, y se llaman amigos", pensaba.
Un par de semanas después, Rubén tenía turno de noche en el trabajo y sus amigos esa noche habían quedado para salir a cenar y tomar unas copas, así que esa noche tendría que volver sola a casa; tampoco le quitaba el sueño, estaba acostumbrada a manejarse sola, pero ya no se sentía tan cómoda teniendo que pasar por aquél callejón: cada vez que pasaba por delante del sitio en el que aquella mano fría le tocó, un escalofrío le recorría el cuerpo. No era que sintiera miedo, pero durante todo el trayecto, llevó la música puesta a un volumen inusualmente bajo en ella y llevaba el móvil desbloqueado en la mano hasta que se dio cuenta y se dijo a si misma: 
- Ni que me fuera a encontrar a otra muerta, ¡seré tonta!
El problema era que la muerta no se la iba a encontrar por la calle, pero sí iba a verla. En cuanto se sentó en el sofá le llegó otro mensaje, una foto, que ponía "veo que no te gusta hacer caso... Mal, Melania, mal..." y una foto en la que se veía, sobre un suelo de baldosas negras, un pie de mujer que creyó reconocer. 
- Esos zapatos, son iguales que los de Marian, ¡qué casualidad! Qué pequeño es el mundo... Hablando de Marian, llevo días sin hablar con ella, soy una amiga de mierda. Voy a llamarla...
Pero Marian no cogió el teléfono. Melania tampoco le dio importancia, muchas veces su amiga no le cogía el teléfono en ese momento, pero siempre le devolvía la llamada. Empezó a preocuparse cuando 2 días después Marian seguía sin coger el teléfono y no respondía a los mensajes; ella nunca había sido tan desapegada, pero sabía que a veces, tenía lo que ambas llamaban "crisis asociales", opción que descartó cuando al empezar el telediario vio una imagen que le heló la sangre: junto a una foto de Marian, leyó "hallada mujer muerta con señales de violencia cerca de la discoteca Kaiser".
- ¿Qué coño es esto? -Melania empezó a llamar a todas sus amigas-.
- No lo sé, nena, yo no me lo creo, parece que es una pesadilla -lloraba Rocío, otra de sus amigas-.Por cierto, ¿alguna sabéis algo de María?
- No, llevo varios días sin  hablar con ella, ¿por? -preguntó Nora-.
- Pues iba con Marian y consigo hablar con ninguna desde el viernes por la noche, Marian ya sabemos que no coge más el teléfono, pero... ¿qué coño pasa con Maria? Yo me estoy acojonando -dijo Carolina-.
La preocupación de Melania se disparó cuando le llegó otro whatsapp, otra foto en la que salían, de nuevo, unos pies, con unos zapatos que ella conocía muy bien, y tal como lo abrió, le llegó un mensaje: - Melania, Melania, Melania... sigues sin hacerme caso y sigues portándote mal... Una vez me hiciste daño a mi, y ahora la que va a sufrir eres tú. Vas a hacerme caso ya en la discoteca, me vas a dejar quererte ya, o tengo que seguir haciéndote llorar? y si yo fuera tú, no le diría nada al resto de tus "xikas kukis", si no quieres que te haga elegir a la siguiente, porque a ti te reservo el último puesto. Un  besito, amada mía, no me hagas esperar...
- ¿Quién coño eres? ¿Qué quieres de mi?
- En su momento lo sabrás, mi amor; mientras, si quieres que tu amiga María vuelva a ponerse ese chándal verde que le regalaste, más te vale tenerme contento. Tendrás noticias mías pronto...

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Crónica de un asesinato

 Aquella fría mañana, en aquella sala de vistas, reinaba un silencio sepulcral. Las 9 personas en cuyas manos en unas horas estaría el destino de una vida, aguardaban expectantes ya no sólo un cómo, no un cuándo; esperaban que un por qué resolviera sus dudas. Por aquella sala habían desfilado expertos, testigos, cuerpos de seguridad... Pero les faltaba la que claramente, era la pieza más importante: por qué estaban todos allí. 

Juez, fiscal, abogados... todos estaban presentes en la sala y todos habían explicado todo lo necesario de aquél asunto, todos menos la persona que tenía las claves para solucionar el enigma que se planteaba: ¿qué lleva a una persona a terminar con dos vidas? 

-Comienza la sesión de hoy- se escuchó una voz retumbar en aquella habitación al traspasar la puerta la persona a la que todos esperaban.

- Bien, señora, si puedo llamarla así...
- ¡Formulo protesta! -voceó el abogado defensor-, aún no ha comenzado la declaración de mi cliente y el Ministerio Fiscal ya trata de sugestionar a los miembros del jurado.
- Se acepta -bufó el juez-. Señora Fiscal, ruego se ahorre los juicios de valor.
- De acuerdo, señoría. Prosigo. Bien, señora Martínez: ¿puede comunicar a la sala cómo se declara?
- ¿De los cargos que me imputan? De haber sacado dos pedazos de basura del mundo: culpable; de alevosía, inocente.
- Claro, señora Martínez, cometió el doble asesinato porque no tenía nada mejor que hacer...
- ¡Formulo protesta, Señoría! ¡Está especulando!
- Se acepta -dijo de nuevo el juez- Señora Fiscal, es la segunda vez que le llamo al orden, si llega un tercer aviso, la expulso de la sala.
- Tomo nota, Señoría, trataré de no herir más los sentimientos de la acusada, no se ofenda y me queme viva a mí también...
- ¡SEÑORA FISCAL! -vociferó el juez- El presidente de esta sala soy yo, así que este juicio se lleva a cabo bajo los términos que yo formule. Si no está de acuerdo con mi forma de proceder, le invito a renunciar a la causa y que cualquiera de sus compañeros retome este interrogatorio. ¿Algo más que objetar?
- No, Señoría, nada que objetar... Dicho esto, querría proseguir con el interrogatorio a la acusada.
- Proceda, pero no vuelvo a pedirle que mida sus palabras.

Para aquella mujer el motivo del juicio, las pruebas, los testimonios... Todo para ella era cuanto menos, irrelevante; para ella sólo había tres palabras importantes: ganar otro juicio. Le daba exactamente igual cuántas líneas rojas cruzase, cuántas veces se excediera en los interrogatorios, su modus operandi era que le dieran la razón, fuera como fuera, fuese lo que fuese lo que se juzgase. A ella no le importaba qué había llevado a quien estuviera sentado en el banquillo de los acusados, muchas veces, ni siquiera se molestaba en leer los sumarios de la instrucción: se aferraba a la forma de llevarse el gato al agua, daba igual la forma y la (falta de) ética que tuviese.

Aquella mañana, sabiendo que si en aquél momento cedía su turno de preguntas al abogado defensor, los ánimos se calmarían y ella podría dar las estocadas que quisiera, puesto que todos estarían cansados y lo único que querrían sería salir de aquella sala, pidió con la mejor de sus sonrisas que el primer turno de preguntas fuera el del que ella llamaba "el llorón de la cerillera".

- Señoría, Señora Fiscal, miembros miembros del jurado... Buenos días a todos. Con la venia, Señoría... Buenos días, señora Martinez.
- Buenos días, señor Letrado.
- Anda, ¡pero si hasta sabe dar los buenos días! -rió entre dientes la fiscal.
- ¡SEÑORA FISCAL! -el juez se levantó de su asiento y señalando la puerta de entrada, gritó- le ordeno que salga de la sala en este momento, será llamada cuando termine el alegato de la defensa. Su actitud es intolerable, y sé que otros colegas se lo permiten, pero yo no soy tan indulgente.
- ¡SEÑORÍA! -gritó también la fiscal- ¿¡Cómo se atreve a...!?
- ¡¿HE DICHO QUE FUERA?! ¡AHORA! -bramó el juez. La fiscal salió de la sala con gesto airado, teniendo que contenerse las ganas de levantar un dedo antes de salir.- Por favor, Letrado, prosiga -dijo el juez tras beber un par de tragos de agua-.
- Bien... Disculpe, Señoría... Señora Martínez, ¿se encuentra bien?
- No se preocupe por mí, Letrado, he tenido días peores -susurró la acusada-.
- De acuerdo, comencemos: señora Martínez: ¿Podría explicarle a Su Señoría y los miembros del jurado la relación que le unía a la señora Martínez y el señor Rodríguez?
- Según la genética, eran mi hermana y mi cuñado.... Yo discrepo.
- ¿Ha dicho "según la genética"? - preguntó el abogado defensor, con gesto contrariado-.
- ¿Llamaría usted hermana a una persona que se levanta por la mañana para pensar cómo amargarle el día, mañana tras mañana, letrado? -la acusada enarcó una ceja-.
- Probablemente no... -el abogado bajó la cabeza, no pudo evitar empatizar con su clienta-. Está bien, señora Martínez, ¿podría explicarnos la razón de su animadversión hacia los mencionados?
- ¿Odio? ¿Yo? ¿De verdad cree que era yo quien les odiaba, Letrado? ¡Era mi vida la que era un infierno por su culpa! Da igual -su rostro se oscureció-, nadie se ha puesto nunca en mi lugar, no va a empezar a hacerlo hoy...
- Volvamos al caso que nos ocupa, señora Martínez ¿Podría explicarle a la sala cuál pudo ser el preámbulo, lo que pudo motivar que se dieran los hechos que se enjuician en esta causa?
- Sólo le encuentro un motivo, aunque por desgracia, no le encuentre un por qué.
- ¿Cuál fue el motivo, señora Martínez?
- Me fugué de casa...

De familia desestructurada formada por progenitores divorciados, padre desaparecido, padrastro alcohólico y madre con hábitos no mucho más saludables relacionados con el cannabis, Claudia Martínez era la segunda de una familia de 8 hermanos, todos de misma madre, algunos de mismo padre, otros de otro, y otros que bien podrían haber venido al mundo por obra y gracia del espíritu santo. Por más que lo intentaba, por mucho ahínco que le pusiera, era incapaz de encontrar algún recuerdo feliz más allá del de un peluche con forma de ciervo que le regaló un primo en su quinto cumpleaños; tan sólo era un adolescente de 16 años, pero en más de una ocasión, aquél chico había sido su pequeña salvación, más de una vez había sido una válvula de escape, su primo, el hermano, la madre y la abuela de él... Alguna vez, el recuerdo de su tío le arranca una sonrisa, que en seguida queda devorada por los recuerdos de tantas veces que sintió que, en cierto modo, le "arrancaba" a su madre: no eran pocas las ocasiones en las que una y otro decían irse a comprar y en aquella cárcel de planta baja quedaba una Claudia de 3, 4 años, encerrada con llave, quedándose dormida debajo de una cama después de pasar quién sabría cuánto rato llorando, llamando a su madre a gritos, preguntando al aire por qué no la quería, por qué la dejaba abandonada, por qué no la llevaba con ella a comprar, juraba que no pediría que le comprara nada, sólo quería estar con su mamá. Obviamente, nadie le respondía.

Poco antes de cumplir los 8 años, empezó a ver con frecuencia por casa a un hombre al que sólo veía entrar y salir de la habitación. Por más que trata de recordar cómo empezó aquello, solamente recuerda a una mujer en la puerta de su casa, preguntando por un hombre, diciendo que sabía que estaba allí, pero Claudia en el pasillo en el que estaba, no veía a nadie, no veía siquiera a la mujer, sólo la escuchaba decir que al menos diera la cara y saliera y a su madre gritar; no sabía qué pasaba, a quién se refería aquella extraña, si el nombre de aquél hombre era el que ya gritaban ambas. Cuando el volumen de la conversación llegó a un punto en el que cualquier niño correría debajo de la cama, ella quiso aferrarse a la cintura de su madre en busca de consuelo... que llegó en forma de bofetón. Quiso la casualidad que ese hombre que ya no se fue de su casa, se quedaba a comer, a cenar y a dormir con ellas, aunque ella no entendía demasiado bien qué demonios hacía él allí, fuera el padre de su mejor amiga, que un día, de un día para otro, empezó a distanciarse de ella como lo hacen muchos niños, porque les ponen en clases separadas; la fila para entrar en las clases la hacían en paralelo así que cuando un día, Claudia le dijo a la que había sido su amiga "tu papá ahora es mi papá", sin siquiera darse cuenta de lo que había dicho, con la inocencia que daba el querer reconciliarse con su amiga, sin saber que en realidad acababa de dinamitar la poca relación que les quedaba. La que hasta ese instante era su amiga sólo le dijo "vigila la hucha". Le habría hecho un gran favor si además le hubiera dicho "cuidado con tu cara".

Desde ese día hasta un mes de hacer la comunión, durante unos dos años, tuvo una especie de tregua: tenía recuerdos de alguna vez que iban a comer a un restaurante chino, que celebraba casi como si les hubiese tocado la lotería, una tarde en un campo... ¿o eso último lo había soñado? Muchos años después. aquél hombre, sólo él sabe si en algún escaso momento de lucidez o si simplemente sólo queriendo hacer daño, le recriminaba "tú fuiste la primera que me preguntó si podía llamarme papá, y después de criarte, mira cómo lo agradeces, puta...". Pero hasta esa tarde-noche, intentando ver una cinta de vídeo VHS en un reproductor que haría más por la humanidad en una planta de tratado de residuos, ella podía decir que era feliz. Sí, su padre cuando se enfadaba, gritaba mucho y cuando lo hacía le daba mucho miedo, pero cuando cobraba le daba propina, aunque después se la pidiera porque "no tenía suelto para comprar tabaco". Qué razón tenía aquella niña cuando dijo "vigila la hucha"... Pero aquella tarde-noche, en el salón-comedor que les acogía, llegó aquella primera bofetada que hizo el primer "clac" en el corazón de Claudia.

Pasaron los años, Claudia fue creciendo, pero siguió estando tan apegada como siempre a sus hermanos, especialmente a Maialen; no era capaz de ver que le hicieran nada a ninguno de ellos, de hecho, de bien pequeña en el colegio se ganó el sobrenombre de "rottweiler" porque desde muy pequeña, quien se atrevía a meterse con su hermana Gala, apenas 2 años mayor que ella, se llevaba un buen mordisco y una patada en la espinilla, pero a ella... a Claudia nadie la defendía, pero tampoco le importaba, ella no miraba más allá de Maialen y Gala, que eran las únicas que habían llegado al mundo por aquél entonces. A Claudia la hacían llorar en el colegio, a Claudia le pegaban, a Claudia en el colegio la llamaban gorda, cuatro ojos... pero ¿qué más le daba, si con ello conseguía que Gala no fuera el blanco de los abusones? Ella era capaz de aguantarlo, ella tenía la suficiente fuerza mental, Gala era más débil, si Gala lloraba, les insuflaba más aire a aquellos pequeños demonios, y eso no iba a permitirlo. Al fin y al cabo, no podían contar con nadie: los profesores en el colegio, a quien fuera pidiendo ayuda, le despachaban con un "vete donde no esté quien se mete contigo/te pega" y la madre de Claudia... No iba a las tutorías a las que le convocaban las profesoras... ¿Iba a ir a pedir explicaciones por unos mal tratos que entonces se tomaban como "cosas de niños" a las que tampoco había que prestar tanta atención?

Llegó la adolescencia... y con ella el auténtico terror. Intentó ponerlo fácil, intentó no dar problemas, se portaba todo lo bien que podía, no respondía mal, no desobedecía, ni siquiera salía por las tardes de casa a no ser que tuviera que hacer algún trabajo de clase y fuera estrictamente necesario, y aun así, las bofetadas llovían, acompañadas de "llena el buche, llena el buche, ¡come, come, cébate bien!" a los que nadie puso freno, que nadie censuró. Y con la adolescencia llegaron varios cambios de casa: en apenas 2 años pasó de tener un círculo social definido y una estabilidad aceptable a cambiar 4 veces de casa, de instituto y de amistades, lo cual acabó pasándole factura, aunque siempre pensaría que tuvo la inmensa suerte de que en su camino se cruzara África, aquella pequeña rebelde sin causa que jamás volvería a separarse de ella. Entonces, llegaron los primeros pensamientos suicidas, que no la empatía materna, que al enterarse le dio tal puñetazo en el ojo que tuvo que pasar 3 semanas maquillándose para ir a clase, ella, que si algo era, se podía denominar "antimaquillaje".

Una mañana, tras pasar por el suceso más traumático que puede sufrir una mujer, tomó una firme decisión: aquél no era su lugar, aquella no era la vida que quería, ella quería hacer cosas grandes y en aquellas cuatro paredes se afanaban en decirle que lo más alto a lo que aspiraría en la vida era a "limpiar culos", así que lo mejor que podía hacer era hacerse con una maleta, poco, sin que nadie se diera cuenta, su ropa fue desapareciendo de su armario, consiguió una maleta medio desvencijada en la que guardó lo poco que tenía y con el dinero que había conseguido esconder de un trabajo por horas que su madre y su padrastro no sabían que tenía o le habrían quitado fue a la estación de autobuses y compró un billete para el primer autobús que salía. Estuvo a punto de echarse atrás, volver a casa y rezar para que de la paliza que le diera aquél alcohólico, cuando se enterase de su plan frustrado y de aquél dinero que no había podido gastarse en ginebra, pero África la miró a los ojos y le dijo lo que jamás le habían dicho y que no sabía que necesitara tanto, nunca tanto, nunca como en ese momento: "Claudia, tienes la llave a la libertad, haz el favor de cogerla y largarte lo más lejos que puedas de esta mierda".

Y se fue, con lágrimas en los ojos, con la sensación de que abandonaba a la única persona que la querría en su vida, a la única persona con la que realmente podría contar siempre, y para todo, el autobús al que subió emprendió camino. De nuevo, África tenía las palabras que Claudia necesitaba, en el momento en el que más ejercían de tabla de salvación; un SMS iluminó el móvil de Claudia, que decía "no me llores más, que te veo por el cristal y me vas a hacer llorar a mí. ¿Lejos? Puede. ¿Separadas? Nunca. Te quiero Fénix, vuela alto". No sabía dónde iba aquél vehículo, sólo pidió el billete y saber de qué andén salía, el resto lo dejaba en manos del destino, que la llevó a Santiago de Compostela. Le costó arrancar, pero en seguida tuvo suerte y encontró un trabajo decente y una habitación en un piso compartido en el que tuvo la suerte de llevarse con los compañeros de piso como si fueran amigos de toda la vida. Claudia trabajaba todo lo que podía para mandar dinero a casa, se sentía culpable por haberse ido, pero pensaba que Maialen tenía coraje de sobra como para no dejarse amedrentar. 

África iba cada vez que podía a verla y cuando llegaba, lo primero que hacía siempre era preguntar por su hermana, su Maialen, que la llevaba preocupando unas semanas: ya no era la Maialen de siempre, era una Maialen pendenciera, metida un fin de semana sí y otro también en discotecas con gente que a su hermana le hacían cualquier cosa menos gracia. África intentaba esquivar el tema como podía, hasta que llegó el día en que Claudia, viendo la incomodidad de su amiga, decidió dejar de preguntar. Las llamadas de Maialen bebida (eso pensaba su hermana, ahora apostaría a que además, bastante drogada) empezaron los fines de semana, llorando, pidiendo a su hermana que la sacase de allí, y, ¿qué podía hacer ella? ¿Permitir que a su hermana le destrozasen la vida como a ella? Empezó a consultar a abogados, trabajadores sociales, cualquiera que pudiera ayudarle, pero todos le daban la misma respuesta: "es menor de edad, no puedes hacer nada, si te la traes, te arriesgas a que tus padres te denuncien por coacciones a menores y retención ilegal en caso de que venga, por mucho que ella exprese que no quiere volver con tus padres". Claudia intentó explicarle a Maialen que muy a su pesar estaba atada de pies y manos, pero lo único que recibía eran llamadas, cada vez más frecuentes, a horas más intempestivas, en las que Maialen sólo decía a carcajadas "¡qué paranoia!" Daba igual si Claudia tenía que levantarse a las 5 de la madrugada, si estaba trabajando y tenía prohibido utilizar el teléfono o si estaba en un momento íntimo, Maialen era omnipresente, todo giraba en torno a ella.

Un par de años después, las cosas se pusieron difíciles a Claudia y no le quedó más remedio que volver a entrar en el infierno, aunque tenía la esperanza de que Maialen sería su tabla de salvación, su forma de aguantar allí hasta que pudiera volver a salir de allí, y esa vez no se iría una, se irían las dos. Pero la Maialen que ella conocía se había esfumado, la que se encontró era una Maialen rencorosa, pendenciera y que no dudaba en hacer los comentarios que más pudieran herir a Claudia. Poco después, África le explicó su reticencia a hablarle de su hermana cada vez que la visitaba: en el mismo momento en que encontraron la nota de Claudia que decía "me voy, mi vida empieza hoy", su hermana rompió aquel pedazo de papel y gritó a su madre y su padrastro "esta hija de puta está muerta, ¿me habéis oído? ¡Muerta! Si vuelvo a oír el nombre de esta zorra..." agarró a su madre del cuello hasta que empezó a ponerse azul y bufó "la próxima al que sea, no lo suelto mientras respire".

Por suerte, como si el karma quisiera compensarla de alguna forma por las formas en que le destrozaba la vida, poco a poco, día a día, Claudia conoció a un chico maravilloso con el que tuvo, tras mucho tiempo intentándolo, una niña preciosa pero que le haría seguir batallando; la pequeña tenía una enfermedad rara, de la que apenas había datos. Claudia y Jaime, el padre de Naiala, lucharon con uñas y dientes por tratar de conseguir lo mejor para ella, buscaron la forma de darle calidad de vida a la pequeña... Hicieron todo lo que pudieron; por fortuna, la pequeña fue evolucionando bien, aunque necesitara terapias semanales. El día que nació la pequeña Naiala, la felicitación que Claudia recibió de Maialen fue "ojalá esto os sirva para bajaros los humos, que os gusta mucho ir de víctimas y estáis muy subiditos... Recuerda que unos males los pagamos queriendo y otros nos los hace pagar el Señor". Ese día, Claudia decidió que aquél día terminaba su relación con Maialen. Esa no era su hermana, su hermana tenía un corazón de oro y aquella mujer... aquella mujer era todo odio, y la quería lo más lejos posible.

Los años pasaron, Naiala fue creciendo y en otro revés del destino, Claudia y Jaime se divorciaron y una vez más, ahí estaba África al rescate, preparada para no dejar a su amiga volver a hundirse, no después de ver cómo la primera vez que intentó suicidarse con 17 años, supo que si lo permitía, no se lo perdonaría en la vida; tenía claro que su misión recíproca en la vida era ser la tabla de salvación de la otra, y eso llevaban haciendo otros tantos. Aun con todo, Claudia y África eran una piña, como ellas decían, iban juntas a la guerra, espalda con espalda y cuchillos en la boca. África sabía de Maialen por amigos comunes y la información que le llegaba, referente a lo que comentaba de Claudia cada vez rozaba más lo deleznable, hasta que una mañana, tomando un café, de lejos se escuchó gritar a África:

- ¿Que Claudia qué?... ¿Pero tú estás loco? ¿En qué cabeza cabe eso?... ¿Jaime? ¡Si Jaime no se hablaba con ellos desde que empezaron a salir!... ¿Pero ¿qué dices? Tú no sabes lo que Claudia luchó por quedarse embarazada, ¿cómo va a hacer eso? Darío, ¿tú te estás escuchando?... ¡Que no, hostia, que te digo que es imposible, que te recuerdo que he pasado más tiempo en su casa que en la mía, lo habría visto!... ¿Quién ha...? No podían ser otros... diles que las drogas les sientan muy mal a los dos.

- ¿Qué le dijo la señorita Sánchez en ese momento, señora Martínez? -inquirió la fiscal. No sabía en qué había consistido el argumento de la defensa, pero después de 3 horas, habían tenido tiempo de sobra de "camelarse" como llamaba ella a convencer al jurado, y eso no pensaba permitirlo, costase lo que costase-.
- Que Maialen y Narciso llevaban tiempo diciendo que embarazada de mi hija Naiala, Jaime les dijo que estaba muy preocupado por mí porque estaba obsesionada con oler gasolina -Claudia tenía los nudillos blancos de la fuerza con que apretaba los puños para que las lágrimas no salieran de su cara-.
- Con la variedad de colonias que hay... -se mofó la fiscal.
- ¡Formulo protesta! -gritó levantándose de la silla-. Señoría, ¿cuántos ataques más tiene que aguantar mi cliente?
- Señora Fiscal -gruñó el juez- está acabando usted con mi paciencia... Se acepta.
- Está bien, retiro lo dicho. Prosigo: señora Martínez: ¿qué pensó en el momento en que la señorita Sánchez le explicó ese... digamos... chascarrillo desafortunado?
- Que creía que habían cruzado todos los límites posibles, pero no, al parecer, aún les quedaba uno.
- ¿Qué hizo la señorita Sánchez en ese momento? 
- ¿Qué importa eso?
- Mucho, señora Martínez, no olvidemos que la señorita Sánchez es médico forense...
- Y los fines de semana hace años ponía copas... ¿Dónde está el problema? 
- El problema está, señora Martínez, en que si se le ha olvidado, le recuerdo que está usted acusada de doble asesinato... ¿Le enseño las pruebas gráficas para refrescarle la memoria?
- ¡Formu...! -no pudo terminar de hablar.
- Tranquilo, Letrado, tengo esas imágenes grabadas a fuego en la retina, más daño no puede hacerme verlas.
- Pobrecita ella, le hace daño recordar... ¡Si al final incluso va a tener conciencia! -se mofó de nuevo la fiscal-.
- ¡FORMULO PROTRESTA! -vociferó de nuevo el abogado defensor-.¿está vejando a mi cliente, Señoría!
- ¡SEÑORA FISCAL! ¡BASTA YA O LA EXPULSO AHORA MISMO DE LA SALA Y HAGO LO POSIBLE PORQUE PASE UNA BUENA TEMPORADA SIN PISAR ESTE EDIFICIO! -bramó el juez-.
- ¡HIJA DE PUTA! -se escuchó gritar en el público-.
- Está bien, está bien... -la fiscal levantó las palmas de las manos en señal de rendición-. Sí que nos hemos levantado sensibles esta mañana... Espero que sean igual de sensibles a la hora de condenar a esta asesina. Y ahora, dígame, señora Martínez, no contribuya a que Su Señoría me envíe a la cola del SEPE, cuéntenos ya cómo la ayudó la señorita Sánchez a preparar el asesinato.
- ¿En qué maldito idioma quiere que le diga que África no tiene nada que ver? 
- ¿Cómo consiguió las garrafas de gasolina? 
- Las compré en una gasolinera. Miré en el súper, pero no tenían en la zona de congelados... -se oyeron risas en el público-.
- Vaya, resulta que tiene hasta sentido del humor, señora Martínez... ¿Para qué compró la gasolina?
- Iba de camino a una casita de campo que Áfri... la señorita Sánchez tiene en la sierra, tenía un grupo electrógeno que funciona con gasolina y a ella se le había olvidado comprarla.
- Qué olvido más oportuno... Está bien, ahórrese la protesta, Letrado, retiro la apreciación hecha.
- Señora Fiscal... Me está empezando usted a agotar la paciencia... -murmuró entre dientes el juez-.
- Bien -prosiguió la fiscal-, compró la gasolina... ¿Dónde iba en el momento en que cometió los asesinatos?
- A la casa de campo de la señorita Sánchez. Habíamos quedado para comer aprovechando que mi ex marido se quedaba ese fin de semana con mi hija.
- Y ¿cómo acabó asesinando a su hermana y su cuñado? 
- Me los encontré en la carretera, no me di cuenta de que era su coche hasta que no lo vi frenar de golpe en mitad de la carretera. 
- ¿Por qué no frenó, señora Martínez? 
- No lo sé, quise hacerlo pero mi cuerpo no obedeció. 
- Ya, su cuerpo no obedeció... ¿Qué hizo después, señora Martínez? 
- Bajé corriendo del coche y fui a ver si se habían hecho algo, quería pedirles perdón, no había querido tener el accidente, pero... pero... ella...
- ¿A quién se refiere, señora Martínez?
- Maialen... ella... ella me dijo... - Claudia era incapaz de hablar-. 
-¿Qué dijo, señora Martínez?
- Me dijo "hija de puta, puedo morir feliz, no puedes hundirte más. ¿Un traguito de gasolina o con una aspiradita te vale?" y se echó a reír.
- ¿Cuál fue su reacción, señora Martínez?
- Le di un puñetazo, fui a mi coche, cogí las garrafas, quité las llaves del contacto, cerré el coche con la llave, esparcí la gasolina, encendí un mechero de gasolina que me regaló en mi cumpleaños la señorita Sánchez y lo tiré sobre el coche.
- Así que reconoce que los asesinó...
- ¿Cuándo he dicho lo contrario?
- Una última pregunta: si pudiera volver atrás en el tiempo, cambiaría algo?
- Si Maialen hubiera vuelto a reírse del sufrimiento de mi hija... lo dudo mucho.
- ¿Se arrepiente de lo que ha hecho, señora Martínez?
- No soy nadie para terminar con la vida de nadie, así que asumo plenamente las consecuencias de mis actos.
- No hay más preguntas, Señoría.

Tras 6 horas de preguntas, respuestas y gritos, el juez dijo:
- Puede el jurado retirarse a deliberar...

viernes, 16 de julio de 2021

¿Por qué?

 ¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? ¿Qué he hecho mal, que no he hecho? Por favor, dilo, te lo imploro, porque yo no encuentro respuesta a la pregunta. 

Yo sólo quería ser tu mundo, que lo que tenemos fuera nuestro mundo, nuestro eje y nuestra razón para estar, para continuar, para aprender... No voy a decirte que haya dejado nada por ti porque ambos sabemos que además de que estaría mintiendo, me lo reprocharías y no, ya no quiero más reproches, no tengo fuerzas para lanzar los míos, menos para recibir los tuyos. Ya me da igual si tienes razón, si la tengo yo... Ya, dime, ¿de qué me sirve discutir nada si lo único que tengo claro es que dudo que salga nada así de ahí? Me alejé de quien no te gustaba, o quise creer que lo hacía, conseguiste hacerme sentir culpable si no lo hacía, sólo quería que tú estuvieras contento, sólo quería que fuéramos felices e inseparables. No, lo peor no es la sensación de vacío que tengo ahora mismo, lo peor no es la ansiedad que me devora cada vez que te miro y tus ojos lo hacen a cualquier parte menos a donde estoy yo, lo peor ni siquiera es que no sé en que punto empezó a pasar, cuándo empezaste a hacerlo; lo peor es que  ya me da exactamente igual.

Ya no te pido cariño, ya no te pido atención, ya no te pido amor, ¿para qué? Lo siento, pero me he dado de bruces tantas veces con el muro, me he tenido que tragar sin líquido tantos "joder, qué pesada", tantos "déjame tranquilo" y tantos "quita, que me agobias", que ya cada vez que tengo el impulso de querer acercarme, me lo recuerdo yo sola; tengo recordatorios suficientes como para que no necesites volver a repetirme ni uno solo. NI... UNO.

Y ahora, dime, ¿de qué me sirven ese pánico a tener sustituta que antes te halagaba tanto, que tanto te sonrojaba, y que ahora sólo me sirve para querer arrancarme el corazón a trozos? ¿Cuándo dejó de importarte? ¿Cuándo pasó de ser que valorases "que yo cuidaba lo mío" a que "no sepas" qué me pasa y que lo único que me digas que sacas en claro sea que no sabes a santo de qué según tú parece que estoy loca. Pues no sé si sabes que los locos son los únicos que no tienen nada que perder; ya han perdido lo esencial: han perdido la cordura, si es que la tuvieron alguna vez.

Ya que estás, explícame: ¿en qué momento empezó a molestarte incluso el hecho de que hable? ¿Tan incómoda te resulto? ¿Tan desagradable resulta ser mi voz? ¿tan incómodo te resulta? De verdad, cuanto mas pienso que más haces, menos entiendo yo.

Yo sólo quería ser tu mundo, sólo quería que lo que tenemos juntos fuera nuestro motor, que todos los días cuidásemos un poquito el "nosotros", sólo esperaba que entre los dos tirásemos del carro, juntos, dándonos fuerza el uno al otro, dando ánimos al otro cuando las fuerzas le fallan... Y desde hace... ni siquiera sé desde cuándo, ¿qué tengo? Malas caras, desplantes, "pareces una cría" y similares. ¿Me puedes explicar en qué, cómo va a ayudarme eso, maldita sea? Me dicen que hable contigo, me dicen que tengo que explicarte las cosas... ¿Me quieres decir de qué sirve? De qué sirve si cada vez que intento qué sepas como me siento, cada vez que intento desahogarme, no me sirve de nada, si tengo la sensación de que en lugar de contigo, ,hablo cada vez más con una pared...

Me he cansado, me he cansado de que hablar contigo no sirva para nada, me he cansado de tratar de razonar con alguien que ni siquiera sé si me está escuchando, me he cansado de alguien cada vez más frío y más distante, me he cansado de esperar un beso, un abrazo, un mimo, y tener que comérmelo todo juntito con unas lágrimas que no deben salir porque ¿qué motivo voy a tener yo para estar deprimida? Claro, qué desconsiderada soy, qué egoísmo el mío, pensar que necesito sentir que se me quiere, se me añora y se me desea. Qué exagerada soy, qué desconsiderado de mi parte querer que me quieran...

Así que te doy libertad, te doy la carta blanca: te quiero con todo mi corazón, pero tiro la toalla que me une a ti. Haz con ella lo que quieras: úsala como bandera, cósetela en las manos, quémala o ponla encima de la cama para que no se quede un olor que o es el mío. Haz lo que quieras, hazlo con quien quieras, yo ya no quiero saber nada más. He tirado la toalla y las cosas del suelo, no se cogen, me duelen los brazos de haberlos mantenido en alto.

Por favor, no me vengas con tu "¿esto a qué viene?", que eres un hombre de mierda como usas últimamente para hacerme sentir culpable y con el que no sabes qué me pasa o que quién intenta manipularme. porque si el "nosotros" fuera una cuerda, me haces sentir que hace mucho tiraste tu cabo al suelo, y a mi ya no me compensa arrastrarlo como si fiera un trozo de papel pegado a una zapatilla. NO me vengas con ninguno de esos... ¿argumentos?, porque durante muchos días, lo que más debería importarte en la vida se acercaba a ti, le apartabas con aspavientos porque no escuchabas qué decía la maquinita o se te acababa la partida; tú solito, con todo tu esfuerzo, has conseguido que cuando le pregunten si te quiere, su respuesta sea un "NO". ¿Y sabes una cosa? Que el siguiente "NO" que estás ganándote, tú solito, con todas tus fuerzas, es el mío, porque mientras yo me tengo que tragar el nudo de la garganta para que no veas mi rabia, mi impotencia, porque ya ni lágrimas que echarte me quedan, mientras a mi se me parte el corazón porque te veo cada vez más lejos y cada vez pienso más en que quizá lo mejor para los dos sea dejarte ir, tú sólo vives para 3 niñas muertas hace casi 30 años que a ti ni te van, ni te vienen.

Así que lo dicho, coge la carta blanca y haz con ella lo que te venga en gana, yo... Voy cogiendo fuerzas para comenzar una nueva batalla, con o sin ti.

martes, 1 de junio de 2021

la magia se llamaba Víctor (capítulo 5)

 A las 5 de la mañana, Valérie apenas podía dormir, en parte porque los ronquidos de Amandine en la habitación de al lado no quedaban lo bastante amortiguados, en parte porque  lo que ella llamaba "el gran dilema de la semana" la estaba devorando: estaba segura de que todo saldría a pedir de boca, pero ¿y si aquella simpática "dragona" se ofendía por no contarle nada? Pero si se lo contaba, ¡no era una sorpresa! Por eso se llaman así, porque no sabes que te las van a dar... Después de dos horas desvelada, se decidió por la opción que le hacía sentir mejor en ese momento:
- ¡AMANDINE! ¡DESPIERTA!- saltó sobre la cama de aquella-, ¡venga arriba!
- Valérie, ¿qué quieres a estas horas? Santo cielo, déjame disfrutar de la hora de sueño que me queda,
vete a la cama a soñar con...
- Con tu prima la suiza... Llevo toda la noche sin poder dormir por tu culpa, y no sólo por el rato de juerga y desenfreno, y si yo no puedo dormir... ¡Tú tampoco!
- ¿Qué dices, loca? Anda, quita y déjame dormir, tú haz lo que quieras, pero yo estoy muy a gusto aquí calentita.
- Bueno, entonces recurriré al comodín de la llamada... Víiiiictoooooor, escucha como ronca mi pelirrooooooojaaaaaaaa.... -canturreaba con el móvil en la mano a punto de marcar.
- Está bien, está bien, hazme un maldito litro de café y no esperes que te deje una gota...

A las 7, Amandine ya se había dado cuenta un buen rato antes de que Valérie no paraba de mirar el reloj: ¿qué estaría pasando por su cabeza en aquél momento? Veía en su rostro los estragos del estrés de los últimos días y... sabía que algo le rondaba la mente, pero ¿qué era? No sabía si era por algún caso importante que tuviera entre manos y no le había comentado... No, no podía ser, había delegado todo lo que tenía para centrarse en su negocio y todo el tema de Selnav; quizá era aquello que podría empezar a surgir entre ella y Vanessa, aunque tampoco estaba tan cansina como solía hacer cuando estaba "loquitamente enamorada" como decía cuando realmente alguien le atraía. No, estaba segura de que no era eso, pero ¿qué le rondaba por la cabeza? Lo único que tenía claro es que llevaba sin verla con esa chispa, esa alegría, desde antes de que Roxanne se fuera...
- Tierra llamando a Amandine, ¡vuelve!
- ¡Roxanne! Perdona... ¿qué decías?
- Mandy...
- Perdón, perdón, Val, ha sido un lapsus, yo... yo sólo...
- Tranquila -Valérie mostró una media sonrisa amarga-, tarde o temprano, tendré que acostumbrarme. ¿Nos vamos al bufete? Quiero llegar temprano y adelantar todo lo que pueda el día del juicio final...
- ¿Ya? Pero si aún falta casi media hora... ¿No te apetece tomar un café calentito antes de irnos? Por favooooor, me muero de sueño...
- Pues te aguantas, ¡haberte acostado pronto ayer! -rio con una carcajada-. Vamos marmota, ¡esa ameba no va a pisarse sola!

El trayecto en el taxi era entre ellas tan animado como de costumbre, añadiendo que Amandine no paraba de bostezar y Valérie de reír al verla. La primera empezaba a escamarse por que la segunda no dejase de mirar la hora mientras aporreaba a una velocidad frenética la pantalla del teclado, cuando le sonó el teléfono:
- Buenos días, preciosa mía... ¿Qué llevas puesto esta mañana?
- ¿Qué coño dices y qué haces hablando en italiano?
- Ehm... Un momentín, bombón... Mandy, por favor, ¿puedes mirar si tengo en el maletín la carpeta del caso de Ignace Tours? No recuerdo si lo metí ayer...
- Vale, no puedes hablar...
- No muy bien... Cari, estoy a punto de llegar al trabajo así que no puedo juguetear ahora mismo, me das unos diez minutos que llegue al bufete y te llamo tranquila?
- ¿Que suba o que tardáis 10 minutos en llegar?
- Que me sube la bilirrubina, rubia.
- ¡Me encanta tu capacidad de disimulo! De aquí a que te llame Almodóvar en España -Víctor no pudo evitar echarse a reír-.
- ¿A que sí? Si es que soy la mejor... Por cierto, ¿ya has llegado a Milán? 
- Sí, estoy dentro de la cafetería que da a la puerta del bufete... Vale, os estoy viendo llegar. Por cierto, no he podido resistirme y le he comprado a Amandine además de los bombones 3 docenas de rosas negras, las vi anoche a última hora y no he podido resistirme, ¿crees que le gustarán?
- Totalmente... Mandy, te importa cogerme esto mientras pago? No doy a basto... -aprovechó que Amandine salió del taxi y susurró ¡le encantan! Pagó al taxista y dijo- Bueno, amor, en un ratito hablamos, ¿vale?
- Gracias, Valérie, eres un sol...
- Déjate de soles y comete la luna, ¡anda!

Exactamente 10 minutos después de que colgara el teléfono, Vanessa asomó la cabeza, sin saber muy bien qué estaba pasando, para avisar de que había alguien preguntando por Amandine, que no entendía cómo podía ser si nadie sabía que estaba allí, y menos de Selnav, pero no le dio tiempo a contestar porque Valérie le pidió que le dejara pasar. Cuál fue la sorpresa de la primera cuando al darse la vuelta, ahí estaba él.
- ¡Tú! ¿Aquí? Pero... ¿qué haces aquí? ¿Cuándo has llegado? ¿Ha pasado...? ¿Dónde has comprado eso?
- Las preguntas de una en una, gracias... Llegué anoche, se puede decir que trabajo para vosotras, compré estos bombones en una confi...
- Ya, ya sé dónde los has comprado... ¡Muy bien! ¡Muy... muy bien! -Amandine estaba casi tan roja como su pelo-. Y tú, tú lo sabías, ¿verdad? Por eso mirabas tanto el reloj y estabas tan ensimismada, y yo pensando que era por Roxanne...
- No metas aquí a Roxanne y escúchame...
- No tengo nada que escuchar. Buenos días, señores.
Y tal como estaba levantada, sin mirar a ninguno de los dos, salió del despacho dando un portazo que hizo retumbar el suelo.
- He metido la pata, me temo...
- Hemos, cariño, hemos metido la pata, hasta la ingle.

En el mismo momento en que salió por la puerta, se arrepintió de haber actuado de aquella forma, pero su orgullo no le permitía dar la vuelta y entrar de nuevo; estaba dolida por esa encerrona que le habían hecho los dos y de Víctor no podía decir nada, al fin y al cabo casi no le conocía, pero Valérie... ella sabía perfectamente que no le gustaban las sorpresas. Aunque había que reconocer que el molestarse en buscar su confitería favorita había sido un detalle... y ¿eran rosas negras lo que tenía en la espalda? Ella y su maldita afición por no dejar hablar a nadie, cualquier día la iban a llevar a un punto de no retorno y entonces, le tocaría llorar. Pero tampoco podía fingir que no había pasado nada, ¡Valérie no había tenido confianza para decirle nada! Estaba hecha un remolino de emociones, cuando intentando centrarse por quinta vez en un documento que tenía que leer, escuchó la puerta de su despacho abrirse con un estruendo.
- ¿Qué coño haces entrando así?
- Encontrar el punto de equilibrio: tu cierras de un portazo y yo abro de otro, si te parece bien, ¡genial! y si no, es lo que hay.
- Val. yo...
- Sé que la he cagado al no decirte nada, pero Víctor quería darte una sorpresa, y pensé que te gustaría y... yo...
- Ven aquí, ¡tonta! -Amandine se levantó y ambas se dieron un abrazo.-.
- Vaya, vaya, cualquier día acabáis siendo siamesas de tan pegaditas que estáis siempre... -para variar, Loïc estaba en el lugar más inoportuno, en el momento en que menos debía estar-.
- Mira, pedazo de...
- Déjalo, Valérie, de esto puedo encargarme sola. Es más, pensaba hacer esto de otra forma, pero... Loïc Martin, como directora general de esta empresa le informo de su despido inmediato. Por favor, recoja sus cosas, a ser posible sin montar uno de los espectáculos a los que tan aficionado es, a ser posible, ahora mismo.
- ¡Hija de puta! Te voy a hundir...
- Lo dudo bastante, pero si quiere intentarlo... es libre de hacerlo.
- Te vas a acordar de mi -bufaba mientras se dirigía a la puerta-.
- Ah... ¡Señor Martin, por favor!
- ¿Qué coño quieres, perra sarnosa?
- Cierre la puerta al salir.

martes, 9 de febrero de 2021

muerto el monstruo

 Verá, señoría, no seré yo quien se proclame como la justiciera de nada ni diga que debe ser alabada por nada. Yo sólo digo que si de algo me arrepiento, es de no haberlo hecho antes. Pero aunque sólo sea por piedad, me gustaría que escuchase como todo llegó, o me llevó, a este punto. Si me lo permite, quizá pueda entender por qué hice lo que hice; no sé cual puede ser la mejor forma de empezar, así que si no lo considera una impertinencia, se lo contaré de la única forma que ahora mismo soy capaz de expresar. "Había una vez una niña pequeña que no sabía que los peores monstruos no se esconden dentro de los armarios, esos te arropan cuando te duermes..."

¿Cuándo empezó todo? No me acuerdo. ¿cuándo decidí que todo acabaría? No lo sé. ¿Por qué lo hice así? Porque era la única forma de quedarme satisfecha con el resultado. No, no lo veo una cuestión de sadismo, venganza, digamos que creo que lo vi como mi propia justicia poética. Y sí, podría haberle metido una bala entre las cejas, clavarle un cuchillo en el corazón, seccionarle el pene con un hilo de nylon, de hecho, todas esas ideas estuvieron en la lista de "posibles", pero la que más me gustó desde el principio fue la descarga de adrenalina que me daba el encajar la combinación de alfileres clavados bajo las uñas con aquellos cortes, ni tan pequeños para quedar en un rasguño, ni tan grandes como para que perdiera demasiada sangre. ¿Por qué? La balanza del placer estaba demasiado inclinada hacia su lado, por una vez, no estaría nada mal que el hijo de puta soltara su último aliento sintiendo lo que me había tatuado a fuego a mí: no sólo dolor físico, también el que de verdad te quema, el emocional. De todas formas, seguiría teniendo pesadillas; que al menos una equilibrase el partido. 

Por más que lo busco, no encuentro un sólo recuerdo limpio en aquella habitación de paredes blancas y litera desmontable de color claro, unas veces armada como tal, otras dividida en dos camas individuales, en los que él estuviera en medio. Tampoco es que guarde demasiados, a decir verdad, el único alegre que consigo que vuelva a mi memoria es con mi hermana mayor, una vez que estando aquella litera como tal, había varias sandías , no tuvimos mejor idea que subirnos y lanzarlas al suelo gritando "¡bomba!" (¿o fue sueño y ni siquiera a ese instante de felicidad puedo agarrarme?). Si no hubiera sido por ella, la cordura me habría abandonado hace mucho, mucho tiempo. Pero con él no, con él cada recuerdo en esa habitación me lleva a los mismos recuerdos: esos ¿juegos? que aunque en mi más tierna infancia no llegaba a entender del todo, a veces sí que me hacían sentir incómoda. Bendito instinto de supervivencia...

Todavía siento ganas de vomitar, señoría, cada vez que recuerdo aquellas manazas asquerosas sujetándome mientras jugaba con él, ¡qué curioso! siempre en la cama, con la puerta cerrada, sin dejarme moverme, tumbada sobre él o de lado, siempre sujeta, no fuera a salir corriendo, sin entender hasta mucho después, qué era aquello tan duro que me clavaba en la pelvis. Disculpe, señoría, ¿podría prestarme una papelera? Doy por hecho que no me va a dejar ir al servicio y mi estómago no está por la labor de dejar indemne este precioso suelo de parquet. Se lo ruego de verdad, señoría, estoy hablando en serio...

¿El primer recuerdo que tengo de aquél hijo de puta? No sé decirle con certeza una fecha exacta, pero tendría 3 o 4 años, y allí estaba él, el maldito monstruo, con sus manazas abriéndome las piernas mientras me subía encima de él, apretándome las nalgas tanto que no sabía si sentía más dolor en esa parte del cuerpo o en la que tantas veces he fantaseado rebanarme con un cuchillo jamonero, besándome en la boca. No sé, señoría, de verdad que no sé en qué coño estaría pensando, yo sólo sé que en ese momento había algo que inconscientemente, no me cuadraba, si no, ¿a santo de qué iba yo a apretar los dientes cada vez que me besaba en los labios? No sé por qué lo hacía, no sabía si aquello estaba bien o estaba mal, sólo sabía que el sabor que dejaba aquella lengua en el interior de mis mejillas, aquél regusto a tabaco, no era algo que debiera notar. Y aquella dureza al intentar aflojarme la mandíbula, mientras me dolían los ojos de tanto apretarlos, aquellas nauseas que da empezaban a sacudirme el estómago, aún hay noches que me despiertan en plena noche. ¿Sabe? A veces, al despertarme, me duele tanto la mandíbula y con tal sensación de cansancio, que aunque mi subconsciente lo esconda lo más hondo posible, sé que ha vuelto a visitarme en sueños y que me ha destrozado mi preciado estado de rem otra vez. 

La pregunta que yo haría no sería si le dije algo a alguien, señor fiscal, la pregunta que yo haría, con todos mis respetos, y sin pretender enseñarle a hacer su trabajo, sería quién me habría escuchado. ¿Cree que no lo intenté? ¿Cree que no traté de que lo vieran, que alguien, quien fuera, pensase aunque fuera un segundo que ahí pasaba algo raro? Una sola vez, una, su hermano me preguntó si había intentado "algo", pero ¿qué iba a decir yo? ¿de verdad me habría creído si le hubiera contado lo que empezaba a carcomerme las entrañas? Vamos, seamos honestos, todos aquí, ¡todos! sabemos que si no nos fiamos del comportamiento de un adulto con un niño, se hace lo imposible por no dejar la presa al alcance del depredador. Y no, no me sirve el cuento de que el lobo siempre es el malo si sólo se escucha a Caperucita, porque a veces Caperucita es manca y tiene la lengua cortada.

Pasé muchas, muchas horas en aquella habitación, a veces aún vuelvo en sueños a aquella mañana en la que, mirando su barba, mientras él dormía y yo aún no tenía el impulso de salir corriendo de allí, me parecía ver unos gusanos grises rodeando aquél vello, pensando que cuanto más tardase en abrir los ojos, más rato podría respirar a pulmón lleno y quizá, sólo quizá, podría yo dormir un poco más. ¿O fue otro sueño? No lo sé, sólo sé que fuera real o soñado, recuerdo que le dije lo que había visto y aunque me miró con cara de psiquiatra sacando a un pirómano de un incendio, dijo que iba a afeitarse. Pocas eran las veces que podía permitirme el lujo de estar con mi hermana en esa habitación, y sola, sencillamente, no lo recuerdo, y si digo lo contrario, miento.

¿La ocasión en que más miedo pasé? Una mañana que me levanté temprano para ir al baño, aún casi no entraba luz por las rendijas de la persiana, cuando noté que me empujaba dentro de un baño que a mí, por aquél entonces, me parecía enorme y cuyo color verde aguamarina de las baldosas odio con todas mis fuerzas, cogió una toalla que extendió en el suelo, me agarró después de la mano, me tumbó sobre ella y él se puso encima de mí, otra vez, intentando profanar mi boca con la lengua, otra vez cerrando los dientes, apretándolos con todas mis fuerzas, empujándole como podía para quitármelo de encima. Aún recuerdo la conversación, como si la estuviera teniendo ahora mismo, cómo le decía "no, no quiero", que el me preguntaba por qué y de m alma brotó un "porque yo tengo 7 años y tú tienes 25" que todavía hace que se me revuelvan las tripas. No, no hace falta que hagan cuentas, ya les digo yo que han pasado casi 30 años y esa mañana sigue sin abandonar mi memoria, sólo rezo porque si Dios existe, me regale el lujo de que ese sea el primer recuerdo que el Alzheimer devore. Sí, creo que ese fue un punto de inflexión, que si hay un momento en el que en mi cerebro infantil, inocente e ingenuo hizo clic, fue en el segundo en el que conseguí abrir la puerta de ese baño. No puedo explicar qué sentía en ese momento, sólo sé que recuerdo que me preguntaba qué había hecho mal, cuánto me regañarían si le decía a alguien lo que había pasado; desde entonces, por más que me regañaron por aquello y me interrogaron buscando el motivo por el que lo hacía, en cuanto entraba en el baño, apuntalaba la puerta con mi espalda, cerraba con cerrojo la puerta y no me separaba de ella hasta que comprobaba dos veces que no se abría. De hecho, hay noches que no puedo evitar hacerlo cuando me levanto en casa, estando sola en casa, sabiendo que nadie va a empujarme dentro y que el color beige de los azulejos no tiene nada que ver con ese verde asqueroso.

Sí, fueron pasando los años y el contacto fue bastante más esporádico, pero cada vez que sabía que iba a pasar tiempo en casa, sabía que me esperaba una tensión continua y que el tiempo que pasara allí, yo no podría dormir tranquila. Cada vez que podía, decía que era su bebé y aprovechaba la mínima ocasión para estrujarme los glúteos o rozarme el pecho. ¿A quién iba a decirle nada? Nadie le veía nunca, nadie se daba cuenta nunca de nada, de cara a la galería era perfecto, ¿quién iba a creer nada de lo que yo dijera? 

Estoy convencida de que el suicidio de mi madre fue por su culpa, por la de los dos, la de ese monstruo asqueroso por todo lo que había hecho y lo que había intentado y de ella por no darse, o no querer darse cuenta, de cómo era realmente ese en quien tanto confiaba, hasta que mi hermana hizo lo que si hubiera hecho yo antes, muy probablemente no habría tenido que hacer ella, así que supongo que parte de la losa que carga, es responsabilidad mía, en parte por creer, estúpida de mí, que aquél asqueroso tenía suficiente conmigo. Una mañana llegó a tomar un café con mi madre y en cuanto le vio, mi hermana fue derecha a la cocina y cerró la puerta, algo que nunca hacía y que a mi me hizo ponerme en alerta. Un par de minutos después, entró él y cerró la puerta también, saliendo 3 segundos después, curiosamente, igual que había entrado, con las manos vacías; la que sí tenía algo era mi hermana: con el cuchillo más grande que había en la cocina, brazo en alto, se quedó a escasos centímetros de él y le gritó "si vuelves a acercarte a mí, te lo clavo en las tripas". ¿Cómo el tuvo la sangre fría de levantarse, abrir los brazos y decirle "venga, mocosa, ya tardas"? Es de las pocas cosas que no conseguí que dijera mientras la sangre goteaba de su muslo derecho poco antes de que dejase de respirar. Parece que quería morir con algo de orgullo el cabrón, porque la dignidad la dejó en una piscina la tarde que le dijo a una chica de 14 años, respondiendo al "deja en paz a mi hermana, que tiene novio" un "no tengo prisa, puedo esperarla". 

Todos, todos los que estábamos allí le escuchamos: mi madre, las chicas, las amigas de ellas... No sé en qué coño estaba pensando cuando dijo eso, pero si no empezó a cavar su tumba en ese momento, debería haber sido un poco más inteligente, hacer un hoyo, meterse dentro y no volver a salir de allí jamás. Pero la gota que colmó el vaso no fue esa, llegó la tarde que la hermana de mi mejor amiga llegó llorando a su casa diciendo que ese monstruo la había encerrado en un baño en el polideportivo en el que hacían los entrenamientos de baloncesto, la había besado en la boca y había intentado meterle la lengua en la boca. No soy capaz de olvidar la imagen de aquella cría, con apenas 7 años, arañándose los labios, llorando mientras gritaba que quería arrancarse la boca, que la tenía sucia. Entre la escena del cuchillo y la de la chiquilla pasaron apenas 2 horas; me encontré a mi madre con las venas cortadas en la bañera 2 días después.

¿Qué más tenía que permitirle a ese hijo de la grandísima puta? ¿A cuántas más niñas tenía que permitir, por no hacer nada, que les jodiese la vida, señoría? tardé 4 días en levantarme de la cama después del entierro de mi madre, no sabía qué me pasaba, no podía expresar cómo me sentía, sólo sabía que sentía una culpa que no me dejaba respirar. El día que se cumplían 3 meses de la muerte de mi madre, me enteré que estaba embarazada, al fin algo bueno me pasaba en la vida, pero hasta esa felicidad pudo amargarme: desde que el médico me dijo que el bebé que venía en camino era una niña, no volví a dormir tranquila, todas las noches soñaba que violaba a mi hija y que después mi pequeña se suicidaba. Por suerte, no vivíamos cerca así que no tenía nada que temer hasta que estando embarazada de 8 meses, mis mejores amigas y mi hermana me hicieron por sorpresa una especie de baby shower, la típica fiesta que se hace de "prebienvenida al bebé"... y allí estaba él, con aquella sonrisa que tanto asco me producía. Intenté permanecer el mayor tiempo posible lo más separada posible de él, pero en un momento en el que tuve que ir a la cocina a por un vaso de agua, intentando relajarme un poco al caminar, en el mismo instante en el que estaba sacando el vaso del armario, noté una mano que me rozaba la barriga, queriendo bajar hacia abajo: con todas mis fuerzas, le clavé las uñas en la mano y cuando la apartó, le bufé "si se te ocurre volver a tocarme, te arranco los huevos. Y ahora, si sabes lo que te conviene, lárgate de aquí". 

Se fue y no volví a verle hasta que una tarde, mi hija llegó del instituto con la camiseta desgarrada, arañándose los brazos y llorando desconsolada; cuando me dijo que un hombre había intentado violarla y que cuando al agarrarla del brazo, al intentar zafarse, le dijo que era igual de guapa y de peleona que su madre, se me revolvió el estómago. SI había algo por lo que no estaba dispuesta, era a que ese monstruo le tocase un pelo a mi pequeña, no, a ella no... Si hubo un momento concreto en el que decidí hacer lo que hice, debió de ser aquél. Aquella noche apenas pude dormir y lo poco que pude, tenía su imagen fijada frente a mi, en el sueño se reía de mi diciendome con sorna que si esa vez también iba a seguir calladita como las niñas buenas. A la mañana siguiente, sólo era capaz de pensar en matarle de la forma más dolorosa posible, todo el tiempo que tenía libre iba inevitablemente a fantasear en cómo le haría sufrir, hasta que un día, simplemente, pasó. Mi hija y mi sobrina estaban chateando por facebook cuando a mi sobrina le llegó un mensaje de un desconocido; sólo con ver la foto las nauseas aparecieron: otra vez él. Pero no, esa vez no iba a salirse con la suya, esa vez sería la última, y por supuesto, la jugada no le saldría bien. 

Mi sobrina tiene mucha confianza conmigo y como alguna vez me había "tocado" poner en su sitio a algún hombre que no entendía que no es no y que las niñas, niñas son, entré en su cuenta, con el permiso de mi hermana y de la propia niña, pero a ellas sólo les dije que iba a hacerme un perfil falso para ver hasta dónde llegaba y cuando tuviéramos suficiente material, ir a poner denuncia a la policía, pero yo sabía que la policía no me iba a dar la justicia que yo necesitaba y que muchos jueces le dejarían irse de rositas, así que decidí que yo ejercería de juez, jurado y verdugo, tal y como merecía. Me cité con él en un parque al que acudió como el lobo vestido de corderito que era. El resto, fue fácil: sólo tenía que ofrecerle beber agua de un botellín con anestésico que tenía preparado y en cuanto hiciera efecto, le llevaría a la casita de campo que acababa de comprar y que aún nadie sabía que tenía. Le tuve allí durante 2 días a base de agua y al tercero empecé a darle trocitos de pan, ¡no podía permitir que se me muriera de hambre! no, tenía que sufrir como me había hecho sufrir a mí, tenía que sentir la angustia que te provoca no saber qué van a hacerte el siguiente segundo. El sexto día empecé a hacerle pequeños cortes en las yemas de los dedos de las manos y los pies, que casi no sangraban, pero le dolían bastante, pobrecito de él. 

Disculpe, señoría, intentaré dejar el sarcasmo guardado mientras termino de explicarle: durante los siguientes 3 días le llené de arañazos y pequeños cortes el cuerpo y el noveno decidí subir un poco el listón y empecé con los alfileres debajo de las uñas: nunca me he considerado una sádica y de hecho, si me lo contaran de otra persona, seguramente pensaría que es una completa enferma, pero la verdad es que no se imagina cuánto disfruté viendo como ese monstruo derrotado, sentado en una silla del tamaño de un niño de guardería, con las manos atadas al respaldo y los pies a las patas de la silla, lloriqueaba pidiendo perdón, diciendo el cerdo que él no tenía la culpa de tener la mala suerte de que cada vez que se enamoraba, al preguntarle a la chica la edad, nunca tuviera cumplidos los 18 años. Ahí ya no pude más, señoría, de verdad que hasta ese instante había pensado en soltarle y dejar que el miedo no le dejase dormir como hace años que no me deja a mi, pero cuando escuché esas palabras, sencillamente, no mantuve el raciocinio: sin pensarlo, cogí un rollo de hilo de nylon que tenía mi hija para cuando se iba a pescar con sus primos, me puse los guantes de jardinería para no hacerme daño, corté un trozo lo suficientemente largo para poder manejarlo, se lo enrosqué en el pene y empecé a tirar del hilo de lado a lado, cortando milímetro a milímetro aquél tejido muscular que alguien debería haber cortado con una cizalla hace años, hasta que el monstruo se desangró y dejó de dar miedo y yo, por fin, me sentí liberada.

Así que, señoría, reconozco que secuestré, torturé y maté a ese deshecho social y reconozco dos cosas: que acepto gustosamente mi condena, porque quien la hace, la paga, y que si volviera atrás en el tiempo, sólo cambiaría una cosa: le daría un punzón a esa niña de 3 años y le ayudaría a clavárselo en las tripas la primera vez que la sobara.

domingo, 6 de diciembre de 2020

la magia se llamaba Víctor (capítulo 4)

 En el mismo instante en el que pusieron un pie en el aeropuerto de Montpellier, cada uno estaba sumido en un pensamiento, pero todos estaban conectados: había que descubrir qué había estado pasando en Selnav, y había que hacerlo YA. A Valérie casi no le dio tiempo a encender el móvil antes de que empezase a vibrar como un loco; un mensaje destacaba sobre todos los demás: cuando leyó "desfalco confirmado, ese tío está en problemas", se le heló la sangre: por una parte, reconocía avergonzada, deseaba que lo que les habían dicho fuera verdad, pero por otra, el sólo pensar en todo lo que le venía encima a su amiga le rompía el corazón. No le dio tiempo a decir nada, Amandine, sólo con ver su cara, supo que tenía que empezar a preocuparse.
- ¿Qué pasa?
- Cielo, tranquila... Tendremos que...
- Valérie, que ¿qué pasa?
- Amandine...
- ¡HABLA! -gritó Amandine, empezando a sentir la ansiedad anudarse en su estómago-.
- Está bien... Compruébalo tú misma -puso la pantalla del móvil en su campo de visión y vio como aquella cara también se ensombrecía-.
- Vale... Hora de sacar la basura. Llama al bufete y que vean por dónde podemos pillarle antes. Y quiero que empieces a tramitarme el divorcio en cuanto salgamos de aquí.
- De hecho -sonrió Valérie- si me acompañas al despacho, puedes firmar la demanda hoy mismo.
- ¿Y a qué estamos esperando? -el brillo volvió a la cara de Amandine. En ese momento sonó su móvil-. Dime... sí, acabamos de bajar del avión, ¿cuándo llegas?... Perfecto. ¿Te parece bien si nos vemos en el despacho de Valérie? Apunta...

El trayecto hasta el bufete de abogados en el que trabajaba Valérie, fue de un dilencio sepulcral, hasta que apenas una manzana antes de llegar, tiró del freno de mano en medio de la carretera y gritó:
- ¡Dilo ya, Amandine, por dios!
- ¿Que diga qué?
- ¿Te estás quedando conmigo? Has decubierto no sólo que esa cosa a la que aún tienes que llamar "marido" se ha llevado de tu empresa todavía no sabemos cuánto dinero, además, y perdona que meta el dedo en la llaga, has abierto los ojos sabiendo tú mismita de qué pie cojea ese cabrón, por no hablar de que, y no se te ocurra negármelo, te has quedado prendadita del canario. Esto te lo digo como tu abogada: cuidado con lo que haces y dónde pones la cabeza; como amiga... ¡tíratelo a la mínima oportunidad!
- ¡Valérie Baudoin! -chilló aguantando la risa-. ¿Por qué clase de depravada me has tomado? Casi no le conozco y...
- Y él te hacía los mismos ojitos que le hacías tú, y que por cierto, hace meses que no te veo hacerle a...
- Querida Valérie, dos puntos -dijo Amandine teatralmente, fingiendo escribir una nota-, si se te ocurre pronnciar el nombre del trabajador que roba a mi empresa, te despediré. Con amor, Mandy -la miró con una sonrisa inocente-.
- ¡Bueno, bueno! hay que ver lo mal que nos ha sentado la vuelta a la rutina...

Como era habitual en ella cuando tenía algo importante en la cabeza, entró con la mano levantada a modo de saludo, pero -eso sí que era extraño-, se paró en seco en mitad del bufete y exclamó:
- ¡Señoras y señores! Buenos días. Muchos de ustedes ya la conocen, pero para quien todavía no hayan tenido el placer, les presento a la señora Amandine Martin, que solicita nuestros servicios para que cursemos su demanda de divorcio y realicemos una auditoría de su empresa; Didier, llama a Selnav y prepara la auditoría YA. Simon, a mi despacho, AHORA.

La compañera al que reclamaba era, dentro de que ni siquiera en su propio bufete confiaba en nadie, sin duda era con el que menos reticencias tenía. Aquella muchacha rubia, menuda, de ojos azul oscuro y piel ligeramente morena, había sacado a su jefa de más de un apuro y si había un buen momento para devolverle el favor, sin duda era ese. Le explicó el panorama que se les planteaba tanto en referencia al futuro de Amandine a nivel personal como lo que habían averiguado de Selnav. También ayudaba a que pudiera apoyarse en la chica el hecho de que hacía un par de años, habían coincidido en una fiesta en Cap D'Agde y aunque en un primer momento ambas fingieron no reconocerse, acabaron teniendo un buen par de orgasmos juntas; Amandine no podía evitar mirarle con la sensación de que la conocía de algo aunque no lograra ubicarle hasta que un flash iluminó su mente.
- Un momento, ¿tú eres...?
- Sí, señora Martin, la sirvienta de Calígula en la fiesta romana de disfraces hace un par de años... Pero ahora, si no le importa, refiero centrarme en el trabajo. ¿Qué necesita, jefa?
- ¿Ves? ¡Por esto me encanta esta chica! -Valérie le dio dos palmaditas en el hombro-. Verás, Simon, como sabes, tanto en el tema del desfalco como en el divorcio, el señor Martin puede intentar tirarlo todo para atrás aprovechándose del posible conflicto de intereses que puedan plantearme; ya sé que el derecho mercantil es tu fuerte, así que, si te parece bien, me gustaría que aunque yo esté metida hasta el cuello, porque no puedo dejar en la estacada a la señora Martin, si hay algún problema, la cara visible seas tú, ¿estás de acuerdo?
- ¿Cómo no estarlo, jefa? Esta puede ser la ocasión perfecta parta que compruebe que puede confiar en mí, le prometo que no se arrepentirá. Si en cuanto al tema del divorcio puedo ayudarles también, sólo tiene que pedírmelo.
- Pues, ahora que lo dices, en realidad, sí. ¿Sigue tu hermano Michel teniendo la oficina de investigación privada?
- Sí, jefa, ahora mismo le llamo.
- Rauda, veloz y sin quejas, ¿seguro que no eres Google? Porque tienes lo que más busco en una mujer...

En menos de 5 minutos, entre Vanessa (Simon en el trabajo), Amandine y Valérie sopesaron con el hermano de la primera las posibilidades, no sólo de conseguir pruebas de la infidelidad de Loïc con aquella secretaria, con un poco de suerte, podría hasta servir de apoyo a Víctor y la gente de WhiteOverBlack. De hecho, como si le hubieran invocado, tal como Valérie pronunció su nombre, el teléfono sonó.
- ¿Diga?
- Si estás con Amandine, no digas que soy yo; necesito tu ayuda para darle una sorpresa, ¿le gustan más las flores o los bombones?
- ¿Cuándo tendrías la segunda cita para teñirme el pelo? Es que a esa hora me pilla muy mal...
- ¿Y... algunos en concreto?
- Pues estoy pensando en un tono praline, un avellana...
- Vale, entiendo que la tienes cerca y que bombones de avellana y praline... ¿voy bien?
- Ajá...
- ¿Sabes algún sitio concreto en el que pueda comprarlos?
- Ajá...
- Valérie, ¡así no me ayudas!
- Lo sé, pero me pillas con una clienta en el despacho, en cuanto pueda, te devuelvo la llamada, ¿vale?
- No tardes, por favor, embarco en 10 minutos.
- De acuerdo, entonces quedamos en eso... ¡Un beso, guapi! -colgó aguantando las ganas de soltar una carcajada-. Mandy, ¿podrías esperarme un segundito? La naturaleza me está llamando y mi suelo pélvico no da para más...
- Anda, ¡ve! Pero no te quejes la próxima vez que te diga que tienes la vejiga del tamaño de una mosca -rió-.

Casi sin darle tiempo a cerrar la puerta, tecleó a la velocidad de la luz "le encantan de chocolate con leche y con relleno de trocitos de avellana, apunta esta dirección y di que la señorita Baudoin te ha hecho un encargo para la señora Martin..."

Cuando quisieron darse cuenta, ya habían redactado la demanda de divorcio que Valérie presentaría en el juzgado a primera hora del día siguiente, acordado con Michel cuál sería la ruta a seguir, en la que harían seguimiento tanto a Loïc como a su secretaria, aunque a ella sólo fuera por precaución, habían comenzado todo el proceso de la auditoría de Selnav y hablado con la gente de la empresa de Víctor, que les dio el visto bueno para enlazar todas las informaciones. Al salir del bufete, le costó, pero Valérie convenció a Amandine para salir a cenar y tomar unas copas. A las 3 de la madrugada, con una cantidad considerable de vodka en el cuerpo, decidieron que ya habían tenido suficiente fiesta, por no hablar de que a las dos, los pies las estaban matando, así que lo mejor era irse a casa; entonces Amandine empezó a rumiar una idea en su mente: siempre que había estado con Valérie había sido también con Loïc, y nunca había quedado decepcionada con sus encuentros, pero si era sincera, en los últimos de ellos, había sentido mayor conexión y placer con ella que con él. Tenía muy claro que no era lesbiana ni lo sería nunca, lo cual no le había impedido, y no iba a empezar a hacerlo entonces, hacer lo que le apeteciera con quien quisiera; si ambas estaban dispuestas, podrían pasarlo muy bien esa noche. En esos pensamientos estaba sumida cuando su amiga la devolvió a la realidad.
- Un euro por tus pensamientos.
- ¿En serio quieres saberlo? ¿Y si tiene que ver contigo?
- Siempre quiero saberlo, y más si tiene que ver conmigo, ¡claro! Oh, oh... miedo me da cuando me miras con esa cara.
- Val... cariño... tú me quieres mucho, ¿verdad? -ronroneó-. ¿No tienes ganas de jugar un ratito?
- La verdad es que necesito un... espera -frunció el ceño-. ¿Qué está pasando por esa cabecita? No... tú no estarás pensando...
- Estaba pensando que... tú... yo... - empezó a juguetear con su pelo-. Que yo quiero... disfrutarte... sola.
- ¿EN SERIO? No juegues con eso, Mandy, sabes que más allá de los juegos no sería capaz de tocarte, en "mi vida normal" -hizo el gesto de las comillas con los dedos- eres mi hermana, pero que en la cama no tendría miramientos contigo...
- ¿Y quién te está pidiendo que los tengas? -una sonrisa lobuna asomó por el rostro de aquella pelirroja-. De verdad, no quiero que pienses que te lo estoy diciendo por despecho, últimamente eras tú la que me hacía llegar al orgasmo y...

No la dejó terminar de hablar, antes de que pudieran darse cuenta, Valérie estaba besando a Amandine con una mezcla de deseos: el sexual, el que siempre había tenido de poder hacer aquello como siempre había imaginado y el de que aquella pelirroja no se echara atrás. La besó con dulzura al principio, con pasión después; en cuanto las lenguas se rozaron, fue como si una cuerda que las amarraba se soltara y empezaron a subir la intensidad de aquellos besos, mientras las manos se deslizaban por el cuerpo de la otra, amparadas en la intimidad que les regalaba aquél callejón oscuro en el que acababan de esconderse. Antes de que aquello pudiera írsele de las manos, la morena dio un tirón de la mano a su amiga y sin decir nada, se metieron en un taxi que las llevó a su casa. Sabían que Loïc podría estar haciendo sus propios movimientos y probablemente, el detective lo hubiera contratado él, buscando cómo tratar de ponerla a ella entre la espada y la pared; para no decir nada que no debieran,casi no hablaron en todo el viaje: Amandine, que se las sabía todas, fingió estar más borracha de lo que realmente estaba, confiando en que Valérie sería su escudera fiel, le decía en un tono lo suficientemente audible para que se la escuchara en susurros "he bebido para olvidar, pero mañana lo que recordaré será la resaca...". Como ya les había pasado más de una vez, el taxista intentó tomarse más confianzas de la cuenta y al ver que hacía un desvío "sospechoso" en su ruta, Amandine empezó a bufar "voy a vomitar, voy a vomitar". Al decirlo la tercera vez, ¡magia! el conductor retomó el rumbo que no tenía que haber abandonado; con tal de no acabar con el "regalito" dentro, no quiso ni cobrarles la carrera, todo fuera porque aquellas dos, se bajaran cuanto antes. Al subir al ático de Valérie, mientras conectaba el inhibidor de frecuencia -no era la primera vez que se había encontrado un micro-, le susurraba al oído a su amiga:
- No me extrañaría que haya alguien vigilando así que primero vamos a fingir que cada una se va a una habitación, y si en 10 minutos no te has dormido, te espero en mi cama.
- ¿Quieres que me duerma? -Amandine no supo cómo tomarse aquello-. Si no quieres...
- ¡Calla! susurró Valérie-. Con un gesto, le indicó dónde debía mirar. Efectivamente, debajo de un taburete de la cocina, había un micro colocado-. Amandine, cielo, tómate esta pastilla, mañana tendrás menos resaca; voy a darte un vasito de agua -sonrió, puso el micro debajo del grifo, que empapó el aparato, abrió la puerta de la terraza y desde ahí, lo lanzó a la calle. Dos minutos después, apagó el inhibidor y quitándose los tacones, gimió- ¡Dios, estaba deseando quitarme estos malditos zapatos! Ahora, ya podemos hablar tranquilas. "No me fío todavía", le escribió Amandine en snapchat, a lo que Valérie respondió "ya he comprobado todo, sólo había ese micro y se ha dado un buen bañito".
- Además -dijo, acercándose a su oreja-, querida Mandy, ¿no has escuchado un coche dar un acelerón? Juraría que quien puso el micro se sabe descubierto y ha huido... Así que, ahora, cariño... Viene cuando no te dejo dormir.

Después de cerrar las cortinas y las persianas, mientras la invitada se quitaba los tacones y soltaba un gritito de alivio, la anfitriona se acercaba por detrás y empezó a besarle la nuca mientras enredaba sus dedos en aquella melena color rojo fuego que llevaba tanto tiempo volviéndola loca, tratando de controlarse, de no asustarla, de no dejarse llevar hasta el peligroso punto de no retorno, pero la dueña de aquel pelo se dio la vuelta, arrodillándose en el sofá, lanzándose de nuevo a aquella boca que quería saborear; las lenguas entraron en una nueva batalla y las manos volaron, rozaron aquellos cuerpos cuya ropa empezaba a volar por aquella habitación, sin nada que las detuviese esa vez. Mientras se seguían besando, devorando, como pudieron, llegaron hasta aquella cama que las esperaba, con aquellas sábanas negras de satén preparadas para recibirlas. Se tumbaron y Amandine quiso empezar a acariciar el pecho de Valérie, pero ésta la sujetó de las manos y le pidió que la dejara hacer. Con una tranquilidad que habría desquiciado a cualquiera, soltó aquellas manos para centrarse en aquellos pezones que tantas veces había saboreado antes, pero siempre en incómoda compañía; sin perder el tiempo, mientras su boca acogía uno de aquellos pechos, una de sus manos acariciaba el otro y la otra se deslizaba como una culebra por aquel abdomen suave y firme, hasta llegar a ese monte de Venus que estaba deseando calentar. Con los dedos, empezó a hacer cosquillas en aquella zona, la rozaba con mimo, la acariciaba, la preparaba, esperando el momento justo en el que escuchó un "sigue" que casi se quedó en el aire. Se encajó entre aquellos muslos ardientes y con suavidad, primero empezó a soplar sobre aquella zona perfectamente depilada, luego, despacio, empezó a juguetear con la lengua, rozando ese pequeño bulto que en ese momento, por fin, iba a ser para ella sola. 

Con un dedo, un solo dedo, despacio, entró en la que ella siempre llamaba "mi gruta maravillosa", pero su partenaire la retó con una sola frase, que sonó a un completo desafío: "serás capaz de hacerme gritar sólo con la lengua?". No sabía aquella mujer que acababa de desatar a la fiera... Los deseos de aquella mujer eran órdenes para ella, todo lo que quisiera aquella noche lo tendría, y si eso quería, eso iba a darle. Sacó el dedo de su volcán particular y empezó a lamer, morder y succionar el clítoris de su objeto de deseo; rápidamente, Amandine empezó a temblar, pero lejos de lo que temía Valérie, sólo era capaz de decir "sigue" entre gemidos. Cada vez más excitada, le costaba más mantener el control, y sorprendiéndola de nuevo, la pelirroja le tiró en un descuido de la pierna, lo justo para que se tumbara; no estaba dispuesta a ser la única que sintiera placer en aquella habitación, y si hacía algo, lo hacía bien, o no lo hacía, además, ella se lo merecía, se merecía tener tanto placer como diera. Ahí empezó la particular guerra de aquellas dos mujeres, cuyas bombas llegaban en forma de lametazos, las balas eran placenteros mordiscos y ganaba la primera que llegase al orgasmo, aunque quedaron en empate, porque las dos explotaron en el mismo instante.
- Joder, joder, joder... Ya puedo morirme -sonrió Valérie-.
- Cuando quieras, repetimos antes de que estires la pata... - murmuró tratando de volver a respirar normalmente-. ¿Qué? ¿Por qué me miras así?
- Porque siendo capaz de enamorar como lo haces con esa mirada, no sé cómo ese imbécil te ha dejado escapar. Nunca sabrá lo que ha perdido...
- Ese es su problema, Val, el mío ha terminado ya y era tenerle a él encima.
- O debajo, o detrás, o delante...

Ambas acabaron riendo a carcajadas, con agujetas de tanto reír y con una sonrisa en la cara, Amandine porque tenía claro que al día siguiente empezaba su nueva vida y Valérie porque sabía que al día siguiente, tendría a su lado al que tenía que ser su nuevo amor.