Josué era un chico normal, con los mismos gustos y aficiones que cualquier otra persona: trabajaba como taxista, salía con sus amigos cada vez que podía, le gustaba disfrutar de su tiempo libre y le encantaba gozar de los encantos de una buena compañía femenina, pero lo que estaba a punto de experimentar estaba mucho más lejos de lo que nunca habría llegado a imaginar. Todo empezó en el momento en que clavó su mirada en aquella chica...
Aquel viernes singular, durante el día, todo fue como cualquier otro: se levantó temprano para trabajar, recorrió la ciudad en la que vivía de todas las formas posibles y con infinidad de puntos de salida y destino distintos y charlando con todo aquel que quería escucharle o darle un poco de conversación durante el trayecto. A media mañana la situación casi se tuerce hasta quedar en meros escombros cuando sonó el teléfono. Había quedado con sus amigos Jorge y Eva, pero a primera hora de la mañana la chica le avisó de que no podría acudir a la cita a causa de un resfriado que hacía imposible que saliera de casa durante varios días y en ese momento su amigo, se temía, también iba a cancelar la velada.
- Dime.
- Josué, mira...
- No me lo digas... ¿A que tú también estás resfriado y no vas a poder salir esta noche?
- Verás, resfriado no estoy, pero me ha salido un compromiso que no puedo cancelar... Verás, viene una amiga a la que hace mucho tiempo que no veo, sólo va a estar hasta el domingo por la tarde y me gustaría poder pasar todo el tiempo posible con ella... Bueno, aunque ahora que lo pienso, si te parece bien le digo que salga esta noche con nosotros. Creo que te he hablado de ella alguna vez, es Nora. una chica que vive en Granada pero que estuvo un tiempo viviendo por aquí y...
- Tranquilo, amigo, no hay problema. Tanto me has hablado ya de ella que ya tengo curiosidad por conocerla, así que si ella quiere venir, por mí no hay problema... ¿La hora la mantenemos?
- Sí, sí, quedamos como dijimos en un principio, a la misma hora en mi casa, ¿De acuerdo?
- Ok, ahí me tendrás como un clavo.
El resto del día lo pasó dándole vueltas una y otra vez al mismo tema: cómo sería la amiga de Jorge, si le caería bien, si sería guapa... Pero no por mucho madrugar amanece más temprano ni por más pensar en ello el tiempo iba a pasar más rápido, así que decidió que lo mejor sería centrarse en el trabajo antes de acabar volviéndose completamente loco. -Seguro que esté buena o no, al menos será simpática. Además, por el tono de Jorge al nombrarla y lo que me han contado, estos dos, al menos, estuvieron liados, y muy probablemente se pasen la noche pegados como lapas... En fin, Josué. ¡céntrate!- Pensó. Justo en el momento en que por fin consiguió aparcar ese tema de sus pensamientos escuchó cómo se cerraba la puerta trasera del taxi; debía prepararse para un nuevo trayecto.
Como ya había advertido, a la hora acordada ahí estaba Josué, con puntualidad inglesa y vestido de una forma parcialmente informal: llevaba una camisa blanca que hacía que el tono claro de su piel fuera la mar de apetecible, americana negra que marcaba sus hombros y destacaba su espalda, pantalón vaquero azul oscuro lo suficientemente ceñido para enmarcar su delicioso trasero y zapatillas deportivas con apariencia de zapato. Tomó aliento varias veces y apretó el botón del telefonillo correspondiente a la casa de su amigo.
- ¿Sí?
- Abre.
- ¿Quién es?
- Tu padre.
- Entonces no te abro, que tengo la casa sin recoger -rió a carcajadas esperando la respuesta de su amigo-. Hala, ¡hasta luego, eh!
- Venga, hombre, abre ya, ¡no seas cabrón!
- ¿Perdón? -respondió una voz femenina. Eso era algo con lo que él no contaba y que hizo que los nervios se apoderasen de él-. Esto, perdón, soy Josué, un amigo de Jorge... ¿podrías abrirme, por favor?
Jorge entre risas le pidió a Nora que abriera la puerta y ella hizo lo que le pidieron. En un par de minutos estaba en la puerta de casa, a punto de entrar; respiró hondo un par de veces y cruzó el umbral.
- ¿Jorge?
- En el salón, ¡pasa!
Cuando entró estaban sentados en el sofá Jorge, Eva y una chica morena, de ojos azul oscuro a la que no había visto nunca y que presumía de curvas, mostrando sin vergüenza que no sólo las mujeres delgadas tenían derecho a ser guapas.
- ¡Hola! Tú debes de ser el que estaba en el portal hace un minuto... Yo soy Nora, y lo siento pero no, no soy un cabrón. Un poco cabrona a veces sí, pero bueno.
- Hola... sí, soy Josué... Encantado de conocerte -miró a su amiga y con cara de enfado le gruño-. Y tú, Evita, ¿no estabas resfriadísima y con 40 de fiebre?
- Sííí... Bueno... y lo estaba, pero... digamos que a mí también me picaba la curiosidad por conocer a una antigua conquista de Jorge, que yo sabía antes que tú que ella venía, sé que estas cosas te ponen nervioso... ¡y no quería perderme el momentazo, para qué me voy a andar por las ramas!
- Bueno, conquista, conquista, lo que se dice conquista tampoco fui... Siempre hemos sido muy buenos amigos, pero de ahí a lo que me ha comentado Jorgito que se comenta hay un trecho grandísimo. Y bueno, ahora que ya estamos todos, ¿qué tal si nos tomamos una copa?
Después de un rato de charla entre todos salieron a tomar una copa por ahí todos juntos; aunque a Josué le había llamado la atención Nora, la amiga de Jorge estaba más pendiente de él, sin dejar de lado a los otros dos miembros del grupo, pero caminando agarrados de la mano, regalándose besos furtivos cada vez que creían que Eva y Josué no les veían, sin soltarse nada más que para entrar en algún local y compartiendo risas y confidencias entre los cuatro miembros del grupo, quienes cualquiera podría pensar que eran amigos conocidos de toda la vida.
Habían pasado un par de horas desde que comenzaron la fiesta cuando Josué clavó los ojos en una guapísima chica morena de ojos verdes y un cuerpo de escándalo enfundado en un corto y ajustado vestido negro acompañado de unos zapatos de tacón alto del mismo color. En el mismo momento en que él la miró ella ya llevaba rato escrutándole con la mirada. Se acercó para poder hablar con Josue y en un instante conectaron de tal forma que parecía que se conocieran de toda la vida, aunque en realidad aquella noche era la primera vez que se veían, coqueteando ella y él entregado a prestarle atención, sin importarle nada más a ninguno de ellos. Un rato después ella le susurró algo al oído y se dirigió a la puerta, donde permaneció unos segundos esperando a que él se despidiera de se ha sus amigos.
- Chicas y chico, me vais a perdonar, pero me ha surgido un compromiso, y...
-Anda, ¡tira ya y no hagas esperar a la morena! Deja el listón bien alto o como que me llamo Eva que te vas a arrepentir... ¡Venga!
Un instante después, y después de despedirse del resto del grupo Josué y Helena, que así había descubierto que se llamaba la chica se dirigieron sin pensarlo a casa de la chica. Durante el camino no pararon de reír y coquetear; cuando llegaron a la puerta de casa de Helena ya estaban entregados a la pasión, con sus labios atrapados en una espiral de besos en la que sus lenguas peleaban por ser la campeona de aquel lance mientras sus manos, veloces, les hacían aflojar su ropa mientras el ascensor llegaba al piso indicado. En cuanto la puerta se abrió ella le dio a él la espalda el tiempo justo de abrir la puerta, que traspasaron con ansia y cerraron en seguida.
-Espérame aquí un momento... Quítate los zapatos y no enciendas la luz.
- Pero ¿qué...? -Pregunto confuso Josué.
- Hazme caso y quítate los zapatos -le susurró Helena al oído.
- En realidad son zapatillas - respondió con el mismo tono de voz.
- Bueno, lo que sea... Ya.
Tal como ella le ordenó él se quitó las deportivas y a tientas buscó el interruptor de la luz, pero justo cuando iba a encontrarlo notó que ella le puso algo en los ojos.
- Te dije que no encendieras la luz, y me has desobedecido... Mala decisión. -Ella le puso una venda en los ojos, impidiendo que aunque la electricidad hiciera su magia él pudiera contemplarla y sujetó sus manos con un frío juego de esposas metálicas desnudas, con las manos hacia delante. -Confía en mí, déjate llevar, quítate prejuicios de encima y diviértete... Pero antes voy a asegurarme de que tengas las manos exactamente donde yo quiero que las tengas. Y ahora sólo camina: no te preocupes por chocar con nada, yo te guiaré, pero necesito que colabores, ¿entendido?
Él asintió con la cabeza, entre excitado y asustado.
-Muy bien, así me gusta...
Ella le guió por lo que a él le pareció un larguísimo pasillo, caminando hasta que notó que le golpeaba en la parte trasera de la rodilla izquierda.
- Siéntate. -Josué le obedeció y en cuanto su espalda rozó el respaldo de la silla forrada de terciopelo ella le susurró al oído: -Bienvenido al maravilloso mundo del sadomasoquismo.
- ¿Qué? ¿Qué cojones...? Mira, a mí estos rollos no me van, ¿Sabes? No te ofendas, pero paso.
- Shh, relájate... ¿Lo has probado alguna vez?
- NO.
- Entonces, ¿cómo estás tan seguro de que no te gusta? No todo son potros de tortura y
mujeres con zapatos de tacón de aguja pisando testículos, también hay situaciones muy placenteras... Si me dejas enseñarte alguna.
- Está bien, me dejo hacer... Pero no quiero nada de fustazos, ni de tacones clavados ni cosas así, ¿de acuerdo? -No contestó nadie.- ¿Helena? ¿Estás ahí? Dime algo, por favor...
- Estás empezando a excitarte, estoy dominándote y...¡oh, milagro, no te estoy haciendo daño! -Le quitó las esposas y empezó a besar sus muñecas con delicadeza mientras las llevaba hacia su cuerpo, haciendo que él diera un respingo en cuanto notó la suave piel de ella. -Sólo es mi pecho, tranquilo... No voy a hacerte daño, de verdad. -Dijo mientras hacía que las yemas de los dedos de su compañero de juegos rozasen sus pezones, poniéndolos duros hasta el momento en que Josué fue consciente de lo que estaban haciendo sus manos, momento en que Helena dejó de acariciarse. Colocó las manos de él sobre sus rodillas y sin hacer ruido gracias a la moqueta colocada en el suelo, que impedía que los tacones al chocar contra el suelo le permitieran utilizar su sentido de la orientación para hacerse una idea de dónde estaba cada uno. Volvió a ponerle las esposas y aunque la llamó varias veces, no tuvo respuesta. Cuando bajó la guardia notó que algo se deslizaba por su cara, haciendo que su corazón se acelerase de tal forma que notaba los latidos de su corazón en las sienes: ella le había quitado la venda de los ojos, permitiéndole ver dónde estaban: era una habitación grande, inundada por una tenue luz roja, en la que sólo había una enorme cama, una moqueta negra y... ella. Ahí estaba Helena, apoyada en la pared, sonriendo mientras jugueteaba con el pañuelo que acababa de desatarle entre las manos. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la escasa luz, lográndolo en el mismo instante en que ella lanzó un movimiento certero al clavar el fino tacón del zapato entre los muslos de Josué, haciendo que sus piernas se cerrasen por instinto. -Yo no haría eso si fuera tú y no quisiera que el zapato me atraviese la pierna... No... te muevas. -Bajó el pie al suelo mientras miraba fijamente al chico. -No te muevas a no ser que yo te dé permiso o sí que te dolerá...
Se dio la vuelta mientras él la miraba boquiabierto, intrigado por lo que estaba por venir, y sin mirarle siquiera le dijo:
- Voy a soltarte las muñecas el tiempo justo de que hagas lo que voy a ordenarte; ten muy claro que en cuanto acabes volveré a ponértelas. Quítate la camisa. Ahora. Muévete sólo para eso, no te permito que lo hagas para nada más. Ah, y por si lo estás pensando, tampoco tienes permiso para hablar. -Él le hizo caso y se quitó la prenda de vestir mientras ella se despojaba de su vestido, permitiéndole ver aún mejor su deliciosa anatomía, llena de curvas vertiginosas que muy pronto iba a disfrutar. Cuando la prenda rozó el suelo quiso levantarse a hacer lo mismo con el pantalón, pero de nuevo uno de los tacones de ella se hundió en la silla, ésta vez a escasos milímetros de su entrepierna. -¿Quién ha dicho que tengas permiso para hacer nada más? Es el último aviso que te doy: aquí los tiempos los marco yo. -Sin bajar la pierna se acercó a los labios de Josué. -Quítate el resto de la ropa y túmbate en la cama. ¿O prefieres que te ate en la silla?
- Cama... cama.
Se tumbó en la cama y en cuanto lo hizo Helena le ató de pies y manos a la cama. Josué decidió que aunque aquello no acababa de darle buena espina lo mejor sería dejarse llevar, así que se relajó y como ella le pidió desde un principio, se dejó llevar. -En cuanto me sueltes te voy a echar un polvazo, no sé si lo sabes...
- Ja, ja... ja. ¿Y quien dice que tengo que soltarte para eso? -tensó las correas que sujetaban sus manos.- Y... ¿Quién dice que el polvo me lo vas a echar tú? ¿Sabes qué es lo más divertido de esto? Que tus ojos no van a poder prevenirte, y esa función se la vamos a dar al tacto... - dijo mientras volvía a ponerle el pañuelo cubriéndole los ojos. -No vas a saber si te voy a besar en el cuello... o te voy a morder en un muslo... o te voy a hacer un chupetón en un brazo.
- Mmmm, suena muy bien...
- Ya vas empezando a entender lo divertido que puede llegar a ser esto.
Casi no le dio tiempo a acabar de pronunciar la frase, empleándose en empezar a deslizar su lengua por su miembro, cuya reacción inmediata fue una generosa erección. Helena comenzó a deslizar la lengua a lo largo de todo el sexo de Josué hasta que no pudo resistirlo más y lo introdujo en su boca, con sus labios rodeándolo y su lengua jugueteando con tranquilidad, pues la única norma de aquel encuentro era que ella en todo momento tendría la voz cantante, así que aunque él muriese de ganas de que aumentase el ritmo o diese un paso más, por mucho que lo pidiese, sólo lo haría cuando ella quisiera, y ella quería darle placer poco a poco, así que de esa forma incrementó el ritmo haciendo que la respiración de él se acelerase por el placer, que aumentaba a la misma velocidad que el ritmo del juego. Él pidió entre gemidos que le soltara, gritó que le soltara para poder dejar que sus manos recorrieran aquel cuerpo que tanto le estaba haciendo disfrutar, pero la única respuesta que recibía era un silencio sepulcral. Justo en el instante en que no podía aguantar más placer sin llegar al orgasmo sintió que ella dejaba de rozarle. Volvió a gritar llamando a su compañera de juego, llegando a pensar que se había ido, dejándolo ahí, atado de pies y manos y desnudo cuando notó unos dientes mordiendo con suavidad su oreja y el caliente aliento que le rozaba hizo que se estremeciera.
- Veo que te está gustando... ¿Ves como no tenías que tener miedo? Sólo tenías que hacerme caso y relajarte.
- ¿Relajarme? Ahora mismo no sé si antes te comería a besos,recorrería tu piel milímetro a milímetro o dejaría que mi lengua haga en tí lo que hasta hace un momento estaba haciendo la tuya.
- Si te portas bien, tendrás tiempo de hacer eso y muchísimo más... aunque no hoy. Hoy vas a hacer sólo lo que yo quiera.
Helena dejó a Josué unos segundos de nuevo sin la posibilidad de percibir nada, observándole sentada en la silla en que le había esposado, sonriendo con una sonrisa traviesa. Él ya no gritaba, ya no la buscaba: su olfato se había habituado al olor del perfume de aquella misteriosa chica, lo que hacía que supiera que seguía allí aun sin que ella dijese nada. Cuando su excitación disminuyó lo suficiente como para evitar que su orgasmo llegara con un solo roce aprovechó la ventaja que le otorgaba la altura de los tacones y la insonorización de la moqueta para subirse a la firme cama sin ser descubierta hasta que no quisiera que su presencia fuese delatada. Subió, quedándose a horcajadas sobre él y hizo que sus cuerpos tuvieran la suficiente distancia para que sus pezones pudieran rozar el pecho de su ansioso compañero, que en cuanto fue consciente de ese tacto intentó dirigir sus manos a esa suave piel, soltando un bufido al recordar que las ataduras que rodeaban sus muñecas se lo impedían cuando introdujo su sexo en el ardiente interior de ella. Josué quiso empezar a mover las caderas para darle placer a Helena en la medida de lo que aquellas inmovilizaciones le permitían, sin saber que aquello también formaba parte del juego: cuando quisiera volver a dominar completamente la situación, sólo tenía que tirar de las cuerdas, cosa que hizo en cuanto él se confió, dándole un tirón lo bastante fuerte como para que sintiera una ligera molestia, y consiguiendo que de su garganta saliera una mueca de dolor. Comenzó a mover las caderas con un vigoroso vaivén que provocaba que el placer de ambos no hiciese más que aumentar, permitiendo que de vez en cuando las caderas de ambos acompasasen sus movimientos, acelerándolos cada vez más, hasta que ambos llegaron a un delicioso y ansiado orgasmo.
En cuanto Helena alcanzó el clímax se apartó de encima de Josué, dejando que retomase el aliento, para susurrarle una vez más al oído:
- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Dónde hay que firmar para repetir?
- Buena respuesta, no la esperaba... Ya tengo tu número de teléfono, el cual he conseguido haciéndome una llamada perdida mientras te despedías de tus amigos, sin darte cuenta de que había desaparecido de tu bolsillo, así que pronto tendrás noticias mías. De momento voy a desatarte y a dejar que vuelvas a disfrutar del sentido de la vista.
- ¿Eso te incluye a ti desnuda?
- Jajaja... Además de guapo y obediente, eres gracioso... ¡Estás ganando puntos!
En cuanto acabó de vestirse, Helena desató a Josué y le observaba vestirse mientras ella seguía sentada, con la misma sonrisa de satisfacción que hacía un rato, en el momento en que estaba rendido a sus pies. Esperó a que la ropa de ambos volviera a estar en su sitio y ella le acompañó durante el trayecto hasta llegar a la puerta de la discoteca en la que había quedado con Jorge, al que llamó nada más devolverle el teléfono, hablando por el camino de mil y un cosas y explicándole ella el motivo de su atracción por el mundo que acababa de empezar a mostrarle. Cuando doblaron la esquina de la calle en la que estaba la discoteca comprobaron que el grupo estaba llegando. Ella esperó a que volvieran a estar todos juntos y se despidió de él con un largo y apasionado beso.
- Lo dicho, Josué, pronto tendrás noticias mías. Sé bueno, o sabes qué consecuencias deberás afrontar...
- Sólo mientras tú estés cerca.
- ¡Vaya con el casanova! Qué cara de satisfacción tiene...
- Ya te iré contando, Jorge, ya te iré contando...
blog de literatura mayoritariamente erótica, sin dejar de lado los pequeños relatos de temática abierta
viernes, 21 de noviembre de 2014
martes, 18 de noviembre de 2014
segundas partes a veces sí son buenas
Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero debo reconocer que muy de vez en cuando llega la excepción que hace que la norma se cumpla, aunque para seguir tirando de sabiduría popular tuve que tropezar dos veces en la misma piedra para poder ganar esta experiencia vital.
Conocí a Javier el 23 de junio de 2010 después de llevar un mes sin levantar cabeza y cuando menos le esperaba. En ese momento hacía poco más de un mes, el tiempo que llevaba con la cabeza más hundida en el suelo que las avestruces en la tierra cuando se esconden, después de haberme llevado un enorme combo de chascos: había pasado por dos relaciones bastante turbulentas que me habían dejado con el autoestima por los suelos, pero me estoy adelantando, así que iré por partes.
Otra cosa que en la inmensa mayoría de ocasiones es cierto es que la distancia, cuanto mayor es, con más fuerza hace el olvido. A finales de 2008 conocí a un chico que aunque ni era especialmente actractivo, ni educado, ni demasiado sociable... Pero me trataba como toda mujer quiere que lo hagan: continuamente estaba pendiente de mí, era la primera persona con la que hablaba nada más levantarme y la última antes de acostarme, se pasaba el día enviándome imágenes de cosas bonitas y mensajes románticos, daba la cara por mí cuando alguien se metía conmigo... Pero todo a través de un ordenador. Unas semanas después por fin pudimos encontrarnos en persona aunque nada fuera como yo esperaba: pasé de cruzar España con el colchón de un trabajo y un piso asegurado a que todo eso fuera mentira, hasta el punto de acabar a punto de dormir en la calle, deprimida y muerta de frío. Con todo el dolor de mi alma volví al último sitio al que querría haber ido pero seguí con él porque al fin y al cabo el tenía las manos atadas y no podía ayudarme. Seguimos juntos varios meses, pero de nuevo todo era a través de un teléfono o un ordenador y a mí eso no me llenaba, por lo que cuando conocí al que a día de hoy considero casi el peor error que he cometido en mi vida tomé la decisión de liberarle de la losa que era aquella relación para que según creía en ese momento cada uno pudiéramos seguir adelante, mas lo que quería era poder empezar ese gran error sin que el remordimiento me arrancase el sueño.
Pasé 8 meses manteniendo aquel error hasta que una tarde, por un tema de médicos de un familiar, a él por fin se le cayó la careta: me permitió comprobar lo poco que confiaba en mí, lo inútil que me consideraba y lo inferior a él que me veía y me hizo el favor de dejarme, algo que me ha costado mucho tiempo entender. Me había manipulado como había querido para conseguir sus objetivos que eran tener quien le aliviara los dolores de genitales y utilizarme de trampolín hacia una desesperación mayor que la mía por no afrontar una sanísima soledad que ambas necesitábamos y que ninguna queríamos disfrutar. Podría pasar horas volviendo a recriminarle a ella todo lo que no hizo por mí y cómo dejó patente varias veces que para ella era más importante la calle que la sangre, pero ni yo ganaría nada ni él se lo merece. En cuanto el chico con el que lo había dejado se enteró me pidió que le diera una segunda oportunidad y yo, entre el dolor, el remordimiento y el despecho, acepté, acabando de destrozarme el corazón con esa relación y ese chico; poco tiempo después las tornas cambiaron y fue el quien vino a mi casa, y tal como nos pasó la primera vez, apenas estuvimos 3 semanas juntos, logrando que de 9 meses que estuvimos juntos pasáramos compartiendo espacio y tiempo un mes y medio, y acabando definitivamente la relación esta vez él, por mail y alegando que se había enamorado de una chica con la que anteriormente había tenido un niño.
Así que por fin, poco más de un mes después, llegó Javier a arreglar los trocitos de mi corazón resquebrajado. Gracias a él pasé dos meses y medio maravillosos, casi los más felices de mi vida, en los que aunque de nuevo él tampoco era la personificación de un mimoso oso de peluche era atento, educado, dulce y me trataba con respeto... ¿Qué más podía pedir? Por desgracia todo estaba siendo demasiado bonito para ser verdad, así que ahí acabé yo, después de saborear la felicidad de nuevo en el punto de partida, sola y con el corazón hecho pedazos como un vaso de cristal arrojado al suelo. Como pasa en tantas ocasiones, hay gente que piensa que puede utilizar a la gente a conveniencia importándole un bledo el daño que puedan ocasionar y en ese caso los damnificados fuimos nosotros: yo en el momento en que él, con la esperanza de que la segunda oportunidad que le daba a aquella mujer que no la merecía le saliera bien, dejándome a mí de nuevo sola y con el corazón roto y él cuando pudo comprobar por sí mismo que nunca había dejado de ser un juguete para ella.
Cuando me explicó la situación me pidió que no le guardase rencor, que no le esperase y que si tenía oportunidad de seguir adelante sin él lo hiciera sin miramientos y eso fue lo que traté de hacer, aunque nada estaba más lejos de lo que estaba por llegarme todavía. Poco después, presionada por mi situación amorosa y que el sitio en el que mejor debería sentirme era una especie de campo de concentración llegó el que hasta ahora ha sido el peor, con diferencia, de todos los errores de mi vida. Sólo llevábamos 5 días juntos cuando el lobo disfrazado de cordero enseñó la pata aunque estúpida de mí, fui incapaz de verlo: apenas llevábamos seis meses juntos cuando una tarde, embarazada de casi tres, por primera y afortunadamente única vez llegué a temer por mi vida, hasta el punto de rezar para morir rápidamente y sin dolor. Recuerdo perfectamente la fecha e incluso la hora: había discutido con su familia por intentar ayudarles, recibiendo como pago que dos "hombres" se tirasen como fieras a pegarme, aunque al parecer en el último momento no sé si la cordura o la falta de ganas de pasar la noche en un calabozo les frenaron. Yo ya estaba cansada de aguantar así que estaba decidida a encaminarme a hacer lo que siempre te dicen que hagas, denunciar, pero no salí a tiempo de aquella casa: en el mismo instante en que yo iba a abrir la puerta de la habitación llegó él; a su padre y su hermano les faltó tiempo para vociferar mil y un mentiras y calentarle lo suficiente para lograr lo que querían, lo que necesitaban: que me quedase callada. A partir de ese momento, todo pasó tan rápido... Intenté explicarme, con la esperanza inútil de que me escuchase, de que conociendo a todos fuera capaz de darse cuenta de que la situación no era como se la habían pintado... Pero sólo logré que me llamase zorra y empotrándome contra una puerta incrustara sus dedos y su mano alrededor de mi cuello, sin soltarme hasta que con el que creí que era mi último aliento le dije "me vas a matar... -lo que hizo que aumentara la fuerza de la presión- y vas a matar a tu hija -estaba convencido de que iba a ser niña ese ser que crecía dentro de mí-." Sólo entonces me soltó, y aunque se pasó la noche llorando y no volvió a pegarme, nunca ahorró en insultos para dirigirse a mí, hasta que llegó la mañana en que cansada y con el apoyo de nuevo de Javier, me harté y decidí salir de aquel infierno en el que se había convertido mi vida.
El 23 de diciembre hace 3 años que salí de aquella casa, y con ello del mismísimo infierno, 3 años en los que he vivido momentos mejores, peores, felices, tristes... Pero todos con Javier a mi lado, con mi ángel salvador que me arrancó del mayor de los infiernos. Pasé con su apoyo por toda la burocracia de denuncias, juicios, agobios, llantos por todo lo sufrido, sin dejarme sola ni un solo minuto y dándome fuerzas en los momentos en que más lo he necesitado, haciéndome recordar que las mujeres somos personas y merecemos que nos traten como a tal y no ha permitido que vuelvan a pisotearme ni una sola vez más y no pasa un día en que no me despierte con un beso y un "buenos días mi niña". Así que sí, en la inmensa mayoría de las ocasiones segundas partes ni fueron, ni son, ni serán buenas, pero eso hace que quede un pequeño rayito de esperanza, simplemente hay que dejar que el tiempo lleve a cabo su trabajo.
Conocí a Javier el 23 de junio de 2010 después de llevar un mes sin levantar cabeza y cuando menos le esperaba. En ese momento hacía poco más de un mes, el tiempo que llevaba con la cabeza más hundida en el suelo que las avestruces en la tierra cuando se esconden, después de haberme llevado un enorme combo de chascos: había pasado por dos relaciones bastante turbulentas que me habían dejado con el autoestima por los suelos, pero me estoy adelantando, así que iré por partes.
Otra cosa que en la inmensa mayoría de ocasiones es cierto es que la distancia, cuanto mayor es, con más fuerza hace el olvido. A finales de 2008 conocí a un chico que aunque ni era especialmente actractivo, ni educado, ni demasiado sociable... Pero me trataba como toda mujer quiere que lo hagan: continuamente estaba pendiente de mí, era la primera persona con la que hablaba nada más levantarme y la última antes de acostarme, se pasaba el día enviándome imágenes de cosas bonitas y mensajes románticos, daba la cara por mí cuando alguien se metía conmigo... Pero todo a través de un ordenador. Unas semanas después por fin pudimos encontrarnos en persona aunque nada fuera como yo esperaba: pasé de cruzar España con el colchón de un trabajo y un piso asegurado a que todo eso fuera mentira, hasta el punto de acabar a punto de dormir en la calle, deprimida y muerta de frío. Con todo el dolor de mi alma volví al último sitio al que querría haber ido pero seguí con él porque al fin y al cabo el tenía las manos atadas y no podía ayudarme. Seguimos juntos varios meses, pero de nuevo todo era a través de un teléfono o un ordenador y a mí eso no me llenaba, por lo que cuando conocí al que a día de hoy considero casi el peor error que he cometido en mi vida tomé la decisión de liberarle de la losa que era aquella relación para que según creía en ese momento cada uno pudiéramos seguir adelante, mas lo que quería era poder empezar ese gran error sin que el remordimiento me arrancase el sueño.
Pasé 8 meses manteniendo aquel error hasta que una tarde, por un tema de médicos de un familiar, a él por fin se le cayó la careta: me permitió comprobar lo poco que confiaba en mí, lo inútil que me consideraba y lo inferior a él que me veía y me hizo el favor de dejarme, algo que me ha costado mucho tiempo entender. Me había manipulado como había querido para conseguir sus objetivos que eran tener quien le aliviara los dolores de genitales y utilizarme de trampolín hacia una desesperación mayor que la mía por no afrontar una sanísima soledad que ambas necesitábamos y que ninguna queríamos disfrutar. Podría pasar horas volviendo a recriminarle a ella todo lo que no hizo por mí y cómo dejó patente varias veces que para ella era más importante la calle que la sangre, pero ni yo ganaría nada ni él se lo merece. En cuanto el chico con el que lo había dejado se enteró me pidió que le diera una segunda oportunidad y yo, entre el dolor, el remordimiento y el despecho, acepté, acabando de destrozarme el corazón con esa relación y ese chico; poco tiempo después las tornas cambiaron y fue el quien vino a mi casa, y tal como nos pasó la primera vez, apenas estuvimos 3 semanas juntos, logrando que de 9 meses que estuvimos juntos pasáramos compartiendo espacio y tiempo un mes y medio, y acabando definitivamente la relación esta vez él, por mail y alegando que se había enamorado de una chica con la que anteriormente había tenido un niño.
Así que por fin, poco más de un mes después, llegó Javier a arreglar los trocitos de mi corazón resquebrajado. Gracias a él pasé dos meses y medio maravillosos, casi los más felices de mi vida, en los que aunque de nuevo él tampoco era la personificación de un mimoso oso de peluche era atento, educado, dulce y me trataba con respeto... ¿Qué más podía pedir? Por desgracia todo estaba siendo demasiado bonito para ser verdad, así que ahí acabé yo, después de saborear la felicidad de nuevo en el punto de partida, sola y con el corazón hecho pedazos como un vaso de cristal arrojado al suelo. Como pasa en tantas ocasiones, hay gente que piensa que puede utilizar a la gente a conveniencia importándole un bledo el daño que puedan ocasionar y en ese caso los damnificados fuimos nosotros: yo en el momento en que él, con la esperanza de que la segunda oportunidad que le daba a aquella mujer que no la merecía le saliera bien, dejándome a mí de nuevo sola y con el corazón roto y él cuando pudo comprobar por sí mismo que nunca había dejado de ser un juguete para ella.
Cuando me explicó la situación me pidió que no le guardase rencor, que no le esperase y que si tenía oportunidad de seguir adelante sin él lo hiciera sin miramientos y eso fue lo que traté de hacer, aunque nada estaba más lejos de lo que estaba por llegarme todavía. Poco después, presionada por mi situación amorosa y que el sitio en el que mejor debería sentirme era una especie de campo de concentración llegó el que hasta ahora ha sido el peor, con diferencia, de todos los errores de mi vida. Sólo llevábamos 5 días juntos cuando el lobo disfrazado de cordero enseñó la pata aunque estúpida de mí, fui incapaz de verlo: apenas llevábamos seis meses juntos cuando una tarde, embarazada de casi tres, por primera y afortunadamente única vez llegué a temer por mi vida, hasta el punto de rezar para morir rápidamente y sin dolor. Recuerdo perfectamente la fecha e incluso la hora: había discutido con su familia por intentar ayudarles, recibiendo como pago que dos "hombres" se tirasen como fieras a pegarme, aunque al parecer en el último momento no sé si la cordura o la falta de ganas de pasar la noche en un calabozo les frenaron. Yo ya estaba cansada de aguantar así que estaba decidida a encaminarme a hacer lo que siempre te dicen que hagas, denunciar, pero no salí a tiempo de aquella casa: en el mismo instante en que yo iba a abrir la puerta de la habitación llegó él; a su padre y su hermano les faltó tiempo para vociferar mil y un mentiras y calentarle lo suficiente para lograr lo que querían, lo que necesitaban: que me quedase callada. A partir de ese momento, todo pasó tan rápido... Intenté explicarme, con la esperanza inútil de que me escuchase, de que conociendo a todos fuera capaz de darse cuenta de que la situación no era como se la habían pintado... Pero sólo logré que me llamase zorra y empotrándome contra una puerta incrustara sus dedos y su mano alrededor de mi cuello, sin soltarme hasta que con el que creí que era mi último aliento le dije "me vas a matar... -lo que hizo que aumentara la fuerza de la presión- y vas a matar a tu hija -estaba convencido de que iba a ser niña ese ser que crecía dentro de mí-." Sólo entonces me soltó, y aunque se pasó la noche llorando y no volvió a pegarme, nunca ahorró en insultos para dirigirse a mí, hasta que llegó la mañana en que cansada y con el apoyo de nuevo de Javier, me harté y decidí salir de aquel infierno en el que se había convertido mi vida.
El 23 de diciembre hace 3 años que salí de aquella casa, y con ello del mismísimo infierno, 3 años en los que he vivido momentos mejores, peores, felices, tristes... Pero todos con Javier a mi lado, con mi ángel salvador que me arrancó del mayor de los infiernos. Pasé con su apoyo por toda la burocracia de denuncias, juicios, agobios, llantos por todo lo sufrido, sin dejarme sola ni un solo minuto y dándome fuerzas en los momentos en que más lo he necesitado, haciéndome recordar que las mujeres somos personas y merecemos que nos traten como a tal y no ha permitido que vuelvan a pisotearme ni una sola vez más y no pasa un día en que no me despierte con un beso y un "buenos días mi niña". Así que sí, en la inmensa mayoría de las ocasiones segundas partes ni fueron, ni son, ni serán buenas, pero eso hace que quede un pequeño rayito de esperanza, simplemente hay que dejar que el tiempo lleve a cabo su trabajo.
lunes, 10 de noviembre de 2014
dulce venganza
Acababa de volver a Córdoba después de un viaje relámpago a Madrid para ver a mi familia y al chico con el que estaba, aunque maldita sea la hora en la que abrí la puerta de casa y me lo encontré con una rubia, en mi cama revolcándose como si no hubiera un mañana, lo cual era bastante gracioso porque apenas hacía media hora que había hablado con él escuchándole lloriquear porque me echaba de menos y tenía ganas de verme; de hecho lo más lógico de la situación fue la cara que se le quedó cuando me escuchó darle una serie de lentas palmadas, apoyada en el marco de la puerta, observando el espectáculo. Su cara le delataba: sabía que había firmado él solito una sentencia de tortura indefinida, sabía que mi respuesta sería dolorosa, y lo que más le desconcertaba era que sabía que se arrepentiría de lo que estaba haciendo, pero ni cómo ni cuando. Iba a pasar una semana, pues desde que fui en vacaciones y encontré trabajo allí justo el día que me llamaron para decirme que no me molestara en volver más que a recoger mis cosas, amargándome el último fin de semana con Josema no había vuelto a ver a nadie y le pedí a mi mejor amiga que para no perder días nada más empezar a trabajar fuera ella a recoger lo poco que tenía en el trabajo, aunque de haber sabido que eso era lo que me esperaba, habría ido yo misma, con tal de poder disfrutar viendo esa cara de pánfilo y esa mirada de pánico.
- No sabes lo que acabas de hacer, cariño... Y menos aún lo que voy a disfrutar cuando te devuelva la jugada. Y ahora sigue follando, tranquilo... Eso sí, hazme un favor: cuando salgas dale las llaves a Marta. No te preocupes, te estará esperando en el portal...
Con la mejor de mis sonrisas, fingiendo que la habitación estaba vacía me desnudé para cambiarme de ropa y ponerme mi conjunto preferido: una camiseta azul claro, un pantalón vaquero ajustado y las botas altas planas que me había comprado para que ese imbécil me viera guapa.
En cuanto me bajé del tren decidí que iba siendo hora de un buen cambio de imagen, así que entré en la primera peluquería que ví me corté el pelo, me dejé flequillo y me teñí el pelo de rojo: ésa iba a ser la nueva Natalia: peliroja, con el pelo a poco más de media melena y un flequillo que la ayudara a llevar a cabo miradas lascivas sin ser delatada. En cuanto salí de la peluquería me fui a casa, dejé la maleta encima de la cama sin abrir (ya tendría tiempo) y salí a planear mi dulce venganza aferrándome a los botellines que albergaran a las amargas cervezas que estaba decidida a tomarme, aunque mientras caminaba decidiría en qué lugar lo haría; por una parte me apetecía recorrer toda Córdoba y llegar a aquel bar al lado de la mezquita, pero ahí había estado con "mi" rubio, de cuyo recuerdo llevaba huyendo desde el momento en que nos separamos para seguir con nuestras vidas; había algo en mi interior que no quería que volviera a encontrarme con él, algo que deseaba volver a verle y algo que me planteaba la opción de ser capaz de tenerlo delante de nuevo y dejar que pasara lo que debiera. He estado a punto de llamarle tantas veces que ya he perdido la cuenta, pero por un motivo o por otro, siempre he acabado arrepintiéndome, esperando a que fuera él quien me buscase, pero parecía que ya se había olvidado de mí. ¿¡Qué coño!? No iba a pasarme la vida esperando a que él mostrase algo de interés. Estaba dándole vueltas al tema, sin prestar atención a lo que había medio metro más allá de mis pies cuando noté que algo chocaba contra mí.
- ¿¡No ves por dónde andas!? ¿Estás cie...? ¿Josema?
- Vaya, veo que al menos recuerdas mi nombre, bella Natalia...
- Suelo acordarme de los nombres de toda la gente a la que conozco.
- Pero por lo que veo, el uso de los teléfonos móviles, las redes sociales y esas cosas no forma parte de tu memoria.
- Mira, no estoy de humor, ¿vale? Además, tú también podrías haber llamado, ¿Para qué iba a hacerlo yo? ¿Para llevarme un chasco? No, gracias.
- Veo que sigues teniendo el mismo carácter... aunque ahora estás más guapa. Te queda muy bien ese color de pelo....Y esas botas... y... Oye, ¿y si nos tomamos una cerveza y nos ponemos al día?
- Bueno, no creo que me venga mal... ¿Dónde vamos?
Comenzamos a caminar y cuando quise darme cuenta estábamos en el mismo bar en que nos tomamos aquella primera cerveza de mis vacaciones, charlando como dos amigos que se conocen de toda la vida entre los que hay tal tensión sexual no resuelta que si pusieran un papel entre ellos muy probablemente saldría ardiendo. Él tenía clavados en mí sus ojazos azules y yo hacía lo propio, acompañando mi mirada con la más pícara de las sonrisas, sopesando la idea de que el fuera la pequeña pieza que me faltaba para ejecutar mi venganza; que él fuera consciente o no del papel que jugaría en ese momento era algo secundario, al fin y al cabo durante seis largos meses no se había dignado a saber nada de mí, con lo cual su interés no era demasiado alto, o al menos no lo suficiente como para mover ficha, y como a morro morro y medio, decidí que sería el ayudante perfecto.
- Y bueno, ¿Qué tal estás?
- Genial... ¿Y tú?
- Bueno, ahí voy... estoy hasta arriba de trabajo, mi ex mujer no me deja en paz... Te he echado de menos... -murmuró-.
- ¿Qué es lo último que has dicho?
- Que necesito unas vacaciones. Y hablando de vacaciones, antes tengo que arreglar unos asuntos en Madrid... Y creo recordar que tú eres de allí... ¿Qué te parece si cambiamos las tornas y esta vez eres tú la que me hace de guía a mí y me llevas a los sitios que necesite? Con mi coche, por supuesto.
- ¡Me encantaría! Es más, si quieres, tengo una habitación libre en casa. Si tengo que hacerte de guía turístico y casi que de chófer, nos beneficia a los dos, así ninguno pierde tiempo.
- Y ¿en qué cama me harás dormir?
- Hum... No sé... Si te portas bien, me pensaré si te dejo dormir en mi cama.
Sin saberlo me había puesto en bandeja de plata la oportunidad que estaba esperando. Iba a conseguir vengarme y volver a disfrutar de él, ¿Qué más podía pedir? La tarde continuó entre risas, copas y coqueteos hasta bien entrada la madrugada, con sus manos intentando volver a recorrer mi cuerpo y mis labios deseando saborear de nuevo los suyos; todo llegaría de nuevo, pero aquel no era el momento, no lo tenía todo controlado, que era lo que yo quería, lo que yo necesitaba. Me moría de ganas de que nuestros labios se reencontrasen y que nuestras manos recorrieran de nuevo el cuerpo del otro, me moría por hacer que se deleitase con el placer de mi lengua rozando su sexo antes de que volviera a estar dentro de mí, invadiéndome con esas oleadas de placer que hasta entonces sólo él había sido capaz de hacerme sentir, pero no podía, no debía dejarme llevar por el deseo, tenía que mantener la cabeza fría o todo mi plan se iría al traste. Él tenía que salir hacia Madrid a las 6 de la mañana y cuando quisimos darnos cuenta eran las 4:40 así que decidimos que lo mejor sería que yo durmiera en su casa, pero aprovechando que aún no había deshecho mi maleta pasamos primero por la mía para recogerla. De camino cada vez que cambiaba de marcha su brazo rozaba con picardía mi muslo, haciendo que un escalofrío recorriera mi espalda y mi sexo pidiera a gritos dejarme llevar, cosa que aunque me costó un mundo logré no hacer. No podía entregarle lo que él quería hasta el momento perfecto, el cual estaba mucho más cerca de lo que yo esperaba.
El camino a Madrid fue mucho más entretenido de lo que pensaba: Josema me contó un montón de cosas y yo le hice algunas confesiones, nos reímos y habríamos dado rienda suelta a la pasión en un momento de descanso si no hubiera sido por una llamada de mi mejor amiga, la más oportuna que había hecho desde que nos conocíamos.
- Nat, cari, qué te iba yo a decir... que tu querido no me quiso dar las llaves de tu casa, dice que sólo te las va a dar a tí, blablabla... que antes quiere aclarar las cosas contigo, blablabla... que si no se fía de dármelas a mí, blablabla... Por cierto, ¿qué le has hecho? Cuando bajó con la rubia que me dijiste esta blanco como la leche...
- Esto... Marta, amor, espera un momentito que voy conduciendo y éstas cosas no son para hablarlas así. -aparqué y mientras bajábamos el coche desactivé el altavoz- Mira, no te preocupes que éste me devuelve las llaves de mi casa como que me llamo Natalia. Y no le dije nada del otro mundo, sólo le dije que se iba a enterar de quien soy yo, y ¡vaya si lo va a saber!
- ¿Qué planeas? Cuando pones ese tono de voz me das miedo.
- Nada fácil... -justo cuando iba a explicarle mi plan Josema estaba detrás de mí, sujetándome por la cintura y empezando a recorrer mi cuello, comiéndoselo a besos- Ya te contaré. En un par de horas te espero en casa.
- ¿Cómo que en casa? ¿En Madrid?
- Sííííí. Voy a echarle una mano a un conocido.
- ¿Sólo soy un conocido? Qué desilusión...
- Josema, calla por favor, ¡que no quiero que mi amiga se entere! Eh, bueno, Martita, te dejo que voy a estirar un poco las piernas y vuelvo a subirme al coche, en cuanto llegue a casa te doy un toque.
- Vale, cari... ¡y no te comas mucho al cordobés! Jajaja...
- En cuanto llegue, créeme que lo que más voy a hacer es comérmelo...
Aunque yo no quería hacerlo, tuve que acabar contándole a Josema todo lo que había pasado, el plan que ya había trazado al milímetro y el papel que jugaba en él; aunque al principio puso el grito en el cielo, conforme iba explicándole la venganza que tenía preparada parecía que la idea le atraía más. En cuanto llegamos a mi casa lo primero que hice fue llamar a Marta para confirmar lo que ya sabía, que iba a tener toda su cooperación: yo quedaría con el imbécil con la excusa de dejarle darme la explicación que tanto sentía no haberme dado, pero ella estaría en la esquina preparada para darme la señal y saber cuando empezar la función, matando tres pájaros de un tiro: yo volvería a disfrutar con mi rubio, me vengaría de mi ex y él sentiría la misma humillación que yo. A cambio de su colaboración Josema sólo quería grabar otro momento íntimo cuya destinataria sería su ex mujer: así le demostraría que no sólo era capaz de sobrevivir sin ella sino que además el sexo que tenía había mejorado notablemente: para que pareciera que le habían tendido una trampa Marta entraría un momento antes en la habitación para colocar una falsa cámara oculta, encargada de filmar tan delicioso momento.
3 días después llegó el momento de poner en práctica todo lo que habíamos planeado: todo estaba preparado para llevar a cabo las dos venganzas, que decidimos que irían unidas. Al fin y al cabo, ¿Qué mejor forma de hacer pasar por casual un encuentro preparado minuciosamente? Que la supuesta pillada formase parte del vídeo. Pero aunque pasamos el día preparándolo todo, no salió exactamente como esperábamos: en cuanto acabamos de comer, traicionada por una mezcla de ansia y nervios, cometí un grave error: bajé la guardia y me dejé llevar. Me lancé a besar a Josema con toda la pasión que llevaba escondida desde que volví a verle y mis manos dejaron de hacerme caso, arrancándole la ropa casi con desesperación mientras sus labios empezaban a devorar los míos, peleándose con mi ropa. En un instante ya estábamos en la cama, medio desnudos, deseando volver a hacer que el otro se derritiera de placer, cuando frenó en seco y fulminándome con la mirada lanzó la bomba de relojería, lo único que esperaba que no pasara.
- No puedo, Natalia, no puedo hacer esto. Si quieres hacer que ese cabrón lo pase tan mal como te lo hizo pasar a tí me parece genial, no te voy a dejar colgada, pero quiero pensar que aunque sea en el fondo de verdad... te gusto. Si no te importa, prefiero que al menos la parte de enviar la grabación la olvidemos, sólo quiero centrarme en volver a estar contigo, saborearte otra vez... y no voy a poder pensando que lo que hagamos ses porque tenemos que hacerlo.
- Si lo tienes claro, está bien, quito la cámara y solucionado. En cuanto a gustos... Josema, verás... me gustas muchísimo, habría estado dispuesta a intentar algo contigo pero de pronto desapareciste. Han pasado 6 meses y aún sabiendo que seguía ahí no has hecho nada por volver a vernos, no... No me has llamado, ni me has buscado, ni me has...
- ¿Estás segura? ¿Quién crees que te mandaba una rosa al trabajo cada mañana? ¿Por qué crees que el mismo día que te llamaron para decirte que te habían despedido tenías trabajo en Córdoba? Mi bella Natalia, quería ser tu príncipe azul...
- Los príncipes azules no existen, pero debo reconocer que eres lo que más se le parece... Y hablando de parecer, como sigamos así se nos va a joder todo lo que hemos planificado.
- ¿Y si te dejas llevar de una santa vez y que sea lo que tiene que ser? -En cuanto acabó de decir eso sus brazos se aferraron a su cintura acercándome bruscamente a él, quedándose nuestros labios a escasos centímetros-. Por favor, aunque sólo sea esta vez. Si en cuanto el tío se vaya quieres fingir que no me conoces de nada, de acuerdo, pero si vas a hacer eso, al menos déjame despedirme de tu cuerpo.
- Espera un momento -cogí el teléfono dispuesta a hacerle caso, aunque sólo fuera por esa vez, decidida a dejar de contenerme. - Marta, cambio de planes: llámale y dile que has estado hablando conmigo y que quiero arreglarlo con él, o lo que sea, y haz lo imposible por convencerle de que venga a casa a prepararme alguna sorpresa, que aproveche y abra con la llave que aún tiene, que te he dicho que vengo a hacer unas cosas y que llegaré en un par de horas. Apago el móvil, voy a estar ocupada un rato, luego nos vemos y comentamos la jugada. -Apagué el teléfono, lo lancé al sofá y le miré con ansia. -¿Contento? Y ahora, vamos a querernos un ratito.
Nos lanzamos a deshacernos de nuestra ropa camino de mi cama, mientras nos íbamos deshaciendo en besos y caricias. Mientras mis labios se afanaban en devorar su cuello mis manos, rápidas como un rayo fueron directas a desabrochar su pantalón y en cuanto éste cayó al suelo intenté zafarme de sus brazos lo suficiente como para quedar a la altura de su miembro, deseando empezar a darle el placer que llevaba tanto tiempo negándole. Con rapidez saqué su miembro de su ropa interior y comencé a lamerlo, haciendo que cada segundo se pusiera más duro y erecto, desde la punta hasta la base y en sentido contrario, varias veces, hasta que empezó a suspirar con ansia de más, con las piernas empezando a temblarle al mismo tiempo que sus dedos se enredaban en mi pelo, dándome ligeros tirones que hacían que mis ganas de seguir aumentasen y si interior deseara sentirle de nuevo; no me dio tiempo a pensarlo siquiera porque de repente sus manos habían bajado por mi espalda, deslizándose hacia mi pecho, jugueteando con mis pezones, duros como piedras. Como forma de devolverle el placer mi boca albergó todo su miembro, lamiéndolo con la presión justa para que no le clavara los dientes pero le diera el mayor placer posible, introduciendo todo su miembro y dando pequeños mordiscos en la base, suaves pero firmes, consiguiendo que los gemidos comenzasen a salir de su garganta y aumentando mi deseo. Cuando no pudo aguantar más placer dio un paso hacia atrás, me levantó y señaló la cama, que ahí estaba, esperando para llevar a cabo su mejor función, dirigiéndonos hacia ella despacio, sin prisa, con sus manos deslizándose por mi abdomen hasta llegar a mi ardiente sexo y jugueteando con él, buscando que sus gemidos no fueran los últimos que se escucharan. Con una destreza que no había tenido nadie hasta ese momento me sujetó con un brazo por la cintura, mientras con el otro se apoyaba en el confortable colchón, tumbándome con la mayor de las dulzuras, sin separarse de mí un solo instante; en cuanto notó que mi espalda descansaba completamente abrió mis piernas con su lengua recorriendo mis muslos y volviendo a mi sexo, una y otra vez, matándome de placer hasta que por fin introdujo su sexo, haciendo que una enorme oleada de placer me invadiera de nuevo. Empezó sus embestidas entrando y saliendo despacio, pero en seguida aceleró sus movimientos, provocando que mi placer aumentase por segundos hasta que sus piernas se aflojaron por la fuerza del tirón que mis piernas, enredadas a la altura de sus rodillas dieron obligándole a dejar de estar de pie y tenerme en el filo de la cama para tumbarse dentro conmigo, sacando su sexo el tiempo justo para ponerme sobre él como si fuera a cabalgarle, permitiéndome marcar el ritmo, moviendo mis caderas adelante y atrás, saboreando un placer que hacía tiempo que no tenía y que sólo él había sido capaz de darme. Mis gemidos salieron sin descanso de mi garganta al tiempo que sus caderas y las mías se movían acompasadas, con un único fin: el de llegar al mayor de todos los placeres.
Justo en el momento en que estaba a punto de llegar al orgasmo escuché el ruido de una llave entrando en una cerradura, abriéndose y permitiéndonos escuchar a la persona que estábamos esperando.
- Ya está aqui, ¿no? Pues se va a enterar de lo que ha dejado pasar...
Josema me hizo levantarme y ponerme tan como estaba él hace un instante, boca arriba y él empezó de nuevo sus embestidas, esta vez como nunca lo había hecho hasta ahora, llegando al borde del dolor, algo extraño porque aunque sentía un ligero dolor el placer era mucho mayor, haciendo que mis gemidos pasasen a ser sonoros gritos que desembocaron en el más delicioso de todos los orgasmos que había tenido justo en el momento en que el incauto abrió la puerta.
- ¿Pero qué estás haciendo? Eres una maldita zorra. Con que me habías perdonado, ¿no?
- Josema, mi amor, ¿me disculpas un momentito? -Josema se apartó, dejando la distancia justa para que pudiese levantarme. Con una tranquilidad pasmosa cogí la camisa que había dejado tirada en el suelo, me abroché dos botones y me acerqué a él con la mejor de mis sonrisas. -Te dije que te iba a devolver la jugada, y eso estoy haciendo. Jode, ¿verdad? Pues ya sabes lo que sentí yo cuando te ví con esa tía aquí, que te recuerdo, es mi cama, no la tuya. Así que ya estamos en paz, guapo. Ya has tenido lo que te mereces, y ya estás saliendo por la puerta. ¡Ah! Y no te molestes, en cuanto te largues voy a ir a comprar una cerradura nueva, así que puedes quedarte la llave. Venga... ¡largo!
No pasaron más de tres minutos desde que abrió la puerta y la cerró saliendo de mi casa para no volver a entrar. Nada más salir nos vestimos y con Josema agarrado a mí llegué hasta el sofá donde había tirado el teléfono, lo encendí y casi sin darme tiempo a desbloquearlo empezó a sonar: era Marta llamando.
-¿Qué ha pasado? Estoy en la esquina y acabo de verle pasar hecho una fiera. ¿Os ha pillado?
- ¿Que si nos ha pillado? Sube y te cuento...
El camino a Madrid fue mucho más entretenido de lo que pensaba: Josema me contó un montón de cosas y yo le hice algunas confesiones, nos reímos y habríamos dado rienda suelta a la pasión en un momento de descanso si no hubiera sido por una llamada de mi mejor amiga, la más oportuna que había hecho desde que nos conocíamos.
- Nat, cari, qué te iba yo a decir... que tu querido no me quiso dar las llaves de tu casa, dice que sólo te las va a dar a tí, blablabla... que antes quiere aclarar las cosas contigo, blablabla... que si no se fía de dármelas a mí, blablabla... Por cierto, ¿qué le has hecho? Cuando bajó con la rubia que me dijiste esta blanco como la leche...
- Esto... Marta, amor, espera un momentito que voy conduciendo y éstas cosas no son para hablarlas así. -aparqué y mientras bajábamos el coche desactivé el altavoz- Mira, no te preocupes que éste me devuelve las llaves de mi casa como que me llamo Natalia. Y no le dije nada del otro mundo, sólo le dije que se iba a enterar de quien soy yo, y ¡vaya si lo va a saber!
- ¿Qué planeas? Cuando pones ese tono de voz me das miedo.
- Nada fácil... -justo cuando iba a explicarle mi plan Josema estaba detrás de mí, sujetándome por la cintura y empezando a recorrer mi cuello, comiéndoselo a besos- Ya te contaré. En un par de horas te espero en casa.
- ¿Cómo que en casa? ¿En Madrid?
- Sííííí. Voy a echarle una mano a un conocido.
- ¿Sólo soy un conocido? Qué desilusión...
- Josema, calla por favor, ¡que no quiero que mi amiga se entere! Eh, bueno, Martita, te dejo que voy a estirar un poco las piernas y vuelvo a subirme al coche, en cuanto llegue a casa te doy un toque.
- Vale, cari... ¡y no te comas mucho al cordobés! Jajaja...
- En cuanto llegue, créeme que lo que más voy a hacer es comérmelo...
Aunque yo no quería hacerlo, tuve que acabar contándole a Josema todo lo que había pasado, el plan que ya había trazado al milímetro y el papel que jugaba en él; aunque al principio puso el grito en el cielo, conforme iba explicándole la venganza que tenía preparada parecía que la idea le atraía más. En cuanto llegamos a mi casa lo primero que hice fue llamar a Marta para confirmar lo que ya sabía, que iba a tener toda su cooperación: yo quedaría con el imbécil con la excusa de dejarle darme la explicación que tanto sentía no haberme dado, pero ella estaría en la esquina preparada para darme la señal y saber cuando empezar la función, matando tres pájaros de un tiro: yo volvería a disfrutar con mi rubio, me vengaría de mi ex y él sentiría la misma humillación que yo. A cambio de su colaboración Josema sólo quería grabar otro momento íntimo cuya destinataria sería su ex mujer: así le demostraría que no sólo era capaz de sobrevivir sin ella sino que además el sexo que tenía había mejorado notablemente: para que pareciera que le habían tendido una trampa Marta entraría un momento antes en la habitación para colocar una falsa cámara oculta, encargada de filmar tan delicioso momento.
3 días después llegó el momento de poner en práctica todo lo que habíamos planeado: todo estaba preparado para llevar a cabo las dos venganzas, que decidimos que irían unidas. Al fin y al cabo, ¿Qué mejor forma de hacer pasar por casual un encuentro preparado minuciosamente? Que la supuesta pillada formase parte del vídeo. Pero aunque pasamos el día preparándolo todo, no salió exactamente como esperábamos: en cuanto acabamos de comer, traicionada por una mezcla de ansia y nervios, cometí un grave error: bajé la guardia y me dejé llevar. Me lancé a besar a Josema con toda la pasión que llevaba escondida desde que volví a verle y mis manos dejaron de hacerme caso, arrancándole la ropa casi con desesperación mientras sus labios empezaban a devorar los míos, peleándose con mi ropa. En un instante ya estábamos en la cama, medio desnudos, deseando volver a hacer que el otro se derritiera de placer, cuando frenó en seco y fulminándome con la mirada lanzó la bomba de relojería, lo único que esperaba que no pasara.
- No puedo, Natalia, no puedo hacer esto. Si quieres hacer que ese cabrón lo pase tan mal como te lo hizo pasar a tí me parece genial, no te voy a dejar colgada, pero quiero pensar que aunque sea en el fondo de verdad... te gusto. Si no te importa, prefiero que al menos la parte de enviar la grabación la olvidemos, sólo quiero centrarme en volver a estar contigo, saborearte otra vez... y no voy a poder pensando que lo que hagamos ses porque tenemos que hacerlo.
- Si lo tienes claro, está bien, quito la cámara y solucionado. En cuanto a gustos... Josema, verás... me gustas muchísimo, habría estado dispuesta a intentar algo contigo pero de pronto desapareciste. Han pasado 6 meses y aún sabiendo que seguía ahí no has hecho nada por volver a vernos, no... No me has llamado, ni me has buscado, ni me has...
- ¿Estás segura? ¿Quién crees que te mandaba una rosa al trabajo cada mañana? ¿Por qué crees que el mismo día que te llamaron para decirte que te habían despedido tenías trabajo en Córdoba? Mi bella Natalia, quería ser tu príncipe azul...
- Los príncipes azules no existen, pero debo reconocer que eres lo que más se le parece... Y hablando de parecer, como sigamos así se nos va a joder todo lo que hemos planificado.
- ¿Y si te dejas llevar de una santa vez y que sea lo que tiene que ser? -En cuanto acabó de decir eso sus brazos se aferraron a su cintura acercándome bruscamente a él, quedándose nuestros labios a escasos centímetros-. Por favor, aunque sólo sea esta vez. Si en cuanto el tío se vaya quieres fingir que no me conoces de nada, de acuerdo, pero si vas a hacer eso, al menos déjame despedirme de tu cuerpo.
- Espera un momento -cogí el teléfono dispuesta a hacerle caso, aunque sólo fuera por esa vez, decidida a dejar de contenerme. - Marta, cambio de planes: llámale y dile que has estado hablando conmigo y que quiero arreglarlo con él, o lo que sea, y haz lo imposible por convencerle de que venga a casa a prepararme alguna sorpresa, que aproveche y abra con la llave que aún tiene, que te he dicho que vengo a hacer unas cosas y que llegaré en un par de horas. Apago el móvil, voy a estar ocupada un rato, luego nos vemos y comentamos la jugada. -Apagué el teléfono, lo lancé al sofá y le miré con ansia. -¿Contento? Y ahora, vamos a querernos un ratito.
Nos lanzamos a deshacernos de nuestra ropa camino de mi cama, mientras nos íbamos deshaciendo en besos y caricias. Mientras mis labios se afanaban en devorar su cuello mis manos, rápidas como un rayo fueron directas a desabrochar su pantalón y en cuanto éste cayó al suelo intenté zafarme de sus brazos lo suficiente como para quedar a la altura de su miembro, deseando empezar a darle el placer que llevaba tanto tiempo negándole. Con rapidez saqué su miembro de su ropa interior y comencé a lamerlo, haciendo que cada segundo se pusiera más duro y erecto, desde la punta hasta la base y en sentido contrario, varias veces, hasta que empezó a suspirar con ansia de más, con las piernas empezando a temblarle al mismo tiempo que sus dedos se enredaban en mi pelo, dándome ligeros tirones que hacían que mis ganas de seguir aumentasen y si interior deseara sentirle de nuevo; no me dio tiempo a pensarlo siquiera porque de repente sus manos habían bajado por mi espalda, deslizándose hacia mi pecho, jugueteando con mis pezones, duros como piedras. Como forma de devolverle el placer mi boca albergó todo su miembro, lamiéndolo con la presión justa para que no le clavara los dientes pero le diera el mayor placer posible, introduciendo todo su miembro y dando pequeños mordiscos en la base, suaves pero firmes, consiguiendo que los gemidos comenzasen a salir de su garganta y aumentando mi deseo. Cuando no pudo aguantar más placer dio un paso hacia atrás, me levantó y señaló la cama, que ahí estaba, esperando para llevar a cabo su mejor función, dirigiéndonos hacia ella despacio, sin prisa, con sus manos deslizándose por mi abdomen hasta llegar a mi ardiente sexo y jugueteando con él, buscando que sus gemidos no fueran los últimos que se escucharan. Con una destreza que no había tenido nadie hasta ese momento me sujetó con un brazo por la cintura, mientras con el otro se apoyaba en el confortable colchón, tumbándome con la mayor de las dulzuras, sin separarse de mí un solo instante; en cuanto notó que mi espalda descansaba completamente abrió mis piernas con su lengua recorriendo mis muslos y volviendo a mi sexo, una y otra vez, matándome de placer hasta que por fin introdujo su sexo, haciendo que una enorme oleada de placer me invadiera de nuevo. Empezó sus embestidas entrando y saliendo despacio, pero en seguida aceleró sus movimientos, provocando que mi placer aumentase por segundos hasta que sus piernas se aflojaron por la fuerza del tirón que mis piernas, enredadas a la altura de sus rodillas dieron obligándole a dejar de estar de pie y tenerme en el filo de la cama para tumbarse dentro conmigo, sacando su sexo el tiempo justo para ponerme sobre él como si fuera a cabalgarle, permitiéndome marcar el ritmo, moviendo mis caderas adelante y atrás, saboreando un placer que hacía tiempo que no tenía y que sólo él había sido capaz de darme. Mis gemidos salieron sin descanso de mi garganta al tiempo que sus caderas y las mías se movían acompasadas, con un único fin: el de llegar al mayor de todos los placeres.
Justo en el momento en que estaba a punto de llegar al orgasmo escuché el ruido de una llave entrando en una cerradura, abriéndose y permitiéndonos escuchar a la persona que estábamos esperando.
- Ya está aqui, ¿no? Pues se va a enterar de lo que ha dejado pasar...
Josema me hizo levantarme y ponerme tan como estaba él hace un instante, boca arriba y él empezó de nuevo sus embestidas, esta vez como nunca lo había hecho hasta ahora, llegando al borde del dolor, algo extraño porque aunque sentía un ligero dolor el placer era mucho mayor, haciendo que mis gemidos pasasen a ser sonoros gritos que desembocaron en el más delicioso de todos los orgasmos que había tenido justo en el momento en que el incauto abrió la puerta.
- ¿Pero qué estás haciendo? Eres una maldita zorra. Con que me habías perdonado, ¿no?
- Josema, mi amor, ¿me disculpas un momentito? -Josema se apartó, dejando la distancia justa para que pudiese levantarme. Con una tranquilidad pasmosa cogí la camisa que había dejado tirada en el suelo, me abroché dos botones y me acerqué a él con la mejor de mis sonrisas. -Te dije que te iba a devolver la jugada, y eso estoy haciendo. Jode, ¿verdad? Pues ya sabes lo que sentí yo cuando te ví con esa tía aquí, que te recuerdo, es mi cama, no la tuya. Así que ya estamos en paz, guapo. Ya has tenido lo que te mereces, y ya estás saliendo por la puerta. ¡Ah! Y no te molestes, en cuanto te largues voy a ir a comprar una cerradura nueva, así que puedes quedarte la llave. Venga... ¡largo!
No pasaron más de tres minutos desde que abrió la puerta y la cerró saliendo de mi casa para no volver a entrar. Nada más salir nos vestimos y con Josema agarrado a mí llegué hasta el sofá donde había tirado el teléfono, lo encendí y casi sin darme tiempo a desbloquearlo empezó a sonar: era Marta llamando.
-¿Qué ha pasado? Estoy en la esquina y acabo de verle pasar hecho una fiera. ¿Os ha pillado?
- ¿Que si nos ha pillado? Sube y te cuento...
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