Había una vez una mamá que estaba muy triste porque enía una hija que nunca se portaba bien y nunca hacía caso a nadie: en el parque pegaba a los niños más pequeños, en el colegio se reía de los profesores cuando la regañaban, si en casa su mamá, su papá o sus abuelos la regañaban, les hacía la burla, decía mentiras a todos... Tan triste estaba, que un día iba paseando por el parque y al ver un diente de león, se agachó para soplarlo, cerró los ojos pidiendo un deseo y sopló tan fuerte que casi arrancó la flor en lugar de hacerla volar.
Una tarde, varios días después, como todos los días, le había dicho varias veces a su hija que recogiera los juguetes, pero por más que lo hacía, como siempre, las respuestas de la niña eran siempre las mismas: fingía no escuchar a su madre, se reía haciéndole la burla o, como esa vez, le chillaba.
Finalmente, tanto se enfadó la mamá de Helena, que cuando se acordó de aquél deseo que había pedido mientras soplaba aquél diente de león, le advirtió a su hija de que si seguía portándose de esa forma, iba a llamar a un amigo suyo para que la castigara y le explicó que era un monstruito. Por más que la mamá se esforzaba en que la niña hiciera caso, no había forma de que la niña colaborase, incluso cuando escuchó el nombre de aquél monstruito, se echó a reír dando golpes en el suelo, tanta gracia le hacía el nombre.
Pero si hay algo malo acerca de las mamás es que como a todos, se les acaba la paciencia, y cuando le pasó a la mamá de Helena, intentando asustarla aunque fuera un poco, cogió aire y con todas sus fuerzas, sacando todo su enfado mezclado con la tristeza que la llenaba, gritó:
- ¡Muerdeculos, Muerdeculos! ¡Ven aquí, oh, Muerdeculos!Por primera vez en mucho tiempo, Helena estaba diciendo la verdad: ahí, sin apretarle demasiado, lo suficiente para no caerse por mucho que se moviera aquella niña, tenía un monstruito, una pequeña bolita ¡mordiéndole el culo!, tal como su mamá le había dicho.
La mamá de Helena, no sabía si reír, llorar o salir corriendo, pero tras pensarlo un poco, hizo lo que pensó que era lo más lógico: preguntarle a ese monstruito si de verdad era Muerdeculos y él, que era muy educado, levantó un pulgar pequeñito hacia arriba, pues era la última forma de decir que sí sin dejar de cumplir lo que le habían pedido. Es que, claro, si abría la boca para poder hablar... ¡No podía hacer su trabajo! Y era algo que se tomaba muy en serio.
- ¡Suéltame! ¡Suéltame, bicho!-
Helena no dejaba de dar vueltas y chillar, mirando de reojo a Muerdeculos-.
¡Suéltame o me sentaré encima de ti y te chafaré! ¡Que me suelteeeees!
- Helena, hija, ¿cómo se piden las
cosas? - le recordó su mamá-.
- Por favor... ¡suéltame! - dijo
Helena con desgana. Sorprendiendo a las 2, el monstruito apretó un
poquito menos-. Oye monstruito, si recojo los juguetes... ¿Me sueltas de una vez?
- Grrrr -gruñó aquél bichito-.
- Dice con el pulgar que sí –
sonrió su mamá-.
Y rápida como un rayo, Helena recogió todos sus juguetes. Cuando el último de ellos tocó el baúl en el que aquella niña debía tenerlos guardados cuando no jugaba con ellos, el monstruito Muerdeculos cumplió su palabra, la soltó y aquella pequeña bolita de pelo gris como el enfado de las mamás se sentó en el sofá. Pero parecía que aún le quedaba bastante trabajo por hacer con la niña, que justo en ese momento gruñó a su mamá:
- Venga, que tengo hambre, ¿a qué esperas para hacerme la cena?- ¿Cómo te he dicho mil veces que se piden las cosas, Helena?
- ¡YAYYYYYYY!¡AY! ¡AY! ¡AY! ¡AYAYAYAYAYAYAY! Por favor, mamá, se pide por favor! -sí, otra vez el monstruito Muerdeculos, aprovechando que aquella niña se levantaba del sofá, de un salto, había vuelto a agarrarla cuando se había portado mal y la había soltado de nuevo en cuanto se portó bien.
- Así me gusta más, suena fenomenal -dijo su mamá guiñándole un ojo a Muerdeculos.
- Tranquila, mamá de Lucas, ¡verás cómo va a empezar a portarse bien! -se acercó a su amigo y tras tocarle en la espalda, le pidió- Lucas, por favor, ¡pídele perdón a ese niño!
- ¿ah, sí? ¿Y quién me va a obligar?
- Yo y... y...y... ¡y mi amigo Muerdeculos!
- ¿Muerdeculos? ¿Ese quién es, tu perro?
Helena estaba tan furiosa, no sólo por la forma en la que le estaba hablando Lucas, sino porque ahora entendía que todo lo que había hecho hasta la tarde anterior estaba mal, que gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Muerdeculos, Muerdeculos! ¡Ven aquí, oh, Muerdeculos!- ¿Pero qué di...? ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ayayayayayayayayay! -cuando se miró, un monstruito pequeño que parecía una bola de pelo, gris brillante, le estaba mordiendo el culo a Lucas. No le hacía daño, pero el niño tenía tanto miedo que no podía parar de gritar, llorar y correr-. ¡Perdona, perdona niño, no te pegaré nunca más!
En cuanto Lucas dijo eso, ¡magia! El monstruito Muerdeculos le soltó, sea acercó a Helena y le dio la mano, mientras él, la niña y las dos mamás sonreían. Todos los niños del colegio, todas las mamás y todos los papás que lo vieron estaban tan sorprendidos por lo que habían visto que se lo contaron a todos sus amigos, hasta que todo el mundo conoció la historia del monstruito Muerdeculos, un monstruito pequeñito de color gris, que de una forma bastante curiosa, ayudaba a las mamás y los papás para que los niños se portaran bien y fueran buenos. Rápidamente, todos escucharon y mucha gente explicó que habían visto cómo el monstruito ¡le mordía el culo a un niño que se portaba mal! Y como en cuanto se portó bien le soltó. Muchos niños que se portaban mal, pensaban que era una broma, pero el monstruito Muerdeculos se tomaba muy en serio su trabajo, así que cada vez que un papá o una mamá le llamaba, ¡ahí iba él corriendo a ayudar! Hasta que consiguió que todos los niños y todas las niñas se portasen bien, no respondieran mal y cuidaran de los pequeños.
Y ahora, si no nos dormimos prontito, vendrá corriendo a vernos el monstruito Muerdeculos y nos morderá el culo a todos, así que vamos, ¡venga todos a dormir!
Buenas noches niños, buenas noches niñas, buenas noches, Muerdeculos...