- Amandine, yo...
- Perdona, Val, perdona, tú...
- Yo tengo que pedirte perdón, lo sabía y...
- Escucha -Amandine ni dejó seguir hablando a su amiga-, tengo una proposición que hacerle a la Valérie abogada: ¿Quieres hundir a mi futuro exmarido?
- Eso no se pregunta, sabes que ¡¡SÍ QUIERO!
- Pues, querida, quedamos en... a la mierda, ¿dónde estás?
- En la habitación del hotel... ¿Por?
- Espérame en la puerta en... Disculpe, ¿Cuánto puede tardar en llegar de nuevo a la puerta del hotel? -el taxista hizo un gesto con la mano derecha- 3 minutos.
- Hecho.
Y tal como aquél hombre le dijo, dándole incluso tiempo de hacerle una recomendación sobre una cafetería tranquila no muy lejos de allí en la que sabía perfectamente que Loïc no aparecería (“los guiris no suelen estar por aquí” le explicó el hombre , sin ánimo de ofender y con intención de colaborar con la causa), en menos de 3 minutos volvían a estar en la puerta del hotel, en la que Valérie esperaba con el maletín de su ordenador portátil en la mano y una sonrisa apabullante en la otra.
- Voy a fingir que el taxi está vacío, el puerco está en recepción esperando que vuelvas llorando, no muevas un pelo.
Cerró la puerta, apoyó la espalda en el respaldo de aquél vehículo, ayudando a su amiga para tratar de hacerse lo menos visible posible, con una amable sonrisa miró al conductor y preguntó “¿Quieres pisarle ya los huevos o esperamos a volver a casa?”
Desde el mismo momento en que abrieron la puerta de aquella pequeña cafetería, Amandine quería empezar a preparar todo lo relativo al divorcio, cómo echar a su futuro ex marido de la empresa sin que le supusiera consecuencias legales y cómo iba a tener que explicar a sus padres que Loïc, su venerado yerno, era en realidad un verdadero despojo, pero Valérie, que ya estaba metida en el papel de letrada de sangre fría intentó que se tranquilizase, al menos lo suficiente como para que fuese capaz de pensar con una mínima claridad, cosa que le costó mucho menos de lo que esperaba, porque en el mismo instante en el que abrió su ordenador, algo en la mente de Amandine hizo un “clic” y en un segundo entró en modo profesional; cuando lo hacía, llegaba a dar miedo...
- Amandine, ¿estás segura de que quieres hacer esto? Si yo fuera tú lo tendría clarísimo, pero tú...
- ¿Me lo pregunta mi amiga Valérie, mi abogada personal o la asesora legal de la empresa?
- ¿Quién necesitas que te lo pregunte?
- ¿En qué piel te pones ahora?
- Teniendo en cuenta que tienes la mirada de trabajadora implacable... la tercera.
- Entonces, ¿podemos centrarnos en el ámbito profesional, Por favor? Cuando acabemos, puedes sacar a mi adorable amiga. Ahora, si no te importa... Trabajo -su mirada era fría como el hielo-.
- Está bien... ¿Tienes claro por dónde empezamos?
- ¿Puedo atenerme a a cláusula que prohíbe las relaciones entre empleados?
- No, te recuerdo que... Espera, ¿cuándo empezó a estipularse en los contratos de la empresa? Dame un segundo -con rapidez buscó un documento en la pantalla, lo escrutó y gritó-... ¡Ajá! A él me temo que no, pero a ella tienes todo el derecho a despedirla, ha incumplido esa cláusula, y el incumplimiento de contrato, ¿qué supone...?
- Despido fulminante.
- ¡Exacto! A ella ya tenemos cómo enseñarla a no meterse entre las piernas de quien no debe. Ahora, vamos a ver cómo podemos quitar a la garrapata del perro...
Dos horas después, seguían aquellas dando vueltas a dónde podían encontrar algún resquicio, algo a lo que poder agarrarse: una no paraba de marcar, hacer preguntas, dar órdenes, colgar y volver a empezar y otra no paraba de teclear en su ordenador portátil y apuntar cosas en una libreta con un bolígrafo que de vez en cuando se enredaba en el pelo o cogía rápidamente un papel en el que escribía cosas a tal velocidad que de lejos, nadie aseguraría que no fuesen garabatos, a los que la segunda contestaba con algún gesto de cabeza, respondía con otro movimiento de bolígrafo o prácticamente con monosílabos, tal era la conexión que había entre ellas, que eso era más que suficiente para que se entendieran.
- Vale, pues ahora mismo nuestra única esperanza es revisar departamento por departamento y encontrar alguna cagada, por pequeña que sea, que podamos hacer que se coma Loïc. En cuanto al tema del divorcio... de pronto, escuchó algo que hizo que le hirviera la sangre-.
- Conque esas tiene, ¿no?... No, no, Emmanuel... No... ¿Cómo?... No será capaz... Lo siento, Emmanuel, pero me parece realmente surrealista que quieras ser el abogado de ambos en un mismo divorcio... ¡Porque es imposible! ¿Cómo vas a defender a la vez mis intereses y los suyos?... Entonces me temo que vais a perder... No puedo decirtelo... ¡¡Pues porque no lo sé, contaba contigo, joder!!... No, la asesoría legal la seguirá llevando Valérie, os recuerdo que la empresa es mía... De acuerdo, espero el escrito... Por favor, sólo os pido que salga de mi casa cuanto antes... Gracias, Emmanuel, adiós.
-¿Qué pasa?
- Loïc le ha dicho a Emmanuel que le he montado una escenita de celos, que está harto de “esas locuras mias”, que pretende darme un escarmiento pidiéndome el divorcio... Y que le había dicho que fuera el abogado de los dos en el proceso porque no puede vivir sin mí y antes de llegar a estar delante del juez estaremos tan bien como siempre.
- ¿Es una broma? Dime que te estás quedando conmigo... No puede ser, Amandine, ese tío no puede llegar a ser tan retorcido... ¿Dónde escondía este cabrón esa astucia?
- La verdad, no creo que ahora el menos listo de los dos sea precisamente él... -no pudo aguantar más y se derrumbó-. ¿Por qué, Val? ¿Por qué tiene que hacerme esto? Me metí en el mundo swinger por él, le pedí mil veces que me dejara antes de tener una amante... ¿y de qué me ha servido todo?¿Qué es lo que le ha faltado? ¿En qué he fallado?
- No, cariño, ¡no eres tú quien ha fallado! No eres tú quien se ha tirado a otro... Aunque, con el moreno de la recepción del hotel, hasta yo habría sido infiel! Qué monumento... A pocos hombres me dan ganas de tener entre las piernas, y ese, ¡definitivamente es uno de ellos! Pero no te pongas celosa, tú sigues siendo la primera en mi lista -y en mis sueños, pensó- y sabes tan bien como yo que algún día acabarás siendo parte de mis conquistas...
- Estás loca, ¿lo sabías?
- Claro, por tí y desde que te conozco. Y ahora, a lo importante: supongo que esta noche no dormirás en la misma cama que esa ameba nauseabunda, así que... ¿qué vas a hacer?
- No lo sé... Sólo tengo claro que no quiero volver a compartir un colchón con él.
- Sabes que no me importa compartir mi habitación contigo; así podemos ir adelantando trabajo de cara a la demanda de divorcio.
- Ahora mismo querría decirle a ese... que me vuelvo a Cap d'Adge aunque me quede aquí hasta que acaben las vacaciones e intentar que de verdad lo sean.
- ¿Y qué te lo impide? Yo puedo ir a por tus cosas... Sabiendo lo que le ha dicho a Emmanuel, ¿cómo pretende siquiera mirarte a la cara?
- ¿Harías eso por mí?
- Por ti me casaría con el dragón ¡y me comería a la princesa! Aunque siempre preferiré comerme a mi princesa pelirroja preferida -levantó una ceja con aquél gesto que siempre hacía reír a su amiga-. Vamos, Amandine, las dos sabemos que tarde o temprano, vas a caer en mis redes -su voz era el equilibrio perfecto entre seriedad y seducción.
- ¡Muy segura de tí misma te veo! Bueno, nunca se sabe qué nos depara el mañana, pero mientras se decide a llegar, ¡invítame a un buen café!
- ¿Americano con hielo?
- Nena, cómo me conoces...
Cuando quisieron darse cuenta, habían pasado 4 horas en las que no habían parado de reír y recordar anécdotas vividas juntas. En todas estaba Loïc, pero a ambas les daba exactamente igual, y ahí estaban, sentadas en aquella cafetería, en la que de repente, el gesto de Amandine cambió por completo; sentía que iba a explotar de un segundo a otro y su inseparable amiga debió de darse cuenta en el mismo instante en que dejó de escuchar sus carcajadas.
- Amandine... ¿quieres dejar de darle vueltas al tema? Él sabe perfectamente la diferencia entre lo que está bien y lo que no, ¡punto! No me hagas tener que repetírtelo si no quieres cabrearme más de lo que ya estoy o me harás sacar a la abogada despiadada que mantengo oculta...
- Está bien... Es sólo que no lo entiendo, yo... yo...
- ¡Tú vas a seguir adelante como has hecho hasta ahora! Y ahora, nos vamos a ir a cenar, que son casi las 10 de la noche!
- ¿En serio? -miró el móvil, comprobó que su amiga tenía razón-. Venga, vamos a ver dónde podemos cenar algo,¡con razón tengo un hambre de perros!
Pasaron más de media hora dando vueltas; no encontraban ningún sitio que les gustase: unos estaban demasiado abarrotados y los dos últimos, más que restaurantes, parecían pasajes del túnel del terror, el último con sus telarañas incluidas. Estaban buscando la dirección de la hamburguesería más cercana cuando vieron un restaurante pequeño pero con un ambiente agradable, un italiano que desde fuera, parecía perfecto: no había demasiada gente, la decoración era preciosa y no había demasiada gente, así que podrían hablar con tranquilidad; como había mesas de sobra, las dejaron elegir y se sentaron en una mesa casi al lado de la puerta apoyada en una preciosa cristalera que daba a un pequeño jardín con varios rosales, iluminado por unos focos desde el suelo que daban un precioso juego de luces y sombras. Tardaron poco tiempo en saber qué querían, siempre pedían risotto de setas y solomillo a la pimienta con un buen vino tinto, perfecto para acompañar la conversación monotemática que estaban teniendo desde hacía un buen raro: el morenazo del hotel. Amandine se sentía fatal por haber volcado toda su frustración con aquél chico, aunque no sabía si la había llamado “machanga” por tratarle así o era imbécil de nacimiento, de todas formas, ¿qué importaba? No volvería a verle nunca... Después de cenar, pasaron un rato en aquél restaurante tomando una copa, estaban comodísimas allí y como no sabían si buscando un local de fiesta les pasaría lo mismo, aprovecharon antes de irse para charlar un rato más con tranquilidad; antes de salir quisieron ir al baño para asegurarse de que no necesitaban ningún retoque pero justo antes de llegar, Amandine se quedó paralizada: de todos los sitios que había en Las Palmas... ¿precisamente tenía que estar él allí?
- ¡Tú! -gritaron señalándose ambos-.
-¿Qué haces aquí?
- ¿No es evidente? Hace un rato cenar, ahora ir al baño... Es una pregunta bastante... ¿cómo me llamaste esta mañana, machanga?
- De acuerdo, esta mañana me pasé, pero tú tampoco fuiste demasiado agradable...
- Lo sé, lo mínimo que puedo hacer es disculparme, no tenías culpa de nada. Por cierto, me llamo Amandine.
- Víctor, encantado. Sólo espero que hayas podido solucionar eso que tanto te alteró esta mañana.
- Bueno...
- Acababa de ver a su marido poniéndole los cuernos, lo que no sé es como al cruzarse contigo no te degolló -rio Valérie intentando rebajar la tensión-.
- ¡Valérie! -bufó Amandine-. ¿No puedes tener la boca cerrada? Qué vergüenza, por favor...
- Si ha hecho eso, ¡no te ha merecido nunca! Una mujer como tú yo no la dejaría escapar siendo así de imbécil.
- Muchas gracias, ¡me vas a sonrojar!
- Si así vuelvo a ver esa preciosidad de sonrisa, estoy dispuesto a correr el riesgo.
- Al final vas a conseguir que me venga arriba -no pudo ni quiso evitar sonreír-. Bueno, Víctor, encantada de conocerte, gracias por tu amabilidad y de nuevo te pido disculpas. ¡Buenas noches! Val, ¿nos vamos?
- Pero -se había quedado boquiabierta-... Mandy, íbamos...
- Valérie... ¿vamos? -esa vez sonó como una orden-. Lo dicho, encantada y perdona la molestia.
Tal como salieron del restaurante, después de esperar a Valérie lo que a Amandine le pareció una eternidad (¿pero cuánto podía tardar esa mujer en arreglarse el pintalabios?) comentaron lo sucedido, ¡el mundo es un pañuelo! Y el destino caprichoso, aunque una habría preferido haberse encontrado con su ligue matinal y la otra estar tumbada en la playa con su (ya futuro ex)marido, contemplando las estrellas, si hubiera sido capaz de sacarle del bar o la habitación del hotel. La azotaban mil preguntas pero no tenía respuesta para ninguna y en ese momento sabía que si le preguntara a su amiga, lo único que iba a sacar en claro era una preciosa discusión, asi que ni siquiera se molestó en preguntarle, más al mirarla y esta, leyendo su gesto, gruño “si no quieres que me vaya ahora mismo al hotel, no se te ocurra pronunciar ese nombre”. Valérie tenía razón, no era momento de mortificarse, era momento de disfrutar de aquellas vacaciones, relajarse y pasarlo bien, ¡y eso es lo que iban a hacer! Pasaron una noche en la que se divirtieron, rieron y ligaron como nunca, incluso salieron con una cantidad de ingentes números de teléfono a los que jamás llamarían, pero que eran una inyección de autoestima considerable. Nunca mejor dicho, ¡que les quitaran lo bailao! A las 9 de la mañana salieron de la discoteca, con los pies destrozados y habiendo dejado las penas por el camino.
Al salir, Amandine se dio de bruces con un chico al que no vio, pero que olía de maravilla y que al levantar la vista comprobó que sólo podía ser ¡Víctor!, que tras la espantada en el restaurante las invitó a desayunar. Él deseando aprovechar cada segundo que el destino le regalaba con aquella intrigante mujer y ella desinhibida como no lo estaba hacía mucho estaban hablando como si se conocieran de toda la vida y Valérie sonreía a punto de aplaudir viendo la escena. Por desgracia, el desayuno iba a sentarles de la peor de las maneras: a Valérie le sonó el teléfono y aunque estuvo a punto de no cogerlo porque dejó terminantemente prohibido que la llamaran, cuando después de hablar la tarde anterior con todos los jefes de departamento de la empresa de Valérie, la estaba llamando el encargado de la contabilidad, no podía esperar escuchar nada bueno. Amandine vio por el rabillo del ojo que a su amiga se le desencajaba la cara cuanto más avanzaba la conversación, ¿con quién estaría hablando ahora? Loïc era la única opción que ni siquiera se molestaba en valorar, sabía perfectamente que no le habría cogido el teléfono, y cuando vio que dio un puñetazo a la mesa en la que estaba apoyada empezó a preocuparse. Valérie se acercó pálida y sin saber por dónde empezar a explicar lo que acababan de transmitirle, activó de nuevo el modo profesional, puso una mano sobre el hombro de Amandine y dijo:
- Amandine, tienes un buen problema y no sé si voy a poder arreglarlo sin tener que pedir algún favor, aunque voy a hacer todo lo posible porque te traiga los menores problemas posibles.
- Valérie, ¿qué pasa?
- ¿Recuerdas que ayer llamé a todos los jefes de departamento pidiendo informes de situación?
- Sí, claro... ¿Hay algún problema grave?
- Amandine... No sé como decirte esto... Pero no va a salir impune, te lo juro. De esto no, aunque me cueste mi carrera.
- ¡Valérie! -no puedo evitar gritar- ¿qué coño pasa?
- Acaba de llamarme Sebastien: hace 6 meses se han estado haciendo transferencias desde la cuenta de la empresa a una cuenta en Belice... Autorizados por Loïc.
- Eso es... no puede ser, no puede haber hecho eso... no puede haberme hecho eso...
- Lo siento, cielo, pero tiene toda la pinta de ser un desfalco...