Siempre tengo la misma reacción con los hombres que se llaman Jorge y sólo hay dos opciones posibles, o me llevo genial con ellos o no los soporto. Pero con este en particular fue algo especial, tanto que no creo que pueda olvidarlo en mi vida, por más que lo he intentado.
Llevaba un tiempo sin ir a Valladolid a ver a mi querida amiga Raquel, la cual podría decirse que es casi lo único bueno que pueda decir que hay en la pequeña ciudad en la que vivía en ese momento; como siempre nos hemos llevado genial y hacía tiempo que no nos veíamos me apetecía hacerle una visita así que hacia su casa me encaminé un viernes por la tarde, con la intención de pasar un fin de semana con ella y disfrutar de un par de noches de fiesta con un grupo de amigos que hacía poco que había conocido y que la habían acogido con los brazos abiertos, que de la misma forma desde la misma noche en que me los presentaron me acogieron a mí, al menos en parte porque gracias a ella conocí a un chico que formaba parte de la pandilla, aunque no fuera precisamente el miembro más activo de ellos. Empecé a salir con aquél chico que sin ser un Adonis me hacía sentir bien, guapa y deseada y me trataba como a una reina, algo que no es poco para una mujer, pero una de esas noches en que todos salimos juntos habían quedado en casa de uno de ellos para juntarnos todos allí para tomarnos unas copas y salir de fiesta ya animados. Cuando escuché a la chica que se encargaba de avisar al resto de que nos juntábamos en casa de Jorge la sensación que tuve fue una mezcla de desagrado y preocupación: yo hasta ese día sólo conocía a ese chico y a mi amiga y me daba miedo no encajar, así que debo reconocer con cierto pudor que cuando volvieron a llamarle rectificando el punto de encuentro, que pasaba a ser la casa de Mara, respiré aliviada. Pasamos la tarde charlando y tomando una copa; cualquiera que nos viera seguramente pensaría que nos conocíamos de toda la vida. Todo iba bien hasta que llegó el momento critico: en el momento en que llegaron a mis oídos las palabras "éste es Jorge" creí que ese iba a ser el peor instante de la velada... nada más lejos de la realidad. Jorge sí era un cúmulo de atractivos: era alto, de piel clara que resaltaban sus ojos marrones, de pelo corto moreno y un cuerpo de infarto. Desde ese segundo me encantó, pero debía contenerme: yo tenía pareja en ese momento y debía respetarle, aunque ese chico me encantase.
Salimos juntos en infinidad de ocasiones y en todas las ocasiones no podía evitar que mis ojos de desviaran hacia el lugar en el que él estuviera. No quería mirarle, no quería verle, no quería caer cada vez más presa de su encanto, pero era imposible no hacerlo. Él siempre iba tan guapo ya fuera con un pantalón y una americana estilo ejecutivo o con una camisa ajustada y unos vaqueros, haciendo que las miradas de todo el sector femenino del sitio en el que nos encontrásemos, y sobre todo las mujeres del grupo nos fijásemos en él; ni una sola vez guardó una frase ingeniosa con la que hacer que la risa saliera a borbotones de nuestras gargantas ni escatimó en piropos cuando el vestuario elegido por cualquiera de nosotras para la ocasión era de su agrado, tanto era así que en una ocasión me costo un esfuerzo titánico librarle del puño dirigido por mi celoso novio, que incluso una vez llegó a preguntarme cuál era el motivo de que le mirara con tanto entusiasmo, pero me daba igual, incluso un ataque de celos era un precio que estaba dispuesta a pagar con tal de poder disfrutar de verle. Me atraía muchísimo, había llegado a fantasear con verle desnudo, recorrer todo su cuerpo con mis manos, con mis labios, guardando en mi retina cada detalle de su piel, con sus manos haciendo un completo recorrido por la mía... Sabía que aquello estaba mal, pero al fin y al cabo no hacía daño a nadie: él no tenía pareja y yo tenía claro que quería mucho a la mía.
Un buen día me cansé de que los celos devorasen al chico y decidí que lo mejor sería además de no seguir con él, dejar de ir a Valladolid durante un tiempo, básicamente por dos motivos: no me apetecía cruzarme con él en cualquier local y quería sacarme a Jorge de la cabeza, quería... no, ¡necesitaba! olvidarme de él, de lo mucho que me atraía, de cuánto me gustaría estar al menos durante un rato con él. Además, estaba segura de que habría mil chicas más guapas, que le atrajeran a él más que yo, y lo último que me apetecía era estar viendo como se comía a alguna chica, que fuera quien fuera, evidentemente no era yo. No me merecía la pena y sólo tenía trato del grupo con él y con Raquel así que llegué a la conclusión de que no pintaba nada allí, con lo cual tomé la decisión de no aparecer por allí en una buena temporada.
Varios meses después Raquel me llamó para que fuera a hacerle una visita; llevábamos mucho tiempo de nuevo sin vernos y nos echábamos tanto de menos que el cuerpo nos pedía uno de nuestros fines de semana de risas, confidencias y fiesta, así que de nuevo, aun sin estar completamente convencida me encaminé en dirección a Valladolid dispuesta a disfrutar de su compañía, que para ser sincera siempre ha sido crítica en mis peores momentos durante el tiempo que vivimos meridianamente cerca. En cuanto llegué estaba deseando que me arreglase para salir ya, y como siempre me ha gustado ser bien mandada, a la tarea me puse: en apenas media hora estaba duchada, maquillada y con mi vestido más sexy a juego con mis mejores zapatos, que casi no me dio tiempo a ponerme del tirón del brazo que me propinó, tales eran sus prisas por salir, Le pregunté varias veces dónde íbamos pero su respuesta siempre era la misma: "ya llegamos, no preguntes más...". Cuando por fin llegamos al pequeño bar en el que entramos mi sorpresa fue mayúscula: sólo había un chico que se lanzó a comerse a Raquel y... Jorge, mi Jorge.
-Hola guapísima, tanto tiempo sin verte ha merecido la pena...
-Tú también estás mejor que la última vez que te ví, cariño...
-No te haces una mínima idea de lo que me gusta cómo suena eso saliendo de tus labios.
Empezamos a hablar y cuando quise darme cuenta sus manos estaban rodeando mi cintura y sus labios a escasos centímetros de los míos. Estaba deseando lanzarme a comérmelos, pero me contuve por miedo a recibir una respuesta negativa el tiempo justo para ser consciente de esa distancia: yo tardé más en asimilar esa distancia que él en hacer lo que yo no era capaz de hacer: sus labios empezaron a devorar los míos y nuestras manos empezaron a actuar por sí mismas, recorriendo el cuerpo del otro con ansia, peleándose con la ropa que nos impedía rozar por completo nuestra piel. Salimos del bar y nos fuimos sin pensar a su casa, que por suerte estaba casi enfrente, centrados en comernos a besos y en empezar a deshacernos de nuestra ropa. Cuando abrió la puesta su camisa blanca estaba completamente abierta y la cremallera de mi vestido llevaba un rato sin hacer su función. Con un movimiento certero empezó a hacerme andar de espaldas sin soltarme de él ni un segundo más de lo necesario, dejando de acariciarle el tiempo justo para ayudarle a desprenderse de la ropa. En lo que a mí me pareció un momento noté algo frío y duro en mis pantorrillas que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda y que mi cuerpo deseara aún con más fiereza sentir su calor cuando con otro movimiento volvió a cambiar la posición en la que estábamos sentándose en la cama, recorrió sus manos por mis muslos haciendo que ellos solos se juntasen el tiempo justo para que mi vestido se deslizase por mi cuerpo hasta llegar al suelo, deparándose después, buscando el contacto con la piel de los suyos, con mi sexo ardiente llamando a gritos al suyo mientras mis manos contribuían a una velocidad de vértigo a que sus pantalones y su ropa interior hicieran compañía a mi vestido y mis zapatos, que acababan de abandonar a mis pies. Seguimos comiéndonos un instante hasta que consiguió rápidamente que mi cuerpo quedara tendido boca arriba en su cama, esperando para recibirle. Su lengua empezó a recorrer mi cuello, deslizándose hacia mi pecho, jugueteando con mis pezones mientras mi mano se afanaba en acariciar su sexo; todavía no había empezado la mejor parte de la noche y ya estaba disfrutando a raudales... mis labios recorrían todo su cuello y el lóbulo de su oreja mientras sus labios se concentraban en mi hombro derecho y mi cuerpo decidió sin mí que todavía no se había ganado que los gemidos comenzasen a salir de mi garganta así que mis dedos de deslizaron por su espalda hasta que mis uñas se clavaron sin piedad en ella al tiempo que empezaba a penetrarme, haciendo que no pudiera resistir más, soltando un enorme grito que hizo que una gran sonrisa maliciosa inundase su cara.
-Te gusta, ¿eh? Pues prepárate, que no he hecho más que empezar...
Mis caderas empezaron a moverse sin mi permiso, pidiéndole que empezase con las embestidas que mi interior estaba deseando y que no tardaron en llegar. Con cada una de ellas mi placer aumentaba haciendo que mi cuerpo se rindiera completamente a él, arqueando la espalda para facilitarle la entrada mientras mis manos seguían sin moverse de su espalda más de lo necesario para llegar a su trasero. Cada embestida era más rápida y más fuerte a la vez que sus manos jugueteaban con mi pecho, con ganas de que mis pezones, duros e hinchados quisieran cada vez más intensidad. En un descuido que tuvo aproveché para cambiar las tornas y ser yo quien llevase a cabo el trabajo de dar placer: mis caderas subieron a la altura de su pubis y una de mis manos ayudó a su sexo a volver a introducirse en el mío al tiempo que la otra recorría su pecho; empezaron a llevar a cabo un suave movimiento de vaivén cuya intensidad aumentaba por segundos hasta que mis gemidos no fueron los únicos que empezaron a sonar en esa habitación. Cuando pensaba que ya no podía aguantar más, que estaba a punto de llegar al orgasmo él se incorporó lo suficiente para sentarse en la cama y unir el movimiento de sus caderas al de las mías, consiguiendo que el momento máximo de placer de los dos llegase en el mismo instante, pero ello no le impidió seguir: cuando intenté levantarme sus manos agarraron con firmeza mi cintura mientras me susurraba que la fiesta aún no había terminado: se deslizó por la cama la distancia justa para tener el trasero apoyado en el filo de la cama y los pies en el suelo y volvió a tomar el mando de la situación, volviendo a embestirme de nuevo, permitiéndome gritar dejándome la boca libre con la suya demostrando todo el placer que estaba recibiendo. Aquello no iba a volver a repetirse y ambos lo sabíamos así que debíamos exprimir hasta el último segundo, volviendo a llenarme de besos tras llegar a mi segundo orgasmo, cuando consideró que su espalda no podía aguantar más arañazos causados por tanto placer, arañazos que le iban a recordar ese momento durante mucho tiempo, tal vez el mismo que tardaríamos en volver a vernos.
Después de pasar un rato tumbados en la cama, abrazados, disfrutando todavía del tacto de la piel del otro nos vestimos sin prisa y fuimos al local en el que Raquel me había dicho que nos juntaríamos con el resto del grupo. Cuando llegamos se lanzó a mí y con disimulo me susurró al oído:
-Espero que hayáis aprovechado bien el tiempo.
-Uy, Raquelita, si tú supieras...