viernes, 24 de octubre de 2014

un rato con Jorge

Siempre tengo la misma reacción con los hombres que se llaman Jorge y sólo hay dos opciones posibles, o me llevo genial con ellos o no los soporto. Pero con este en particular fue algo especial, tanto que no creo que pueda olvidarlo en mi vida, por más que lo he intentado.

Llevaba un tiempo sin ir a Valladolid a ver a mi querida amiga Raquel, la cual podría decirse que es casi lo único bueno que pueda decir que hay en la pequeña ciudad en la que vivía en ese momento; como siempre nos hemos llevado genial y hacía tiempo que no nos veíamos me apetecía hacerle una visita así que hacia su casa me encaminé un viernes por la tarde, con la intención de pasar un fin de semana con ella y disfrutar de un par de noches de fiesta con un grupo de amigos que hacía poco que había conocido y que la habían acogido con los brazos abiertos, que de la misma forma desde la misma noche en que me los presentaron me acogieron a mí, al menos en parte porque gracias a ella conocí a un chico que formaba parte de la pandilla, aunque no fuera precisamente el miembro más activo de ellos. Empecé a salir con aquél chico que sin ser un Adonis me hacía sentir bien, guapa y deseada y me trataba como a una reina, algo que no es poco para una mujer, pero una de esas noches en que todos salimos juntos habían quedado en casa de uno de ellos para juntarnos todos allí para tomarnos unas copas y salir de fiesta ya animados. Cuando escuché a la chica que se encargaba de avisar al resto de que nos juntábamos en casa de Jorge la sensación que tuve fue una mezcla de desagrado y preocupación: yo hasta ese día sólo conocía a ese chico y a mi amiga y me daba miedo no encajar, así que debo reconocer con cierto pudor que cuando volvieron a llamarle rectificando el punto de encuentro, que pasaba a ser la casa de Mara, respiré aliviada. Pasamos la tarde charlando y tomando una copa; cualquiera que nos viera seguramente pensaría que nos conocíamos de toda la vida. Todo iba bien hasta que llegó el momento critico: en el momento en que llegaron a mis oídos las palabras "éste es Jorge" creí que ese iba a ser el peor instante de la velada... nada más lejos de la realidad. Jorge sí era un cúmulo de atractivos: era alto, de piel clara que resaltaban sus ojos marrones, de pelo corto moreno y un cuerpo de infarto. Desde ese segundo me encantó, pero debía contenerme: yo tenía pareja en ese momento y debía respetarle, aunque ese chico me encantase.

Salimos juntos en infinidad de ocasiones y en todas las ocasiones no podía evitar que mis ojos de desviaran hacia el lugar en el que él estuviera. No quería mirarle, no quería verle, no quería caer cada vez más presa de su encanto, pero era imposible no hacerlo. Él siempre iba tan guapo ya fuera con un pantalón y una americana estilo ejecutivo o con una camisa ajustada y unos vaqueros, haciendo que las miradas de todo el sector femenino del sitio en el que nos encontrásemos, y sobre todo las mujeres del grupo nos fijásemos en él; ni una sola vez guardó una frase ingeniosa con la que hacer que la risa saliera a borbotones de nuestras gargantas ni escatimó en piropos cuando el vestuario elegido por cualquiera de nosotras para la ocasión era de su agrado, tanto era así que en una ocasión me costo un esfuerzo titánico librarle del puño dirigido por mi celoso novio, que incluso una vez llegó a preguntarme cuál era el motivo de que le mirara con tanto entusiasmo, pero me daba igual, incluso un ataque de celos era un precio que estaba dispuesta a pagar con tal de poder disfrutar de verle. Me atraía muchísimo, había llegado a fantasear con verle desnudo, recorrer todo su cuerpo con mis manos, con mis labios, guardando en mi retina cada detalle de su piel, con sus manos haciendo un completo recorrido por la mía... Sabía que aquello estaba mal, pero al fin y al cabo no hacía daño a nadie: él no tenía pareja y yo tenía claro que quería mucho a la mía.

Un buen día me cansé de que los celos devorasen al chico y decidí que lo mejor sería además de no seguir con él, dejar de ir a Valladolid durante un tiempo, básicamente por dos motivos: no me apetecía cruzarme con él en cualquier local y quería sacarme a Jorge de la cabeza, quería... no, ¡necesitaba! olvidarme de él, de lo mucho que me atraía, de cuánto me gustaría estar al menos durante un rato con él. Además, estaba segura de que habría mil chicas más guapas, que le atrajeran a él más que yo, y lo último que me apetecía era estar viendo como se comía a alguna chica, que fuera quien fuera, evidentemente no era yo. No me merecía la pena y sólo tenía trato del grupo con él y con Raquel así que llegué a la conclusión de que no pintaba nada allí, con lo cual tomé la decisión de no aparecer por allí en una buena temporada.

Varios meses después Raquel me llamó para que fuera a hacerle una visita; llevábamos mucho tiempo de nuevo sin vernos y nos echábamos tanto de menos que el cuerpo nos pedía uno de nuestros fines de semana de risas, confidencias y fiesta, así que de nuevo, aun sin estar completamente convencida me encaminé en dirección a Valladolid dispuesta a disfrutar de su compañía, que para ser sincera siempre ha sido crítica en mis peores momentos durante el tiempo que vivimos meridianamente cerca. En cuanto llegué estaba deseando que me arreglase para salir ya, y como siempre me ha gustado ser bien mandada, a la tarea me puse: en apenas media hora estaba duchada, maquillada y con mi vestido más sexy a juego con mis mejores zapatos, que casi no me dio tiempo a ponerme del tirón del brazo que me propinó, tales eran sus prisas por salir, Le pregunté varias veces dónde íbamos pero su respuesta siempre era la misma: "ya llegamos, no preguntes más...". Cuando por fin llegamos al pequeño bar en el que entramos mi sorpresa fue mayúscula: sólo había un chico que se lanzó a comerse a Raquel y... Jorge, mi Jorge.
-Hola guapísima, tanto tiempo sin verte ha merecido la pena...
-Tú también estás mejor que la última vez que te ví, cariño...
-No te haces una mínima idea de lo que me gusta cómo suena eso saliendo de tus labios.
Empezamos a hablar y cuando quise darme cuenta sus manos estaban rodeando mi cintura y sus labios a escasos centímetros de los míos. Estaba deseando lanzarme a comérmelos, pero me contuve por miedo a recibir una respuesta negativa el tiempo justo para ser consciente de esa distancia: yo tardé más en asimilar esa distancia que él en hacer lo que yo no era capaz de hacer: sus labios empezaron a devorar los míos y nuestras manos empezaron a actuar por sí mismas, recorriendo el cuerpo del otro con ansia, peleándose con la ropa que nos impedía rozar por completo nuestra piel. Salimos del bar y nos fuimos sin pensar a su casa, que por suerte estaba casi enfrente, centrados en comernos a besos y en empezar a deshacernos de nuestra ropa. Cuando abrió la puesta su camisa blanca estaba completamente abierta y la cremallera de mi vestido llevaba un rato sin hacer su función. Con un movimiento certero empezó a hacerme andar de espaldas sin soltarme de él ni un segundo más de lo necesario, dejando de acariciarle el tiempo justo para ayudarle a desprenderse de la ropa. En lo que a mí me pareció un momento noté algo frío y duro en mis pantorrillas que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda y que mi cuerpo deseara aún con más fiereza sentir su calor cuando con otro movimiento volvió a cambiar la posición en la que estábamos sentándose en la cama, recorrió sus manos por mis muslos haciendo que ellos solos se juntasen el tiempo justo para que mi vestido se deslizase por mi cuerpo hasta llegar al suelo, deparándose después, buscando el contacto con la piel de los suyos, con mi sexo ardiente llamando a gritos al suyo mientras mis manos contribuían a una velocidad de vértigo a que sus pantalones y su ropa interior hicieran compañía a mi vestido y mis zapatos, que acababan de abandonar a mis pies. Seguimos comiéndonos un instante hasta que consiguió rápidamente que mi cuerpo quedara tendido boca arriba en su cama, esperando para recibirle. Su lengua empezó a recorrer mi cuello, deslizándose hacia mi pecho, jugueteando con mis pezones mientras mi mano se afanaba en acariciar su sexo; todavía no había empezado la mejor parte de la noche y ya estaba disfrutando a raudales... mis labios recorrían todo su cuello y el lóbulo de su oreja mientras sus labios se concentraban en mi hombro derecho y mi cuerpo decidió sin mí que todavía no se había ganado que los gemidos comenzasen a salir de mi garganta así que mis dedos de deslizaron por su espalda hasta que mis uñas se clavaron sin piedad en ella al tiempo que empezaba a penetrarme, haciendo que no pudiera resistir más, soltando un enorme grito que hizo que una gran sonrisa maliciosa inundase su cara.
-Te gusta, ¿eh? Pues prepárate, que no he hecho más que empezar...
Mis caderas empezaron a moverse sin mi permiso, pidiéndole que empezase con las embestidas que mi interior estaba deseando y que no tardaron en llegar. Con cada una de ellas mi placer aumentaba haciendo que mi cuerpo se rindiera completamente a él, arqueando la espalda para facilitarle la entrada mientras mis manos seguían sin moverse de su espalda más de lo necesario para llegar a su trasero. Cada embestida era más rápida y más fuerte a la vez que sus manos jugueteaban con mi pecho, con ganas de que mis pezones, duros e hinchados quisieran cada vez más intensidad. En un descuido que tuvo aproveché para cambiar las tornas y ser yo quien llevase a cabo el trabajo de dar placer: mis caderas subieron a la altura de su pubis y una de mis manos ayudó a su sexo a volver a introducirse en el mío al tiempo que la otra recorría su pecho; empezaron a llevar a cabo un suave movimiento de vaivén cuya intensidad aumentaba por segundos hasta que mis gemidos no fueron los únicos que empezaron a sonar en esa habitación. Cuando pensaba que ya no podía aguantar más, que estaba a punto de llegar al orgasmo él se incorporó lo suficiente para sentarse en la cama y unir el movimiento de sus caderas al de las mías, consiguiendo que el momento máximo de placer de los dos llegase en el mismo instante, pero ello no le impidió seguir: cuando intenté levantarme sus manos agarraron con firmeza mi cintura mientras me susurraba que la fiesta aún no había terminado: se deslizó por la cama la distancia justa para tener el trasero apoyado en el filo de la cama y los pies en el suelo y volvió a tomar el mando de la situación, volviendo a embestirme de nuevo, permitiéndome gritar dejándome la boca libre con la suya demostrando todo el placer que estaba recibiendo. Aquello no iba a volver a repetirse y ambos lo sabíamos así que debíamos exprimir hasta el último segundo, volviendo a llenarme de besos tras llegar a mi segundo orgasmo, cuando consideró que su espalda no podía aguantar más arañazos causados por tanto placer, arañazos que le iban a recordar ese momento durante mucho tiempo, tal vez el mismo que tardaríamos en volver a vernos.

Después de pasar un rato tumbados en la cama, abrazados, disfrutando todavía del tacto de la piel del otro nos vestimos sin prisa y fuimos al local en el que Raquel me había dicho que nos juntaríamos con el resto del grupo. Cuando llegamos se lanzó a mí y con disimulo me susurró al oído:
-Espero que hayáis aprovechado bien el tiempo.
-Uy, Raquelita, si tú supieras...

jueves, 23 de octubre de 2014

Por tí, Cristophe

Stephanie nunca había sido una mujer popular, ni una ejecutiva de éxito, ni la dueña del típico cuerpo que todos, sean hombres o mujeres, se daban la vuelta para contemplar; de hecho ella misma siempre se había considerado poco agraciada, sobre todo teniendo en cuenta las crueles opiniones que había escuchado siempre hacia ella. Pero hacía un tiempo que había sido feliz, aunque fuera muy poco; casi no le dieron la oportunidad de disfrutar del hecho de serlo, le habían arrancado lo que más amaba, algo a lo que ella respondió haciendo justicia a su manera, aunque aquello le costó desaparecer y despedirse de toda su vida anterior. No le importaba lo que le esperase después, no le preocupaba lo que el destino le deparaba; había hecho lo que debía y era lo único que le importaba.

Desde pequeña había tenido que soportar que todos los niños se rieran de ella a causa de las cicatrices que poblaban su cara, desconocedores de que nada más nacer su  madre había intentado matarla, mas a punto de clavar un cuchillo en el pecho de la pequeña, haciendo que su vida ni siquiera comenzase a rodar se arrepintió, hundiéndolo en sus entrañas, haciendo que su existencia empezara sola, como lo estaría la mayor parte del tiempo que abarcó su vida. Pero lamentablemente, un niño nunca se para a pensar cuál ha podido ser el motivo que ha llevado a que alguien no luzca como ellos, que no sea "normal"; están demasiado ocupados siendo crueles, como lo hicieron sus padres, los padres de sus padres... y así hasta llegar a la persona que descubrió la crueldad, así que la pobre niña pasó su infancia marcada por las burlas de cuantos la rodeaban. Cuando llegó a la adolescencia su situación no hizo más que empeorar: cada día, cada hora, cada minuto debía soportar todo lo que sus compañeros despotricaban, siendo ya plenamente conscientes de todo el dolor que podían causar sin importarles lo más mínimo; lo peor venía cuando el chico que le gustaba se percataba de la atención que despertaba todo lo que recibía eran insultos, burlas e incluso en más de una ocasión brutales palizas propinadas por la novia del chico en cuestión, envalentonada por la compañía de su grupo de amigas, aumentando una enorme cantidad de ira acumulada, una ira que tarde o temprano iba a terminar estallando.

Una fría mañana de Enero llegó a la clase de Stephanie un chico nuevo con el que intuyó que por fin podría tener una buena relación; desde que le vio entrar por la puerta supo que iban a ser al menos grandes amigos: Christophe era un chico alto, de piel blanca como la leche, ojos azul claro como el más limpio de los mares, pelo rubio oscuro corto,con ropa limpia pero vieja, algo desgarbado al andar y... sordomudo. Su hermano mayor se acababa de hacer cargo de él tras la trágica muerte de sus padres en un accidente de coche; después de saber que en Vannes, el pueblo en el que vivía el muchacho sufría las contantes burlas, humillaciones, la incomprensión y la mofa de todos, decidió llevárselo con él a Toulouse con la esperanza de que su hermano pudiera hacer amigos en un sitio nuevo. Cuando el profesor presentó al nuevo alumno decidió que para que se integrase y se adaptase rápidamente lo mejor sería que su posición en la clase se situase en primera fila en la clase, pero el chico se fue sin pestañear a la última fila y se sentó al lado de la única persona de la clase que no tenía compañero de pupitre; siguiendo su instinto, el cual le decía que ella no se reiría de él, que le ayudaría en todo lo posible a adaptarse a su manera y que no permitiría que dejasen de tenerla a ella como diana para empezar a serlo él; ella haría lo imposible para que el nuevo blanco fácil no fuera la primera persona que conocía dispuesta a ser su amigo que había conocido en su vida. Desde el mismo momento en que Christophe señaló el pupitre que había junto al que usaba Stephanie, a modo de petición de permiso para poder utilizarlo la buena sintonía entre ellos quedó patente. Enseguida congeniaron logrando lo imposible: a los pocos días de llegar ya eran inseparables e includo se comunicaban en lenguaje de signos, pudiendo hablar durante horas sin que nadie se enterase ni se entrometiese, pudiendo compartir tranquilamente risas y confidencias. Cuando llevaba una semana escasa en Toulouse el muchacho le contó emocionado a su hermano Fabien que tenía una amiga, éste al principio desconfió, pero en cuanto pudo comprobar por sí mismo que se llevaban tan bien y se enteró de que la amiga de su hermano había llegado al punto de intentar arañarle la cara a una chica de la clase por meterse con él, que no permitiría que nadie se refiriese a él en términos inadecuados respiró aliviado; el día que hizo un mes que había llegado a Toulouse, Christophe hizo que Stephanie viviera el día más feliz de su vida: delante de toda la clase le regaló un enorme y precioso ramo de rosas rojas y dejando que la voz saliera de su garganta por primera vez en mucho tiempo le preguntó si le haría el gran honor de ser su novia, a lo que ella respondió con un enorme sí y dando el primer y más bonito de todos los besos de su vida.

Pero la alegría completa le duró poco a la pareja porque lo que para ellos fue uno de los días más felices de su vida se alternaba con el mayor de los infiernos:dos de sus compañeros, que desde que se conocieron no pasaron de palabras tan poco amables como quien las pronunciaba se turnaron en continuos desprecios y humillaciones a ambos, hasta llegar al punto de esconderles a los dos la ropa mientras se duchaban después de una clase de educación física, aunque a ellos toda aquella operación de intento de acoso y derribo les daba exactamente igual: estaban juntos y se apoyaban en el otro haciendo que la tortura fuera más soportable. Fabien quiso defender a su hermano varias veces, pero sabía que él podía solo con todo aquello un millón de veces y seguiría así mientras Sthepanie le diera las fuerzas que le llevaba tan poco tiempo otorgando con tan buen resultado, haciendo que tanto ella como el preocupado hermano se sintieran cada día más orgullosos del valiente Christophe, quien incluso había logrado que en Vannes empezasen a respetarle; poder pasear tranquilamente por sus calles hacía tan sólo unas semanas era un suplicio para él, pero la situación en ese momento era completamente distinta: la pareja feliz podía disfrutar de su amor como cualquier par de enamorados. Los que antes insultaban al chico ahora se acercaban a saludarle y preguntarle cómo le iban las cosas, llegando a alegrarse con sinceridad de lo bien que la vida empezaba a tratarle y pidiéndole disculpas por todo lo que habían hecho con él.

Desgraciadamente, la felicidad siempre dura poco; el mismo día que Christophe cumplía 18 años le esperaba el más desagradable de todos los cúmulos de sorpresas: dos compañeros de clase, empeñados en hacerles sufrir se prepararon a conciencia para que el día fuera lo más doloroso posible, haciéndole las peores cosas imaginables. El día para él empezó cayéndole un cubo lleno de tripas de pescado colocado estratégicamente en la puerta, listo para caer cuando el cumpleañero abriera la puerta; continuó con el pantalón roto, una parte de éste pegada a la silla y un muslo encarnado por la enorme cantidad de pegamento que habían depositado en su asiento, que traspasó la tela de la prenda y que terminó poniendo fin a la vida del muchacho, atropellado brutalmente delante de la puerta de su casa por una compañera de clase al volante y su novio, mitad del tándem encargado de hacerles la vida imposible en el asiento del copiloto, riendo a carcajadas, sin un mínimo de piedad, ni remordimiento, sin bajarse del coche para fingir ayudar al moribundo inocente de su crueldad. Stephanie llegó apenas un minuto después del suceso y aunque no le dio tiempo a descubrir por sí misma quién había ejercido de verdugo Christophe pudo utilizar sus últimos segundos para decirle a su novia que seguiría amándola hasta el fin del mundo, pedirle que le dijera a Fabien que no sufriera por su muerte y quiénes habían sido sus cobardes asesinos.
-Nadine... Olivier... coche... ella... conducía.
-¿Han sido Nadine y Olivier?
-Sí... -el chico asintió levemente, con las pocas fuerzas que le quedaban. -Reían... ella conducía...
-Me las van a pagar... Christophe, aguanta, la ambulancia está a punto de llegar. Mi amor, ya se oye la sirena, aguanta... Por favor, ¡no me dejes!
Cuando llegó la ambulancia, los médicos sólo pudieron certificar la muerte del joven y el desconsuelo que inundaba a su novia, abatida ante la mayor pérdida que había sufrido hasta ahora. Lo que nadie fue capaz de intuir era que el huracán que estaba a punto de desatarse y que haría que los cimientos en los que estaba sustentada la mentalidad de todos cuanto les rodeaban quedaran reducidos a escombros.

Nadine y Olivier eran el típico tópico de Barbie y Ken: la pareja más popular y más guapa del instituto; la envidia de la mayoría de las personas que pasaban tiempo con ellos: ella era alta, de ojos azul claro que mostraban la más falsa de las dulzuras, pelo rubio claro y tenía una figura escultural y él moreno, con un cuerpo que empezaba a curtirse en un gimnasio, de pelo corto moreno y ojos verdes, era el complemento perfecto para cualquier chica. Además, ambos jugaban con una enorme ventaja respecto al resto de fauna del instituto y ellos lo sabían: los padres de ambos eran ricos y les sacaban de cualquier embrollo en el que se involucraran de la única forma que conocían: con abundantes cantidades de dinero. Siempre habían sido los encargados de resolver cualquier situación incómoda, pero la situación que se les avecinaba no podría evitarla ni resolverla ni siquiera todo el oro del mundo.

Al día siguiente de la cruel muerte de Christophe se celebró un precioso funeral con Stephanie y Fabien en primera fila, rotos de dolor y con los ojos irritados e inflamados de tanto llorar y ya no les quedaban lágrimas que derramar, se habían quedado secos. Allí estaban para despedirse de él todos sus amigos de Vannes, contando cómo habían tenido la suerte de descubrir el don de su amistad a tiempo para empezar a disfrutalo, cómo era el enorme honor de haber sido amigo del muchacho y todos los compañeros de clase de Toulouse se lamentaban por no haberle dado esa enorme oportunidad. Bueno, siendo sinceros sólo faltaban dos compañeros: Nadine y Olivier, demasiado ocupados en casa de ella, riéndose de la tragedia causada y practicando sexo como si en lugar de asesinar a una persona hubieran tirado del rabo a un gato. Eso hizo que por fin todos se dieran cuenta de lo poco que valían como personas, ganándose desde ese día su desprecio y lo que era aún peor: despertaron a la diosa Ira escondida, agazapada durante tanto tiempo en el interior de Stephanie, la cual estaba convencida de que todos quienes por fin se habían dado cuenta de que habían infravalorado a su amor merecían una segunda oportunidad, pero no quienes se lo habían arrancado.

Cuando el día posterior al entierro Nadine y Olivier recibieron a Stephanie con risas y comentarios ofensivos acerca de Christophe la joven explotó como una bomba de relojería recubierta de metralla: salió corriendo de clase hacia su casa; al llegar se dirigió sin pensar al cajón de la cocina en el que permanecían escondidos los cuchillos más grandes. Presa de un brote psicótico, se dirigió directa al más grande de ellos, el que estuvo a punto de hacer que su vida no comenzase y que puso un cobarde punto y final a la de su madre, lo cogió, se lo guardó en la mochila de la que había sacado todos los libros, el estuche y la carpeta, cerró la cremallera y se encaminó a casa de Nadine con la certeza de que ambos al acabar las clases irían juntos ahí: la pareja de había encargado de pregonar que sus padres se iban a pasar juntos el fin de semana a Niza y que pasarían todo ese tiempo juntos en aquella casa, así que sin darse tiempo a asimilar lo que estaba haciendo y lo que estaba por venir, cuando llegó se escondió tras unos arbustos que había en el jardín asegurándose de que ella podría verles a ellos pero que ella no podía ser descubierta y esperó pacientemente a que llegaran, con  una única idea en su mente: iba a hacerle justicia a su amor, iba a vengar a Christophe. Esperó a que llegasen y en el mismo momento en que vio aproximarse el coche de Nadine abrió la cremallera de la mochila completamente para poder sacar el cuchillo con la agilidad necesaria para que nadie la descubriera, esperó 5 minutos para permitir que se confiaran y llamó al timbre. En el momento en que Olivier abrió la puerta no le dio tiempo a reaccionar, hundiendo la fría hoja metálica hasta que el mango chocó con el abdomen del joven y girando la muñeca, buscando causar el máximo daño posible, asegurándose de que cumplía su cometido. En cuanto dejó de escuchar su respiración sacó el cuchillo del cadáver dejando que se desplomase como una manzana cayendo, perdiendo el amparo del árbol; se dirigió sin vacilar a la ducha para que Nadine corriera la misma suerte que su novio. Entró con sigilo y cerró la puerta con el cerrojo echado arrojando por tierra la única ruta de escape posible. Esperó a que se diera la vuelta para que sintiera lo mismo que había sentido Olivier: sabía que eran sus últimos segundos con vida y que la imagen que se llevaría al infierno sería la cara de su justiciera particular, su cara de terror la delataba.
-Vaya, vaya, vaya, Nadine... parece que se te acabaron las ganas de reír...
Sin darle tiempo a contestar clavó de nuevo el cuchillo, esta vez en el pecho. De nuevo esperó a comprobar que había logrado su propósito antes de sacar el metal del cuerpo sin vida de la que durante tantos años había sido su torturadora.

En cuanto salió de la casa llamó a Fabien contándole lo que acababa de hacer, temiendo que su reacción fuera de rechazo hacia ella, pero lo único que le dijo fue que fuera a su casa, que la esperaría allí y que podrían hablar tranquilos. En apenas media hora se encontraron y Stephanie le contó con todo lujo de detalles que había sucedido: aun sin estar de acuerdo en su forma de actuar entendía el fondo. Al fin y al cabo ella había matado a quienes le habían arrancado la vida a su hermano; ella le había sacado del pozo, le había hecho feliz y le había hecho justicia así que sentía que le debía una, que debía ayudarla: le ayudó a conseguir un pasaporte falso, un billete de avión a Holanda y un trabajo gracias a un favor que le debía un amigo y la ayudó a escapar antes de que alguien se diera cuenta de lo sucedido.

Hoy, Fabien está cumpliendo condena tras haberse declarado culpable del asesinato de Nadine y Olivier y nadie ha vuelto a ver a Stephanie ni ha vuelto a saber nada de ella, pero Fabien recibe todas las semanas dinero para sobrevivir dentro de la cárcel y cartas con matasellos de Rotterdam de una misteriosa mujer llamada Carolane...