miércoles, 11 de junio de 2014

mujer valiente, madre coraje (dedicado a Mari Librado).

Ella siempre había sido una mujer fuerte, sin miedo a nada ni a nadie, hasta que llegó el peor día de su vida: su niño había partido de este mundo buscando en el cielo el descanso que un engendro le había arrebatado en vida, con tan sólo 17 años, sin haber empezado a vivir. Su pequeño no pudo resistir más contra todo el dolor que aquél depravado se esmeró en provocarle, hasta llegar al punto de pensar que su única salida era dejar este mundo, dejar de sufrir, partiendo el corazón de toda la gente que le conocía y le quería, llevándose la alegría de su familia y arrancando la vida de su madre. Aquella tarde, cuando al llegar a casa se encontró con el cuerpo sin vida de su pequeño, al que había dejado por la mañana en la puerta del instituto, dándole un beso y diciéndole que luego se verían en casa, todo derrumbó, todo su mundo se derrumbó, el universo entero cayó ante sus pies; todo lo que había conseguido hasta ese momento se fue al garete.

Pero aunque ese mismo instante la alegría abandonó el alma de aquella mujer, la tristeza y el dolor dieron paso a dos sentimientos tan defendibles y tan naturales como la vida misma: la rabia por no haber sido capaz de hacer que la vida de su hijo acabase tan prematuramente y el ansia de justicia para él. Ella sentía, y sentiría durante el resto de su vida el mayor de los rencores hacia el desgraciado que se lo había arrancado, pero no tenía la opción de meterse en la cama y echarse a llorar: de ese instante en adelante su vida tendríad una única meta: conseguir la ansiada, la deseada, la anhelada justicia para su ángel. No dudó un solo instante en pedir ayuda a todo aquél que quisiera escucharla: salió en televisión explicando todo lo que había sufrido, lo que ella sabía y lo que no, lo que había escuchado a modo de confesión de boca de su hijo y lo que aunque no supiera con certeza temía que que hubiera sufrido, el valor que tuvo para contarlo y el miedo que pasó al sentirse coaccionado al saber que casi a su lado estaba, escondido como un cobarde el depravado que había desgarrado su existencia, cómo rompía su silencio ante aquel juez que en lugar de protegerle casi le puso a los pies de los caballos; contó el pánico que sufrieron en aquella sala al sentirse traicionados por la justicia y denunció una y mil veces el momento en que la justicia se esfumó al dejar que ese deshecho siguiera pisando la calle, en libertad, con cargos, sí, pero en libertad al fin y al cabo, disfrutando de su vida después de haber acabado con otra, como si nada hubiera pasado. Salió en televisión sin ningún pudor, las ondas de la radio se llenaron con el dolor de su tristeza y la gran red social hizo de primer punto de apoyo para que ella tuviera aún más fuerza en su lucha, dando alas al sueño de que la despedida prematura de su ángel no fuera en vano, conociendo mil y un casos como el que ella denunciaba, conociendo que su niño no era el único al que aquel ser había hecho pasar por tan insufrible calvario, siendo el hombro amigo en el que apoyarse para multitud de personas y bendiciendo a otras tantas con el honor de conocerla, de conocer su historia y los motivos de su objetivo vital; que a su vez todas esas personas hicieran de colchón cuando su ánimo flaqueaba y ayudando a la vez a levantarla cuando caía, cuando los interesados sin corazón le cerraban las puertas o se aprovechaban de su situación para obtener su rastrero beneficio. Se recorrió infinidad de kilómetros pidiendo lo que cualquiera en su situación haría: pedir justicia para su niño, pidiendo sin que se le cayeran los anillos que la gente la ayudara a difundir su causa, a que no cayera en el olvido. No dudó un instante en pedir firmas aun a riesgo de tener que soportar numerosas humillaciones, que la increparan o tener que recibir los peores insultos que alguien sea capaz de pronunciar; con el apoyo de todos cuantos la conocían, en persona o no, conocían su lucha y la hacían suya, tanto cargando con montones de papeles como implorando al mundo a través de la red de redes, sin querer nada más que lo que ella, como cualquiera en su sano juicio pediría a gritos: que esos monstruos, que los monstruos que destrozaban la vida de tantos y tantos niños pagaran por lo que habían hecho, que todos los monstruos sufrieran su castigo y que el que había hecho que su existencia se desplomara pagase por lo que había hecho, clamando al cielo desde el primer momento en que ese juez le regaló el preciado e inmerecido don de la libertad.

Hoy, más de tres años después de aquella trágica tarde, esta mujer sigue luchando con todas sus fuerzas, con el apoyo de miles de personas por conseguir lo justo, que la persona que le arrancó la vida a su hijo y que puso fin a la felicidad de la suya sea juzgado, condenado y que cumpla su condena, que aunque para ella siempre sería corta, al menos daría dignidad a los niños que sufrieron en sus manos, a la muerte de su ángel. Ella misma lo dijo hace poco: "yo no deseo que éste señor muera, no le deseo la muerte. Lo que le deseo es que viva muchos años y que sufra la mitad de lo que sufrió mi hijo". Su lucha sigue, apoyada por todos los que la conocemos y queremos lo mismo que ella, los que sólo queremos, sólo pedimos y seguiremos haciendo hasta conseguirlo: JUSTICIA PARA JORDI.

Esta historia es real, y un homenaje a Mari Librado, mujer valiente y madre coraje donde las haya. Si estás interesado en ayudar puedes unirte al grupo de facebook "JUSTICIA PARA JORDI", firmar en change.org http://www.change.org/es/peticiones/prisi%C3%B3n-preventiva-para-el-presunto-pederasta-que-abus%C3%B3-de-mi-hijo-justiciaparajordi y difundir el caso de Jordi. Su madre necesita apoyo y a todos nos gustaría que nos ayudaran si sufriéramos este calvario. En nombre de Mari, de todo el grupo de Justicia para Jordi y en el mío propio, GRACIAS.

miércoles, 4 de junio de 2014

el cigarrillo

La lluvia llevaba rato empapando su rubio cabello y su cara reflejaba que había llorado, mucho, dejando marcas de la evidente tristeza en sus ojos que aun siendo verdes, se habían tornado rojos por el llanto que hacía que sus mejillas ardieran por culpa de aquella mujer que no había vacilado en dejarla sola, en una cuidad que no conocía y sin posibilidad de llamar a nadie para pedirle auxilio; su familia se hizo a la idea mucho tiempo atrás de que su existencia nunca se había producido. ¿El motivo? No ser la hija perfecta, la hermana de la que poder presumir, la sobrina ideal, la nieta adorable digna de ver en cualquier serie de marcos para fotos que observar en cualquier bazar, esa fotografía que se podría aprovechar por quien no fuera asiduo a los retratos en casa pero quisieran dar un pequeño toque de humanidad a una habitación.

Sola y desesperada, a punto de lanzarse al frío abrazo de la dama de la guadaña se encontraba cuando su inesperado salvador se cruzó en su camino: cuando se decidió a dejarse caer sobre el primer coche cuyo conductor mínimamente despistado le ayudara a poner fin a su triste existencia, aquella mano la sujetó y con fuerza lanzó el desahuciado cuerpo hacia atrás. El dueño de ese brazo redentor era un hombre alto, de pelo corto, entre rubio oscuro y castaño muy claro y ojos de  un color que ni siquiera él habría sido capaz de definir, pues en los pocos segundos que ella le miró, entre rencorosa por haberle impedido lograr su egoísta deseo y agradecida porque en el fondo ella no quería que su vida acabase ni tan pronto, ni de esa forma, cambió 3 veces, mezclándose los tonos entre un gris azulado, un marrón claro y un verde oscuro. Ella sólo deseaba dejar de sufrir, dejar de causar dolor a las personas a las que amaba pero que tenían tanto interés en su suerte como una tortuga en saber si la dieta de una rana consiste en comer hormigas o gusanos.

Él no era capaz de ver cómo una persona decidía acabar de una forma tan cobarde con su vida, no tenía tan pocas agallas como para contemplar sin inmutarse cómo alguien quería terminar con una existencia a cuya dueña aún le faltaban muchas cosas por vivir, muchos paisajes por disfrutar, multitud de aventuras por rememorar con el paso del tiempo... Aunque sabía perfectamente lo que ella sentía en ese momento, y es que su vida tampoco había sido ningún camino de rosas. También estuvo a punto de llevar a cabo lo que con el paso del tiempo consideró que además de una completa cobardía fue la peor decisión que había tomado en la vida, también guardó rencor a la persona que se percató a tiempo de que algo fallaba, así que sabía muy bien que su deber era hacer que aquella joven viviera al menos un día más. Pensó que si al día siguiente ella seguría queriendo poner fin a su sufrimiento, tendría todo el derecho del mundo a hacerlo, pero sentía que necesitaba darle al menos ese día para que tuviera la opción de que cambiase o no de opinión, pero que hiciera lo que hiciera, al menos su decisión fuera lo suficientemente meditada.

Ella quiso gritarle, pegarle, exigirle saber por qué quería él que su sufrimiento continuase, pero cuando abrió la boca para hacerle la gran pregunta, pensó que ni a ella le merecía la pena hacer la pregunta ni él iba a darle la respuesta, le gustara cuál fuera o no. No la quería, si la supera muy probablemente haría que sus intenciones, que en su mente estaban claras como el agua, se esfumaran como lo habían hecho anteriormente sus ganas de vivir. Así que cuando sus piernas consiguieron sujetarla, recogió del empapado suelo la pequeña bolsa de tela que albergaba su teléfono cuya batería estaba a punto de morir, su monedero vacío y su mechero amarillo fluorescente casi sin gas, miró entre curiosa y temerosa al hombre que acababa de salvar su vida. Sin mediar palabra, él le ofreció un cigarrillo que ella casi le arrancó de las manos, lo encendió apurando el gas que quedaba dentro de su moribundo encendedor y echó a andar de nuevo bajo la lluvia. Estaba exactamente igual que hacía unos minutos: sin un lugar al que ir, sin alguien con quien hablar, sin hombro amigo en el que apoyarse, pero con un motivo por el que seguir viviendo al menos 5 minutos más: disfrutar del cigarrillo que le había dado el hombre de mirada misteriosa que no la había dejado morir.